28. La vida y la muerte

Pablo revolotea frente a mí en forma de mariposa monarca. Vuela hacia el sur, como diciéndome tú qué esperas para emigrar también, hacia donde vuelan los cometas. ¿Qué me estás diciendo, Pablo, que debo dejarlo todo para ir rumbo a lo desconocido, que debo cancelar toda posibilidad de una relación futura con alguien más, alguien que nunca andaría con quien ha vivido en unión libre?

Antes de tener alas para volar, también la mariposa fue una oruga. Como yo, gusano para el que fue fácil dejar a Eduardo por Cometa. Qué cómodo se veía entonces, habiendo pasado el suficiente tiempo sin ver a mi novio como para dar la relación por terminada. Me pregunto si habría hecho lo mismo de no haber sido por la aparición de Cometa.

A Eduardo le rompí el corazón, me doy cuenta tan sólo con verlo, aunque muestre su fachada de hombre sabio capaz de comprender hasta la acción más descabellada. Ya me fui, como si en mi decisión no hubiera vuelta de hoja, y sin embargo me vuelvo a sentir en la encrucijada que viví aquel domingo en el aeropuerto en que volé con Cometa en lugar de viajar a Miami, donde Eduardo me esperaba.

Me siguió esperando aún después de confirmar, a través de varias llamadas a mis padres y a la Niña Esparza, que yo no llegaría a Miami. No sé si me espere aún. Me justifica, culpando a mi miedo al compromiso. Pero yo ya no me espero; ya no estoy dispuesta a convertirme en la Isa capaz de traicionar como si no fuera responsable de sus actos por no ver las consecuencias.

Se me vuelve a plantear la disyuntiva, pero esta vez ya no es la lúdica posibilidad de vivir una fantasía, sino que está en juego mi futuro. Qué fácil sería mariposa para simplemente volar rumbo a donde mi instinto me dicta. Pero era fácil para ti, Pablo, porque en cuanto te anunciaron que el cáncer, en tu caso, implicaba la muerte en un futuro cercano, era evidente que tenías que aprovechar el tiempo que te quedaba para casarte con Marta. Al fin y al cabo, qué tenías que perder si lo más importante, la vida, ya lo habías perdido.

Más vale que te arrepientas de lo que hiciste, Isa, que de lo que dejaste de hacer, me decías. ¿Y de qué me arrepentiría más? ¿De negarme la posibilidad de ver si funciona con el Cometa? En ese caso me quedaría en la casa que conozco y que me encanta, conservaría el empleo en el negocio familiar al que le he invertido tanto, vería a mis padres e iría cada domingo a la comida familiar en casa de la abuela, sería testigo de los centímetros que se suman al tamaño de mis sobrinas, estaría en Aguascalientes para dar la bienvenida a mis hermanos de regreso de Barcelona y Monterrey el próximo verano, tendría cerca a mis amigos y estaría abierta a posibilidades románticas con Manolo y, quién sabe, quizá con Eduardo o alguien más. De tanto en tanto aparecería Cometa, sin avisar, como si el tiempo no hubiera pasado, y entonces todo se detendría y me parecería estar viviendo un sueño. Con suerte, no me sentiría un gusano por habernos negado una posibilidad juntos.

¿Me arrepentiría más de irme con él? Cada día amanecería con el hombre al que amo; aprendería a amarlo de otra forma, trayéndolo de la fantasía a la realidad, amando sus ratos de ausencia, su gesto serio cuando me reprocha cosas que no le gustan, su nariz brillante al despertar, su manía de dejar vasos y tazas sucios por toda la casa. Me arriesgaría a descubrir que lo que siento por Cometa no es sino mero enamoramiento, que las pequeñas diferencias que tenemos son las señales que indican que en realidad no somos almas gemelas. Entonces haría las maletas y regresaría a Aguascalientes con la cara gacha. Mis padres irían por mí al aeropuerto y mis amigos no tendrían la valentía para hacerme fiesta de bienvenida, porque no se hace una fiesta después de un fracaso. Mi derrota sería equiparable a la de un divorcio. Con treintaytantos años y la reputación de ex-concubina, tendría que mudarme a otra ciudad para conseguir pareja o resignarme a ser la tía solterona de mi familia. Probablemente me sumergiría en el trabajo, volviéndome una empresaria exitosa. Pero me sabría capaz de tomar las riendas de mi propia vida, de vencer mis miedos y de jugarme el todo por el todo.

Después del funeral de Pablo, Cometa aprovechó su visita a la agencia de viajes con el fin de adelantar su vuelo de regreso, para comprarme un boleto de avión para fin de mes. Me lo entregó diciéndome con la mirada “te espero”. Diez días, eso es lo que me esperas.

