23. Destino/destino

Tan seguro estaba Eduardo de que yo lo alcanzaría en Miami con el boleto de avión que me envió, que no me llamó por teléfono para confirmarlo. Eso sí, mandó a la Niña Esparza a hablarme con el pretexto de invitarme a una fiesta; ante mi negativa, fingió sorpresa y preguntó si me iba de viaje, sin poder disimular cómo se había enterado de eso. Ese mismo día el Cometa volaba los diez mil kilómetros que separan la ciudad en donde vive de Aguascalientes, así que ofrecí llevarlo al aeropuerto de la Ciudad de México.

Por la mañana del domingo, un chofer llegó conduciendo la camioneta que la abuela me prestó. Subí mi maleta, pequeñita, con ropa apropiada para el verano en Miami, con atuendos para salir por la noche y algo de abrigo ligero por aquello de los huracanes. Verifiqué por enésima ocasión que el pasaporte, la visa y el boleto de avión estuvieran en mi bolso de viaje, besé a mis padres, a mi hermana y a mis sobrinas, y le llamé al Cometa para avisarle que salía para allá.

Todo parecía tan normal hasta que abrimos la cajuela para que el Cometa subiera su maleta y ver la mía. El semblante pasó de intriga a sorpresa. Debió haber asumido que yo viajaría con él, porque comenzó a hablar de aquel país como preparándome para lo que vería: los edificios, la gente, la cordillera, el mar, la bebida nacional y el platillo que inspiró una oda del poeta.

Al cabo de un rato me quedé dormida y cuando desperté, el Cometa hizo el gesto de quitarme algo de la blusa, en el lugar del corazón. Ese –inexistente- algo fue sembrado en una maceta invisible, regado y abonado, hasta que nació una planta y creció una flor, que fue arrancada suavemente por el Cometa, recibió un beso en el cáliz previa apreciación de su aroma, y entregada a mí en un gesto tan romántico, que no pudo sino recordarme el día en que Manuel me dio el anillo de compromiso. El Cometa no admitía –al menos no explícitamente- creer que yo iba a viajar con él, así que yo no lo saqué de su error. Mi felicidad era tal, que jugué a que, en efecto, volaría en la misma dirección que él. Tan desconectada estaba de la realidad, que no me sorprendió que me preguntara si traía mi visa gringa.

Llegando al aeropuerto la aclaración se hizo inminente. El Cometa dijo algo sobre comprar mi boleto de avión, seguramente habría lugar por ser temporada baja. Tuve que decirle que no iría con él, sino que tenía programado otro viaje. Incrédulo, no reaccionaba, al grado tal que tuve que extenderle mi boleto de avión para que entendiera. Tomó el boleto y lo leyó varias veces, hojeando las páginas como si buscara algún faltante. Con el ceño fruncido, me preguntó por “el tramo restante”. Ahora la que no entendía era yo. Entonces fue él quien me extendió su boleto, ¡volábamos en el mismo avión! Por un azar que no logro comprender, la aerolínea americana hacía escala en Miami para después volar toda la noche hasta su destino final. Jugarreta de la vida.

Ambos nos dirigimos al mostrador, todavía sin entender. Documentamos nuestro equipaje juntos, causando confusión porque las maletas iban a destinos diferentes. En algún momento entre el café y el duty-free nos tomamos de la mano y la gente empezó a asumir que estábamos casados. No comentamos nada en la cafetería o la sala de espera, como si nos hubiéramos hecho cómplices del juego que yo había empezado en el trayecto desde Aguascalientes.

Abordamos, despegamos, y sólo cuando el atardecer se dejaba ver por las ventanillas, el Cometa me pidió que me fuera con él. A sus argumentos sobre las coincidencias de haber tomado el mismo vuelo y sus planes de lo que haríamos en aquella ciudad, yo respondí con silencio y rostro inescrutable. Mi corazón palpitaba con fuerza y –para sorpresa mía- empecé a considerar la posibilidad de volar más allá, con el Cometa.

Llegando a Miami la disyuntiva se materializó: los pasajeros con destino en Miami, hacia migración a la derecha, mientras que los pasajeros en tránsito, a la izquierda. Recordé la pregunta de una película vista recientemente: ¿qué tan lejos de tu madriguera estás dispuesto a salir? Durante una eternidad que seguramente no rebasó los diez segundos, me quedé congelada en medio, mientras el Cometa trataba de descifrar la respuesta con su mirada. No atiné a decir nada, simplemente asentí.

El Cometa entonces preguntó por la venta de boletos y utilizamos las dos horas de escala en el aeropuerto de Miami para volver a documentar mi equipaje y cambiar su asignación de asiento. Confundida entre las voces de los agentes de migración y el personal de la aerolínea, me parecía escuchar la de Eduardo preguntando si había una pasajera de nombre Isa Luévano en el vuelo. Mentalmente le pedí perdón y confirmé mi decisión de arriesgar. Me estaba alejando de la madriguera más de lo que yo misma hubiera imaginado.

El vuelo duró toda la noche y no sé si me dormí o simplemente estaba en una especie de trance. Aterrizamos hace rato y ahora, habiéndonos duchado, estamos listos para ir al centro comercial a comprar ropa para mí, pues lo que yo había preparado para mi encuentro con Eduardo no me sirve para el que se convirtió en mi nuevo destino.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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