20. Paranoia

Espero no encontrarme a nadie. Venir al súper en pants es justo cuando quieres pasar desapercibida. Lo raro es mi paranoia de hoy: siento que alguien me persigue. No recuerdo qué soñé, pero seguro que alguien me espiaba, porque desperté con la sensación de estar siendo vigilada. Eso me pasa por dormir hasta tan tarde, aunque la verdad es que me hacía falta. Lo malo de levantarme a esta hora, es que me quedo adormilada todo el día; ni siquiera quise bañarme.

Más me vale que nadie me vea, no sólo estoy desarregladísima, sino que justo vengo a comprar la lista incómoda: cera para depilar, toallas sanitarias, todo lo que pone en evidencia que una mujer a fin de cuentas es imperfecta, aunque aparente lo contrario. De una vez compro las cosas para ponerme a dieta para la boda de Pablo y Laura.

¿¿¿Por qué sigo sintiendo que me siguen??? A ver Isa, voltea a todos lados para que te des cuenta que estás alucinando. ¿Ves? No hay nadie… más que ¡Manuel! Quenomevea, quenomevea, quenomevea. Directito a la caja. Apúrate a cobrar, por favor. Ay no, ahí viene, no vengas, no vengas, de todas las cajas que hay, por qué te diriges justo a ésta. Sólo a mí se me ocurre venirme a formar a la caja más vacía, es lógico que venga a ésta… ¡Manuel, qué sorpresa! Me mira fijamente y suelta una carcajada que de inmediato explica: conoce perfecto esa mueca que estoy haciendo, mi sonrisa de “tengo que sonreír aunque en realidad no me está gustando este encuentro”, y además sabe que la razón por la que no me gusta es que no estoy arreglada. Cómo puedes conocerme tan bien, no me dejas otra salida más que la risa sincera.

¿Un café ahorita? Iba a decir que no, como por inercia, un poco porque aún siento que me espían, aunque en realidad ¿por qué no? Vamos, tomemos café, mi novio sigue en Miami, mis padres están en Barcelona, mi prima Luisa ya se regresó a Italia, y con mis amigas… no tengo plan sino hasta en la noche.

Ay, ahorita que me dejaste pasar, te dije sin querer “gordo”, espero que no me hayas escuchado… sí me escuchaste, no eres el único que sabe leer los gestos del otro. Sé, por ejemplo, que te emociona salir conmigo. Te brinca el párpado como cuando algo realmente te entusiasmaba, sólo que no solía ocurrirte cuando salías conmigo, a lo mejor porque la costumbre ganaba. Nos reímos al sentarnos: ya sabemos qué mesa queremos y qué lugar ocupará cada quién. Es verdad que construimos mucho y eso no se debía a que nuestras familias o la sociedad nos quisieran ver casados.

A veces cuando salgo con Eduardo, tengo que buscar mentalmente algún tema de conversación para evitar el silencio. Contigo no hace falta. Brincamos de un tema al otro, nos actualizamos en noticias de los que eran amigos comunes, reímos, compartimos planes y sueños, como siempre. Lo único que me incomoda es la sensación de estar siendo observada desde lejos, salvo que ahora me doy cuenta de más de una mirada curiosa que se pregunta qué estamos haciendo juntos Manuel y yo. Es curioso que sean miradas parecidas a las que no entendían por qué habíamos terminado, cómo era que una pareja evidentemente destinada a casarse, había cancelado la boda. Que conste que yo no quería cancelarla, tan sólo posponerla.

¡Escucha la canción! ¿Te acuerdas? Ja, ja, ja, es del verano que pasamos en Jalisco, con Nana Cata haciéndose cargo de todo. Pasaba la mañana en la mecedora, viendo al horizonte, y le bastaba que el vuelo de los pájaros cambiara para saber que alguien venía. Entonces se metía a la cocina y sacaba más raciones para la comida, y al cabo de un rato le decía a alguna de sus hijas “echa más tortillas, que tenemos invitados” . Con toda parsimonia ponía un lugar más en la mesa y volvía a salir, justo a tiempo para ver a algún caminante, a quien recibía como si esperase su visita, aunque siempre parca, con esa seriedad de quien ha de llevar las riendas de una casa. Me decías que tenía que escribir un libro sobre Cata. Por las tardes hablábamos sobre los pasajes que tendría que contener el libro y ya en la noche, con tus visitas nocturnas a mi cuarto, olvidábamos a Nana Cata, pensando en ella sólo con agradecimiento por sonsacar nuestros encuentros.

Ah, sí, tu divorcio. Lo había olvidado. No tenía idea de que los trámites pudieran tardar tanto. Claro, suena lógico que el matrimonio por bienes mancomunados sea más laborioso de disolver. Estoy de acuerdo con que prefieras esperar a estar divorciado para invitarme a salir, y también entiendo que ahora parece que es demasiado el tiempo. Yo tampoco sé qué pasará cuando empecemos a salir, bien sabes lo importante que eres en mi vida. Te confieso que desde la cancelación de la boda, me he preguntado varias veces si hicimos bien, o si dejé perder una relación afortunada. Claro que me sigues gustando físicamente, con todo y que te estás quedando pelón. Pero más que eso, me sigues gustando como persona, sigues siendo aquel convencido de sus ideales, sólo que ahora con más experiencia y madurez. Ya no tengo ni que seguir diciéndote, el silencio habla.

Tu mirada también habla, y si no fuera porque me acabas de decir que no harás nada sino hasta que te divorcies, juraría que estás a punto de besarme. Manuel, no, no me vayas a besar, tú eres un hombre casado, estamos en un lugar público, yo tengo novio…

Ay… Manuel…, es como si nunca hubieras dejado de besarme. Conozco de memoria tus labios, tu lengua, el sabor de tu boca, tu olor. Me gusta tanto cómo besas, que apenas puedo abrir los ojos.

¡¡¡La Niña Esparza!!! Qué hace sentada en la mesa frente a la mía y cómo es que yo no la había visto. Hacemos contacto visual y estoy segura de que me vio besando a Manuel. No me dice nada, permanece seria y se limita a sacar el celular y hacer una llamada. No puede estarle llamando a Eduardo, no creo que tenga su teléfono porque ni siquiera yo lo tengo. Si lo tuviera, le hablaría yo misma para explicarle, pero no me queda más que esperar a que sea él quien me llame.

No sé qué cara puse, sólo sé que Manuel se dio cuenta, porque con mirada de comprensión me indica que ya pagó, que nos vayamos. No deja de sorprenderme su capacidad de responder a mis necesidades.

Qué extraño, desde que vi a la Niña Esparza , se me quitó la paranoia de estar siendo vigilada…

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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