15. Otra vez, Manuel

Me pongo nerviosa cuando me llaman de un número privado. ¿Aló? ¿Quién “Manuel”? No, claro que ya no te reconozco la voz, ha pasado mucho tiempo, tanto que creo ya haberte superado. Mucho menos te la reconozco con ese tono de solemnidad. Isa, fuiste la primera persona en saber que me casaba; ahora quiero que seas la primera en saber que me divorcio. ¡¿Manuel se divorcia?! ¿Manolo, el defensor del matrimonio, el convencido de que una relación es para toda la vida y sólo requiere que ambas partes trabajen en equipo en una construcción constante? Ahora aparece de la nada para anunciarme su separación e invitarme un café, amistoso, para platicar, que a fin de cuentas sigo siendo una de las personas con las que mejor comunicación tiene. Ciertamente me atrae la idea de verlo, y de paso enterarme del chisme, pero Eduardo no se va a Miami sino hasta dentro de tres días, así que le digo que tengo el fin de semana algo ocupado y que mejor nos vemos la semana que entra.

Recuerdo cómo hablaba Manolo sobre el matrimonio. Siempre fue muy buen orador y su discurso era muy estructurado. Hablaba sobre valores, metas compartidas, sueños de vida. Recuerdo nuestras conversaciones en el coche, durante las cenas, hasta me acuerdo de la vez que me llevó de día de campo y diseñamos nuestra vida ideal en familia… ¡ya no me acordaba de ese día de campo! Cuántos recuerdos tenía almacenados, me sorprende cómo ahora estallan en mi mente como palomitas de maíz.

La Nena tiene que saber que Manolo me llamó. Pero no, si le digo que me habló, le tendré que explicar que se divorcia y no quiero hacer un chisme. Mejor le cuento el domingo en la comida, en algún momento en que Eduardo no esté.

Otra vez número privado. ¿Será otra vez Manuel? Isa, la verdad es que para mí era muy importante verte hoy y me lastimó que tú aplazaras nuestro encuentro con tanta indiferencia; te lo tenía que decir, porque he aprendido que el haberme callado tantas cosas es algo que lastimó mucho nuestra relación. Uf, cómo pesa el remordimiento de haberlo lastimado. Ahora me necesita y tengo la oportunidad de apoyarlo. A fin de cuentas no es más que un café amistoso para que pueda desahogarse con la persona que lo conoce y lo entiende. Está bien, Manuel, pasa por mí dentro de una hora. Por lo que hubo.

Ahora qué le digo a Eduardo. Si me tardo menos de dos horas con Manuel, Eduardo ni se enteraría. Además sabe que la pila de mi celular está haciendo falso contacto, así que no será raro que no le conteste. Aunque cuando hablamos sobre lo de Alan, quedamos en que nos diríamos todo. Híjole, si le oculto esto a Eduardo, me puede costar mi relación con él, y no creo que valga la pena, mejor sí le digo.

Eduardo reacciona con madurez, o al menos con naturalidad. Solamente me recuerda que él se va el lunes y queda de pasar por mí al lugar donde tomaré café con Manuel.

Llamo a la oficina para avisar que no regresaré en la tarde, me cambio de ropa y me retoco el maquillaje. Hace años que no lo veo. Lo vi un día en el centro comercial, de la mano con su esposa, ex-esposa o lo que sea, pero él no me vio y eso fue hace ya dos años.

Manuel ha perdido pelo y ha ganado peso. Se ha convertido en un señor. Durante casi una hora abre su corazón, contándome todo sobre su matrimonio, su separación y finalmente la decisión de divorciarse. Se ve que ha pasado tiempo analizando su relación, como siempre lo ha hecho.

¿Qué hubiera pasado si tú y yo sí nos hubiéramos casado? Yo también me lo he preguntado, Manolo, viviríamos ahorita en la casita que habíamos visto, probablemente estaríamos comprando una más grande. Tendríamos ya tres hijos, tú trabajarías y yo sería ama de casa. Cada semana saldríamos en una cita romántica a solas tú y yo. Viajaríamos y tomaríamos cursos de cerámica, de pintura y de música. Tus padres me amarían y tú seguirías siendo un miembro más de mi familia. Nuestras madres seguirían siendo amigas. Iríamos a misa juntos, a todos lados juntos, y la gente se sorprendería si alguna vez nos encontrara sin el otro, como pasó cuando terminamos.

No creas, también ha sido difícil para mí. ¿Recuerdas que en medio de tu enojo me dijiste que debería tomar terapia para definir lo que quería? Pues eso hice, desde entonces estoy en terapia. Me ha servido para analizar y entender muchas cosas, otras sigo sin resolverlas. Sé que para ti yo cancelé esa boda, pero para mí fuiste tú quien la canceló, yo sólo quería posponerla…

Sí, sé que podríamos caer en la misma discusión y ahora sé que tenías razón: el dudar es otra manera de no querer. Pero es que nuestra relación era tan conveniente socialmente, que no podía evitar preguntarme si estábamos juntos por comodidad y costumbre, o si en realidad éramos ese amor ideal con el que sueño desde niña. Me pesaba mucho recordar que desde pequeños nuestras madres soñaban con vernos casados, justo en la época en la que tú y yo no nos podíamos ni ver, ¿recuerdas cómo nos peleábamos?

Cuando fuimos novios era lógico que nos íbamos a casar. Pero cuando la Nena se casó antes que yo, bien lo sabes, empecé a cuestionarme si en realidad estábamos destinados al matrimonio. Me preguntaba qué tanto estábamos juntos por ir con la corriente, y qué tanto porque en realidad eso era lo que anhelábamos. Ahora me doy cuenta de que con mis dudas menosprecié todo lo que teníamos. Todavía no sé si en efecto eras el amor de mi vida.

También para mí fue muy duro cancelar la boda. Con mi madre en cama y tu madre en negación, no nos quedaba más que recoger las invitaciones tú y yo. Qué bueno que ahora nos podamos reír recordando las reacciones de la gente cuando regresamos por ellas.

Tú me enteraste de que te ibas a casar inclusive antes de que se lo propusieras a Gloria. Recuerdo que me dijiste que era irónico que yo siguiera siendo la primera persona en enterarse de tus planes maritales. Creo que en ese momento no me afectó tanto, más bien me congratulé de haber estado comprometida con un hombre tan íntegro, que tuvo la delicadeza de avisarme de su matrimonio. Después de eso sí ha sido difícil, sobre todo con el tiempo. Conforme pasan los años me pregunto si no dejé pasar la oportunidad de casarme, máxime porque a mi edad, no es fácil encontrar con quién salir, menos aquí en Aguascalientes…

Sí Manuel, sí saldría con un hombre divorciado (si supieras que ya lo he hecho…). Aprecio que esperes a divorciarte para invitarme a salir, y tampoco sé si aceptaré, ya lo veremos.

Ya llegaron por mí, déjame presentarte a Eduardo, mi novio.

