1. Yo, en crisis

Supongo que no seré la única. Me imagino que cada persona, de pronto, se detiene a analizar qué ha sido de su vida y se cuestiona muchas cosas. Eso me está pasando. Sólo que no me estoy cuestionando “muchas” cosas, sino “TODAS” las cosas: trabajo, familia, amigos, pareja, pasatiempos. Ni siquiera tengo claras las preguntas. Algunas veces se trata del tiempo que, a últimas fechas, le robo a los amigos para dedicarme al trabajo, y que en realidad quisiera otorgar a la familia. Otras, de los recuerdos que me hacen sonrojar y de todos aquellos sueños que no llegaron a convertirse en recuerdos.

Me consuela pensar que le puede pasar a todo el mundo. A fin de cuentas, mi existencia ha sido, hasta ahora, más o menos valiosa. Aun naciendo en el seno de una familia, digamos, tradicionalista (etiqueta muy cuestionable, especialmente para mi familia), pues bueno, no me dedico a casarme y tener hijos; en cambio, trabajo: soy empresaria, innovadora y comprometida con lo que hago. Jijiji, qué formal sueno, casi farsante, máxime utilizando el adjetivo “comprometida”, ¡como si los de la Generación X incluyéramos ese término en nuestro vocabulario! (Y aquí cabe cuestionarme si alguien con un historial de cambio de empleo, que no ha podido estarse quieta en la misma ciudad y, para colmo, soltera, puede osar hablar de compromiso… una pregunta más para la colección de las aún sin responder).

Mi reflexión sobre estos “profundos” temas se ve interrumpida por el sonido –el electrizante y original sonido- de mi celular. Es un conocido de quien hacía años no sabía. Con voz más formal de la que estaba acostumbrada a oírle, me cita para vernos. Suena casi misterioso, así que no puedo menos que acceder. Además, el día pintaba aburridísimo.

Obviamente, mis ojos están hinchados. Lo raro hubiera sido que no lo estuvieran después de tanto llorar. Menos mal que siempre guardo la máscara de gel en el refrigerador, diez mágicos minutos y estoy como nueva, lista para transformarme en mí.

Buen empleo, buen salario. Buena casa en buena zona. Ropa buena, y además de todo, a la moda. Buen corte de pelo, maquillaje del bueno. Bonito cabello, cara bonita, cuerpo… más delgado sería bonito. Buenos padres, hermanos buenos (sobre todo el mayor, que es un pan, aunque el más pequeño está más bueno). En suma: buena familia… ¿Qué me falta para que mi vida esté completa? Tiene que haber algo, porque todas esas “bondades” bien podrían ser respuestas y, sin embargo, mis preguntas siguen en el aire. Si todo es tan bueno, ¿por qué de pronto me siento tan cansada y todo me parece tan aburrido? Supondría que no es nada que una taza de buen café (¡y dale con lo bueno!) y una rebanada de pastel de chocolate en compañía de alguna amiga no curarían, pero acabo de hacer cuentas y… no, no es mi síndrome premenstrual. Sospecho que estoy en crisis.

Termino de arreglarme en lentitud récord y hago un par de llamadas antes de salir, las de rigor, a mi tía y a mi abuela, y una adicional a una amiga con la esperanza de que me pregunte qué haré y entonces poder decirle mis planes con el tono monótono que amerita la rutina, pero a esta última no la encuentro.

Llego a “La esquina de Triana” y veo de inmediato a mi conocido. Sé que él me ve y supongo que agitará la mano para llamar mi atención, mientras tanto pretendo no haberlo visto para echar un vistazo a la entrada del local, quién podrá estar aquí, además, nunca había venido, pero no podría admitir que lo recorro con la mirada para conocerlo, tratándose del lugar de moda. Aprovecho un reflejo a lo lejos para supervisarme y me apruebo: maquillaje oscuro para compensar la hinchazón, me sentó tan bien que hasta mi madre estaría orgullosa. Cansada de esperar un gesto de mi amigo, finalmente pretendo que lo he visto, le digo al de la entrada que encontré a quien buscaba y me acerco a la mesa.

“Expreso doble, cortado, por favor. Bueno, y pastel de chocolate” (ni modo, hoy me hace falta). El ponernos al tanto de nuestras vidas nunca llega, él va al grano. No quepo en mí del asombro. No sabía que él fuera tan emprendedor, y no acabo de entender por qué pensó en mí para participar en el proyecto. Me halaga, claro está, y la gastronomía está directamente relacionada con mi negocio. (A propósito de gastronomía: qué bueno está el pastel de chocolate). Tal vez hasta sería un buen foro para iniciar tantos proyectos que tengo en mente.

A lo mejor es un aviso de que es buen momento para hacer cambios en mi vida (aunque esos cambios no garanticen que no me los cuestionaré más adelante). Una oportunidad para salir de una buena vez de esta crisis. ¿En dónde leí que crisis, en chino o algún idioma, es sinónimo de oportunidad? Seguro me mandaron un mail en cadena. Por lo pronto, sí, aceptaré hacerme cargo de la columna que me ofrece, y con ello simbolizaré el inicio de algo nuevo para, al menos en algo, empezar a ser la única.

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El día en que cumplí los seis meses de edad fui bautizada por segunda ocasión con el nombre de Isa, en alusión a mi abuelo materno.

La primera ocasión fue al día siguiente de haber nacido, cuando el Padre  Bernardo celebró el sacramento en una ceremonia muy íntima y aún más apresurada, seguramente ante el temor de que mi madre cambiase de idea y quisiera llamarme con el nombre que originalmente había elegido.

