28. La vida y la muerte

Pablo revolotea frente a mí en forma de mariposa monarca. Vuela hacia el sur, como diciéndome tú qué esperas para emigrar también, hacia donde vuelan los cometas. ¿Qué me estás diciendo, Pablo, que debo dejarlo todo para ir rumbo a lo desconocido, que debo cancelar toda posibilidad de una relación futura con alguien más, alguien que nunca andaría con quien ha vivido en unión libre?

Antes de tener alas para volar, también la mariposa fue una oruga. Como yo, gusano para el que fue fácil dejar a Eduardo por Cometa. Qué cómodo se veía entonces, habiendo pasado el suficiente tiempo sin ver a mi novio como para dar la relación por terminada. Me pregunto si habría hecho lo mismo de no haber sido por la aparición de Cometa.

A Eduardo le rompí el corazón, me doy cuenta tan sólo con verlo, aunque muestre su fachada de hombre sabio capaz de comprender hasta la acción más descabellada. Ya me fui, como si en mi decisión no hubiera vuelta de hoja, y sin embargo me vuelvo a sentir en la encrucijada que viví aquel domingo en el aeropuerto en que volé con Cometa en lugar de viajar a Miami, donde Eduardo me esperaba.

Me siguió esperando aún después de confirmar, a través de varias llamadas a mis padres y a la Niña Esparza, que yo no llegaría a Miami. No sé si me espere aún. Me justifica, culpando a mi miedo al compromiso. Pero yo ya no me espero; ya no estoy dispuesta a convertirme en la Isa capaz de traicionar como si no fuera responsable de sus actos por no ver las consecuencias.

Se me vuelve a plantear la disyuntiva, pero esta vez ya no es la lúdica posibilidad de vivir una fantasía, sino que está en juego mi futuro. Qué fácil sería mariposa para simplemente volar rumbo a donde mi instinto me dicta. Pero era fácil para ti, Pablo, porque en cuanto te anunciaron que el cáncer, en tu caso, implicaba la muerte en un futuro cercano, era evidente que tenías que aprovechar el tiempo que te quedaba para casarte con Marta. Al fin y al cabo, qué tenías que perder si lo más importante, la vida, ya lo habías perdido.

Más vale que te arrepientas de lo que hiciste, Isa, que de lo que dejaste de hacer, me decías. ¿Y de qué me arrepentiría más? ¿De negarme la posibilidad de ver si funciona con el Cometa? En ese caso me quedaría en la casa que conozco y que me encanta, conservaría el empleo en el negocio familiar al que le he invertido tanto, vería a mis padres e iría cada domingo a la comida familiar en casa de la abuela, sería testigo de los centímetros que se suman al tamaño de mis sobrinas, estaría en Aguascalientes para dar la bienvenida a mis hermanos de regreso de Barcelona y Monterrey el próximo verano, tendría cerca a mis amigos y estaría abierta a posibilidades románticas con Manolo y, quién sabe, quizá con Eduardo o alguien más. De tanto en tanto aparecería Cometa, sin avisar, como si el tiempo no hubiera pasado, y entonces todo se detendría y me parecería estar viviendo un sueño. Con suerte, no me sentiría un gusano por habernos negado una posibilidad juntos.

¿Me arrepentiría más de irme con él? Cada día amanecería con el hombre al que amo; aprendería a amarlo de otra forma, trayéndolo de la fantasía a la realidad, amando sus ratos de ausencia, su gesto serio cuando me reprocha cosas que no le gustan, su nariz brillante al despertar, su manía de dejar vasos y tazas sucios por toda la casa. Me arriesgaría a descubrir que lo que siento por Cometa no es sino mero enamoramiento, que las pequeñas diferencias que tenemos son las señales que indican que en realidad no somos almas gemelas. Entonces haría las maletas y regresaría a Aguascalientes con la cara gacha. Mis padres irían por mí al aeropuerto y mis amigos no tendrían la valentía para hacerme fiesta de bienvenida, porque no se hace una fiesta después de un fracaso. Mi derrota sería equiparable a la de un divorcio. Con treintaytantos años y la reputación de ex-concubina, tendría que mudarme a otra ciudad para conseguir pareja o resignarme a ser la tía solterona de mi familia. Probablemente me sumergiría en el trabajo, volviéndome una empresaria exitosa. Pero me sabría capaz de tomar las riendas de mi propia vida, de vencer mis miedos y de jugarme el todo por el todo.

Después del funeral de Pablo, Cometa aprovechó su visita a la agencia de viajes con el fin de adelantar su vuelo de regreso, para comprarme un boleto de avión para fin de mes. Me lo entregó diciéndome con la mirada “te espero”. Diez días, eso es lo que me esperas.

Platiqué –por primera vez- con mis padres sobre la posibilidad de irme. Mi padre me hizo ver las ventajas y desventajas que ya conocía; no emite juicio, sólo me apoya en la que sea mi decisión. Mi madre no dijo nada, pero al terminar nuestra conversación fue a encender una veladora y, ante mi mirada inquisidora, explicó: “para que se te haga la luz en el entendimiento”. No supe cómo interpretar sus palabras.

Las fuerzas no me alcanzan para decidir qué rumbo quiero que tome mi vida. Ya una vez hace años no tuve la fuerza para vivir un matrimonio que me hacía titubear. Entonces opté por no tomar ninguna decisión y el destino se encargó de cancelar mi boda, conseguir para Manuel otra esposa y dejarme en libertad, tal vez para hoy tener la oportunidad de estar con Cometa. Pero quizá Cometa está destinado a ser sólo un sueño y existir como posibilidad mágica de pareja ideal.

La mariposa monarca parece flotar delante de mí unos instantes antes de volar definitivamente, dejándome con la duda de si tendré alas para ir tras ella.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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