14. Relaciones complicadas

Mamá toca a la puerta de mi habitación. Estoy en bata, con el cabello alaciado y ya maquillada, sin aretes. ¿Cómo podía ella saber que no tenía aretes? Trae un par de diamantes en una montura larga, más apropiados –según ella- para mi cabello largo que los pequeñitos que suelo usar. Yo ya debería de estar lista, pero me la pasé boleando mis zapatos y limpiando mi joyería, y se me hizo tarde.

En efecto, Eduardo toca el timbre y mamá me tranquiliza, ella lo recibirá en lo que yo termino de arreglarme. Medias, falda, blusa. Qué estarán platicando. No creo que se le ocurra preguntarle su opinión sobre el nuevo Papa, aunque pensándolo bien, seguro le interesará su opinión sobre un tema tan importante como la religión. Qué importa de qué hablen, lo importante es el tema que tocaré durante la cena. Eduardo debe tener claro que no somos novios y por lo tanto yo no le puse el cuerno con Alan. Ni siquiera hablaré de si quiero andar con él, y en todo caso, no es algo que esté lista para decidir en este momento.

Cartera, llaves y celular en la bolsa pequeñita, y estoy lista para bajar. Están riendo, seguro no hablaban del Papa. Beso a Eduardo en la mejilla aprovechando que se levantó para besar a mamá de despedida. Ella discretamente me pregunta a qué hora regresaré. Me parece algo extraño, pasan tanto tiempo en los Altos de Jalisco que siento como si estuviera viviendo sola. Hace apenas tres días que llegaron y ya me siento como adolescente controlada. Temprano, llego temprano. Esboza una sonrisa de complicidad.

A tan sólo dos cuadras de distancia, me llama por teléfono. Sí, sí le di su medicina al perro y no, no me habías dicho que me volvió a llamar Carmen… aunque me lo hubiera imaginado, a juzgar por las tres llamadas perdidas suyas que aparecen en el celular. Por lo menos me da pauta para evadir el tema durante el trayecto. Le explico a Eduardo lo que parece ser el tema más relevante del planeta, uno de mis tres perros aparentemente tiene una úlcera ocasionada por estrés.

Llegamos al restaurante en donde él había hecho una reservación. En una mesa están nada más y nada menos que los papás del Cometa. ¡Encontrármelos justo a ellos, qué inapropiado! Camino hacia nuestra mesa, pero en vez de sentarme, me disculpo con Eduardo y voy a saludar al señor y la señora Cometa. La señora Cometa me pregunta con quién vengo, con un amigo, y por qué no nos acompañan, a lo que no puedo sino responder con una sonrisa mientras pienso qué decir. Me salva el señor Cometa, no seas impertinente, qué tal que ellos quieren estar solos, además nosotros ya casi terminamos, mejor invitamos a Isa algún día a cenar a la casa. Claro, me va a encantar ir a cenar a su casa. Ya sabes que no tenemos teléfono, pero danos un número donde te podamos localizar para quedar en el día y la hora. Me apresuro a extenderles la tarjeta y regreso a sentarme con el hombre más guapo del local.

Me acabo de sentar y ya hasta estoy comiendo pan con mantequilla. Todavía estoy pensando cómo evitar el tema, cuando él menciona lo encantadora que le parecí por teléfono a su mamá. Que tengo una voz muy linda y que le preguntó si somos novios. Con ojos del tamaño de platos, le pregunto qué respondió. Que sí. Eduardo, ¿tú consideras que somos novios? Pues sí. ¿Desde hace cuánto? Desde el día en que te llegué, hace mes y medio. Híjole, cómo le explico.

Lo que ocurre a continuación no me queda muy claro. Explica y averigua, como tratando de conocer lo más profundo de mi alma. Poco a poco le insinúo lo que pasó con Alan y su indignación no es por la infidelidad, sino porque exista la posibilidad de que yo no tenga el deseo de andar con él. Le doy a entender que es muy precipitado, hasta que me pregunta directamente si quiero que seamos novios. Sí, Eduardo, sí quiero ser tu novia. ¿Y quieres que tomemos como fecha de nuestro aniversario el día que te llegué en el antro? Claro.

No sé cómo, pero me encuentro deshaciéndome en disculpas por haberle puesto el cuerno. Él no sabe si podrá perdonarme. Me explica fábulas sobre tablas clavadas que no volverán a ser como antes. “La confianza es un bien no renovable”. Qué pesadilla, es una situación casi humillante de la que quiero salir cuanto antes. Ni siquiera pido postre, con tal de regresar a mi casa ya.

Aún no entiendo lo que pasó. Mi objetivo al ir a cenar con Eduardo era aclarar que no éramos novios. Ahora resulta que tengo un novio al que le puse el cuerno y tengo que reivindicar esa terrible acción.

Me preparo un té y me siento en la sala a reflexionar… o a llorar, lo que ocurra primero. Ocurre lo segundo, justo cuando mamá baja a preguntarme cómo me fue. Lloro en silencio y no respondo. Las relaciones humanas son complicadas, sí. Eso es lo que las hace divertidas , supongo que tiene razón.

Mamá sabe que es mejor callar. Va a la cocina y regresa con dos rebanadas del pie de queso que preparó. Lo comemos en silencio, con la mirada clavada en el infinito, y sólo en el último bocado doy por finalizada nuestra convivencia mientras le extiendo en mi mano el par de aretes que me prestó, y recibo un suave beso en la frente como el que nos solía dar antes de dormir.

13. Pérdidas en días de feria

Mi pulso está acelerado y mi respiración agitada, en armonía con la música de los coches que pasan y el escándalo de la gente de que sale de los antros a primera hora de la mañana. Me robaron mi cámara digital. La dejé sobre la mesa en el antro y cuando me di cuenta, ya no estaba. No fue tanto la cámara, que a fin de cuentas es algo material. Fue la sensación de inseguridad, el saber que no es seguro dejar mis pertenencias en la mesa del antro. Fue también el desapego involuntario de las fotografías que estaban en la cámara: el viaje a Durango, la cena de parejas el jueves en casa de Eduardo y la fiesta de despedida de Pablo. Después de todas las pérdidas que he vivido esta noche, la de la cámara es la más insignificante.

De la nada aparece frente a mí la niña Esparza, histérica. Mi estado alterado no se compara en nada con el de ella. Tan rápido como puedo, trato de descifrar la situación. Ella habla de violación y señala con el dedo a un tipo en paños menores. ¡Un momento! A él yo ya lo había visto… claro, lo vi de regreso de la Sierra Fría , cuando la niña Esparza me vio con el Cometa. O sea que ya se conocían; están saliendo del hotel a primer hora de la mañana y la niña Esparza se topa conmigo, ¿qué podía decir sino que había sido violada? La trato de tranquilizar en vano. Cómo darle a entender que no tiene que ser falsa y que es perfectamente válido acostarse con alguien. Yo misma he actuado de manera hipócrita en un afán de tratar de actuar con libertad. Cuando mi libertad se pelea con lo que marca la sociedad, tengo que utilizar herramientas para que mi nombre (y apellido, ciertamente) quede limpio. El rol de víctima es una de las herramientas más eficaces, lo sé bien. Mientras alejo a la supuesta víctima de ahí, con la mirada le doy a entender a su amante que sé que no es un violador. Ojalá fuéramos libres para poder hacer lo que quisiéramos, sin sentir la sombra de la sociedad anclando nuestros tobillos. Ojalá le pudiera dar alas a la niña Esparza para que saliera del hotel de un hombre con la plenitud del placer experimentado, y no con la desesperación del ahogo social.

