6. Dos galanes y ninguno

Justo en el instante en que dieron las doce campanadas de Año Nuevo, estornudé. Me llamó tanto la atención que fuera precisamente en ese momento, que se me ocurrió que tal vez podría significar que tendría problemas de salud todo el año. No me considero una persona supersticiosa, pero como no está de más, corrí a tocar madera, esquivando abrazos festivos, maletas vacías y escobas que alejaban la mala suerte.

Sonó mi celular y aunque llevaba días esperando esa llamada, me sorprendió escuchar al Cometa. Aunque hacía unos minutos que nosotros habíamos declarado la llegada del nuevo año, al otro lado de la línea todavía estaban en los últimos segundos de la cuenta regresiva. Con voz aterciopelada recitó algo, mezcla de poema y buenos deseos. Era la primera vez que él hacía la llamada en punto de las doce que yo cada año le hacía, sin importar en qué lugar del mundo me encontrara. Este año era distinto, porque yo no tenía ningún número donde pudiera localizarlo, así que ya me había hecho a la idea de no hablar con él. Me puse tan nostálgica al colgar, que no me importó no poder responder al mensajito de Eduardo porque la red celular estuvo aparentemente saturada durante los primeros veinte minutos del año.

Eduardo me escribía para pasar a felicitarme. Él sí es supersticioso y consideraba que verme en esas primeras horas significaría que estaríamos juntos todo el año. En lugar de ponerme de acuerdo con él para que, en efecto, pasara a verme, me desvié del tema mostrándome exageradamente sorprendida porque él creyera en “esas cosas”. En realidad no quería comprometerme a recibirlo, por si al Cometa se le ocurría lo mismo y llegaba inesperadamente. Además, si acaso era cierto eso de ver todo el año a la gente con la que lo comienzas, tal vez ver al Cometa haría que ya no se regresara al extranjero o -¡mejor aún!- me llevara con él. Como quiera, valía la pena esperar yo sola a ver si llegaba.

Al final no vi ni al Cometa, ni a Eduardo. Por la tarde los vi a ambos… o casi. Finalmente, El Cometa sí apareció, por la tarde, mientras yo dormía una siesta después del aletargante recalentado. Yo le había dicho a Eduardo que nos veríamos, así que, convenientemente, le mandé un mensaje al despertar de mi siesta avisándole que me estaba quedando sin batería y que iba a salir. En efecto, salí con El Cometa en busca de un lugar abierto para tomar café. La ciudad estaba desierta. La totalidad del comercio había cerrado sus puertas y el único movimiento, de vez en cuando, era algún otro coche, así que lo único que había que ver era a los otros conductores.

Encontrando todo cerrado, pronto desistimos y decidimos regresar a tomar un café en casa, lo cual no me encantaba porque mis papás estaban en Aguascalientes, pero preferí eso a la idea de ir al cine y desperdiciar dos valiosísimas horas al lado del Cometa sin dirigirnos la palabra. De regreso nos tocó un alto, el único alto de ese día, y en automático giré la cabeza para ver al conductor del coche de junto: Eduardo. Por supuesto le di la espalda de inmediato y me recogí el cabello con la esperanza de que si me veía, no me reconociera. Me di cuenta que se dirigía hacia mi casa e inventé algún sitio que creía recordar alguien me había dicho sí abriría el día primero, para que El Cometa diera la vuelta en u y evitáramos llegar a mi casa al mismo tiempo.

Cuando finalmente llegamos, me encontré con un discreto susurro de mi madre avisándome que Eduardo había estado ahí minutos antes, me sugirió que le llamara. Así lo hice, pero me aseguré de quedar con él lo suficientemente tarde como para que El Cometa se hubiera ido. Más tarde tuve que posponerle pues El Cometa acababa de aceptar el recalentado que mi madre le ofrecía, así que tuve que calcular el tiempo que nos tomaría la comida (mi segunda comida del día), más la sobremesa. Estuve a punto de posponerle por segunda ocasión faltando quince minutos para que llegara, cuando El Cometa anunció que se retiraba.

No dejo de sorprenderme cuando me pasan estas cosas. Como mi madre le había preparado un recipiente con los platillos que más le habían gustado, El Cometa pasó a la cocina antes de irse, así que salió por la puerta de atrás. Fue gracias a eso que no se topó con Eduardo, quien tocó el timbre segundos después de que yo cerrara la puerta de la cocina. Me sentí tan aliviada porque no se hubieran encontrado que me cuestioné mucho si lo que hacía estaba mal. No tenía compromiso con ninguno de los dos y sin embargo sentía la adrenalina y la culpa que seguramente sentirán quien comete una infidelidad. Sé que Eduardo dejaría de salir conmigo si supiera del Cometa. También sé que es absurdo poner en riesgo una relación potencial con un hombre tan valioso como Eduardo por otro que he confirmado no está interesado en ser mi novio. Lo que no sé es por qué lo hago, y sospecho que no lo sabré sino hasta que El Cometa se haya ido y deje de verlo.

Todos estos pensamientos se combinaron con el recargo estomacal, consecuencia de haber comido recalentado tres veces (con la familia, con El Cometa y con Eduardo), y no me dejaron dormir en casi toda la noche. El malestar y la desvelada continuaron hasta el lunes, razón por la cual no comencé a ir al gimnasio ese día. Tampoco trabajé, y en lugar de eso repetí mi actividad del domingo: todo el día con mi prima Luisa, platicando recostadas sobre la cama, tal y como solía hacer de niña con las otras primas pero jamás con ella.

Comencé el año con problemas de salud, sin dieta, sin gimnasio, sin productividad. Con una rutina espantosa (o más bien sin ella). Con dos galanes y sin ninguno. Si hubiera decidido evadir todos mis propósitos de Año Nuevo, no lo habría logrado con tal maestría.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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