9. ¿Amor prestado?

Hace ya muchos años, la actividad del sábado por la tarde consistía en ir de compras y al cine con mis primas. Este sábado, después de una larga abstinencia, salimos como en los viejos tiempos. Algunas dejaron marido e hijos, otras sólo al marido o al novio y otras, las menos, a nadie. Entre todas debimos habernos probado la totalidad de los escaparates del centro comercial. Mantuvimos el pacto implícitamente establecido en los buenos tiempos: de ninguna manera comprar una prenda que alguna prima ya hubiera comprado. Mi adquisición favorita fue una falda de la cual me enamoré. ¿Quién dice que sólo me puedo enamorar de los hombres? Si alguien lo dudara, bastaría con haber observado los síntomas, en cuanto la vi en el escaparate mi pulso se aceleró, mis pupilas se dilataron y el corazón me palpitó con tal fuerza que la sangre subió a propulsión a mi rostro y me ruboricé. Cuando me la probé, mi respiración estaba agitada y hasta comencé a transpirar. (No debería confesar públicamente que sudé en los probadores de una tienda, temo que la gente deje de probarse prendas que pudieran haber sido sudadas por alguien más y ello repercuta en las ventas e impacte en la economía local; que sirva saber que uno sólo transpira cuando se enamora de la prenda, en cuyo caso es inevitable comprarla, o sea que está garantizado que cada prenda que haya sido sudada dejará de estar disponible para la venta).

En esta ocasión fuimos de compras, pero no al cine porque parece que fue la actividad elegida por todas las parejas en vísperas del 14 de febrero, así que los boletos estaban agotados. En vez de eso cubrimos con bolsas llenas de ropa casi la totalidad de una cafetería. Al principio me abstuve del postre hasta que comenzaron a hablar sobre sus planes para San Valentín. Ahí quedaron todos mis buenos propósitos de Año Nuevo… aunque pensándolo bien, no es que los hubiera tenido muy presentes, así que probablemente ya se habían quedado en algún momento, probablemente a mediados de enero.

Justo tenía el primer bocado de brownie en la boca, cuando escuché una voz que creí reconocer: ¡Hola Isa! ¡Era nada más y nada menos que la niña Esparza , la amiga de Eduardo, la misma que me vio en pleno romance con el Cometa de regreso de la Sierra Fría y que pensé jamás me dirigiría la palabra en la vida! Por un momento temí que me estuviera saludando sarcásticamente, pero su actitud era amable, casi cariñosa. La saludé entre tartamudeos y a duras penas logré articular los nombres de mis primas, mientras trataba de resolver mentalmente por qué se habría acercado a saludarme después de descubrir que salía con dos hombres –uno de ellos su mejor amigo- simultáneamente.

Mi asombro sería mayor cuando, después de la plática banal de rigor, me preguntó si ya tenía planes para el lunes (catorce de febrero), no para averiguar si lo del Cometa prosperó, ¡sino para invitarme a la cena que habría en su casa ese día!

Me olvidé de la falda y hasta se me fue el apetito. El lunes, todavía sin entender lo que había pasado, llegué a casa de la familia Esparza tan sólo diez minutos tarde (para hacerme la interesante sin parecer irrespetuosa). De las tres cuartas partes de líquido que conforman mi cuerpo, dos eran adrenalina, un poco por los nervios de ver a Eduardo (estaba segura de que ahí estaría) y un mucho por el miedo de que la invitación fuera parte de un plan para vengarse de lo que le hice a Eduardo.

Antes de la cena no sabía qué esperar. Me imaginaba que sería reunión, iría gente de la disquera, tal vez unas doce o quince personas, quizá más. No sabía si era informal, así que me vestí con el atuendo que no falla: toda de negro. Estuve a punto de llamarle a la niña Esparza y preguntarle cuántas personas seríamos, para comprarle un detallito a cada quién. Ya había decidido que un libro de esos pequeñitos era perfecto, porque era sólo un detalle y al mismo tiempo era algo que no se quedaba en lo superficial, cuando me di cuenta de que dar regalos del día de la amistad a personas que no son mis amigos es un acto, en el mejor de los casos, hipócrita, y en el peor, patético. Así que llegué sin idea sobre cuántos, quiénes y cómo seríamos. Aunque hubiera tenido las más altas expectativas respecto a la cena, me habría sorprendido. Los manteles largos engalanaban la mesa del comedor, donde seis lugares tenían sus respectivos identificadores con los nombres de tres mujeres y tres hombres. La niña Esparza estaba en una cabecera y su galán (nunca supe si son novios o simplemente están saliendo) a su derecha. Por cierto, el susodicho me recordó mucho a mi hermano, con el que alguna vez salió la niña Esparza. A su izquierda, Eduardo, vestido de traje. Nunca lo había visto de traje, tal parece que los creativos prefieren proyectar una imagen casual, y debo decir que se veía todavía más guapo. Yo a la izquierda de Eduardo. Enfrente de mí y a mi lado respectivamente, Giovanna y Pablo, una pareja a quien yo conocía de vista por haber estudiado en mi escuela, un par de generaciones arriba.

La cena estuvo deliciosa y los meseros a quienes contrataron, de lo más atento. Pero lo que más me gustó fue la atmósfera, resumida en una palabra que pareciera inventada para definirla: intimidad. Durante casi cinco horas fui parte de un grupo de amigos cercanos donde, como dijeron en el brindis más emotivo de la noche, abundaban tanto la amistad como el amor. Por un rato jugué a ser parte de ellos e imaginé lo que sería ser novia de Eduardo y tener a la niña Esparza , Giovanna y Pablo como amigos, y me gustó. Al acabar la velada me invadió la melancolía porque el amor que festejé ese día sólo fue prestado, un espejismo que se desvanecía, un sueño del que despertaba.

Quién sabe, tal vez la noche de San Valentín no fue un evento aislado, sino el inicio de algo. Por lo menos eso pensé el sábado siguiente en la misma cafetería en que estaba una semana atrás, cuando a quien me encontré fue a una de mis primas, y con quienes estaba sentada esperando a que comenzara la función de cine eran la niña Esparza, su galán y Eduardo.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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