Mi tolerancia actual me sorprende. Hace apenas algunas horas encarné a la sociedad enjuiciadora cuando me enteré de que el abogado duranguense cuya esposa me llamó creyéndome su amante, en efecto le es infiel a su mujer, y lo hace nada más y nada menos que con mi amiga Carmen. Me enoja, me decepciona, me indigna. Le armé una escena a Carmen y no he contestado a las decenas de llamadas y mensajes que me envía. Tanto Carmen como la niña Esparza están en una situación equivalente (la de una mujer que se acuesta “indebidamente” con un hombre), y la una me parece inadmisible; la otra, perfectamente comprensible. Claro, hace doce horas no habían pasado tantas cosas.

Hace doce horas, aún no había escuchado la voz de Alan al otro lado del teléfono, que con ternura me llamaba ingenua, por no saber que la relación entre Carmen y el abogado iba más allá de la amistad. En cuanto la vi le recriminé su baja moral, y sólo me callé al no saber qué responder. Quién eres tú para hablar de escrúpulos, Isa, si descaradamente le pusiste el cuerno a Eduardo con Alan. Justificándome fue que me enteré de que Eduardo consideró que al callar, había otorgado. No le respondí cuando me pidió que fuéramos novios y ante mi silencio, asumió que accedía. Eso significa que le puse el cuerno con Alan. Qué subjetiva es la infidelidad. Ahora me toca enfrentar mi infidelidad involuntaria, esperando que tenga consecuencias más sutiles que las que tuvo en mi amistad con Carmen, que terminó rotundamente.

Hace doce horas no sabía por qué la fiesta que organizaban Pablo y su novia Marta era de “despedida”. Apenas llegué al Buddha, tuve ocasión de preguntárselo a Marta, con la mejor de mis sonrisas. Su risa nerviosa se convirtió en llanto en cosa de segundos y se fue al baño mientras el Cometa, a quien no había visto, me jalaba del brazo para explicarme: Pablo se estaba despidiendo de la vida.

Se me hizo un nudo en la garganta y todo empezó a girar mientras recibía la noticia. Le diagnosticaron cáncer de pulmón en un estado tan avanzado que lo desahuciaron. Recordé el resfriado que habíamos atribuido al tiempo en la Sierra Fría y caí en la cuenta de que Pablo llevaba meses fluctuando entre la gripe y la alergia. Ahora se va a morir, y de pronto lo único que cobra sentido en la vida, es la vida misma. Es increíble ver a Pablo más contento que nunca, gozando cada instante, como si quisiera exprimir el poco tiempo que le queda.

Ahora entiendo por qué el Cometa voló tantas horas para venir a la fiesta de despedida. Lo que no acabo de entender, es por qué cambió de opinión. Tardó años en hablar del tema, en mencionar su propuesta de irme a vivir en unión libre con él. Yo tuve suficiente tiempo para pensarlo. Visualizarme compartiendo mi vida con el Cometa es el pensamiento que más feliz me hace. Sé que lo que siento por él es mucho mayor que lo que siento o pueda llegar a sentir por Eduardo. Pero mis sueños incluyen el matrimonio. Casarme con el Cometa sería para mí llevar el amor que siento por él al nivel más alto, uniéndonos ante los ojos de Dios. El Cometa me había sugerido que viviéramos en unión libre y esa opción me incomodaba. Era como si él no estuviera seguro de querer estar conmigo y si no estaba seguro, tal vez era mejor que no estuviéramos juntos.

Lo irónico es que él interpretó mi indecisión precisamente como que yo no estaba convencida de estar con él. El Cometa esperaba que yo eligiera compartir mi vida con él, independientemente del convenio religioso o civil. Me explicó que mi silencio había dejado en claro mi postura: yo no tenía la misma intención que él. Originalmente pensaba pedirme matrimonio cuando nos viéramos, no es algo que se proponga por teléfono y ésa era la razón por la cual me había hablado de unión libre y no de matrimonio. Pero el que yo no aceptara de inmediato su propuesta, lo “desactivó”. Ahora algo se rompió, como una bola de cristal llena de nieve que estalla en cien pedazos. Debe ser cierto, porque cientos de astillas de vidrio se encajaron en mi corazón. Hablamos toda la noche, al principio traté de convencerlo, y al final mi orgullo estaba tan pisoteado que sólo me enfoqué en sobrellevar tanto dolor.

Estaba tan conmocionada que no me di cuenta de que mi cámara digital había desaparecido de la mesa. Cuando cuenta me di, la descarga de adrenalina me sirvió para tomar mis cosas y salir del antro. De no haber sido por eso, no habría encontrado fuerzas para seguir andando.

12. ¿A qué va la gente a Durango?

Abrocho mi cinturón de seguridad, verifico que el respaldo de mi asiento esté en posición vertical y cierro los ojos. Es la primera ocasión en dos semanas que me puedo relajar. Viene a mi mente el tema que he tratado de evitar: la disyuntiva entre el Cometa y Eduardo. Elegir al hombre con el que compartiré mi vida no es trivial. Un anuncio por el altavoz interrumpe mis pensamientos. ¿Alguien olvidó apagar su celular y ésa es la razón por la cual no hemos despegado? Qué bárbaro. Yo por eso lo apagué desde el instante en que pisé el aeropuerto. Además, no esperaba ninguna llamada tan temprano. Bueno, le tenía que hablar a mi amiga Carmen para avisarle a qué hora llego a Durango y nada más.

El abogado amigo de Carmen que me apoyaría con un deudor en su ciudad natal ya no podrá hacerlo por el incidente con su esposa: aparentemente el hombre es infiel y la señora piensa que yo soy la causante de su infelicidad marital. Para compensar que quedó mal conmigo y dada su excelente relación con Carmen, el abogado me consiguió el apoyo de Alan, un abogado en Durango, por honorarios más que accesibles. Un nuevo anuncio por el altavoz advierte que no podemos despegar hasta que cierta persona altamente irresponsable apague su celular. Me pregunto cómo pueden saber que hay un celular encendido. Alan me recogerá en el aeropuerto, y precisamente para que Carmen le diga a qué hora llego es que yo le llamé a ella para darle la información sobre mi vuelo. Le hubiera llamado anoche, pero me quedé sin batería. Normalmente evito llamar antes de abordar, para no olvidarme de apagar el celular. Esta vez ya lo había apagado cuando me acordé de llamarle, y lo tuve que volver a encender…

¡Híjole! ¿Lo volví a apagar? Híjole, creo que no. Qué pena, me tengo que parar para verificar en mi portafolios. Qué oso, qué oso, qué oso. El celular que estaba encendido era el mío. Todo el mundo me voltea a ver cuando la azafata me pregunta desde el otro lado del pasillo si era el mío. No -respondo con aplomo-, de hecho sólo verifiqué que estuviera apagado y sí, lo apagué antes de abordar. El orgullo inicial de que la gente pensara que yo no había sido es pronto reemplazado por cierto remordimiento.