Platiqué –por primera vez- con mis padres sobre la posibilidad de irme. Mi padre me hizo ver las ventajas y desventajas que ya conocía; no emite juicio, sólo me apoya en la que sea mi decisión. Mi madre no dijo nada, pero al terminar nuestra conversación fue a encender una veladora y, ante mi mirada inquisidora, explicó: “para que se te haga la luz en el entendimiento”. No supe cómo interpretar sus palabras.

Las fuerzas no me alcanzan para decidir qué rumbo quiero que tome mi vida. Ya una vez hace años no tuve la fuerza para vivir un matrimonio que me hacía titubear. Entonces opté por no tomar ninguna decisión y el destino se encargó de cancelar mi boda, conseguir para Manuel otra esposa y dejarme en libertad, tal vez para hoy tener la oportunidad de estar con Cometa. Pero quizá Cometa está destinado a ser sólo un sueño y existir como posibilidad mágica de pareja ideal.

La mariposa monarca parece flotar delante de mí unos instantes antes de volar definitivamente, dejándome con la duda de si tendré alas para ir tras ella.

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27. Día de Muertos

Te voy a hablar, Eduardo, sobre Cometa. Que quede en el registro que me parece algo extraño, inconcebible de no ser por tu insistencia. Cometa era amigo de mi hermano y venía a estudiar a casa. Durante la remodelación, el cuarto de tele y el estudio ocuparon el mismo espacio, así que con frecuencia coincidíamos ahí. Como suele suceder, el tiempo de estudio era sazonado con momentos de esparcimiento en que ellos dos platicaban de todo un poco; de tanto en tanto, mi intervención era solicitada, máxime si el tema era el género femenino, pues la perspectiva de una representante del mismo era altamente apreciada.

Un día, Cometa llegó y mi hermano no estaba. Me propuso salir por un café y así lo hicimos. Desde el momento en que salí de la casa, sin ponernos de acuerdo empezamos a parodiar una comedia romántica o una cita entre adolescentes. Paseamos en su coche por el centro hablando únicamente del clima y fingiendo nerviosismo. Entrar a la cafetería fue como cruzar el umbral de la realidad, hacia la intimidad. Sólo a mi diario le había hablado con tal desnudez antes de eso. Intercambiamos sinopsis de nuestras vidas, encontrando increíbles coincidencias. Desde entonces, Cometa y yo logramos crear un espacio de confidencialidad alrededor de nosotros cada vez que nos veíamos.

Éramos cómplices logrando que petirrojos aparecieran frente a nosotros a nuestro antojo, adivinando la vida de completos desconocidos y teniendo un ritual de saludo o despedida en que se mencionaban eventos inexistentes.

El elemento entre nosotros era la imaginación, la fantasía, la magia. Gracias a ella, Cometa aparecía portando como regalo una cajita llena de luciérnagas. La terraza de algún restaurante tenía de improviso vista al mar. Cualquier terreno baldío se convertía en el escondite perfecto para estacionarnos a leer poesía. Podíamos detener el tiempo a nuestro antojo, de modo tal que para nosotros no pasara ni un minuto, mientras que para el resto pasaban horas. Pronto se hizo evidente que cuando Cometa aparecía por la casa, era para verme a mí.

Cometa fue el mejor de los amigos que jamás he tenido, mi otro yo, mi paño de lágrimas cada vez que me peleaba con Manolo y mi refugio cuando quería fugarme lejos de todo y de todos. Cometa es el lugar donde elijo estar cuando quiero estar sola.

No sé en qué momento me enamoré de él. Recuerdo que al romper mi compromiso con Manolo comencé a quedarme en la casa, un poco como consecuencia del duelo que estaba viviendo, otro tanto por haberme acostumbrado a salir con él y no tener grandes alternativas. El encierro auto-impuesto adquiría sentido a través de los cuentos que escribía para Cometa, actividad que consumía la mayor parte de mi tiempo. Tal parece que fui la última en darse cuenta de que mis días estaban consagrados a él.

Casi me parecen simultáneas la confesión de mi amor por él y el anuncio de que se mudaba a otro país. Cuando se fue, entré en crisis debatiéndome entre perseguir un sueño tras de él y conformarme con la vida que ya había establecido en Aguascalientes. Qué irónico que al cabo de un año la disyuntiva se repitiera en mi vida. Esta vez vestida de muerte. No importa cuánto la esperes, la muerte llega siempre clavándote el puñal más lacerante. Invades la habitación, cabrona, helándola, quitándonos un aliento de vida a los que estamos fuera del ataúd. Parece una ironía que escogieras precisamente el Día de Muertos para llevártelo. De camino al funeral, la ciudad entera celebra como burlándose de ti, mientras eres tú quién se burla de la gente cercana a Pablo.

