27. Día de Muertos

Te voy a hablar, Eduardo, sobre Cometa. Que quede en el registro que me parece algo extraño, inconcebible de no ser por tu insistencia. Cometa era amigo de mi hermano y venía a estudiar a casa. Durante la remodelación, el cuarto de tele y el estudio ocuparon el mismo espacio, así que con frecuencia coincidíamos ahí. Como suele suceder, el tiempo de estudio era sazonado con momentos de esparcimiento en que ellos dos platicaban de todo un poco; de tanto en tanto, mi intervención era solicitada, máxime si el tema era el género femenino, pues la perspectiva de una representante del mismo era altamente apreciada.

Un día, Cometa llegó y mi hermano no estaba. Me propuso salir por un café y así lo hicimos. Desde el momento en que salí de la casa, sin ponernos de acuerdo empezamos a parodiar una comedia romántica o una cita entre adolescentes. Paseamos en su coche por el centro hablando únicamente del clima y fingiendo nerviosismo. Entrar a la cafetería fue como cruzar el umbral de la realidad, hacia la intimidad. Sólo a mi diario le había hablado con tal desnudez antes de eso. Intercambiamos sinopsis de nuestras vidas, encontrando increíbles coincidencias. Desde entonces, Cometa y yo logramos crear un espacio de confidencialidad alrededor de nosotros cada vez que nos veíamos.

Éramos cómplices logrando que petirrojos aparecieran frente a nosotros a nuestro antojo, adivinando la vida de completos desconocidos y teniendo un ritual de saludo o despedida en que se mencionaban eventos inexistentes.

El elemento entre nosotros era la imaginación, la fantasía, la magia. Gracias a ella, Cometa aparecía portando como regalo una cajita llena de luciérnagas. La terraza de algún restaurante tenía de improviso vista al mar. Cualquier terreno baldío se convertía en el escondite perfecto para estacionarnos a leer poesía. Podíamos detener el tiempo a nuestro antojo, de modo tal que para nosotros no pasara ni un minuto, mientras que para el resto pasaban horas. Pronto se hizo evidente que cuando Cometa aparecía por la casa, era para verme a mí.

Cometa fue el mejor de los amigos que jamás he tenido, mi otro yo, mi paño de lágrimas cada vez que me peleaba con Manolo y mi refugio cuando quería fugarme lejos de todo y de todos. Cometa es el lugar donde elijo estar cuando quiero estar sola.

No sé en qué momento me enamoré de él. Recuerdo que al romper mi compromiso con Manolo comencé a quedarme en la casa, un poco como consecuencia del duelo que estaba viviendo, otro tanto por haberme acostumbrado a salir con él y no tener grandes alternativas. El encierro auto-impuesto adquiría sentido a través de los cuentos que escribía para Cometa, actividad que consumía la mayor parte de mi tiempo. Tal parece que fui la última en darse cuenta de que mis días estaban consagrados a él.

Casi me parecen simultáneas la confesión de mi amor por él y el anuncio de que se mudaba a otro país. Cuando se fue, entré en crisis debatiéndome entre perseguir un sueño tras de él y conformarme con la vida que ya había establecido en Aguascalientes. Qué irónico que al cabo de un año la disyuntiva se repitiera en mi vida. Esta vez vestida de muerte. No importa cuánto la esperes, la muerte llega siempre clavándote el puñal más lacerante. Invades la habitación, cabrona, helándola, quitándonos un aliento de vida a los que estamos fuera del ataúd. Parece una ironía que escogieras precisamente el Día de Muertos para llevártelo. De camino al funeral, la ciudad entera celebra como burlándose de ti, mientras eres tú quién se burla de la gente cercana a Pablo.

