13. Pérdidas en días de feria

Mi pulso está acelerado y mi respiración agitada, en armonía con la música de los coches que pasan y el escándalo de la gente de que sale de los antros a primera hora de la mañana. Me robaron mi cámara digital. La dejé sobre la mesa en el antro y cuando me di cuenta, ya no estaba. No fue tanto la cámara, que a fin de cuentas es algo material. Fue la sensación de inseguridad, el saber que no es seguro dejar mis pertenencias en la mesa del antro. Fue también el desapego involuntario de las fotografías que estaban en la cámara: el viaje a Durango, la cena de parejas el jueves en casa de Eduardo y la fiesta de despedida de Pablo. Después de todas las pérdidas que he vivido esta noche, la de la cámara es la más insignificante.

De la nada aparece frente a mí la niña Esparza, histérica. Mi estado alterado no se compara en nada con el de ella. Tan rápido como puedo, trato de descifrar la situación. Ella habla de violación y señala con el dedo a un tipo en paños menores. ¡Un momento! A él yo ya lo había visto… claro, lo vi de regreso de la Sierra Fría , cuando la niña Esparza me vio con el Cometa. O sea que ya se conocían; están saliendo del hotel a primer hora de la mañana y la niña Esparza se topa conmigo, ¿qué podía decir sino que había sido violada? La trato de tranquilizar en vano. Cómo darle a entender que no tiene que ser falsa y que es perfectamente válido acostarse con alguien. Yo misma he actuado de manera hipócrita en un afán de tratar de actuar con libertad. Cuando mi libertad se pelea con lo que marca la sociedad, tengo que utilizar herramientas para que mi nombre (y apellido, ciertamente) quede limpio. El rol de víctima es una de las herramientas más eficaces, lo sé bien. Mientras alejo a la supuesta víctima de ahí, con la mirada le doy a entender a su amante que sé que no es un violador. Ojalá fuéramos libres para poder hacer lo que quisiéramos, sin sentir la sombra de la sociedad anclando nuestros tobillos. Ojalá le pudiera dar alas a la niña Esparza para que saliera del hotel de un hombre con la plenitud del placer experimentado, y no con la desesperación del ahogo social.

Mi tolerancia actual me sorprende. Hace apenas algunas horas encarné a la sociedad enjuiciadora cuando me enteré de que el abogado duranguense cuya esposa me llamó creyéndome su amante, en efecto le es infiel a su mujer, y lo hace nada más y nada menos que con mi amiga Carmen. Me enoja, me decepciona, me indigna. Le armé una escena a Carmen y no he contestado a las decenas de llamadas y mensajes que me envía. Tanto Carmen como la niña Esparza están en una situación equivalente (la de una mujer que se acuesta “indebidamente” con un hombre), y la una me parece inadmisible; la otra, perfectamente comprensible. Claro, hace doce horas no habían pasado tantas cosas.

Hace doce horas, aún no había escuchado la voz de Alan al otro lado del teléfono, que con ternura me llamaba ingenua, por no saber que la relación entre Carmen y el abogado iba más allá de la amistad. En cuanto la vi le recriminé su baja moral, y sólo me callé al no saber qué responder. Quién eres tú para hablar de escrúpulos, Isa, si descaradamente le pusiste el cuerno a Eduardo con Alan. Justificándome fue que me enteré de que Eduardo consideró que al callar, había otorgado. No le respondí cuando me pidió que fuéramos novios y ante mi silencio, asumió que accedía. Eso significa que le puse el cuerno con Alan. Qué subjetiva es la infidelidad. Ahora me toca enfrentar mi infidelidad involuntaria, esperando que tenga consecuencias más sutiles que las que tuvo en mi amistad con Carmen, que terminó rotundamente.

Hace doce horas no sabía por qué la fiesta que organizaban Pablo y su novia Marta era de “despedida”. Apenas llegué al Buddha, tuve ocasión de preguntárselo a Marta, con la mejor de mis sonrisas. Su risa nerviosa se convirtió en llanto en cosa de segundos y se fue al baño mientras el Cometa, a quien no había visto, me jalaba del brazo para explicarme: Pablo se estaba despidiendo de la vida.

Se me hizo un nudo en la garganta y todo empezó a girar mientras recibía la noticia. Le diagnosticaron cáncer de pulmón en un estado tan avanzado que lo desahuciaron. Recordé el resfriado que habíamos atribuido al tiempo en la Sierra Fría y caí en la cuenta de que Pablo llevaba meses fluctuando entre la gripe y la alergia. Ahora se va a morir, y de pronto lo único que cobra sentido en la vida, es la vida misma. Es increíble ver a Pablo más contento que nunca, gozando cada instante, como si quisiera exprimir el poco tiempo que le queda.

Ahora entiendo por qué el Cometa voló tantas horas para venir a la fiesta de despedida. Lo que no acabo de entender, es por qué cambió de opinión. Tardó años en hablar del tema, en mencionar su propuesta de irme a vivir en unión libre con él. Yo tuve suficiente tiempo para pensarlo. Visualizarme compartiendo mi vida con el Cometa es el pensamiento que más feliz me hace. Sé que lo que siento por él es mucho mayor que lo que siento o pueda llegar a sentir por Eduardo. Pero mis sueños incluyen el matrimonio. Casarme con el Cometa sería para mí llevar el amor que siento por él al nivel más alto, uniéndonos ante los ojos de Dios. El Cometa me había sugerido que viviéramos en unión libre y esa opción me incomodaba. Era como si él no estuviera seguro de querer estar conmigo y si no estaba seguro, tal vez era mejor que no estuviéramos juntos.

Lo irónico es que él interpretó mi indecisión precisamente como que yo no estaba convencida de estar con él. El Cometa esperaba que yo eligiera compartir mi vida con él, independientemente del convenio religioso o civil. Me explicó que mi silencio había dejado en claro mi postura: yo no tenía la misma intención que él. Originalmente pensaba pedirme matrimonio cuando nos viéramos, no es algo que se proponga por teléfono y ésa era la razón por la cual me había hablado de unión libre y no de matrimonio. Pero el que yo no aceptara de inmediato su propuesta, lo “desactivó”. Ahora algo se rompió, como una bola de cristal llena de nieve que estalla en cien pedazos. Debe ser cierto, porque cientos de astillas de vidrio se encajaron en mi corazón. Hablamos toda la noche, al principio traté de convencerlo, y al final mi orgullo estaba tan pisoteado que sólo me enfoqué en sobrellevar tanto dolor.

Estaba tan conmocionada que no me di cuenta de que mi cámara digital había desaparecido de la mesa. Cuando cuenta me di, la descarga de adrenalina me sirvió para tomar mis cosas y salir del antro. De no haber sido por eso, no habría encontrado fuerzas para seguir andando.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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