20. Paranoia

Espero no encontrarme a nadie. Venir al súper en pants es justo cuando quieres pasar desapercibida. Lo raro es mi paranoia de hoy: siento que alguien me persigue. No recuerdo qué soñé, pero seguro que alguien me espiaba, porque desperté con la sensación de estar siendo vigilada. Eso me pasa por dormir hasta tan tarde, aunque la verdad es que me hacía falta. Lo malo de levantarme a esta hora, es que me quedo adormilada todo el día; ni siquiera quise bañarme.

Más me vale que nadie me vea, no sólo estoy desarregladísima, sino que justo vengo a comprar la lista incómoda: cera para depilar, toallas sanitarias, todo lo que pone en evidencia que una mujer a fin de cuentas es imperfecta, aunque aparente lo contrario. De una vez compro las cosas para ponerme a dieta para la boda de Pablo y Laura.

¿¿¿Por qué sigo sintiendo que me siguen??? A ver Isa, voltea a todos lados para que te des cuenta que estás alucinando. ¿Ves? No hay nadie… más que ¡Manuel! Quenomevea, quenomevea, quenomevea. Directito a la caja. Apúrate a cobrar, por favor. Ay no, ahí viene, no vengas, no vengas, de todas las cajas que hay, por qué te diriges justo a ésta. Sólo a mí se me ocurre venirme a formar a la caja más vacía, es lógico que venga a ésta… ¡Manuel, qué sorpresa! Me mira fijamente y suelta una carcajada que de inmediato explica: conoce perfecto esa mueca que estoy haciendo, mi sonrisa de “tengo que sonreír aunque en realidad no me está gustando este encuentro”, y además sabe que la razón por la que no me gusta es que no estoy arreglada. Cómo puedes conocerme tan bien, no me dejas otra salida más que la risa sincera.

¿Un café ahorita? Iba a decir que no, como por inercia, un poco porque aún siento que me espían, aunque en realidad ¿por qué no? Vamos, tomemos café, mi novio sigue en Miami, mis padres están en Barcelona, mi prima Luisa ya se regresó a Italia, y con mis amigas… no tengo plan sino hasta en la noche.

Ay, ahorita que me dejaste pasar, te dije sin querer “gordo”, espero que no me hayas escuchado… sí me escuchaste, no eres el único que sabe leer los gestos del otro. Sé, por ejemplo, que te emociona salir conmigo. Te brinca el párpado como cuando algo realmente te entusiasmaba, sólo que no solía ocurrirte cuando salías conmigo, a lo mejor porque la costumbre ganaba. Nos reímos al sentarnos: ya sabemos qué mesa queremos y qué lugar ocupará cada quién. Es verdad que construimos mucho y eso no se debía a que nuestras familias o la sociedad nos quisieran ver casados.

A veces cuando salgo con Eduardo, tengo que buscar mentalmente algún tema de conversación para evitar el silencio. Contigo no hace falta. Brincamos de un tema al otro, nos actualizamos en noticias de los que eran amigos comunes, reímos, compartimos planes y sueños, como siempre. Lo único que me incomoda es la sensación de estar siendo observada desde lejos, salvo que ahora me doy cuenta de más de una mirada curiosa que se pregunta qué estamos haciendo juntos Manuel y yo. Es curioso que sean miradas parecidas a las que no entendían por qué habíamos terminado, cómo era que una pareja evidentemente destinada a casarse, había cancelado la boda. Que conste que yo no quería cancelarla, tan sólo posponerla.

¡Escucha la canción! ¿Te acuerdas? Ja, ja, ja, es del verano que pasamos en Jalisco, con Nana Cata haciéndose cargo de todo. Pasaba la mañana en la mecedora, viendo al horizonte, y le bastaba que el vuelo de los pájaros cambiara para saber que alguien venía. Entonces se metía a la cocina y sacaba más raciones para la comida, y al cabo de un rato le decía a alguna de sus hijas “echa más tortillas, que tenemos invitados” . Con toda parsimonia ponía un lugar más en la mesa y volvía a salir, justo a tiempo para ver a algún caminante, a quien recibía como si esperase su visita, aunque siempre parca, con esa seriedad de quien ha de llevar las riendas de una casa. Me decías que tenía que escribir un libro sobre Cata. Por las tardes hablábamos sobre los pasajes que tendría que contener el libro y ya en la noche, con tus visitas nocturnas a mi cuarto, olvidábamos a Nana Cata, pensando en ella sólo con agradecimiento por sonsacar nuestros encuentros.

