11. (In) certidumbres

Me maquillo en la sala para estar con la Nena, mi madre y la tía Lucía, la menor de sus hermanas. Mientras me pinto las uñas, observo las manos de las mujeres de la familia. Las manos de mi madre y de mi hermana llevan anillos de compromiso y argollas de matrimonio. La mano de mi madre se mueve cómoda, acostumbrada como las rosas están a sus espinas. Mi hermana, en cambio, de vez en cuando juguetea con ellos. Las de la tía Lucía, igual que la mía, no llevan anillos, una añorando la protección del metal, y otra soñando con algún día sentir ese estatus azaroso.

La tía Lucía debía quedarse soltera para cuidar a la abuela. Sorprendió, y más bien indignó a la familia su decisión de casarse, máxime tratándose de un hombre mucho mayor que ella. Creo que aceptaron mejor su divorcio que su matrimonio y hasta agradecieron su congruencia con la rebeldía con que la habían etiquetado cuando anunció que dejaría por segunda ocasión la casa de su madre, esta vez para irse a vivir sola, aunque sea un escándalo social que una mujer a quien no le falta techo y familia que la albergue, viva independiente en una casa que, por si fuera poco, es demasiado grande para una persona.

La Nena debía casarse después de su hermana mayor. Al menos eso creía yo hasta la Navidad en la que descaradamente anunció que se casaba frente a mi novio de más de cuatro años. La idea de que se casaría antes que yo me espantaba y mis esperanzas de recibir la propuesta que me correspondía se diluyeron conforme llegaban los preparativos para su boda. Entre opciones de arreglos florales y pruebas de menú, caí en la cuenta de que durante dos meses anteriores el cesto de basura del baño se llenaba bajo mi responsabilidad, y llegué a la conclusión de que la Nena estaba embarazada. No dije nada hasta casi dos años después, en que la Nena anunció su estado. Mi confesión de las sospechas que había tenido se vio opacada por la suya: en efecto, un embarazo había sido lo que ocasionara la boda, y la decisión siguió en pie aún después de un aborto natural al tercer mes.

El sonido del timbre interrumpe mis pensamientos justo cuando mis uñas terminan de secarse. Eduardo acepta el café que mi madre le ofrece. Su conversación arranca sonrisas y hasta risas. De vez en cuando recibo miradas femeninas de complicidad. En secreto juego a que Eduardo y yo estamos casados. Me doy cuenta de que sería el marido ideal, al menos para mi familia. El sueño continúa cuando salimos, me abre la puerta del coche y permanece a mi lado durante toda la misa a la que asistimos juntos; sólo empieza a disiparse cuando comienza a hablar de sus planes para ir a Miami a una grabación de no sé qué. Le falta pasión al hablar de su trabajo. ¿O será que extraño la pasión con la que me habla el Cometa de la vida?

Llegamos al bar en donde están sus amigos y todo comienza a ser un poco confuso. Conversaciones entrelazadas, martinis y besos en la oreja que me aturden cada vez más. Me susurra cosas que no escucho, estoy más concentrada en las cosquillas que me hace su boca que en lo que me dice, hasta que me llega. O por lo menos eso parece. Quiere que seamos novios. Me separo de él para mirarlo a los ojos y se pone un poco serio. Me ha tratado lo suficiente y definitivamente soy la mujer con la que quiere estar. No sé qué decir. Sabía que me llegaría y esperaba que ese momento se aplazara lo suficiente para haber tomado ya una decisión. Sigue hablando hasta que la niña Esparza nos interrumpe para pedirme permiso: TIENE que bailar ESTA canción con Eduardo. Acepto aliviada y me niego a pensar en lo que pasó. Me aseguro de entablar una conversación en la mesa lo suficientemente interesante como para que ambos se integren a su regreso. La niña Esparza me mira complacida. Eduardo se sienta a mi lado y me toma de la mano, besándola de vez en cuando. Alguien se para al baño y se da por finalizada la plática grupal. Eduardo me besa y le correspondo, con tal de no tener que responder a lo que me dijo. Al cabo de la eternidad que dura el beso, le pido que me lleve a mi casa. Afortunadamente su proposición no es tema del que se hable en el camino de regreso. Él está extraordinariamente cariñoso y me despide en la puerta con la promesa de llamarme al día siguiente en cuanto se despierte.

No logro dormir. No sé cuánto tiempo, cuántas horas han pasado cuando mis pensamientos se ven interrumpidos por el timbre de mi celular. Temo que sea él, pero es un número desconocido.

Confirmo lo dicho: siempre llega en el momento en que menos lo espero. El Cometa me llama desde otro lugar del mundo, pero esta vez su voz es sutil, acariciante, como tantas veces he deseado que sea. Tengo que incorporarme para seguir escuchando lo que no puedo creer. El Cometa me confiesa su amor. Soy la mujer de su vida y siempre ha tenido miedo de decírmelo. A tropezones me explica que le ofrecen una beca de estudios y que si me voy a vivir con él, dentro de un año nos podemos casar y entonces pedir la beca de matrimonio. No sé qué decir. Empiezo a pensar en voz alta ¿vivir en unión libre con él? ¿unión libre? Haber vivido en Londres me permitió respetar a quienes toman esa decisión, pero asimilar la posibilidad de ser yo quien viva en unión libre es algo muy distinto. Él me narra la historia de su amor por mí y de todas las razones, ahora absurdas, que había tenido para no confesármelo. Sus palabras siguen sonando en mi cabeza mucho tiempo después de haber dejado de escucharlas.

Siento que apenas me quedé dormida cuando me llama Eduardo. Usa adjetivos que antes no usaba y agradezco en silencio que no mencione su pregunta de anoche. Espero que tampoco lo haga en persona cuando nos veamos esta tarde.

Me debato entre las dos posibilidades. Sería fácil si cualquiera de las opciones no implicara un gran costo de oportunidad. Analizo los pros y los contras y cada vez me parece más complicado. No sé qué decisión tomar. Me digo a mí misma que a veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión y confiando en ello me quedo dormida.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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