¡Y nosotros que pensábamos que le quedaba al menos un mes de vida! Cometa llegó a Aguascalientes para pasar ese último mes en compañía de su mejor amigo, su casi hermano, para encontrarlo consumido en una habitación a media luz. No bien aterrizar en Aguascalientes, me pidió que lo llevara a casa de Pablo y Marta. Pablo ni siquiera fue a recibirlo a la puerta, se encontraba postrado sobre un sofá, mirando por la ventana. Así estuvo toda la semana, asombrándose ante la vida como un pequeño que por primera vez ve las hojas cayendo de los árboles, escucha el trinar de los pájaros y siente el viento pegándole en la cara. Hace exactamente una semana interrumpió el silencio de su contemplación para preguntar: “Cometa ¿qué opinas de la eutanasia?” Cometa respondió: “No mames, cabrón”. No se habló más en el resto de la tarde.

Hace dos días todos recuperamos la esperanza. Pablo amaneció lleno de energía, como hacía meses que no estaba. Quería hacer una fiesta que se redujo a recibir visitas. Era como si presintiera su muerte y quisiera despedirse de todos lleno de vida.

Anoche estuvo platicando con Cometa hasta bien entrada la noche. De la nada mencionó que sería muy triste que se muriera en diciembre ¿te imaginas a sus papás el día de Navidad? Mejor se esperaba hasta enero. Entonces habló sobre la muerte. Ahora sí estaba listo, dijo, ya no le tenía miedo. Que todos estos meses, sintiéndola cerca, había comulgado con el miedo más grande que tienen los hombres: el miedo a morir. Había pensado en todas las consecuencias que tendría su fallecimiento, todo lo que dejaba por vivir, siempre con una angustia cerrándole la garganta y una melancolía oprimiendo su pecho. Ahora ya no, como si comprendiera las razones más elevadas y estuviera listo para saltar al vacío. Las almas de Pablo y Cometa conversaron esa noche largo y tendido. Se dijeron todo lo que se tenían que decir y, cuando ya no hubo más, se fueron a dormir.

A las pocas horas Cometa se despertó con la agitación que se vivía en la casa. Marta estaba preparando una maleta mientras esperaba a la ambulancia y a los padres de Pablo. Irían al hospital, pero en el momento en que llegaron los paramédicos, Pablo hizo su última petición: quería morir en casa, en los brazos de su esposa. Así lo hizo.

Esta mañana pensaba que me estaba vistiendo de negro para ir al panteón a ver al abuelo como cada 2 de noviembre. No esperaba que mi luto cumpliría una función distinta. Todo parece apagado, como si los colores hubieran sacrificado su brillo para convertirse en tonos de gris y estar de acuerdo con los ánimos. Hasta las flores parecen emisarias de un mensaje de muerte y no de vida.

Los murmullos son apagados por el lastimero llanto de la madre de Pablo, que de tanto en tanto grita —aúlla- de dolor. Tiene razón, ninguna madre merece enterrar a su hijo. El padre y Marta lloran desconsoladamente, ella sollozando y él en silencio, como si hubiera perdido la fuerza para emitir sonido alguno. Marta a veces corre al baño a vomitar. Cometa está ausente, con la mirada perdida en el vacío y la mano sosteniendo la de la madre de Pablo, asida a él como aferrándose a la vida misma.

Marta dice que quería un hijo, pero él se negó rotundamente. Cuando ella le sugirió que podría embarazarse y que él quizá ni se enteraría, Pablo, rotundo, le dijo: “Marta, el cáncer es una enfermedad hereditaria”. No volvieron a tocar el tema.

Cometa se acerca para ver cómo estoy y a darme el recado que me mandó Pablo antes de morir: que recordara la última conversación que tuvimos. Me habló sobre la vida (su tema de conversación preferido en los últimos meses) y de las decisiones que tomamos en ella. Me incitaba a dejarlo todo e irme a vivir con Cometa. Yo le explicaba mis razones para titubear: con mi educación y en mi sociedad, es bien difícil vivir con un hombre en unión libre en vez de casada; además todo lo que me da seguridad está en Aguascalientes y dejarlo quizá sea un precio demasiado alto que pagar, porque no hay vuelta de hoja. Pensé que estaba siendo dura al decirle que tal vez la situación parecería fácil para él, que ya no tenía que preocuparse por las consecuencias de sus decisiones. El duro fue él, que dio por terminada nuestra plática diciendo: “Isa, yo me voy a morir pronto, pero me parece que tú ya estás muerta”.

Tintero

En el tintero quedaron

esos pasos que no diste

cuando sin ti mi despegue

fue caída.

En el tintero aún quedan

esas noches prometidas,

esos sueños compartidos,

esa vida.