Ah, sí, tu divorcio. Lo había olvidado. No tenía idea de que los trámites pudieran tardar tanto. Claro, suena lógico que el matrimonio por bienes mancomunados sea más laborioso de disolver. Estoy de acuerdo con que prefieras esperar a estar divorciado para invitarme a salir, y también entiendo que ahora parece que es demasiado el tiempo. Yo tampoco sé qué pasará cuando empecemos a salir, bien sabes lo importante que eres en mi vida. Te confieso que desde la cancelación de la boda, me he preguntado varias veces si hicimos bien, o si dejé perder una relación afortunada. Claro que me sigues gustando físicamente, con todo y que te estás quedando pelón. Pero más que eso, me sigues gustando como persona, sigues siendo aquel convencido de sus ideales, sólo que ahora con más experiencia y madurez. Ya no tengo ni que seguir diciéndote, el silencio habla.

Tu mirada también habla, y si no fuera porque me acabas de decir que no harás nada sino hasta que te divorcies, juraría que estás a punto de besarme. Manuel, no, no me vayas a besar, tú eres un hombre casado, estamos en un lugar público, yo tengo novio…

Ay… Manuel…, es como si nunca hubieras dejado de besarme. Conozco de memoria tus labios, tu lengua, el sabor de tu boca, tu olor. Me gusta tanto cómo besas, que apenas puedo abrir los ojos.

¡¡¡La Niña Esparza!!! Qué hace sentada en la mesa frente a la mía y cómo es que yo no la había visto. Hacemos contacto visual y estoy segura de que me vio besando a Manuel. No me dice nada, permanece seria y se limita a sacar el celular y hacer una llamada. No puede estarle llamando a Eduardo, no creo que tenga su teléfono porque ni siquiera yo lo tengo. Si lo tuviera, le hablaría yo misma para explicarle, pero no me queda más que esperar a que sea él quien me llame.

No sé qué cara puse, sólo sé que Manuel se dio cuenta, porque con mirada de comprensión me indica que ya pagó, que nos vayamos. No deja de sorprenderme su capacidad de responder a mis necesidades.

Qué extraño, desde que vi a la Niña Esparza , se me quitó la paranoia de estar siendo vigilada…

19. La invitación

¿Quién me busca en mi casa un día laboral a media mañana? Nadie podía haber sabido que no iría a trabajar porque tengo cólico. Claro, eso como pretexto perfecto para estar con mi prima Luisa. Bajo en cinco minutos. Nomás me pongo aretes, me cambio de blusa y me doy una manita de gato. Aunque pensándolo bien, no creo que sea ningún galán. ¿Quién será? Híjole, ha de ser la Niña Esparza, creyendo que mi hermano está de vacaciones y viniendo con el pretexto de pedir noticias de Eduardo. O de darlas, con eso de que él le llama más a ella que a mí. No, pero ella seguro piensa que yo estoy en la oficina.

¡No vaya a ser Manuel! Me dijo que me buscaría cuando se divorciara y él sí que podría llegar a mi casa a cualquier hora del día. Pero los trámites de divorcio duran más, ¿no? Mejor me dejo de especulaciones y bajo así, sin aretes y con la blusa pasada de moda…

¡Marta! La novia de Pablo. Desde que se enteró de la enfermedad de Pablo, Marta se ha venido para abajo. Está como mujer con síndrome premenstrual todo el tiempo. Se está riendo y de la nada se suelta a llorar. Y cómo no, si desahuciaron a su novio. En cambio Pablo, irónicamente, recibió una inyección de vida. Está… eso, vital, como exprimiendo las últimas gotitas. Quién sabe cuánto tiempo le dieron. Primero eran dos años, luego cosa de semanas y después que tenían que esperar los resultados de quién sabe cuántos exámenes para determinar, aunque en estos casos cualquier fecha es mera especulación.

Marta viene bien arreglada, lo cual me tranquiliza. Su semblante no es el de alguien que viene con malas noticias, sino al contrario. Desde la fiesta de despedida de Pablo he estado esperando que alguien me llame o venga para avisarme que ya murió. Evidentemente no es ésta la ocasión.

