21. La boda

Llegas de improviso montado sobre el timbre del teléfono. Que de mañana pasas por mí, que temprano, porque la boda civil es a las once. Apenas me da tiempo de cambiar mi cita con la estilista y correr a la tienda a comprarme zapatos de tacón más bajo, que no encuentro.

Tocas a la puerta cinco minutos antes de lo acordado. Hacía mucho que no me parecías tan guapo. No puedo decir que seas guapo, al contrario, y tu personalidad me parece tan avasalladora que sé que impresiono a todos los que me ven contigo. Con razón preguntaste el color de mi vestido, para traer una corbata que hiciera juego. La gente va a pensar que vamos juntos y no sé qué tan conveniente sea, a fin de cuentas, tengo novio (aunque hayan pasado semanas sin saber de él).

Con razón no me habían invitado a la ceremonia civil. Los asistentes somos diez: Marta y Pablo, los padres de Marta, los padres de Pablo, la hermana de Marta y su esposo, tú y yo. Tú eres testigo del enlace matrimonial y yo de la voracidad de terminarse la vida de un bocado. Pablo está engullendo lo que le queda de la vida en una sentada, eso sí, teniendo buen cuidado de elegir sólo lo bueno de la vida, evitando lo malo. Ciertamente eligió lo bueno de la vida. Todo lo bueno de la vida es Marta. Si yo fuera hombre, me casaba con ella. El velo de luto que cubría su rostro desde que supo de la enfermedad de Pablo, desapareció completamente el día de hoy. Lo está viviendo como novia, como prometida, no como mujer destinada a quedar viuda.

De regreso en el coche me señalas algo que no había visto: un paquete envuelto para regalo. Lo abro y dentro hay una carta en un sobre. Me pides que la lea otro día.

Vamos a la iglesia y llegamos temprano. Mientras esperamos en el Jardín de San Marcos, me narras la escena como si fuera parte de una película o una novela: tú y yo parados, escuchando pájaros y aguardando inquietos. Siempre me has gustado por eso, incorporas la fantasía a la vida como si nada fuera demasiado importante para ser tomado en serio.

Sugieres que hagamos una travesura: entrar antes de que se termine la boda anterior para desconcertar a los invitados y no tener que saludar a los que llegan a la boda de Pablo y Marta. No me quitas los ojos de encima mientras entramos.

Tus padres llegan y nos hacen un gesto desde lejos. Comienza la música y volteamos hacia la entrada. Comienza la procesión. Te gusta que los vestidos de las madrinas sean rojos, mencionas que ese color te gustaría para tu boda. Mi rostro se pone a tono, no sé por qué. Pablo llega con un traje color hueso que hace que destaque aún más esa sonrisa suya que últimamente es permanente en su cara. Los padres de los novios también se cambiaron de ropa para la ceremonia religiosa. El perfil de Marta se dibuja a contraluz desde la entrada. Está hermosa, radiante. Su vestido es sencillo y de lo más distinguido. Su cabello está casi suelto, apenas recogido de los lados, y su maquillaje es muy natural. Tus ojos tiemblan de emoción, o por lo menos eso me parece tras las lágrimas que empañan mis propios ojos.

Estoy tan embelesada con el sermón sobre el amor y la importancia de la pareja, que casi no me doy cuenta en qué momento entrelazamos nuestras manos. Ahora comprendo que no he dejado de amarte.

A la salida de la iglesia me fijo en todos los invitados, para estar segura de que nadie que conozca a Eduardo me vea tomándote de la mano. Me siento un poco culpable, aunque me tranquiliza ver que somos pocos y ninguno de los presentes sabe que tengo novio. No sé por qué tenía la idea de que Pablo hy Marta tirarían la casa por la ventana e invitarían a mucha gente, no me esperaba una ceremonia íntima. Me pregunto si te tomaría de la mano aunque hubiera cientos de invitados. El sentimiento que invade mi pecho responde que sí, sin importar cuántos testigos conocieran a Eduardo, hoy por nada del mundo me perdería el estar contigo.

