14. Relaciones complicadas

Mamá toca a la puerta de mi habitación. Estoy en bata, con el cabello alaciado y ya maquillada, sin aretes. ¿Cómo podía ella saber que no tenía aretes? Trae un par de diamantes en una montura larga, más apropiados –según ella- para mi cabello largo que los pequeñitos que suelo usar. Yo ya debería de estar lista, pero me la pasé boleando mis zapatos y limpiando mi joyería, y se me hizo tarde.

En efecto, Eduardo toca el timbre y mamá me tranquiliza, ella lo recibirá en lo que yo termino de arreglarme. Medias, falda, blusa. Qué estarán platicando. No creo que se le ocurra preguntarle su opinión sobre el nuevo Papa, aunque pensándolo bien, seguro le interesará su opinión sobre un tema tan importante como la religión. Qué importa de qué hablen, lo importante es el tema que tocaré durante la cena. Eduardo debe tener claro que no somos novios y por lo tanto yo no le puse el cuerno con Alan. Ni siquiera hablaré de si quiero andar con él, y en todo caso, no es algo que esté lista para decidir en este momento.

Cartera, llaves y celular en la bolsa pequeñita, y estoy lista para bajar. Están riendo, seguro no hablaban del Papa. Beso a Eduardo en la mejilla aprovechando que se levantó para besar a mamá de despedida. Ella discretamente me pregunta a qué hora regresaré. Me parece algo extraño, pasan tanto tiempo en los Altos de Jalisco que siento como si estuviera viviendo sola. Hace apenas tres días que llegaron y ya me siento como adolescente controlada. Temprano, llego temprano. Esboza una sonrisa de complicidad.

A tan sólo dos cuadras de distancia, me llama por teléfono. Sí, sí le di su medicina al perro y no, no me habías dicho que me volvió a llamar Carmen… aunque me lo hubiera imaginado, a juzgar por las tres llamadas perdidas suyas que aparecen en el celular. Por lo menos me da pauta para evadir el tema durante el trayecto. Le explico a Eduardo lo que parece ser el tema más relevante del planeta, uno de mis tres perros aparentemente tiene una úlcera ocasionada por estrés.

Llegamos al restaurante en donde él había hecho una reservación. En una mesa están nada más y nada menos que los papás del Cometa. ¡Encontrármelos justo a ellos, qué inapropiado! Camino hacia nuestra mesa, pero en vez de sentarme, me disculpo con Eduardo y voy a saludar al señor y la señora Cometa. La señora Cometa me pregunta con quién vengo, con un amigo, y por qué no nos acompañan, a lo que no puedo sino responder con una sonrisa mientras pienso qué decir. Me salva el señor Cometa, no seas impertinente, qué tal que ellos quieren estar solos, además nosotros ya casi terminamos, mejor invitamos a Isa algún día a cenar a la casa. Claro, me va a encantar ir a cenar a su casa. Ya sabes que no tenemos teléfono, pero danos un número donde te podamos localizar para quedar en el día y la hora. Me apresuro a extenderles la tarjeta y regreso a sentarme con el hombre más guapo del local.

Me acabo de sentar y ya hasta estoy comiendo pan con mantequilla. Todavía estoy pensando cómo evitar el tema, cuando él menciona lo encantadora que le parecí por teléfono a su mamá. Que tengo una voz muy linda y que le preguntó si somos novios. Con ojos del tamaño de platos, le pregunto qué respondió. Que sí. Eduardo, ¿tú consideras que somos novios? Pues sí. ¿Desde hace cuánto? Desde el día en que te llegué, hace mes y medio. Híjole, cómo le explico.

Lo que ocurre a continuación no me queda muy claro. Explica y averigua, como tratando de conocer lo más profundo de mi alma. Poco a poco le insinúo lo que pasó con Alan y su indignación no es por la infidelidad, sino porque exista la posibilidad de que yo no tenga el deseo de andar con él. Le doy a entender que es muy precipitado, hasta que me pregunta directamente si quiero que seamos novios. Sí, Eduardo, sí quiero ser tu novia. ¿Y quieres que tomemos como fecha de nuestro aniversario el día que te llegué en el antro? Claro.

No sé cómo, pero me encuentro deshaciéndome en disculpas por haberle puesto el cuerno. Él no sabe si podrá perdonarme. Me explica fábulas sobre tablas clavadas que no volverán a ser como antes. “La confianza es un bien no renovable”. Qué pesadilla, es una situación casi humillante de la que quiero salir cuanto antes. Ni siquiera pido postre, con tal de regresar a mi casa ya.

Aún no entiendo lo que pasó. Mi objetivo al ir a cenar con Eduardo era aclarar que no éramos novios. Ahora resulta que tengo un novio al que le puse el cuerno y tengo que reivindicar esa terrible acción.

Me preparo un té y me siento en la sala a reflexionar… o a llorar, lo que ocurra primero. Ocurre lo segundo, justo cuando mamá baja a preguntarme cómo me fue. Lloro en silencio y no respondo. Las relaciones humanas son complicadas, sí. Eso es lo que las hace divertidas , supongo que tiene razón.

Mamá sabe que es mejor callar. Va a la cocina y regresa con dos rebanadas del pie de queso que preparó. Lo comemos en silencio, con la mirada clavada en el infinito, y sólo en el último bocado doy por finalizada nuestra convivencia mientras le extiendo en mi mano el par de aretes que me prestó, y recibo un suave beso en la frente como el que nos solía dar antes de dormir.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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