Queda la que estaba escrita:

nuestra historia.

 

26. Las cartas sobre la mesa

Mamá toca a la puerta de mi habitación. Atrás de ella viene la niña nueva cargando una charola con mi desayuno. “¿Cómo sigue ese dolor de cabeza?” Fatal. Tengo jaqueca desde hace tres días y lo único que quiero es dormir. En su mirada noto que a mi madre le da gusto poder atenderme bajo estas circunstancias; a mí, me encanta que lo haga.

Desayuno a media luz, con las cortinas cerradas y la mano de mi madre acariciando mi cabello. Suena mi celular y decido no responder. Ahora recuerdo que anoche sonó dos veces, cuando yo me acababa de dormir. Mamá interpreta mi gesto y me pasa el teléfono. Las llamadas de anoche son de Eduardo, la de hoy, de Carmen.

Tomé café con Carmen en cuanto regresé a Aguascalientes. Fue en el momento en que me pidió perdón cuando entendí que no tengo nada que perdonarle. Resulta que Carmen encontró a su alma gemela, evento digno de ser festejado para cualquier mujer de nuestra edad, excepto que el status marital del susodicho era bastante incómodo, por decir lo menos. No juzgaré y mucho menos daré detalles sobre la situación, basta con decir que el hombre, un abogado de Durango, ya está separado. Resulta que es el abogado que está llevando el divorcio de Manuel (qué chiquito es el mundo y qué diminuto Aguascalientes). Después de meses sin vernos, mi amiga y yo nos sentamos frente a un capuchino (logré resistirme ante los postres) y conversamos como si nada hubiera pasado, y no fue sino hasta terminar el primer café que aclaramos las cosas. Me encantó haber retomado su amistad; era una gran pérdida y me hacía falta desahogar con alguien mis inquietudes respecto a mudarme con Cometa. Carmen parecía una experta en relaciones amorosas cuando me explicó: “No todo es miel sobre hojuelas, pero los problemas no son señales de que no seamos el uno para el otro.”

La voz de Carmen me reconforta al otro lado del teléfono, cuando le llamo terminando de desayunar, en cuanto sale Mamá del cuarto. Que si comemos con Manuel y con su galán. Bueno, por qué no. Nos hablamos al rato para ponernos de acuerdo, porque ahorita le tengo que regresar la llamada a Eduardo. Sí, me llamó, seguro va a querer que nos veamos, porque no hemos platicado más que por teléfono. Todas las noches me llama y hablamos por horas, literalmente, pero desde que los dos regresamos a Aguascalientes sólo lo vi cuando vino, con la Niña Esparza, a traerme mis discos.

Le llamo y, en efecto, me pide que nos veamos. Para comer no puedo, pero podemos tomar café por la tarde, pero –le advierto- si sigo con dolor de cabeza, le tendré que cancelar. Propone mejor refugiarnos en una película que nos permitirá evadir la situación, aunque lo que en realidad dice es que me conviene estar cómoda en un recinto a media luz. No sé si noto algo de picardía en su tono de voz.

Cierro los ojos y me dan ganas de dormitar. Impotencia, así se llama este sentimiento. La clara sensación de no poder con la carga del día. Todo me parece una proeza: levantarme, bañarme, comer con Carmen y Manolo, hablar con Eduardo. Así de difícil me parecía ir a hablar con la Abuela. Evité hacerlo hasta que las llamadas de tías y primas se volvieron más insoportables que la presión de explicarle que me mudaría con Cometa. Ni siquiera puedo decir que me haya armado de valor, porque fue casi sin saber qué hacía que llegué a casa de la Abuela Isabel y le conté que estaba en los preparativos para mudarme a otro país y que viviría con Cometa, a quien ella conocía. Le costó trabajo entender que yo estaba hablando de unión libre. Tuve que repetirle varias veces que viviríamos juntos sin estar casados. Cuando finalmente lo entendió, abrió ojos grandes como platos y yo verdaderamente deseé que me tragara la Tierra. Pero la Abuela ladeó la cabeza, balbuceó algo sobre los cambios y los nuevos tiempos, y empezó a resolver cómo podríamos amueblar la casa sin regalos de boda. Ojalá toda la familia reaccionara tan tranquilamente.

Aún con el temor de no ser capaz de hacerlo, me meto a bañar, me visto y me arreglo. Ya arreglada, me siento frente a la computadora a arreglar pendientes de la oficina. Planeaba que mi única actividad de trabajo una vez de vuelta en Aguascalientes sería renunciar, pero tal parece que si no hago yo las cosas, no se hacen.

Es durante la comida con Carmen, su novio y Manuel que caigo en la cuenta de lo fácil que es la vida en Aguascalientes. No hace demasiado frío, la gente es amable y lo previsible de las situaciones da seguridad.