Ay, me quedé dormida. Me da tiempo justo de darme una manita de gato. Carmen dice que Alan es guapo y buen prospecto. De hecho sugirió que me aplicara, ¿por qué no se aplica ella? Cuando le pregunté, puso cara de que estaba diciendo una estupidez. No ha de ser tan buen prospecto.

¿Ése es Alan? Carmen tenía razón: es muy guapo. Además es encantador. De camino a su despacho, me cuenta, como si nos conociéramos de toda la vida, la historia de su bufete salpicada con anécdotas personales. Qué lindo, se preocupa porque no he desayunado y decide que la sede de nuestra reunión será un restaurante. Yo había planeado empezar la dieta hoy, pero supongo que tendré que posponerlo para mañana.

El ex-cliente, que ahora es uno de nuestros principales deudores, había desaparecido de la faz de la Tierra. No sé cómo, Alan se las arregló para localizarlo, presentándose a sí mismo como vendedor ansioso por mostrarle la nueva —e inexistente- línea de dulces, que de hecho tuve que producir y traer conmigo. Alan y su equipo me explican el plan, sustento legal incluido. ¿Me debería de sentir culpable por sentirme atraída hacía Alan? Es como si le estuviera siendo infiel a Eduardo, pensamiento absurdo dado que aún no he accedido a ser su novia… al menos no explícitamente.

 La reunión con el cliente resulta tal y como la habíamos planeado, excepto por la certeza con la que Alan asegura que yo estaré en Durango mañana, siendo que mi avión parte dentro de algunas horas. Tal parece que me coquetea cuando me sugiere que me quede, y yo ciertamente le coqueteo a él cuando acepto su invitación a cenar. Él habla con la agencia de viajes y yo con la gente de la oficina. Debería llamarle a Marta: el mensajito que me mandó parecía urgente, pero mejor le llamo mañana.

Dedico la tarde libre a comprar lo que necesito para mi imprevista estancia, incluyendo un atuendo especial para esta noche. Mientras me estoy maquillando en la habitación del hotel, el celular suena.

¡El Cometa! Que llegará a Aguascalientes el viernes para la fiesta de despedida de Pablo. ¿De qué me está hablando, a dónde se va Pablo? ¿Se muda a algún lado? ¿Es posible que sea despedida de soltero? El Cometa ya colgó, así que es demasiado tarde para averiguarlo; seguramente la explicación llegará cuando hable con Marta mañana.

De nuevo el celular y esta vez es Eduardo. ¿Me marcaste y estaba ocupado? Eh no, no hablaba con nadie. Qué raro. Ah, bueno, acabo de consultar mi buzón de voz, seguramente en ese momento me llamaste. ¿Eduardo? Permíteme tantito, está sonando el teléfono de la habitación… ah, es que no te he dicho: me quedo hoy en la noche en Durango, ahorita te explico, permíteme… ¿Aló? Gracias señorita, por favor dígale que bajo en seguida… Ya, perdón. Llego mañana, luego te explico, me tengo que ir porque ya llegaron por mí… Los abogados; es que me invitaron a cenar… Sí, te llamo regresando de la cena… Yo también ¡besitos! ¡Hola Alan!

La suma del menú escrito en una réplica de periódico de la época de la Revolución, lo diminuto de la mesa que compartimos Alan y yo más la iluminación a base de velas deja en claro que no se trata de una cena de negocios. Confieso que estoy nerviosa porque no dudo que en cualquier momento me bese.

Después de la cena me enseña la silueta de una monja en una iglesia, aparentemente el mayor atractivo turístico. Reacciono como si fuera lo más emocionante que haya visto. Exagero mi admiración para darle seguridad y obtener buenos resultados. Confirmo que es buena técnica cuando Alan me besa tiernamente. Más tarde, me quedo dormida aún con el sabor de su boca.

¡Ay, no le hablé a Eduardo! ¿Le hablaré ahorita? Es muy temprano, mejor al ratito. Alan pasa por mí y me lleva al aeropuerto. Platicamos durante una hora sin mencionar el romance de anoche. Me apresuro a despedirme de él para llamarle a Eduardo: ¡mil perdones, regresé de cenar ya muy tarde y me dio pena despertarte! ¿Pasas por mí al aeropuerto? Perfecto… sí, yo también te extrañé. Entonces te veo allá, por lo pronto te dejo porque estoy a punto de abordar y no quiero que se me vaya a olvidar apagar el celular en el avión.

11. (In) certidumbres

Me maquillo en la sala para estar con la Nena, mi madre y la tía Lucía, la menor de sus hermanas. Mientras me pinto las uñas, observo las manos de las mujeres de la familia. Las manos de mi madre y de mi hermana llevan anillos de compromiso y argollas de matrimonio. La mano de mi madre se mueve cómoda, acostumbrada como las rosas están a sus espinas. Mi hermana, en cambio, de vez en cuando juguetea con ellos. Las de la tía Lucía, igual que la mía, no llevan anillos, una añorando la protección del metal, y otra soñando con algún día sentir ese estatus azaroso.

La tía Lucía debía quedarse soltera para cuidar a la abuela. Sorprendió, y más bien indignó a la familia su decisión de casarse, máxime tratándose de un hombre mucho mayor que ella. Creo que aceptaron mejor su divorcio que su matrimonio y hasta agradecieron su congruencia con la rebeldía con que la habían etiquetado cuando anunció que dejaría por segunda ocasión la casa de su madre, esta vez para irse a vivir sola, aunque sea un escándalo social que una mujer a quien no le falta techo y familia que la albergue, viva independiente en una casa que, por si fuera poco, es demasiado grande para una persona.

La Nena debía casarse después de su hermana mayor. Al menos eso creía yo hasta la Navidad en la que descaradamente anunció que se casaba frente a mi novio de más de cuatro años. La idea de que se casaría antes que yo me espantaba y mis esperanzas de recibir la propuesta que me correspondía se diluyeron conforme llegaban los preparativos para su boda. Entre opciones de arreglos florales y pruebas de menú, caí en la cuenta de que durante dos meses anteriores el cesto de basura del baño se llenaba bajo mi responsabilidad, y llegué a la conclusión de que la Nena estaba embarazada. No dije nada hasta casi dos años después, en que la Nena anunció su estado. Mi confesión de las sospechas que había tenido se vio opacada por la suya: en efecto, un embarazo había sido lo que ocasionara la boda, y la decisión siguió en pie aún después de un aborto natural al tercer mes.

