8. La llamada

La casa de la abuela siempre me ha fascinado. Sus paredes murmullan recuerdos de cientos de pasajes en la historia de mi familia. Murmullan tan quedo que normalmente pasan desapercibidos en medio de conversaciones en que todas las tías parecen hablar al unísono.

Hoy que estamos solas la casa y yo, me regodeo en sus rincones. El juguetero tiene recuerdos en porcelana de los viajes de seis décadas; un reloj, un molino de viento, la pastorcita con la mano rota, unas ardillas, una pareja besándose, una geisha y varias muñequitas con trajes típicos de no sé dónde. Las fotografías están sobre cada mesa y en cada pared, conviviendo con retratos de la abuela y alguno que otro de la bisabuela. También están en los álbumes que la abuela guarda en un mueble de la biblioteca, el cuarto más respetado por haber sido guarida del abuelo cuando aún vivía. Se podría escribir una novela con cada una de las personas y de los lugares que se perfilan en color sepia dentro de esos álbumes.

Hacía años que no los hojeaba. Hoy mismo no pensaba hacerlo, simplemente vine a regar las plantas y verificar que todo estuviera bien. Normalmente son mis tías las encargadas de venir cuando la abuela no está y el servicio descansa, pero en esta ocasión me ha correspondido a mí esa función porque han sido mis padres los que la incitaron a ausentarse.

El timbre del teléfono interrumpe la quietud en mi cabeza. Debe ser la abuela llamando con el pretexto de saber si algo se ofrece, pero más bien para verificar que yo haya venido.

…No era la abuela. No era nadie que hubiera esperado que llamara. Era mi tío Alfonso, el primogénito y el único hombre. Hubo más tíos que murieron cuando niños y que se siguen contabilizando, por lo que el resto de la familia negaría que el tío Alfonso sea el único hombre, pero para mí siempre lo ha sido. O lo había sido, antes de su ausencia. Hace años que mi tío Alfonso desapareció de nuestras vidas. Su ausencia es uno de los secretos familiares, o dos de los secretos familiares, porque no se sabe ni su paradero, ni la razón de su partida.

Seguramente está en otra ciudad y probablemente en otro país. No hay forma de localizarlo y de vez en cuando le llama a la abuela para informarse sobre su estado de salud y compensar con palabras la convivencia perdida. Se sabe que le llamó cuando en la comida dominical la abuela está callada y las tías cuchichean, una que otra llora y la conversación gira en torno a los valores familiares. Los primos pretendemos no saber y nos encerramos en alguna habitación a fumar y tratar de descifrar ese misterio con la poca información que tiene cada quién.

Tal parece que su partida algo tiene que ver con su mujer. Mi tía Blanca es la única hija de un exgobernador de otro estado. Los primos pintamos al suegro de mi tío como militar en el mejor de los casos, y narcotraficante en el peor. Lo único más o menos seguro es que no estaba de acuerdo con el matrimonio y quizá esa fue la razón por la que no fue a la boda. Tal vez no le avisaron y fue cuando se enteró que mis tíos debieron irse.

 Lo que yo recuerdo es que un día se habían ido de viaje, no se sabía a dónde ni por cuánto tiempo, y ese tiempo se alargó y se alargó hasta que todos nos acostumbramos a que mis tíos Alfonso y Blanca no fueran sino un brindis en Noche Buena con los ojos llenos de lágrimas y un nudo en la garganta como los que tengo mientras escribo.

Mi abuela siempre se mostró serena, excepto en una ocasión. Salió a misa, como todos los días y notó que la seguían. Entendió que mi tío Alfonso había contratado guardaespaldas para su protección, probablemente porque algo grave pasaba, así que encendió veladoras para encomendarse a todos los santos y pagar todas las misas a las que faltaría en los días sucesivos, pues no saldría de su casa hasta recibir la llamada de su hijo pródigo. Cuando finalmente la recibió, el alarmado fue mi tío Alfonso, quien no había contratado a ningún guarura. Mandó a la abuela de viaje y contrató una línea privada, a donde le llama desde entonces. Yo debí haber sabido que era él cuando sonó el teléfono de la biblioteca.

No recordaba su voz, pero de inmediato lo reconocí, sorprendiéndome más de no haberme fijado que estaba contestando la línea privada que de escucharlo. Mi primera reacción fue preguntarle dónde estaba, a lo que contestó que bien, gracias. Quería saberlo todo sobre su vida, las de mis primos, el secreto en torno a ellos, pero entendí que lo justo era responder a todas las preguntas que me hacía. Me habló como si le hablara a una chiquilla. No disimuló su sorpresa al conocer mi edad. Tuvo el tacto suficiente para omitir la pregunta sobre mi estado civil. Cuando le conté que trabajo en el negocio familiar, la voz se le cortó. Era él quien debía estar dedicando su vida a los dulces típicos; a fin de cuentas él fue quien edificó la empresa que hoy le da de comer a mi familia. Ahora comprendo que la ausencia de mi tío Alfonso nunca ha sido tal, está presente en la visión empresarial y sobre todo en la visión personal.

De pronto todas las fotografías de su álbum (el único lleno de fotos exclusivamente suyas, y cómo no, siendo el primogénito) cobran sentido y dejan de ser fantasías policíacas para convertirse en una persona cariñosa que obligada por las circunstancias está lejos. Creo que a partir de hoy, Alfonso dejará de ser el tío ausente y su voz sobresaldrá entre todas las que se escuchan en las paredes de esta casa.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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