22. Disyuntiva

Las palabras de Pablo siguen sonando dentro de mi cabeza mientras me subo al auto: “¡Cometa! El ramo se lo debía haber llevado Isa”. Sé que Pablo se refería a que yo me casara con el Cometa y no entiendo con claridad por qué, si no somos novios. El Cometa ni siquiera vive en Aguascalientes y —si lo conozco bien- volverá a irse en cualquier instante, dejándome sólo esa carta que está sobre el tablero y que tomo con curiosidad. Cuando me la dio, me dijo que la leyera “otro día”, y caigo en la cuenta de que hace varias horas que ya es otro día. Me dedica una mirada de advertencia, no se valen las trampas. Guardo la carta y miro al frente, un tanto indignada ante la ocurrencia de Pablo; cómo puede querer que Cometa y yo nos casemos.

Además yo tengo novio. Al menos oficialmente no hemos terminado. Sí, es verdad que le dije a la señora Reynoso que ya no andábamos, pero es que ella me acababa de ver besándome con el Cometa y lo malinterpretaría; pensaría que le estoy poniendo el cuerno a Eduardo. No le puse el cuerno. Poner el cuerno es romper una promesa de fidelidad, y Eduardo y yo decidimos que la comunicación era más importante que la fidelidad. Era la única forma en que podíamos resolver lo que pasó con Alan, el abogado de Durango al que besé sin saber que Eduardo ya consideraba que éramos novios. Muy maduro para la mentalidad hidrocálida, Eduardo decidió que no era tan importante mantenerme fiel a él como tenerle la confianza para contarle todo.

Todo, todo, lo que se dice todo, no se lo he contado. Un par de veces hemos platicado sobre Cometa y mis lágrimas han interrumpido las narraciones. Él me tiene tanta paciencia que me rebasa. Me he llegado a preguntar qué haría yo si fuera él quien me hablara del amor de su vida y me respondo que terminaría la relación inmediatamente. Andar con él me hace sentir que sigo en Londres y puedo tener un noviazgo alternativo, basado en un convenio en el que sólo las dos partes definen las cláusulas y la sociedad no interviene más que desde gayola.

Hace días que no hablo con mi novio, como si lo hubiera pronosticado cuando se despidió la última vez diciendo: “Isa, no le temas al silencio”. No puede ser que supiera que no hablaríamos después de eso porque —lo he de confesar- si no he recibido noticias suyas es en gran medida provocado por mí. Estaba tan enojada porque prolongó su estancia en Miami durante todo el verano y no me había dicho que tiene un hijo (todavía no me acaba de caer el veinte sobre su paternidad), que empecé a boicotear la posibilidad de que me llamara. Sé perfecto a qué hora me suele hablar y es fácil olvidar encender el timbre de mi celular después del cine o después de misa. También fue muy fácil pedir que me cancelaran el servicio de buzón de voz (claro que ya he perdido un par de mensajes importantes, así que ya me arrepentí de eso) y limitarme a confiar en mi identificador de llamadas. Cuando veo llamadas perdidas de un número desconocido, no necesariamente tengo que saber que provienen del extranjero, porque también las originadas desde el número privado de Manolo se registran como “desconocido”. Confieso que he hecho todo lo que ha estado al alcance de mi mano para no ver a Eduardo.

Cometa no habla, se limita a tomar mi mano mientras tararea una canción. Dentro de tres semanas , dice de improviso en el momento en que llegamos a mi casa. ¿Cómo? Me voy dentro de tres semanas, exactamente el domingo dentro de tres semanas. Balde de agua fría; no quería admitir que se tendría que ir. Sin decir nada, miro por la ventanilla del carro, lo que sirve para indicarle que ha de bajarse para abrirme la puerta, lo cual hace enseguida de besarme suavemente.

En mi cuarto saco la carta del sobre, aunque no la leo sino cuando soy despertada por las voces de mis sobrinas seis horas después. La carta no lo es tal, sino un cuento de dos amigos, romance y magia, que se topan en el bosque con una cajita llena de luciérnagas. El viejito dueño de la caja los invita a un viaje y los amigos se dan cuenta de que tienen alas. A modo de metáfora, Cometa habla sobre mis alas y utiliza las palabras del viejito para sugerirme algo que no entiendo bien. Al final de todo, como si fuera parte del cuento, el viejito les indica a los amigos su siguiente destino, dándoles una hoja de árbol de maple que tiene escritas con mercurio las coordenadas de un lugar. La hoja está dibujada en la carta y tiene escrita una dirección que comprendo que es la de Cometa. Jamás me la había dado y hoy no entiendo qué hacer con ella.

El misterio parece resolverse cuando el lunes siguiente llego a la casa a mediodía y me informan que me dejaron un paquete de una agencia de viajes. No me sorprende que sea un boleto de avión ya pagado y a mi nombre, pero me deja boquiabierta ver el destino: Miami. Irónicamente la fecha de partida es el mismo día en que Cometa se va. De manera mecánica y como si la decisión no dependiera de mí, subo a mi cuarto a verificar que mi pasaporte y mi visa estén vigentes.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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