4. Los dilemas

¿Me peso o no me peso? Mejor no, con lo que he comido últimamente seguro subí muchísimo. Pero tampoco la semana pasada me pesé, por la misma razón. Empecé a comer así en la cena con El Cometa. ¡Y cómo no comer, si era la cena perfecta para dos! Ni siquiera perdoné el pan antes de empezar a cenar. No sé si fue porque quería disfrutar al máximo todo, y así compensar el fiasco de nuestro reencuentro cuando llegó, o porque haberme limitado habría sido como hacer evidente ante él mi exceso de peso. La blusa cruzada y los pantalones negros lo disimulaban lo suficiente para que no notara que en cuanto se mudó fuera de México, canalicé mi depresión comiendo como enajenada, como suelo hacer. Ni siquiera lo debió haber notado cuando me tomó por la cintura, o no me habría besado después.

Todavía no sé por qué lo hice. Me había jurado a mí misma que no lo besaría, pasara lo que pasara, pero bastó que me mirara, con ese silencio más elocuente que cualquier discurso, para que olvidara todos mis juramentos y sucumbiera a su boca. Todavía esa noche llegué a mi casa a soñar despierta como no lo había hecho desde que tenía trece años. Tenía tal necesidad de revivir cada momento de la noche una y otra vez, que ni siquiera desperté a mis papás, que habían llegado de los Altos mientras yo cenaba con El Cometa. Ya les había dejado un recadito diciéndoles –convenientemente- que mi celular se estaba quedando sin pila (obviamente no quería recibir interrupciones durante mi velada) y que no se preocuparan si llegaba tarde.

A la mañana siguiente me desperté con un poco de remordimiento. Empezaba a recordar todas las razones por las que había decidido no besarlo. Esas razones se vieron confirmadas con el paso del día, sin recibir cualquier señal de luz de mi querido Cometa. Indignada, me vengué enviando un mensajito al celular de Eduardo, quien no tardó en responder con una llamada y su consecuente invitación a salir por la tarde, misma que –obviamente- acepté, no sin el deseo de toparme con El Cometa para que lo carcomieran los celos. No me lo encontré y, eso sí, ahogué mi rabia en un glorioso pastel de chocolate y dos capuchinos. Mejor no me peso.

Eduardo es un encanto y me la pasé bien. Me explicó por enésima vez que su situación económica no es muy boyante, por lo de su negocio y eso. Debo confesar que fui perversa, sacaba a la plática temas en los que El Cometa es un erudito, sólo para confirmar que Eduardo no es tan interesante como mi amor de toda la vida. No fui muy sensata. Aunque Eduardo nunca notó que lo estaba juzgando, debí haber hecho exactamente lo contrario: encontrar todos los aspectos en los que él es mejor que aquel otro. Con todo y ser menos interesante que mi Cometa, es un muy buen prospecto.

Durante la comida de hoy me estuvieron preguntando por él. Mi hermana ya se había encargado de comentarle a la abuela y a la tía Isabel que estábamos saliendo, así que sin más empacho me preguntaron. Por supuesto no esperaron la respuesta, de pronto la mitad de las tías y primas hicieron un análisis completo sobre las ventajas del prospecto que desconocen totalmente. Estuve tentada a irme al cuarto de juegos, donde la rama varonil de la familia hablaba sobre futbol. No lo hice y para evitar hablar –claro que al parecer tampoco pretendían que yo hablara- me dediqué a comer. Me debería de pesar para saber, por lo menos, cuánto subí.

 Es que, además, con mi papá en Aguascalientes no dejo de tener comidas de negocios que duran horas… horas en las que evidentemente me la paso comiendo y bebiendo alcohol (y ya se sabe cuántas calorías tiene cada copa). Eso sí, han sido muy productivas. No sabía si iba a aprobar mis planes para el año que entra ¡y mucho menos pensaba que hasta los iba a desarrollar! Claro, ahora me toca a mí ejecutarlos.

Ya será el año entrante, porque éste ya se acabó. Aunque quisiera arrancar proyectos de trabajo, mi agenda no me lo permitiría, entre brindis navideños y compras de regalos, está saturada. He estado haciendo llamadas a gente que hace tiempo no veo y hasta he hablado con amigos de Londres a quienes ya les había perdido la pista. También he recibido llamadas, de familiares, de amigos, de un par de galanes que pensaba que ya se habían casado y una de un exnovio que, en efecto, ya se casó.

No cabe duda que Navidad está en el ambiente. Siento como si todo el mundo hablara de las fiestas decembrinas y creo que no me había pasado en otros años. Hasta El Cometa me dijo que está consiguiendo muérdago para ponerlo encima de mi cabeza cuando me vea. No me gustó el chiste, pero claro que ya le tengo un regalo para cuando aparezca. Además, le pienso escribir una carta, pero eso lo haré cuando esté con el humor apropiado.

Al que no sé si comprarle algo es a Eduardo. Apuesto que él sí me va a regalar algo ¡y más le vale, si quiere hacer puntos! Tal vez le regale sólo un detallito, pero se lo daría hasta asegurarme que él tiene un regalo para mí.

Cerrar el año con dos galanes presentes no está mal. Ahora es tiempo de hacer planes para el año próximo y ahí es donde se pone buena la cosa. En cuestión romántica mejor me detengo en la recapitulación de este año y evito las definiciones para después. Al fin tengo bastantes aspectos de mi vida sobre los cuales sí fijarme propósitos. Uno de ellos, el peso. El año que entra lo empiezo a dieta y con una rutina de ejercicio. Sé que cuando me lo propongo lo hago, y así podría darme todo diciembre todavía de “vacaciones alimenticias”. Mejor me olvido del tema hasta enero, entonces no tiene caso saber cuántos kilos he subido. No me peso.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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