Mi madre se encontraba trastornada por el duelo. Transcurría el quinto mes de su segundo embarazo cuando su padre, con quien había tenido la más cercana de las relaciones entre todos los hijos, falleció. En su lecho de muerte el abuelo le pidió a su hija predilecta que si el nieto que estaba por nacer fuese varón, le pondría su nombre. Mi madre se lo juró con la mirada nublada y las manos aferradas a las de él. Cuando finalmente liberaron sus dedos de los del cuerpo ya frío, mi madre, que sin aferrarse a algo no habría podido seguir viviendo, lo hizo a su promesa de preservar el nombre del abuelo.

Los días para el parto transcurrían lentos y mi madre se impacientó tanto, que su cuerpo acabó compadeciéndose y exulsando a la cría anticipadamente.

La desilusión de mi madre al ver que la sietemesina era mujer debió haber sido mayúscula. El cambio de planes sobre el género de su bebé no sería impedimento para cumplir su promesa y decidió nombrarme como su padre: Isaías.

En vano trataron mi padre y mi abuela de persuadirla de utilizar un nombre femenino. No fue sino días más tarde en que se llegó a una negociación intermedia: el apócope “Isa” denominaría a la persona que sería -y soy- a partir de entonces.

Apenas capítulo cuatro

Apenas capítulo cuatro y ya estoy enamorada del autor. Total, completa y perdidamente enamorada.

Leo mientras camino, como todas las mañanas, rumbo al mejor café de la zona. Leo mientras saludo al señor Faustino, que vive en un colchón a dos locales de la cafetería. Tan embelesada estoy con la lectura, que apenas me percato de su ausencia. Estará en el camellón, a donde a veces camina con esos pasitos pequeños que amenazan su estabilidad. Su edad es incierta. Si alguien insistiera en saberla, me aventuraría a adivinar: “ya grande”. Y por qué no se va a un asilo, no, pa’ qué, pos sí ¿verdad?, pa’ qué. Si aquí está tan bien. Excepto hoy, que no está.

Compro una cajetilla de cigarros. ¿Por qué lo hago? Yo no fumo. No lo sé, hoy fumo. Eso sí, compro los más ligeros, ultra ligeros. Vacíos. Remedo de cigarrillo. Habría dado lo mismo comprar cigarros de chocolate. Mi sobrepeso reclama desde lo ajustado del pantalón: no daba lo mismo, qué bueno que no fueron de chocolate. Mi garganta reclama en medio de una exhalación, habría sido mejor que fueran de chocolate, porque además ni fumo. No la escucho. Hoy no doy cabida a la lógica. Sólo a las emociones.

Me enamoro de la voz al otro lado del teléfono, del niño que conduce el auto blanco, de mi profesor y del vecino. Del mensaje en mi celular: “solo, llorando por quien no tengo…”. Por quien no tienes…Llorando por quien no tienes. Me enamoro de tu llanto y del vacío que lo provoca. Así que sí eres capaz de llorar, aunque seas hombre. Cómo no enamorarme, si eres capaz de llorar.

Yo no lloro por no tenerte, porque de alguna forma te tengo. Te tengo en el lugar donde cabe ese enamoramiento por ti, aún sin conocerte. Me basta seguir leyendo para confirmarme enamorada.

Capítulo cuatro. Hace cuánto que no me enamoraba así.

Desde que tocaba tu boca, con un dedo tocaba el borde de tu boca, de memoria dibujo tu boca y jugamos al cíclope. Cómo no enamorarme jugando al cíclope, con bocas llenas de peces. Desde Rayuela que no me enamoraba así.

No me daba permiso de enamorarme. Sólo me permitía verdaderamente amar. Pero cómo no enamorarme ahora. Cómo no enamorarme entre planeadores y encuentros fortuitos. Cómo no enamorarme leyendo tus pensamientos, y más aún, tus sentimientos.

Te releo, y es como si te descubriera por primera vez. Experimento la misma sorpresa de descubrir a alguien con la vaga sensación de ya saber lo que estoy encontrando.

Entre párrafo y párrafo aparecen en algún lugar de mi memoria episodios sobre mis encuentros con gente que se volvió importante ¿o era importante desde antes de conocerla? Siempre tuve la misma sensación de libro ya leído en que había olvidado lo que pasaría, y conforme lo descubro, lo reconozco. Película ya vista. Persona ya conocida.

Ya la conoces, así acaba el capítulo dos. Ya conoces a tu alma gemela. Ya la conozco, y en silencio lloro por quien ya tengo, y entre sollozos me parece que no está. Como el señor Faustino, a quién tengo y no está. Como la elección de ser no fumadora, que hoy parece nunca haber existido. Como la exclusividad al amor, que no daba paso al enamoramiento. ¿Dónde está el amor, el no fumar, el señor Faustino? ¿Dónde está mi alma gemela? ¿Dónde has estado siempre?

En el capítulo cuatro.

En la otra esquina. La vida que comienza en la otra esquina, la otra esquina que está a miles de kilómetros, allá, con vista al mar. Como la terraza del restaurante. Sereno y luz de velas. Tu olor impregnado en mi piel. Conversación sincronizada ¿lo dije yo o lo dijiste tú? Empatía que congela al tiempo. O lo acelera. Así como acelera al corazón. Al menos hoy, que estoy enamorada. ~