Ni siquiera el encuentro con Eduardo es tan horrible. Vemos una mala película que comentamos durante la primera etapa de la cena. Después pasamos al punto importante pero no hablamos de nada nuevo. Todo ha sido ya comentado por teléfono los pasados días. Aunque queda claro que ya no andamos, para Eduardo sigo siendo muy importante y le gustaría volver conmigo, en miras de formar una familia. No sé cómo me aguanta. Él dice que se da cuenta de que todo lo que hago es por miedo al compromiso, que lo entiende y que me tiene paciencia. Le voy a presentar a mi terapeuta, se entenderán bien. Lo que sí me mueve el tapete es su larga lista de evidencias de por qué me encuentro mucho mejor en Aguascalientes, que a diez mil kilómetros de distancia. Admito que yo misma he pensado en ello.

A distancia, parece más fácil quedarme y sólo atino a quedarme callada cuando, al regresar a casa, mi madre me pregunta si estoy segura de querer irme.

25. Preparativos

Espero ansiosa a que Cometa llegue por mí. Me asomo por la ventana para ver justo el instante en que entre con el coche. Ya hasta sé cuánto tiempo pasa en lo que llega, sube por el elevador y se escucha el girar de la llave en la cerradura. Viene directo hacia mí, me dice algún piropo, me besa y se sienta para conversar aunque sea algunos minutos. Luego me pide que me aliste y salimos a cenar. Hemos salido a cenar diario (si lo raro habría sido que no hubiera aumentado más de una talla).

Me parece que está llegando, pero no, es el vecino, que tiene un coche parecido. En cuanto me vio aquí, el vecino asumió que Cometa y yo nos habíamos casado. Desde entonces, cada vez que nos topamos hace comentarios sobre lo que es el matrimonio, casi siempre llegando a la conclusión de que nosotros apenas estamos en el inicio, así que probablemente aún no lo sepamos.

Anoche salimos –como todos los días- a cenar. Lo que ocurrió de especial fue que entre el jardín de mariscos y el filete de salmón, Cometa me dijo que teníamos que cambiar mi situación migratoria. Simplemente significaba que he de cambiar mi visa, o mejor dicho, obtener una visa, para poder ser residente en este país. Yo recibí sus palabras como si me estuviera pidiendo matrimonio. Me quedé callada, tratando de no desfigurar la cara por la emoción, y cuando finalmente atiné a enjugarme las lágrimas, caí en la cuenta de que mi mandíbula colgaba, ofreciendo una exposición del bolo alimenticio que contenía mi boca.

Más tarde comprendería lo absurdo que había sido emocionarme así. No me había pedido matrimonio. Cuando entendí esto, experimenté una emoción que llegó de sorpresa: mucha pena. No fue pesar, tristeza, melancolía, sino pena, verdadera pena, de esa que se siente cuando se expone el pudor, se comete algo impropio o se está en medio de una situación vergonzosa. Con razón la gente dice “qué pena” como sinónimo de “qué lástima”. En verdad que da pena: ese sentimiento que me invadió se parecía mucho a la vergüenza. Qué pena que no me pide matrimonio, qué pena que vivo con un hombre sin estar casada con él.

Abro una lata de aceitunas rellenas de almendras mientras espero. Tanto las aceitunas, como las almendras, me han gustado siempre. No logro definir si la combinación me gusta, pero sigo comiendo. Compré la lata por recomendación de un empleado del supermercado. Por cierto, me llamó “señora”. Ya me ha ocurrido en Aguascalientes, sólo que suele ser cuando estoy con mis sobrinas. No me incomoda que me llamen así, a fin de cuentas sería normal si ya lo fuera. Aquí es distinto, el que la gente llegue a pensar que estoy casada, me provoca culpa por no estarlo.

Mi terapeuta me haría observar que asocio la culpa con la comida y diría que por estos pensamientos es que sigo comiendo. Yo le explicaría que simplemente me quedé sin comer por ir a la oficina de Extranjerías a averiguar lo de la visa.

¡Ay, qué susto, el teléfono! Nunca sé si responder o no, aunque Cometa ya me ha pedido varias veces que lo haga y quizá sea él, llamándome a la casa –y no al celular- por tener la certeza de que estoy aquí.

No es Cometa, sino Pablo, desde Aguascalientes. ¡Qué alegría escucharlo! Habla sobre Aguascalientes, el sol, la gente. Me cuenta cómo se la pasaron en el Grito, me explica la gran diferencia que le implica ya haber terminado la quimioterapia. Me da gusto y más por conversar que por tener la duda, le pregunto si ya está bien, cuál es el diagnóstico clínico. Su tono de voz cambia y me explica que precisamente para eso llama: para decirle a Cometa que le quedan un par de meses. No sé qué decir.

