26. Las cartas sobre la mesa

Mamá toca a la puerta de mi habitación. Atrás de ella viene la niña nueva cargando una charola con mi desayuno. “¿Cómo sigue ese dolor de cabeza?” Fatal. Tengo jaqueca desde hace tres días y lo único que quiero es dormir. En su mirada noto que a mi madre le da gusto poder atenderme bajo estas circunstancias; a mí, me encanta que lo haga.

Desayuno a media luz, con las cortinas cerradas y la mano de mi madre acariciando mi cabello. Suena mi celular y decido no responder. Ahora recuerdo que anoche sonó dos veces, cuando yo me acababa de dormir. Mamá interpreta mi gesto y me pasa el teléfono. Las llamadas de anoche son de Eduardo, la de hoy, de Carmen.

Tomé café con Carmen en cuanto regresé a Aguascalientes. Fue en el momento en que me pidió perdón cuando entendí que no tengo nada que perdonarle. Resulta que Carmen encontró a su alma gemela, evento digno de ser festejado para cualquier mujer de nuestra edad, excepto que el status marital del susodicho era bastante incómodo, por decir lo menos. No juzgaré y mucho menos daré detalles sobre la situación, basta con decir que el hombre, un abogado de Durango, ya está separado. Resulta que es el abogado que está llevando el divorcio de Manuel (qué chiquito es el mundo y qué diminuto Aguascalientes). Después de meses sin vernos, mi amiga y yo nos sentamos frente a un capuchino (logré resistirme ante los postres) y conversamos como si nada hubiera pasado, y no fue sino hasta terminar el primer café que aclaramos las cosas. Me encantó haber retomado su amistad; era una gran pérdida y me hacía falta desahogar con alguien mis inquietudes respecto a mudarme con Cometa. Carmen parecía una experta en relaciones amorosas cuando me explicó: “No todo es miel sobre hojuelas, pero los problemas no son señales de que no seamos el uno para el otro.”

La voz de Carmen me reconforta al otro lado del teléfono, cuando le llamo terminando de desayunar, en cuanto sale Mamá del cuarto. Que si comemos con Manuel y con su galán. Bueno, por qué no. Nos hablamos al rato para ponernos de acuerdo, porque ahorita le tengo que regresar la llamada a Eduardo. Sí, me llamó, seguro va a querer que nos veamos, porque no hemos platicado más que por teléfono. Todas las noches me llama y hablamos por horas, literalmente, pero desde que los dos regresamos a Aguascalientes sólo lo vi cuando vino, con la Niña Esparza, a traerme mis discos.

Le llamo y, en efecto, me pide que nos veamos. Para comer no puedo, pero podemos tomar café por la tarde, pero –le advierto- si sigo con dolor de cabeza, le tendré que cancelar. Propone mejor refugiarnos en una película que nos permitirá evadir la situación, aunque lo que en realidad dice es que me conviene estar cómoda en un recinto a media luz. No sé si noto algo de picardía en su tono de voz.

Cierro los ojos y me dan ganas de dormitar. Impotencia, así se llama este sentimiento. La clara sensación de no poder con la carga del día. Todo me parece una proeza: levantarme, bañarme, comer con Carmen y Manolo, hablar con Eduardo. Así de difícil me parecía ir a hablar con la Abuela. Evité hacerlo hasta que las llamadas de tías y primas se volvieron más insoportables que la presión de explicarle que me mudaría con Cometa. Ni siquiera puedo decir que me haya armado de valor, porque fue casi sin saber qué hacía que llegué a casa de la Abuela Isabel y le conté que estaba en los preparativos para mudarme a otro país y que viviría con Cometa, a quien ella conocía. Le costó trabajo entender que yo estaba hablando de unión libre. Tuve que repetirle varias veces que viviríamos juntos sin estar casados. Cuando finalmente lo entendió, abrió ojos grandes como platos y yo verdaderamente deseé que me tragara la Tierra. Pero la Abuela ladeó la cabeza, balbuceó algo sobre los cambios y los nuevos tiempos, y empezó a resolver cómo podríamos amueblar la casa sin regalos de boda. Ojalá toda la familia reaccionara tan tranquilamente.

Aún con el temor de no ser capaz de hacerlo, me meto a bañar, me visto y me arreglo. Ya arreglada, me siento frente a la computadora a arreglar pendientes de la oficina. Planeaba que mi única actividad de trabajo una vez de vuelta en Aguascalientes sería renunciar, pero tal parece que si no hago yo las cosas, no se hacen.

Es durante la comida con Carmen, su novio y Manuel que caigo en la cuenta de lo fácil que es la vida en Aguascalientes. No hace demasiado frío, la gente es amable y lo previsible de las situaciones da seguridad.

Ni siquiera el encuentro con Eduardo es tan horrible. Vemos una mala película que comentamos durante la primera etapa de la cena. Después pasamos al punto importante pero no hablamos de nada nuevo. Todo ha sido ya comentado por teléfono los pasados días. Aunque queda claro que ya no andamos, para Eduardo sigo siendo muy importante y le gustaría volver conmigo, en miras de formar una familia. No sé cómo me aguanta. Él dice que se da cuenta de que todo lo que hago es por miedo al compromiso, que lo entiende y que me tiene paciencia. Le voy a presentar a mi terapeuta, se entenderán bien. Lo que sí me mueve el tapete es su larga lista de evidencias de por qué me encuentro mucho mejor en Aguascalientes, que a diez mil kilómetros de distancia. Admito que yo misma he pensado en ello.

A distancia, parece más fácil quedarme y sólo atino a quedarme callada cuando, al regresar a casa, mi madre me pregunta si estoy segura de querer irme.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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