El sonido del timbre interrumpe mis pensamientos justo cuando mis uñas terminan de secarse. Eduardo acepta el café que mi madre le ofrece. Su conversación arranca sonrisas y hasta risas. De vez en cuando recibo miradas femeninas de complicidad. En secreto juego a que Eduardo y yo estamos casados. Me doy cuenta de que sería el marido ideal, al menos para mi familia. El sueño continúa cuando salimos, me abre la puerta del coche y permanece a mi lado durante toda la misa a la que asistimos juntos; sólo empieza a disiparse cuando comienza a hablar de sus planes para ir a Miami a una grabación de no sé qué. Le falta pasión al hablar de su trabajo. ¿O será que extraño la pasión con la que me habla el Cometa de la vida?

Llegamos al bar en donde están sus amigos y todo comienza a ser un poco confuso. Conversaciones entrelazadas, martinis y besos en la oreja que me aturden cada vez más. Me susurra cosas que no escucho, estoy más concentrada en las cosquillas que me hace su boca que en lo que me dice, hasta que me llega. O por lo menos eso parece. Quiere que seamos novios. Me separo de él para mirarlo a los ojos y se pone un poco serio. Me ha tratado lo suficiente y definitivamente soy la mujer con la que quiere estar. No sé qué decir. Sabía que me llegaría y esperaba que ese momento se aplazara lo suficiente para haber tomado ya una decisión. Sigue hablando hasta que la niña Esparza nos interrumpe para pedirme permiso: TIENE que bailar ESTA canción con Eduardo. Acepto aliviada y me niego a pensar en lo que pasó. Me aseguro de entablar una conversación en la mesa lo suficientemente interesante como para que ambos se integren a su regreso. La niña Esparza me mira complacida. Eduardo se sienta a mi lado y me toma de la mano, besándola de vez en cuando. Alguien se para al baño y se da por finalizada la plática grupal. Eduardo me besa y le correspondo, con tal de no tener que responder a lo que me dijo. Al cabo de la eternidad que dura el beso, le pido que me lleve a mi casa. Afortunadamente su proposición no es tema del que se hable en el camino de regreso. Él está extraordinariamente cariñoso y me despide en la puerta con la promesa de llamarme al día siguiente en cuanto se despierte.

No logro dormir. No sé cuánto tiempo, cuántas horas han pasado cuando mis pensamientos se ven interrumpidos por el timbre de mi celular. Temo que sea él, pero es un número desconocido.

Confirmo lo dicho: siempre llega en el momento en que menos lo espero. El Cometa me llama desde otro lugar del mundo, pero esta vez su voz es sutil, acariciante, como tantas veces he deseado que sea. Tengo que incorporarme para seguir escuchando lo que no puedo creer. El Cometa me confiesa su amor. Soy la mujer de su vida y siempre ha tenido miedo de decírmelo. A tropezones me explica que le ofrecen una beca de estudios y que si me voy a vivir con él, dentro de un año nos podemos casar y entonces pedir la beca de matrimonio. No sé qué decir. Empiezo a pensar en voz alta ¿vivir en unión libre con él? ¿unión libre? Haber vivido en Londres me permitió respetar a quienes toman esa decisión, pero asimilar la posibilidad de ser yo quien viva en unión libre es algo muy distinto. Él me narra la historia de su amor por mí y de todas las razones, ahora absurdas, que había tenido para no confesármelo. Sus palabras siguen sonando en mi cabeza mucho tiempo después de haber dejado de escucharlas.

Siento que apenas me quedé dormida cuando me llama Eduardo. Usa adjetivos que antes no usaba y agradezco en silencio que no mencione su pregunta de anoche. Espero que tampoco lo haga en persona cuando nos veamos esta tarde.

Me debato entre las dos posibilidades. Sería fácil si cualquiera de las opciones no implicara un gran costo de oportunidad. Analizo los pros y los contras y cada vez me parece más complicado. No sé qué decisión tomar. Me digo a mí misma que a veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión y confiando en ello me quedo dormida.

10. ¿Casada, viuda, soltera o divorciada?

Además de estar a cargo de la mercadotecnia y la publicidad del negocio familiar, ahora me han asignado la responsabilidad de las cuentas por cobrar. Tenemos un cliente con una deuda importante en Durango, así que tengo una entrevista con un abogado, amigo de mi amiga Carmen, duranguense y que vivió ahí hasta hace algunos meses. Buscando su oficina, me doy cuenta de que no tengo la dirección, afortunadamente sí tengo su celular, así que le llamo y me indica con precisión dónde es. La cita no dura mucho y su brevedad me cae del cielo porque mi hermano está por llegar de Monterrey, así que sí podré pasar por él.

De camino a recogerlo, mi celular suena con el timbre que le asigné a Eduardo para reconocerlo de inmediato. Mi corazón palpita como cada vez que me llama. No, no voy a trabajar en la tarde, me la voy a tomar libre y sí, sí puedes pasar a mi casa.

No hay comida familiar por la llegada de mi hermano. No será sino hasta mañana, día en que supuestamente iba a llegar, pero adelantó su arribo cuando ya todo estaba organizado para comer todos el sábado. Solamente nos reunimos mis padres, mi hermana, mi cuñado, mis sobrinas, mi hermano y yo. Antes de comer hablamos con mi otro hermano, que está en Barcelona.

Llegan dos de mis tías a saludar a mi hermano. Les está diciendo cuáles son sus planes para las dos semanas que estará en Aguascalientes, cuando el timbre suena. El corazón se me sale del pecho cuando escucho la voz de Eduardo, aunque no logro distinguir si es por la emoción de estar pronta a verlo, o por los nervios de darme cuenta de que hoy mi familia lo conocerá. Escucho también la voz de la niña Esparza , que últimamente ha salido mucho con nosotros. Creo que me alivia que ella también haya venido: así podré pretender que son mis amigos y no tendré que sentir la presión de que mi familia conozca al galán con el que estoy saliendo.

Los pasan a la sala y hago las presentaciones de rigor. ¿Acaso la niña Esparza se ruborizó cuando le presenté a mi hermano? No puede ser, si ella llegó a salir con mi otro hermano, el mayor, el que está en Barcelona. Pero tal parece que sí, que a la niña Esparza le gustó mi hermano menor, por lo menos a juzgar por la velocidad con la que aceptó el ofrecimiento de algo de tomar.

No sé quién babea más por quién, si la niña Esparza por mi hermano, o mis tías por Eduardo. Es evidente que lo aprobarían si anduviera con él. Ahora exploran sus valores morales, síntoma inequívoco de que lo están visualizando conmigo en el altar. Le sugieren probar las galletas que yo preparé (que en realidad preparamos mi hermana y yo), que deben estar por salir del horno, ¡no cabe duda que les gusta para mí!