Pablo rompe el silencio mencionando a Marta y comentando algo sobre el matrimonio. Bueno –corrige-, sobre el vivir juntos. Tiene que hacer la aclaración para justificar que espera que yo entienda. Yo me apeno. Aunque Pablo y Marta son de toda la confianza del mundo, es un incómodo que manejen con apertura el que Cometa y yo vivamos en unión libre. Es verdad que hace tan sólo unas semanas de ello, pero no podríamos engañar a nadie pretendiendo que son mis vacaciones, porque nuestra vida transcurre como la de cualquier pareja que duerme bajo el mismo techo… sin el contrato matrimonial.

Aún con Pablo me cuesta trabajo manejarlo abiertamente ¡mucho más con quienes no son de confianza! Por eso tuve que mentir en Extranjerías. En el primer mostrador uno con cara de carabinero me preguntó qué trámite haría y expliqué brevemente mi situación. En el momento en que repitió lo que le dije, sólo que incluyendo las palabras “marido” y “matrimonio”, no osé aclarar el error y pensé en hacerlo con quien me ayudara a realizar el trámite.

Me atendió una señora muy amable, de impecable presentación. Me preguntó sobre mi fecha de llegada al país, mi formación y mis planes, y sin preguntar nada sobre mi status marital, se paró y se fue, dejándome sola con la duda de si aclararle que no estoy casada, o esperar a que ella me preguntara. Cuando regresó, abruptamente me preguntó si lo que yo quería era la visa de residencia (“visa de residente temporario”) por estar casada con un residente –que no un nacional- de ese país. Asentí sin saber por qué. Me explicó que tengo que ir a México a hacer el trámite en la embajada que tienen ahí. De la lista de documentos que tengo que presentar, uno parecía resaltado en color fluorescente: acta de matrimonio.
Por fin llega Cometa. No tardará en estacionarse, subir y hacer girar la cerradura.

Saliendo de la oficina de Extranjerías le llamé y le dije lo que me habían explicado, olvidando mencionar uno de los documentos que me habían solicitado.

Mi ansiedad llega a su máximo cuando se abre la puerta. Me extiende el fólder que está en su mano y juntos revisamos la lista de documentos que anotó y las copias notariadas que contiene el fólder. Atrás de todos los papeles, está un boleto de avión con fecha anterior a la que yo habría previsto. Aún no salgo de mi asombro, cuando Cometa me pregunta si falta algún otro documento.

¿Le diré que falta el acta de matrimonio?

24. Y cuando desperté…

Me aventuro a afirmar que la primera semana en casa de Cometa fue una Luna de Miel. Qué digo una Luna de Miel, toda la Vía Láctea en almíbar, bañada de crema chantilly y con chispitas de chocolate. No había en el Universo cosa más empalagosa. Destilábamos dulzura el lunes en el centro comercial, cuando Cometa decidió que no trabajaría (admito que ya había considerado antes la posibilidad de no trabajar el día en que regresaba de su viaje) para llevarme a comprar ropa apropiada que compensaría el inadecuado contenido de mi maleta.

El resto de la semana la tomó de vacaciones para compartir su ciudad conmigo. Sólo hacía un par de llamadas al día, las suficientes para hacerme sentir orgullosa de estar con un profesionista capaz de manejar sus compromisos laborales. Todo transcurría maravillosamente, como sólo en las comedias románticas he visto. Hasta Mamá reaccionó tranquila cuando le llamé para avisarle que estaba aquí, tan tranquila como si yo hubiera salido de casa vestida de blanco.

Cada día desperté cubierta de tiernos besos. Música barroca y olor a café fueron la atmósfera que me rodeaba al abrir los ojos. Nos quedábamos en la cama charlando durante un buen rato, nos arreglábamos y salíamos. Conocí toda la ciudad y sus alrededores. Comí delicioso y aprendí a apreciar de manera distinta el pescado y el buen vino. Me presentó a sus amigos y a la gente con quien trabaja; todos me recibieron con los brazos abiertos, organizando parrilladas, cenas y fiestas de bienvenida en mi honor.