Tengo una llamada perdida en el celular. Es de un número desconocido, puede ser que haya sido Eduardo desde Miami, aunque sería algo extraño, porque hace días que no me llama.

Regresamos a tu coche y tengo que quitar la carta que me diste para poder sentarme. Me pregunto qué dirá. Me recuerdas con la mirada que no la puedo leer hoy. Tu conversación durante el camino me parece tan interesante, que no puedo evitar compararla con las pláticas que normalmente tengo con Eduardo. Con él, suelo tener que buscar un tema, contigo todo fluye de manera natural. Me cuestiono qué hago con Eduardo, ya llevo algunos días preguntándome por qué soy su novia, y sin saber siquiera si aún somos novios, estando él en Miami y yo en Aguascalientes.

Llegando al rancho donde es la recepción, me doy cuenta de que sí tiraron la casa por la ventana: hay por lo menos trescientos invitados, que no fueron convocados a las ceremonias civil y religiosa. Antes de sentarnos tengo que ir al baño y me esperas afuera. Aprovecho para retocarme el maquillaje. Ensucio un lente de contacto con el rimel, así que me lo tengo que quitar para limpiarlo, como puedo, con agua de la llave que sale con demasiada presión, arrancando el lente de mis dedos y llevándolo consigo al drenaje. Ni modo, me quedaré con un solo lente.

De camino a la mesa me parece ver a alguien conocido, le hago un gesto y no me devuelve el saludo, así que dudo si sería él. Como no veo bien por la falta del lente, prefiero pretender que no veo a nadie e ir directo hacia la mesa: la de los invitados de honor del novio.

Todo es perfecto: los arreglos de centro de mesa, con velas, arena y flores; los aperitivos servidos en vegetales cortados a modo de vaso; el diseño de las tarjetas de agradecimiento; el menú de cocina de fusión; la presentación de los platillos; la música de cámara que acompaña durante la comida.

Cuando vuelvo a ir al baño escucho una voz conocida que habla afuera. Es una prima de la Niña Esparza , que está hablando de mí. Alguien le pregunta si vio con quién vine a la boda, y ella responde que no sabe si aún ando con Eduardo. Me demoro más de la cuenta sin salir, para evitar encontrármelas.

La tarde se pasa en un santiamén. Cuando menos me doy cuenta, ya están sirviendo la cena. Desapareces un instante y regresas trayendo como trofeo un par de pantuflas que tienen bordadas las iniciales de los novios. Agradezco tanto el gesto, que te doy un beso. Yo misma me sorprendo. No bien termino de quitarme los zapatos y ponerme las pantuflas, cuando eres tú quién me da un beso. Qué beso. El mundo gira a mi alrededor y nada importa más que estar contigo.

Bailamos y bailamos hasta el amanecer. Entre globos, gorritos de fiesta y ramo de novia, se arma un escándalo en el baño de hombres y te vas, para asegurarte de que la boda de tu amigo Pablo no se eche a perder con algún conflicto. Al verme sola, tu padre se acerca. Desde la cena en su casa que no lo veía y temo que haga algún comentario sarcástico, como que a fin de cuentas la boda en la que me vería no era la mía con Eduardo, sino a la que vendría con su hijo. Afortunadamente se limita a hacer comentarios sobre la magnificencia de la boda de Marta y Pablo.

Me convierto en princesa bailando entre tus brazos. Quiero prolongar este momento siempre, por supuesto no quiero pozole, ni chilaquiles.

Cuando ya despunta el alba, accedo a que nos vayamos. Nos despedimos de los novios y de la gente que está en la mesa de los familiares. Una Reynoso, cuñada de Pablo, me pregunta si ya no ando con Eduardo. Siento que las conversaciones en la mesa cesan para escuchar mi respuesta. Sin estar segura de mi respuesta, le digo que ya no.

De camino a la salida, Pablo te grita: “¡Cometa! El ramo se lo debió haber llevado Isa”.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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