¡Y nosotros que pensábamos que le quedaba al menos un mes de vida! Cometa llegó a Aguascalientes para pasar ese último mes en compañía de su mejor amigo, su casi hermano, para encontrarlo consumido en una habitación a media luz. No bien aterrizar en Aguascalientes, me pidió que lo llevara a casa de Pablo y Marta. Pablo ni siquiera fue a recibirlo a la puerta, se encontraba postrado sobre un sofá, mirando por la ventana. Así estuvo toda la semana, asombrándose ante la vida como un pequeño que por primera vez ve las hojas cayendo de los árboles, escucha el trinar de los pájaros y siente el viento pegándole en la cara. Hace exactamente una semana interrumpió el silencio de su contemplación para preguntar: “Cometa ¿qué opinas de la eutanasia?” Cometa respondió: “No mames, cabrón”. No se habló más en el resto de la tarde.

Hace dos días todos recuperamos la esperanza. Pablo amaneció lleno de energía, como hacía meses que no estaba. Quería hacer una fiesta que se redujo a recibir visitas. Era como si presintiera su muerte y quisiera despedirse de todos lleno de vida.

Anoche estuvo platicando con Cometa hasta bien entrada la noche. De la nada mencionó que sería muy triste que se muriera en diciembre ¿te imaginas a sus papás el día de Navidad? Mejor se esperaba hasta enero. Entonces habló sobre la muerte. Ahora sí estaba listo, dijo, ya no le tenía miedo. Que todos estos meses, sintiéndola cerca, había comulgado con el miedo más grande que tienen los hombres: el miedo a morir. Había pensado en todas las consecuencias que tendría su fallecimiento, todo lo que dejaba por vivir, siempre con una angustia cerrándole la garganta y una melancolía oprimiendo su pecho. Ahora ya no, como si comprendiera las razones más elevadas y estuviera listo para saltar al vacío. Las almas de Pablo y Cometa conversaron esa noche largo y tendido. Se dijeron todo lo que se tenían que decir y, cuando ya no hubo más, se fueron a dormir.

A las pocas horas Cometa se despertó con la agitación que se vivía en la casa. Marta estaba preparando una maleta mientras esperaba a la ambulancia y a los padres de Pablo. Irían al hospital, pero en el momento en que llegaron los paramédicos, Pablo hizo su última petición: quería morir en casa, en los brazos de su esposa. Así lo hizo.

Esta mañana pensaba que me estaba vistiendo de negro para ir al panteón a ver al abuelo como cada 2 de noviembre. No esperaba que mi luto cumpliría una función distinta. Todo parece apagado, como si los colores hubieran sacrificado su brillo para convertirse en tonos de gris y estar de acuerdo con los ánimos. Hasta las flores parecen emisarias de un mensaje de muerte y no de vida.

Los murmullos son apagados por el lastimero llanto de la madre de Pablo, que de tanto en tanto grita —aúlla- de dolor. Tiene razón, ninguna madre merece enterrar a su hijo. El padre y Marta lloran desconsoladamente, ella sollozando y él en silencio, como si hubiera perdido la fuerza para emitir sonido alguno. Marta a veces corre al baño a vomitar. Cometa está ausente, con la mirada perdida en el vacío y la mano sosteniendo la de la madre de Pablo, asida a él como aferrándose a la vida misma.

Marta dice que quería un hijo, pero él se negó rotundamente. Cuando ella le sugirió que podría embarazarse y que él quizá ni se enteraría, Pablo, rotundo, le dijo: “Marta, el cáncer es una enfermedad hereditaria”. No volvieron a tocar el tema.

Cometa se acerca para ver cómo estoy y a darme el recado que me mandó Pablo antes de morir: que recordara la última conversación que tuvimos. Me habló sobre la vida (su tema de conversación preferido en los últimos meses) y de las decisiones que tomamos en ella. Me incitaba a dejarlo todo e irme a vivir con Cometa. Yo le explicaba mis razones para titubear: con mi educación y en mi sociedad, es bien difícil vivir con un hombre en unión libre en vez de casada; además todo lo que me da seguridad está en Aguascalientes y dejarlo quizá sea un precio demasiado alto que pagar, porque no hay vuelta de hoja. Pensé que estaba siendo dura al decirle que tal vez la situación parecería fácil para él, que ya no tenía que preocuparse por las consecuencias de sus decisiones. El duro fue él, que dio por terminada nuestra plática diciendo: “Isa, yo me voy a morir pronto, pero me parece que tú ya estás muerta”.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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