El día en que cumplí una semana allí fue distinto: el sonido insoportable del despertador me recordó el dolor de cabeza que tenía desde la víspera. Cometa me dio un beso rápido y brusco y se metió a bañar. Me volví a dormir hasta que el frío me despertó. Malhumorada, me levanté, me serví un vaso con agua y me bañé. Elegir la ropa que me pondría fue todo un suplicio, porque lo que no estaba sucio, ya me lo había puesto al menos en dos ocasiones. Lo que conformaba mi equipaje original, preparado con  lo necesario para estar en Miami una semana, quedaba totalmente descartado. Finalmente elegí un pantalón gris y una blusa roja que siempre me había puesto con sweater encima. La realidad me avasalló como tsunami cuando traté de abrochar el pantalón y no cerró. Llegó a mi mente como montage una serie de imágenes de todos los postres, bebidas y platillos que llevaban incorporándose a mi organismo desde una semana atrás. Hubiera llorado de no haber sido porque la postura me lo impedía: boca arriba y conteniendo la respiración, única posición que me permitía cerrar poco a poco la cremallera.

En vano esperé junto al teléfono la llamada de Cometa para que comiéramos juntos. Tardísimo y muerta de hambre, me resigné a comer lo poco que encontré, convenciéndome de que era una fortuna que no me hubiera hablado, porque así podría comenzar la dieta. A solas lloré y recordé a la Sra. Cometa, reclamando que no me hubiera dejado un juego de llaves. Caminé por todo el departamento sin saber qué hacer, hasta que me topé con unas llaves y papelito en que me explicaba que ése era mi duplicado y me dejaba sus números de teléfono, pidiéndome que le llamara al despertar. Le hablé en seguida y me contestó con voz cortante que decía que estaba en una junta y tenía que colgar.

Enojada y dispuesta a darle una lección, salí de compras, o por lo menos eso intenté, pues el taxista me llevó a una zona de tiendas horribles y cuando finalmente di con el centro comercial, ya todo estaba cerrado. La lección me la llevé yo regresando a casa, porque Cometa me hizo ver lo insensato que era desaparecer en un país desconocido.

El martes sí fui de compras, sólo para confirmar que mi talla ya no me queda. Sin resignarme a comprarme una talla mayor, regresé a casa con las manos vacías y las lágrimas prontas. Me quedé dormida y no desperté sino hasta que fue demasiado tarde… mientras echaba las sábanas a la lavadora, le llamé a Cometa para pedirle que pasara a comprarme tampones antes de regresar. No sólo me los trajo, sino que llegó con píldoras contra el cólico y un celular nuevo para evitar que se repita el incidente de ayer. Mi alegría inicial fue rápidamente reemplazada por frustración cuando Cometa se sentó en su escritorio a leer, apenas levantando la vista cuando le preguntaba algo. De pronto, como no queriendo la cosa, me mencionó que teníamos invitación para pasar el Grito en una fiesta de la gente de la Embajada de México.

En la sala de Cometa, con vista a la ciudad iluminada y pensando en la celebración del Grito, perdí la vista en el horizonte, en dirección a donde –según yo- quedaba México y, en él, todos los aspectos de la vida que me dan seguridad. La casa en donde cada cosa está en su lugar, las reacciones previsibles de mis padres, los comentarios de mis hermanos, la posibilidad de intervenir en conversaciones sobre política, mi coche y los caminos ya conocidos, mi vida social, mi rol en el trabajo, mi rutina diaria. Me llené de una nostalgia avasalladora.

En ese mismo sillón dos días más tarde, impecablemente arreglada y maquillada, esperaba la llegada de Cometa para ir a la esperada fiesta. Sólo aparecía de tanto en tanto por teléfono, para ponerme al tanto de las razones que le hacían atrasar su arribo en un lugar en que el 15 de septiembre transcurre como cualquier día.

Llegó tardísimo. Yo estaba visiblemente enojada y él no quiso salir hasta que admitiera mi estado de ánimo. Me di cuenta de lo difícil que me resulta expresar lo que siento y exploté sin sentido. Su deseo de tranquilizarme sólo ocasionó que yo me enojara cada vez con menos pretextos, hasta que me frenó en seco para hacerme ver la hora: las once de la noche, tiempo de México.

Lloré, pataleé y me enfrasque en una discusión que sólo cesó ante la interrupción de mi celular que sonaba. Las voces de mis primos se escuchaban a millones de años luz, al otro lado del teléfono, riendo y brindando en un caos incomprensible. Lo único de lo que decían que alcancé a comprender, enjugándome las lágrimas y mirando a través de la ventana, fue el “¡Viva México!”.

23. Destino/destino

Tan seguro estaba Eduardo de que yo lo alcanzaría en Miami con el boleto de avión que me envió, que no me llamó por teléfono para confirmarlo. Eso sí, mandó a la Niña Esparza a hablarme con el pretexto de invitarme a una fiesta; ante mi negativa, fingió sorpresa y preguntó si me iba de viaje, sin poder disimular cómo se había enterado de eso. Ese mismo día el Cometa volaba los diez mil kilómetros que separan la ciudad en donde vive de Aguascalientes, así que ofrecí llevarlo al aeropuerto de la Ciudad de México.

