25. Preparativos

Espero ansiosa a que Cometa llegue por mí. Me asomo por la ventana para ver justo el instante en que entre con el coche. Ya hasta sé cuánto tiempo pasa en lo que llega, sube por el elevador y se escucha el girar de la llave en la cerradura. Viene directo hacia mí, me dice algún piropo, me besa y se sienta para conversar aunque sea algunos minutos. Luego me pide que me aliste y salimos a cenar. Hemos salido a cenar diario (si lo raro habría sido que no hubiera aumentado más de una talla).

Me parece que está llegando, pero no, es el vecino, que tiene un coche parecido. En cuanto me vio aquí, el vecino asumió que Cometa y yo nos habíamos casado. Desde entonces, cada vez que nos topamos hace comentarios sobre lo que es el matrimonio, casi siempre llegando a la conclusión de que nosotros apenas estamos en el inicio, así que probablemente aún no lo sepamos.

Anoche salimos –como todos los días- a cenar. Lo que ocurrió de especial fue que entre el jardín de mariscos y el filete de salmón, Cometa me dijo que teníamos que cambiar mi situación migratoria. Simplemente significaba que he de cambiar mi visa, o mejor dicho, obtener una visa, para poder ser residente en este país. Yo recibí sus palabras como si me estuviera pidiendo matrimonio. Me quedé callada, tratando de no desfigurar la cara por la emoción, y cuando finalmente atiné a enjugarme las lágrimas, caí en la cuenta de que mi mandíbula colgaba, ofreciendo una exposición del bolo alimenticio que contenía mi boca.

Más tarde comprendería lo absurdo que había sido emocionarme así. No me había pedido matrimonio. Cuando entendí esto, experimenté una emoción que llegó de sorpresa: mucha pena. No fue pesar, tristeza, melancolía, sino pena, verdadera pena, de esa que se siente cuando se expone el pudor, se comete algo impropio o se está en medio de una situación vergonzosa. Con razón la gente dice “qué pena” como sinónimo de “qué lástima”. En verdad que da pena: ese sentimiento que me invadió se parecía mucho a la vergüenza. Qué pena que no me pide matrimonio, qué pena que vivo con un hombre sin estar casada con él.

Abro una lata de aceitunas rellenas de almendras mientras espero. Tanto las aceitunas, como las almendras, me han gustado siempre. No logro definir si la combinación me gusta, pero sigo comiendo. Compré la lata por recomendación de un empleado del supermercado. Por cierto, me llamó “señora”. Ya me ha ocurrido en Aguascalientes, sólo que suele ser cuando estoy con mis sobrinas. No me incomoda que me llamen así, a fin de cuentas sería normal si ya lo fuera. Aquí es distinto, el que la gente llegue a pensar que estoy casada, me provoca culpa por no estarlo.

Mi terapeuta me haría observar que asocio la culpa con la comida y diría que por estos pensamientos es que sigo comiendo. Yo le explicaría que simplemente me quedé sin comer por ir a la oficina de Extranjerías a averiguar lo de la visa.

¡Ay, qué susto, el teléfono! Nunca sé si responder o no, aunque Cometa ya me ha pedido varias veces que lo haga y quizá sea él, llamándome a la casa –y no al celular- por tener la certeza de que estoy aquí.

No es Cometa, sino Pablo, desde Aguascalientes. ¡Qué alegría escucharlo! Habla sobre Aguascalientes, el sol, la gente. Me cuenta cómo se la pasaron en el Grito, me explica la gran diferencia que le implica ya haber terminado la quimioterapia. Me da gusto y más por conversar que por tener la duda, le pregunto si ya está bien, cuál es el diagnóstico clínico. Su tono de voz cambia y me explica que precisamente para eso llama: para decirle a Cometa que le quedan un par de meses. No sé qué decir.

Pablo rompe el silencio mencionando a Marta y comentando algo sobre el matrimonio. Bueno –corrige-, sobre el vivir juntos. Tiene que hacer la aclaración para justificar que espera que yo entienda. Yo me apeno. Aunque Pablo y Marta son de toda la confianza del mundo, es un incómodo que manejen con apertura el que Cometa y yo vivamos en unión libre. Es verdad que hace tan sólo unas semanas de ello, pero no podríamos engañar a nadie pretendiendo que son mis vacaciones, porque nuestra vida transcurre como la de cualquier pareja que duerme bajo el mismo techo… sin el contrato matrimonial.

Aún con Pablo me cuesta trabajo manejarlo abiertamente ¡mucho más con quienes no son de confianza! Por eso tuve que mentir en Extranjerías. En el primer mostrador uno con cara de carabinero me preguntó qué trámite haría y expliqué brevemente mi situación. En el momento en que repitió lo que le dije, sólo que incluyendo las palabras “marido” y “matrimonio”, no osé aclarar el error y pensé en hacerlo con quien me ayudara a realizar el trámite.

Me atendió una señora muy amable, de impecable presentación. Me preguntó sobre mi fecha de llegada al país, mi formación y mis planes, y sin preguntar nada sobre mi status marital, se paró y se fue, dejándome sola con la duda de si aclararle que no estoy casada, o esperar a que ella me preguntara. Cuando regresó, abruptamente me preguntó si lo que yo quería era la visa de residencia (“visa de residente temporario”) por estar casada con un residente –que no un nacional- de ese país. Asentí sin saber por qué. Me explicó que tengo que ir a México a hacer el trámite en la embajada que tienen ahí. De la lista de documentos que tengo que presentar, uno parecía resaltado en color fluorescente: acta de matrimonio.
Por fin llega Cometa. No tardará en estacionarse, subir y hacer girar la cerradura.

Saliendo de la oficina de Extranjerías le llamé y le dije lo que me habían explicado, olvidando mencionar uno de los documentos que me habían solicitado.

Mi ansiedad llega a su máximo cuando se abre la puerta. Me extiende el fólder que está en su mano y juntos revisamos la lista de documentos que anotó y las copias notariadas que contiene el fólder. Atrás de todos los papeles, está un boleto de avión con fecha anterior a la que yo habría previsto. Aún no salgo de mi asombro, cuando Cometa me pregunta si falta algún otro documento.

¿Le diré que falta el acta de matrimonio?

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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