Voy a la cocina por las galletas y estoy comprobando que, en efecto, ya están listas, cuando suena mi celular. Isa, soy Isa. Es la esposa del abogado al que vi esta mañana. No he terminado de saludarla con el obligado mucho gusto, cuando me empieza a gritar. Mira, Isabel… En vano le empiezo a explicar que no es Isabel, es Isa, i-ese-a, porque no me escucha. La señora está despepitando un discurso sobre lo endemoniado de andar con un hombre casado. Yo no entiendo nada y no comienzo a atar cabos sino hasta que enlista una serie de palabras altisonantes dirigidas a mí, entrelazadas con advertencias de saber quién soy y amenazas de hablar con mi familia. Ah, ya voy entendiendo… No basta con que se trate de un error, si ya se imaginaba que no lo aceptaría. A ver, si tengo los pantalones de andar con él ¿por qué no tengo los pantalones de admitirlo? Ahora me presenta todas las evidencias de que en efecto soy yo quien anda con el abogado. Híjole, de lo que se viene a enterar uno ¿así que todo esto hace el abogado? No, pues qué barbaridad, a mí también se me hace que ha de andar con alguien. Claro que con una esposa histérica como ésta, no me extraña que se busque a alguien más (y espero que no sea pecado pensarlo), pero ¿por qué no se divorcia? Yo sé que el divorcio está penadísimo y que lo ideal es resolver los problemas del matrimonio, pero qué es peor, divorciarse, poner el cuerno, o aguantar a una mujer como ésta. Le repito que es un error, y nada más me deja con el aviso de que su esposo tiene una enfermedad venérea terrible e incurable, así que me conviene irme con cuidado. Es la gota que derrama el vaso, ya me estaba cansando esta señora con su neurosis y sus improperios, pero ahora sí me ofendió. Yo respeto su vida personal y no tiene por qué levantarme falsos. Menos mal que la Nena entra en la cocina atraída por el olor a quemado, o yo me habría seguido con la señora esta. Me despido de ella como si se hubiera tratado de cualquier conversación normal, y cuelgo demasiado tarde: las galletas están achicharradas.

 A cambio de las galletas que no nos podremos comer, Eduardo ofrece ir a comprar unas. Está seguro de que no estarán tan buenas como las que estábamos horneando, pero al menos no nos quedaremos con el antojo. ¡Uy, si no se había ya ganado a mi familia, con esto ya se echó a todos a la bolsa! Iremos los tres, y la niña Esparza le pregunta a mi hermano si quiere venir. ¿De plano se va a aplicar con él, aunque sea hermano de alguien con el que ella salía? Él quiere desempacar, así que se queda en la casa.

Parece que la aprobación de Eduardo por mi familia fue recíproca. Está extremadamente entusiasta y no deja de insinuar que hemos de ser novios. Si no estuviera la niña Esparza aquí, me preguntaría si me está llegando. La verdad es un alivio traer chaperón hoy, porque no estoy segura de querer andar con él. Todavía estoy muy enamorada del Cometa y temo tener que dejar de verlo cuando Eduardo y yo seamos novios. Claro que el Cometa ya se volvió a ir y de todas maneras no nos vemos. Pero no estoy segura de querer andar con Eduardo, no sé si me casaría con él. Bueno, tampoco es que me tenga que casar con el hombre de mi vida, si con alguien como él ya me estaría sacando la lotería. …Aunque después corra el riesgo de divorciarme, como mi tía Lucía, o como la tía Isabel , de vivir toda la vida resignada junto a un hombre al que no amo, pidiéndole a Dios cada día que se lo lleve, porque la viudez es más tolerable que el divorcio. Me pregunto si eso será mejor que quedarme a vestir santos, dedicada exclusivamente al negocio familiar y sin más relaciones que las que ocurren en la imaginación de señoras a las que les pintan el cuerno.

9. ¿Amor prestado?

Hace ya muchos años, la actividad del sábado por la tarde consistía en ir de compras y al cine con mis primas. Este sábado, después de una larga abstinencia, salimos como en los viejos tiempos. Algunas dejaron marido e hijos, otras sólo al marido o al novio y otras, las menos, a nadie. Entre todas debimos habernos probado la totalidad de los escaparates del centro comercial. Mantuvimos el pacto implícitamente establecido en los buenos tiempos: de ninguna manera comprar una prenda que alguna prima ya hubiera comprado. Mi adquisición favorita fue una falda de la cual me enamoré. ¿Quién dice que sólo me puedo enamorar de los hombres? Si alguien lo dudara, bastaría con haber observado los síntomas, en cuanto la vi en el escaparate mi pulso se aceleró, mis pupilas se dilataron y el corazón me palpitó con tal fuerza que la sangre subió a propulsión a mi rostro y me ruboricé. Cuando me la probé, mi respiración estaba agitada y hasta comencé a transpirar. (No debería confesar públicamente que sudé en los probadores de una tienda, temo que la gente deje de probarse prendas que pudieran haber sido sudadas por alguien más y ello repercuta en las ventas e impacte en la economía local; que sirva saber que uno sólo transpira cuando se enamora de la prenda, en cuyo caso es inevitable comprarla, o sea que está garantizado que cada prenda que haya sido sudada dejará de estar disponible para la venta).

En esta ocasión fuimos de compras, pero no al cine porque parece que fue la actividad elegida por todas las parejas en vísperas del 14 de febrero, así que los boletos estaban agotados. En vez de eso cubrimos con bolsas llenas de ropa casi la totalidad de una cafetería. Al principio me abstuve del postre hasta que comenzaron a hablar sobre sus planes para San Valentín. Ahí quedaron todos mis buenos propósitos de Año Nuevo… aunque pensándolo bien, no es que los hubiera tenido muy presentes, así que probablemente ya se habían quedado en algún momento, probablemente a mediados de enero.

Justo tenía el primer bocado de brownie en la boca, cuando escuché una voz que creí reconocer: ¡Hola Isa! ¡Era nada más y nada menos que la niña Esparza , la amiga de Eduardo, la misma que me vio en pleno romance con el Cometa de regreso de la Sierra Fría y que pensé jamás me dirigiría la palabra en la vida! Por un momento temí que me estuviera saludando sarcásticamente, pero su actitud era amable, casi cariñosa. La saludé entre tartamudeos y a duras penas logré articular los nombres de mis primas, mientras trataba de resolver mentalmente por qué se habría acercado a saludarme después de descubrir que salía con dos hombres –uno de ellos su mejor amigo- simultáneamente.

Mi asombro sería mayor cuando, después de la plática banal de rigor, me preguntó si ya tenía planes para el lunes (catorce de febrero), no para averiguar si lo del Cometa prosperó, ¡sino para invitarme a la cena que habría en su casa ese día!

Me olvidé de la falda y hasta se me fue el apetito. El lunes, todavía sin entender lo que había pasado, llegué a casa de la familia Esparza tan sólo diez minutos tarde (para hacerme la interesante sin parecer irrespetuosa). De las tres cuartas partes de líquido que conforman mi cuerpo, dos eran adrenalina, un poco por los nervios de ver a Eduardo (estaba segura de que ahí estaría) y un mucho por el miedo de que la invitación fuera parte de un plan para vengarse de lo que le hice a Eduardo.

