16.Certezas aleatorias

No, le digo que el sábado ya tengo un compromiso, pero el viernes me parece perfecto ¿qué le llevo? Me acuerdo perfecto cómo llegar, no se preocupe, nos vemos ahí a las ocho. Igualmente Señora Cometa.

Qué inocente me vi cuando pensé que el viaje de Eduardo me permitiría tener mucho tiempo libre. Al contrario, no he parado, como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para verme.

El día en que mi novio voló rumbo a Miami, salí a tomar café con La Nena para contarle todo sobre el encuentro con Manuel, mientras mi madre cuidaba a sus nietas y les preparaba galletas que las harán tan adictas a los postres como mi hermana y yo. Frente a un pastel de chocolate y un strudel de manzana, La Nena y yo recordamos mi eterno noviazgo con Manolo, analizamos —basadas en mera ficción y suposiciones- su matrimonio y llegamos a la conclusión de que el tiempo dirá.

Al día siguiente, el número de llamadas perdidas de mi examiga Carmen eran tantas, que finalmente acepté tomar café con ella. Aunque aclaramos muchas cosas, decidimos volver a vernos dos días después para ver si lográbamos resolver nuestra “ruptura”. Debo decir que sus argumentos para involucrarse con un hombre casado son, si no convincentes, sí comprensibles. Yo misma me sorprendí al dejar de juzgarla. Además nuestra amistad se volvió tan fuerte al cabo de todos estos años, que acepté que no valía la pena darla por terminada por una diferencia en nuestros puntos de vista. Amén de preocuparse por recobrarme, Carmen ahora tiene con quién hablar sobre el asunto más importante de su vida en este momento, así que nos hemos visto prácticamente todos los días.

Además como acordé con Eduardo que ya no veré a Alan, el abogado que nos está resolviendo el problema con el cliente, no puedo ir a Durango para arreglarlo de acuerdo con la estrategia que habíamos definido, así que la compañía requiere mucho tiempo de mi parte para resolverlo desde aquí.

El fin de semana fui a los Altos de Jalisco a visitar a los abuelos paternos. El libro que llevé se quedó empacado, mi estuche de manicure nunca fue abierto y la computadora sólo sirvió para enseñarle a mis primos las fotos de la fiesta de Año Nuevo. Salí con ellos a comer, a los toros, a ver el partido de futbol; todo excepto lo que había planeado hacer en mi tiempo libre.

Hace cuatro días la niña Esparza me llamó para saber sobre Eduardo. Quedamos de vernos y propuso que fuera en mi casa, lo cual sospeché que estaba relacionado con las vacaciones de mi hermanito, que llegó a Aguascalientes hace una semana. ¡Qué descaro, después de que salió con mi hermano mayor! Al principio me incomodó sentirme utilizada por la niña Esparza para ver a mi hermano, pero cuando supe que el veterinario vendría a ver a mi perro estresado y que no habría nadie en la casa para recibirlo, accedí a que fuera ahí. Mis dudas se vieron confirmadas conforme pasaban los minutos y mi visita ni se iba, ni hablaba más que de temas irrelevantes y evidentemente sacados de la manga para hacer tiempo mientras regresaba el susodicho. Cuando finalmente llegó, se limitó a saludar y a retirarse a su habitación, lo cual dio la pauta para que la niña Esparza se despidiera de mí, haciéndome prometer que le llamaría al día siguiente en cuanto Eduardo me llamara, tal y como había prometido.

No lo hice, porque la llamada de Eduardo llegó justo cuando yo estaba con Marta. Con una mano le extendía un pañuelo, mientras con la otra buscaba el celular en mi bolsa. A duras penas digerí que se quedaría diez días más en Miami, pues estaba más concentrada pensando en argumentos para consolar a la pobre de Marta. Desde que desahuciaron a Pablo, el novio de Marta, ella está inconsolable. Lo duro es que Pablo ha decidido vivir sus últimos días, cuantos quiera que estos sean, al máximo, inmerso en la alegría de vivir. Marta está obligada a mostrar ante él su faceta optimista, aunque ello implique tragarse la crisis por la que está pasando.

Pablo, en cambio, está viviendo la mejor etapa de su vida. Al menos la más iluminada. Ya no pierde el tiempo en conversaciones triviales y en cambio expone su filosofía a diestra y siniestra. No tuve que insinuar nada para ver si obtenía información sobre El Cometa. Sin más, me contó la historia que siempre soñé escuchar. Como espinas clavándose en el pecho llegaron las evidencias de que el Cometa siempre me amó. Ahora es evidente que así era. Pablo tiene razón, por qué iba a querer pasar tanto tiempo conmigo, tiempo en que dejaba de salir con alguien más, si no hubiera sido por estar enamorado de mí. Él se enamoró mucho antes que yo, cuando yo corría a su hombro a llorar si tenía algún problema con Manolo. Entonces decidió que me quería en su vida, si no podía ser como pareja, como amiga. Nos hicimos los mejores amigos del universo. Leíamos nuestros pensamientos, sabíamos lo más profundo que existía en el corazón del otro, éramos capaces de mandarnos mensajes telepáticos para quedar de vernos, atraíamos eventos mágicos a nuestro alrededor. Cómo no enamorarme así. Lo que no sabía era que Pablo conocía la única parte del Cometa que yo desconocía: la naturaleza de sus sentimientos hacia mí.

Ahora, al borde de la muerte, a Pablo le parece fácil que yo termine con Eduardo y vuele diez mil kilómetros a convencer al Cometa de dejarnos llevar por nuestra pasión. Nos sumergiríamos en un amor que tiene alas y el mundo se paralizaría mientras nosotros aprendemos a volar.

Escuché a Pablo sintiendo que mi historia con el Cometa había terminado para siempre. Confieso que ahora, con la perspectiva de ir a cenar con sus padres el sábado próximo, surge en mí una chispa de esperanza. Si me lo cuestionara, llegaría a la conclusión de que no tiene caso ir a cenar a casa de los Señores Cometa si ando con Eduardo y el Cometa dio por rechazada la propuesta de matrimonio que nunca verbalizó. Menos mal que la sensatez no ha tenido cabida en mi agenda últimamente, tendría que esperar hasta el lunes, en que finalmente tendré tiempo libre.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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