12. ¿A qué va la gente a Durango?

Abrocho mi cinturón de seguridad, verifico que el respaldo de mi asiento esté en posición vertical y cierro los ojos. Es la primera ocasión en dos semanas que me puedo relajar. Viene a mi mente el tema que he tratado de evitar: la disyuntiva entre el Cometa y Eduardo. Elegir al hombre con el que compartiré mi vida no es trivial. Un anuncio por el altavoz interrumpe mis pensamientos. ¿Alguien olvidó apagar su celular y ésa es la razón por la cual no hemos despegado? Qué bárbaro. Yo por eso lo apagué desde el instante en que pisé el aeropuerto. Además, no esperaba ninguna llamada tan temprano. Bueno, le tenía que hablar a mi amiga Carmen para avisarle a qué hora llego a Durango y nada más.

El abogado amigo de Carmen que me apoyaría con un deudor en su ciudad natal ya no podrá hacerlo por el incidente con su esposa: aparentemente el hombre es infiel y la señora piensa que yo soy la causante de su infelicidad marital. Para compensar que quedó mal conmigo y dada su excelente relación con Carmen, el abogado me consiguió el apoyo de Alan, un abogado en Durango, por honorarios más que accesibles. Un nuevo anuncio por el altavoz advierte que no podemos despegar hasta que cierta persona altamente irresponsable apague su celular. Me pregunto cómo pueden saber que hay un celular encendido. Alan me recogerá en el aeropuerto, y precisamente para que Carmen le diga a qué hora llego es que yo le llamé a ella para darle la información sobre mi vuelo. Le hubiera llamado anoche, pero me quedé sin batería. Normalmente evito llamar antes de abordar, para no olvidarme de apagar el celular. Esta vez ya lo había apagado cuando me acordé de llamarle, y lo tuve que volver a encender…

¡Híjole! ¿Lo volví a apagar? Híjole, creo que no. Qué pena, me tengo que parar para verificar en mi portafolios. Qué oso, qué oso, qué oso. El celular que estaba encendido era el mío. Todo el mundo me voltea a ver cuando la azafata me pregunta desde el otro lado del pasillo si era el mío. No -respondo con aplomo-, de hecho sólo verifiqué que estuviera apagado y sí, lo apagué antes de abordar. El orgullo inicial de que la gente pensara que yo no había sido es pronto reemplazado por cierto remordimiento.

Ay, me quedé dormida. Me da tiempo justo de darme una manita de gato. Carmen dice que Alan es guapo y buen prospecto. De hecho sugirió que me aplicara, ¿por qué no se aplica ella? Cuando le pregunté, puso cara de que estaba diciendo una estupidez. No ha de ser tan buen prospecto.

¿Ése es Alan? Carmen tenía razón: es muy guapo. Además es encantador. De camino a su despacho, me cuenta, como si nos conociéramos de toda la vida, la historia de su bufete salpicada con anécdotas personales. Qué lindo, se preocupa porque no he desayunado y decide que la sede de nuestra reunión será un restaurante. Yo había planeado empezar la dieta hoy, pero supongo que tendré que posponerlo para mañana.

El ex-cliente, que ahora es uno de nuestros principales deudores, había desaparecido de la faz de la Tierra. No sé cómo, Alan se las arregló para localizarlo, presentándose a sí mismo como vendedor ansioso por mostrarle la nueva —e inexistente- línea de dulces, que de hecho tuve que producir y traer conmigo. Alan y su equipo me explican el plan, sustento legal incluido. ¿Me debería de sentir culpable por sentirme atraída hacía Alan? Es como si le estuviera siendo infiel a Eduardo, pensamiento absurdo dado que aún no he accedido a ser su novia… al menos no explícitamente.

 La reunión con el cliente resulta tal y como la habíamos planeado, excepto por la certeza con la que Alan asegura que yo estaré en Durango mañana, siendo que mi avión parte dentro de algunas horas. Tal parece que me coquetea cuando me sugiere que me quede, y yo ciertamente le coqueteo a él cuando acepto su invitación a cenar. Él habla con la agencia de viajes y yo con la gente de la oficina. Debería llamarle a Marta: el mensajito que me mandó parecía urgente, pero mejor le llamo mañana.

Dedico la tarde libre a comprar lo que necesito para mi imprevista estancia, incluyendo un atuendo especial para esta noche. Mientras me estoy maquillando en la habitación del hotel, el celular suena.

¡El Cometa! Que llegará a Aguascalientes el viernes para la fiesta de despedida de Pablo. ¿De qué me está hablando, a dónde se va Pablo? ¿Se muda a algún lado? ¿Es posible que sea despedida de soltero? El Cometa ya colgó, así que es demasiado tarde para averiguarlo; seguramente la explicación llegará cuando hable con Marta mañana.

De nuevo el celular y esta vez es Eduardo. ¿Me marcaste y estaba ocupado? Eh no, no hablaba con nadie. Qué raro. Ah, bueno, acabo de consultar mi buzón de voz, seguramente en ese momento me llamaste. ¿Eduardo? Permíteme tantito, está sonando el teléfono de la habitación… ah, es que no te he dicho: me quedo hoy en la noche en Durango, ahorita te explico, permíteme… ¿Aló? Gracias señorita, por favor dígale que bajo en seguida… Ya, perdón. Llego mañana, luego te explico, me tengo que ir porque ya llegaron por mí… Los abogados; es que me invitaron a cenar… Sí, te llamo regresando de la cena… Yo también ¡besitos! ¡Hola Alan!

La suma del menú escrito en una réplica de periódico de la época de la Revolución, lo diminuto de la mesa que compartimos Alan y yo más la iluminación a base de velas deja en claro que no se trata de una cena de negocios. Confieso que estoy nerviosa porque no dudo que en cualquier momento me bese.

Después de la cena me enseña la silueta de una monja en una iglesia, aparentemente el mayor atractivo turístico. Reacciono como si fuera lo más emocionante que haya visto. Exagero mi admiración para darle seguridad y obtener buenos resultados. Confirmo que es buena técnica cuando Alan me besa tiernamente. Más tarde, me quedo dormida aún con el sabor de su boca.

¡Ay, no le hablé a Eduardo! ¿Le hablaré ahorita? Es muy temprano, mejor al ratito. Alan pasa por mí y me lleva al aeropuerto. Platicamos durante una hora sin mencionar el romance de anoche. Me apresuro a despedirme de él para llamarle a Eduardo: ¡mil perdones, regresé de cenar ya muy tarde y me dio pena despertarte! ¿Pasas por mí al aeropuerto? Perfecto… sí, yo también te extrañé. Entonces te veo allá, por lo pronto te dejo porque estoy a punto de abordar y no quiero que se me vaya a olvidar apagar el celular en el avión.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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