Antes de la cena no sabía qué esperar. Me imaginaba que sería reunión, iría gente de la disquera, tal vez unas doce o quince personas, quizá más. No sabía si era informal, así que me vestí con el atuendo que no falla: toda de negro. Estuve a punto de llamarle a la niña Esparza y preguntarle cuántas personas seríamos, para comprarle un detallito a cada quién. Ya había decidido que un libro de esos pequeñitos era perfecto, porque era sólo un detalle y al mismo tiempo era algo que no se quedaba en lo superficial, cuando me di cuenta de que dar regalos del día de la amistad a personas que no son mis amigos es un acto, en el mejor de los casos, hipócrita, y en el peor, patético. Así que llegué sin idea sobre cuántos, quiénes y cómo seríamos. Aunque hubiera tenido las más altas expectativas respecto a la cena, me habría sorprendido. Los manteles largos engalanaban la mesa del comedor, donde seis lugares tenían sus respectivos identificadores con los nombres de tres mujeres y tres hombres. La niña Esparza estaba en una cabecera y su galán (nunca supe si son novios o simplemente están saliendo) a su derecha. Por cierto, el susodicho me recordó mucho a mi hermano, con el que alguna vez salió la niña Esparza. A su izquierda, Eduardo, vestido de traje. Nunca lo había visto de traje, tal parece que los creativos prefieren proyectar una imagen casual, y debo decir que se veía todavía más guapo. Yo a la izquierda de Eduardo. Enfrente de mí y a mi lado respectivamente, Giovanna y Pablo, una pareja a quien yo conocía de vista por haber estudiado en mi escuela, un par de generaciones arriba.

La cena estuvo deliciosa y los meseros a quienes contrataron, de lo más atento. Pero lo que más me gustó fue la atmósfera, resumida en una palabra que pareciera inventada para definirla: intimidad. Durante casi cinco horas fui parte de un grupo de amigos cercanos donde, como dijeron en el brindis más emotivo de la noche, abundaban tanto la amistad como el amor. Por un rato jugué a ser parte de ellos e imaginé lo que sería ser novia de Eduardo y tener a la niña Esparza , Giovanna y Pablo como amigos, y me gustó. Al acabar la velada me invadió la melancolía porque el amor que festejé ese día sólo fue prestado, un espejismo que se desvanecía, un sueño del que despertaba.

Quién sabe, tal vez la noche de San Valentín no fue un evento aislado, sino el inicio de algo. Por lo menos eso pensé el sábado siguiente en la misma cafetería en que estaba una semana atrás, cuando a quien me encontré fue a una de mis primas, y con quienes estaba sentada esperando a que comenzara la función de cine eran la niña Esparza, su galán y Eduardo.

8. La llamada

La casa de la abuela siempre me ha fascinado. Sus paredes murmullan recuerdos de cientos de pasajes en la historia de mi familia. Murmullan tan quedo que normalmente pasan desapercibidos en medio de conversaciones en que todas las tías parecen hablar al unísono.

Hoy que estamos solas la casa y yo, me regodeo en sus rincones. El juguetero tiene recuerdos en porcelana de los viajes de seis décadas; un reloj, un molino de viento, la pastorcita con la mano rota, unas ardillas, una pareja besándose, una geisha y varias muñequitas con trajes típicos de no sé dónde. Las fotografías están sobre cada mesa y en cada pared, conviviendo con retratos de la abuela y alguno que otro de la bisabuela. También están en los álbumes que la abuela guarda en un mueble de la biblioteca, el cuarto más respetado por haber sido guarida del abuelo cuando aún vivía. Se podría escribir una novela con cada una de las personas y de los lugares que se perfilan en color sepia dentro de esos álbumes.

Hacía años que no los hojeaba. Hoy mismo no pensaba hacerlo, simplemente vine a regar las plantas y verificar que todo estuviera bien. Normalmente son mis tías las encargadas de venir cuando la abuela no está y el servicio descansa, pero en esta ocasión me ha correspondido a mí esa función porque han sido mis padres los que la incitaron a ausentarse.

El timbre del teléfono interrumpe la quietud en mi cabeza. Debe ser la abuela llamando con el pretexto de saber si algo se ofrece, pero más bien para verificar que yo haya venido.

…No era la abuela. No era nadie que hubiera esperado que llamara. Era mi tío Alfonso, el primogénito y el único hombre. Hubo más tíos que murieron cuando niños y que se siguen contabilizando, por lo que el resto de la familia negaría que el tío Alfonso sea el único hombre, pero para mí siempre lo ha sido. O lo había sido, antes de su ausencia. Hace años que mi tío Alfonso desapareció de nuestras vidas. Su ausencia es uno de los secretos familiares, o dos de los secretos familiares, porque no se sabe ni su paradero, ni la razón de su partida.

Seguramente está en otra ciudad y probablemente en otro país. No hay forma de localizarlo y de vez en cuando le llama a la abuela para informarse sobre su estado de salud y compensar con palabras la convivencia perdida. Se sabe que le llamó cuando en la comida dominical la abuela está callada y las tías cuchichean, una que otra llora y la conversación gira en torno a los valores familiares. Los primos pretendemos no saber y nos encerramos en alguna habitación a fumar y tratar de descifrar ese misterio con la poca información que tiene cada quién.

Tal parece que su partida algo tiene que ver con su mujer. Mi tía Blanca es la única hija de un exgobernador de otro estado. Los primos pintamos al suegro de mi tío como militar en el mejor de los casos, y narcotraficante en el peor. Lo único más o menos seguro es que no estaba de acuerdo con el matrimonio y quizá esa fue la razón por la que no fue a la boda. Tal vez no le avisaron y fue cuando se enteró que mis tíos debieron irse.

 Lo que yo recuerdo es que un día se habían ido de viaje, no se sabía a dónde ni por cuánto tiempo, y ese tiempo se alargó y se alargó hasta que todos nos acostumbramos a que mis tíos Alfonso y Blanca no fueran sino un brindis en Noche Buena con los ojos llenos de lágrimas y un nudo en la garganta como los que tengo mientras escribo.

Mi abuela siempre se mostró serena, excepto en una ocasión. Salió a misa, como todos los días y notó que la seguían. Entendió que mi tío Alfonso había contratado guardaespaldas para su protección, probablemente porque algo grave pasaba, así que encendió veladoras para encomendarse a todos los santos y pagar todas las misas a las que faltaría en los días sucesivos, pues no saldría de su casa hasta recibir la llamada de su hijo pródigo. Cuando finalmente la recibió, el alarmado fue mi tío Alfonso, quien no había contratado a ningún guarura. Mandó a la abuela de viaje y contrató una línea privada, a donde le llama desde entonces. Yo debí haber sabido que era él cuando sonó el teléfono de la biblioteca.

No recordaba su voz, pero de inmediato lo reconocí, sorprendiéndome más de no haberme fijado que estaba contestando la línea privada que de escucharlo. Mi primera reacción fue preguntarle dónde estaba, a lo que contestó que bien, gracias. Quería saberlo todo sobre su vida, las de mis primos, el secreto en torno a ellos, pero entendí que lo justo era responder a todas las preguntas que me hacía. Me habló como si le hablara a una chiquilla. No disimuló su sorpresa al conocer mi edad. Tuvo el tacto suficiente para omitir la pregunta sobre mi estado civil. Cuando le conté que trabajo en el negocio familiar, la voz se le cortó. Era él quien debía estar dedicando su vida a los dulces típicos; a fin de cuentas él fue quien edificó la empresa que hoy le da de comer a mi familia. Ahora comprendo que la ausencia de mi tío Alfonso nunca ha sido tal, está presente en la visión empresarial y sobre todo en la visión personal.

