24. Y cuando desperté…

Me aventuro a afirmar que la primera semana en casa de Cometa fue una Luna de Miel. Qué digo una Luna de Miel, toda la Vía Láctea en almíbar, bañada de crema chantilly y con chispitas de chocolate. No había en el Universo cosa más empalagosa. Destilábamos dulzura el lunes en el centro comercial, cuando Cometa decidió que no trabajaría (admito que ya había considerado antes la posibilidad de no trabajar el día en que regresaba de su viaje) para llevarme a comprar ropa apropiada que compensaría el inadecuado contenido de mi maleta.

El resto de la semana la tomó de vacaciones para compartir su ciudad conmigo. Sólo hacía un par de llamadas al día, las suficientes para hacerme sentir orgullosa de estar con un profesionista capaz de manejar sus compromisos laborales. Todo transcurría maravillosamente, como sólo en las comedias románticas he visto. Hasta Mamá reaccionó tranquila cuando le llamé para avisarle que estaba aquí, tan tranquila como si yo hubiera salido de casa vestida de blanco.

Cada día desperté cubierta de tiernos besos. Música barroca y olor a café fueron la atmósfera que me rodeaba al abrir los ojos. Nos quedábamos en la cama charlando durante un buen rato, nos arreglábamos y salíamos. Conocí toda la ciudad y sus alrededores. Comí delicioso y aprendí a apreciar de manera distinta el pescado y el buen vino. Me presentó a sus amigos y a la gente con quien trabaja; todos me recibieron con los brazos abiertos, organizando parrilladas, cenas y fiestas de bienvenida en mi honor.

El día en que cumplí una semana allí fue distinto: el sonido insoportable del despertador me recordó el dolor de cabeza que tenía desde la víspera. Cometa me dio un beso rápido y brusco y se metió a bañar. Me volví a dormir hasta que el frío me despertó. Malhumorada, me levanté, me serví un vaso con agua y me bañé. Elegir la ropa que me pondría fue todo un suplicio, porque lo que no estaba sucio, ya me lo había puesto al menos en dos ocasiones. Lo que conformaba mi equipaje original, preparado con  lo necesario para estar en Miami una semana, quedaba totalmente descartado. Finalmente elegí un pantalón gris y una blusa roja que siempre me había puesto con sweater encima. La realidad me avasalló como tsunami cuando traté de abrochar el pantalón y no cerró. Llegó a mi mente como montage una serie de imágenes de todos los postres, bebidas y platillos que llevaban incorporándose a mi organismo desde una semana atrás. Hubiera llorado de no haber sido porque la postura me lo impedía: boca arriba y conteniendo la respiración, única posición que me permitía cerrar poco a poco la cremallera.

En vano esperé junto al teléfono la llamada de Cometa para que comiéramos juntos. Tardísimo y muerta de hambre, me resigné a comer lo poco que encontré, convenciéndome de que era una fortuna que no me hubiera hablado, porque así podría comenzar la dieta. A solas lloré y recordé a la Sra. Cometa, reclamando que no me hubiera dejado un juego de llaves. Caminé por todo el departamento sin saber qué hacer, hasta que me topé con unas llaves y papelito en que me explicaba que ése era mi duplicado y me dejaba sus números de teléfono, pidiéndome que le llamara al despertar. Le hablé en seguida y me contestó con voz cortante que decía que estaba en una junta y tenía que colgar.

Enojada y dispuesta a darle una lección, salí de compras, o por lo menos eso intenté, pues el taxista me llevó a una zona de tiendas horribles y cuando finalmente di con el centro comercial, ya todo estaba cerrado. La lección me la llevé yo regresando a casa, porque Cometa me hizo ver lo insensato que era desaparecer en un país desconocido.

El martes sí fui de compras, sólo para confirmar que mi talla ya no me queda. Sin resignarme a comprarme una talla mayor, regresé a casa con las manos vacías y las lágrimas prontas. Me quedé dormida y no desperté sino hasta que fue demasiado tarde… mientras echaba las sábanas a la lavadora, le llamé a Cometa para pedirle que pasara a comprarme tampones antes de regresar. No sólo me los trajo, sino que llegó con píldoras contra el cólico y un celular nuevo para evitar que se repita el incidente de ayer. Mi alegría inicial fue rápidamente reemplazada por frustración cuando Cometa se sentó en su escritorio a leer, apenas levantando la vista cuando le preguntaba algo. De pronto, como no queriendo la cosa, me mencionó que teníamos invitación para pasar el Grito en una fiesta de la gente de la Embajada de México.

En la sala de Cometa, con vista a la ciudad iluminada y pensando en la celebración del Grito, perdí la vista en el horizonte, en dirección a donde –según yo- quedaba México y, en él, todos los aspectos de la vida que me dan seguridad. La casa en donde cada cosa está en su lugar, las reacciones previsibles de mis padres, los comentarios de mis hermanos, la posibilidad de intervenir en conversaciones sobre política, mi coche y los caminos ya conocidos, mi vida social, mi rol en el trabajo, mi rutina diaria. Me llené de una nostalgia avasalladora.

En ese mismo sillón dos días más tarde, impecablemente arreglada y maquillada, esperaba la llegada de Cometa para ir a la esperada fiesta. Sólo aparecía de tanto en tanto por teléfono, para ponerme al tanto de las razones que le hacían atrasar su arribo en un lugar en que el 15 de septiembre transcurre como cualquier día.

Llegó tardísimo. Yo estaba visiblemente enojada y él no quiso salir hasta que admitiera mi estado de ánimo. Me di cuenta de lo difícil que me resulta expresar lo que siento y exploté sin sentido. Su deseo de tranquilizarme sólo ocasionó que yo me enojara cada vez con menos pretextos, hasta que me frenó en seco para hacerme ver la hora: las once de la noche, tiempo de México.

Lloré, pataleé y me enfrasque en una discusión que sólo cesó ante la interrupción de mi celular que sonaba. Las voces de mis primos se escuchaban a millones de años luz, al otro lado del teléfono, riendo y brindando en un caos incomprensible. Lo único de lo que decían que alcancé a comprender, enjugándome las lágrimas y mirando a través de la ventana, fue el “¡Viva México!”.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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