Por la mañana del domingo, un chofer llegó conduciendo la camioneta que la abuela me prestó. Subí mi maleta, pequeñita, con ropa apropiada para el verano en Miami, con atuendos para salir por la noche y algo de abrigo ligero por aquello de los huracanes. Verifiqué por enésima ocasión que el pasaporte, la visa y el boleto de avión estuvieran en mi bolso de viaje, besé a mis padres, a mi hermana y a mis sobrinas, y le llamé al Cometa para avisarle que salía para allá.

Todo parecía tan normal hasta que abrimos la cajuela para que el Cometa subiera su maleta y ver la mía. El semblante pasó de intriga a sorpresa. Debió haber asumido que yo viajaría con él, porque comenzó a hablar de aquel país como preparándome para lo que vería: los edificios, la gente, la cordillera, el mar, la bebida nacional y el platillo que inspiró una oda del poeta.

Al cabo de un rato me quedé dormida y cuando desperté, el Cometa hizo el gesto de quitarme algo de la blusa, en el lugar del corazón. Ese –inexistente- algo fue sembrado en una maceta invisible, regado y abonado, hasta que nació una planta y creció una flor, que fue arrancada suavemente por el Cometa, recibió un beso en el cáliz previa apreciación de su aroma, y entregada a mí en un gesto tan romántico, que no pudo sino recordarme el día en que Manuel me dio el anillo de compromiso. El Cometa no admitía –al menos no explícitamente- creer que yo iba a viajar con él, así que yo no lo saqué de su error. Mi felicidad era tal, que jugué a que, en efecto, volaría en la misma dirección que él. Tan desconectada estaba de la realidad, que no me sorprendió que me preguntara si traía mi visa gringa.

Llegando al aeropuerto la aclaración se hizo inminente. El Cometa dijo algo sobre comprar mi boleto de avión, seguramente habría lugar por ser temporada baja. Tuve que decirle que no iría con él, sino que tenía programado otro viaje. Incrédulo, no reaccionaba, al grado tal que tuve que extenderle mi boleto de avión para que entendiera. Tomó el boleto y lo leyó varias veces, hojeando las páginas como si buscara algún faltante. Con el ceño fruncido, me preguntó por “el tramo restante”. Ahora la que no entendía era yo. Entonces fue él quien me extendió su boleto, ¡volábamos en el mismo avión! Por un azar que no logro comprender, la aerolínea americana hacía escala en Miami para después volar toda la noche hasta su destino final. Jugarreta de la vida.

Ambos nos dirigimos al mostrador, todavía sin entender. Documentamos nuestro equipaje juntos, causando confusión porque las maletas iban a destinos diferentes. En algún momento entre el café y el duty-free nos tomamos de la mano y la gente empezó a asumir que estábamos casados. No comentamos nada en la cafetería o la sala de espera, como si nos hubiéramos hecho cómplices del juego que yo había empezado en el trayecto desde Aguascalientes.

Abordamos, despegamos, y sólo cuando el atardecer se dejaba ver por las ventanillas, el Cometa me pidió que me fuera con él. A sus argumentos sobre las coincidencias de haber tomado el mismo vuelo y sus planes de lo que haríamos en aquella ciudad, yo respondí con silencio y rostro inescrutable. Mi corazón palpitaba con fuerza y –para sorpresa mía- empecé a considerar la posibilidad de volar más allá, con el Cometa.

Llegando a Miami la disyuntiva se materializó: los pasajeros con destino en Miami, hacia migración a la derecha, mientras que los pasajeros en tránsito, a la izquierda. Recordé la pregunta de una película vista recientemente: ¿qué tan lejos de tu madriguera estás dispuesto a salir? Durante una eternidad que seguramente no rebasó los diez segundos, me quedé congelada en medio, mientras el Cometa trataba de descifrar la respuesta con su mirada. No atiné a decir nada, simplemente asentí.

El Cometa entonces preguntó por la venta de boletos y utilizamos las dos horas de escala en el aeropuerto de Miami para volver a documentar mi equipaje y cambiar su asignación de asiento. Confundida entre las voces de los agentes de migración y el personal de la aerolínea, me parecía escuchar la de Eduardo preguntando si había una pasajera de nombre Isa Luévano en el vuelo. Mentalmente le pedí perdón y confirmé mi decisión de arriesgar. Me estaba alejando de la madriguera más de lo que yo misma hubiera imaginado.

El vuelo duró toda la noche y no sé si me dormí o simplemente estaba en una especie de trance. Aterrizamos hace rato y ahora, habiéndonos duchado, estamos listos para ir al centro comercial a comprar ropa para mí, pues lo que yo había preparado para mi encuentro con Eduardo no me sirve para el que se convirtió en mi nuevo destino.