De pronto todas las fotografías de su álbum (el único lleno de fotos exclusivamente suyas, y cómo no, siendo el primogénito) cobran sentido y dejan de ser fantasías policíacas para convertirse en una persona cariñosa que obligada por las circunstancias está lejos. Creo que a partir de hoy, Alfonso dejará de ser el tío ausente y su voz sobresaldrá entre todas las que se escuchan en las paredes de esta casa.

7. Con ninguno

Reviso la configuración de mi celular por enésima vez. En efecto, no está en modo de silencio, el volumen está perfecto y ya hasta me marqué desde el teléfono de mi casa para corroborar si las llamadas entran bien, y sí, simplemente no he recibido ninguna.

Mi prima Luisa está en Puerto Vallarta, mi abuela se fue con mis papás a Jalisco, mi hermana no me ha llamado, de mis amigas me desconecté desde el primero de enero para tener tiempo para el Cometa, Eduardo ya no me habla y el Cometa… el Cometa ya se volvió a ir.

No me deprimí como la primera vez que se fue. De hecho estoy muy tranquila. Me angustié antes de su partida, cuando me propuso que nos fuéramos de fin de semana a la Sierra Fría como despedida. Iríamos con Pablo, un amigo suyo a quien yo ya conocía, y su novia Marta, a la que tal vez había visto en alguna ocasión. Por supuesto descarté la idea inmediatamente y cada día no hacía sino pensar en todas las razones por las cuales no debía ir. Supongo que en el fondo sabía que iría porque en un par de ocasiones mencioné en mi casa a Marta como si fuéramos amigas de años. Cuando finalmente avisé que iría a la Sierra Fría el fin de semana “con Marta y con otras personas a quienes no conocen”, no cayeron en la cuenta de que a Marta tampoco la conocían y mucho menos se imaginaron que ni siquiera yo la conociera.

No puedo explicar por qué lo hice. Todavía pienso en todas las razones por las cuales no debería haber ido y siguen siendo válidas, pero lo que hago por el Cometa no tiene explicación. Estaba a escasos días de irse y yo quería aprovechar cada segundo junto a él. No me importaban las consecuencias y esperaba que tal vez no hubiera ninguna.

Lo único en lo que fui sensata fue en escondérselo a Eduardo. Ya me las había ingeniado para seguir viéndolo sin dejar de ver al Cometa y —por supuesto- sin que se enterara de que estaba saliendo con los dos al mismo tiempo. Con Eduardo hablaba mucho del trabajo, un poco para evitar temas en los que me pudiera preguntar algo cuya respuesta estuviera relacionada con el Cometa, y un mucho para alargar esa etapa previa al noviazgo. Ya llevábamos saliendo un periodo por demás razonable y había tanta empatía entre Eduardo y yo, que lo normal era que empezáramos a andar en cualquier momento. Claro que ese momento de ninguna manera podía ser mientras el Cometa estuviera en Aguascalientes. Para asegurarme de ello, transformaba cualquier conversación con tinte romántico en plática sobre temas profesionales. Seguro se imaginó que estaría de viaje de negocios cuando el jueves le dije que no nos veríamos sino hasta la semana siguiente y le pedí que me llamara el lunes, porque no preguntó nada.

El viernes decidí no trabajar. Salimos temprano rumbo a la Sierra Fría. Desde el instante en que el Cometa pasó por mí, mis pensamientos tormentosos desaparecieron y empecé a vivir cada momento como si fuera el último de mi vida. Pablo y Marta resultaron encantadores. El Cometa, ni se diga. Tenía la impresión de estar en un sueño: la realidad se percibía diferente. Los colores eran más brillantes, los sonidos más nítidos. Era como si el mundo se hubiera convertido en un lugar mejor porque el Cometa y yo estábamos juntos. Reíamos, jugábamos, nos comunicábamos con miradas y con caricias. Éramos los más creativos, seres creadores. Podría escribir un libro completo sobre ese viaje.

Yo entré en un trance del que no me sacó ni siquiera el que se ponchara una llanta durante el trayecto de regreso. No traíamos una llave de cruz, o no sé qué. No valía la pena salir del trance por eventos mundanos como ése. Además, la camioneta era de Pablo, ya resolvería él el problema.

Mientras esperábamos a que algún coche pasara y nos auxiliara, el Cometa se recargó en la camioneta y yo me acurruqué entre sus brazos, escondiéndome del frío. Casi no me percaté de la llegada de otra camioneta y apenas vi a los que se habían bajado a ayudar. No fue sino hasta que Pablo le preguntó algo al Cometa, que volteé al interior del coche. Sentí un golpe seco dentro de mi cabeza al reconocer a la copiloto: la niña Esparza, la mejor amiga de Eduardo. De inmediato desvié la mirada fijándola en uno de los que se habían bajado del otro coche, como si el mirar lejos me convirtiera en alguien invisible. El Cometa debió darse cuenta de que algo me pasaba porque discretamente me soltó y fue a ayudarle a los demás. Sin saber qué hacer o qué pensar, me moví como resorte a la parte de atrás de los coches, donde estaba uno de los pasajeros de la otra camioneta sin hacer nada, como viendo al vacío. Yo no sabía si la niña Esparza me había visto y si me había reconocido, pero no pensaba averiguarlo. Pensé en cualquier cosa que decirle al pasajero, algo sobre el frío, agradecimientos por su ayuda, la belleza de la Sierra Fría. Cuando regresé a la camioneta, mi trance ya no era un sueño, sino un dolor de cabeza.

El Cometa se fue ese mismo día a México, de donde salía su vuelo a la mañana siguiente. De la niña Esparza ya no tuve dudas sobre si me había visto, la confirmación llegó con la ausencia de Eduardo, que no me llamó el lunes de la siguiente semana al viaje de la Sierra Fría y no me ha vuelto a llamar desde entonces. No es porque mi teléfono no funcione, ni porque se haya quedado con el timbre apagado después de misa porque lo he revisado decenas de veces y está bien.

Pensar que hace apenas una semana la vida se trataba de no empalmar a Eduardo y al Cometa, y ahora se trata de no tener a ninguno. Ahora veo cuánta razón tenía evitando a toda costa que Eduardo supiera del Cometa; en efecto, sería fatídico.

Metamorfoseando

Cada vez soy más gato y menos humano. Después de dormir 31 horas casi ininterrumpidamente, la semejanza que guardo con mis compañeros de casa no puede pasar desapercibida. La pupila se me ha alargado y he de confesar que los bigotes y las cejas me crecieron y se pusieron blancos. Cuando estoy contenta emito una especie de ronquido que es sin duda un ronroneo.

La vida me parece demasiado buena para hacer algo mas que comer, dormir y si acaso asearme. No me preocupa estar cubierta de pelo, tener el vientre flácido o admitir mi egoismo con socarronería. No cabe duda: cada día soy más gato y menos humano.