Nos ofrecen algo de tomar y acepta, lo cual indica que se quedará un rato. Sobre la mesa había dejado un sobre que me extiende. La invitación a su boda. Seguramente está acostumbrada a la cara de sorpresa que ponen todos cuando se enteran de que se casa, porque se apresura a explicar, como si fuera lo más normal del mundo, que los médicos no pueden determinar cuánto tiempo de vida le queda a Pablo, pero que en definitiva es más de dos meses, así que les da tiempo perfecto de casarse. Sigue hablando: que si han tenido que hacer todo de manera precipitada, por eso el anuncio del compromiso está siendo simultáneo a la entrega de la invitación, que si tal diseñador le hará el vestido y no sabe si quiere alcatraces o lilis, pero en los arreglos de centro de mesa definitivamente quiere flores y velas, y que la iglesia ya está apartada para los próximos ocho meses, ¿lo puedes creer, Isa, en Aguascalientes? , así que por eso se casan en viernes.

Mientras la escucho, saco la invitación del sobre. Es bonita, sencilla, de buen gusto. Tiene un corte semicircular aprovechando la curva de la P. La abro y leo de reojo los datos de la iglesia. Marta sigue hablando sobre los preparativos de la boda y me parece una descortesía dejar de prestarle atención para comprobar lo que me pareció ver: ¡¿sólo un boleto?! No quiero desprender el boleto, pero parece que sí, sólo me dieron un boleto.

Marta se da cuenta de que estoy mirando la invitación con ojos de desconcierto y se apresura a explicar: te sorprenderá que no pusimos las indicaciones de la mesa de regalos, lo que pasa es que ya tenemos todo, el papá de Pablo nos regala la casa y los muebles, y mis papás ponen lo demás y nos dan una camioneta. Es cierto, tampoco hay hojita con los datos de la mesa de regalos. Obviamente no saco a Marta de su error y fijo atenta la mirada en ella. Primero queríamos un carro, pero claro, la camioneta es más práctica para ir al hospital, porque ya ves que en las sesiones de quimioterapia Pablo anda en silla de ruedas, y ni modo de llevarlo en el coche.

Quimioterapia. Esta pareja debatiéndose entre la vida y la muerte y yo preocupada porque sólo me dieron un boleto para asistir a la boda. Pero ¿por qué me habrán dado sólo un boleto? Saben que Eduardo está en Miami, pero creo que no les dije que regresa hasta septiembre. Además, aunque no esté, podría llevar a mi hermano, a alguno de mis primos, o a quien fuera. Va a ser un poco incómodo ir sola. No creo que me hayan dado sólo un boleto por falta de lugares, porque se nota que están tirando la casa por la ventana, a juzgar por todos los preparativos.

De pronto, Marta se queda callada. Mira mis manos, que sin querer desprendieron el boleto —el único boleto- para la recepción y juego con él. Al darme cuenta, trato de pegarlo de nuevo en la invitación, con tal nerviosismo que tiro el sobre al suelo. Marta cambia el tono de su voz, es ahora bajo, casi apesadumbrado. Isa, nada más te dimos un boleto. Afirma. Sé que Eduardo está en Miami, si regresa para la fecha de la boda, me avisas y te doy otro. Nada más que por favor dime cuanto antes, porque si vas con él, tengo que volver a organizar las mesas para ver cómo te voy a sentar, porque el Cometa no va a querer que los dos se sienten en su mesa.

Por cierto, estás sentada en la mesa del Cometa, no hay problema ¿verdad? Bueno, pues ya me voy, que todavía tengo que entregar invitaciones y quedé de comer en casa de Pablo, que el pobre amaneció muy mal hoy y se tuvo que quedar en cama, por eso no vino.

En mi cuarto, mi prima Luisa me espera pintándose las uñas de los pies. Me ve con mirada inquisidora, a la que respondo extendiendo el sobre con la invitación. Mientras lo lee, saco de la bolsa mi agenda electrónica para apartar el viernes dentro de casi un mes.

18. No estoy enojada

¿Aló? ¡Eduardo! Qué bueno que me hablas, estaba esperando tu llamada… Muy bien… Bien, no tan rápido como yo esperaba, pero ahí va… Bien, todo bien, te mandan saludos. ¿Tú cómo estás? ¿Terminó la grabación, no? Entonces, ¿llegas el martes? …¿Cómo, “posponerlo”? Pero, ¿por qué no te vienes ya el martes? …Pero ya terminó la grabación, ¿para qué te quedas más tiempo?

¿Comercial de parque de diversiones? Eduardo, lo tuyo es el audio ¿qué tienes que hacer tú en la producción de un comercial? No, no estoy molesta, lo que pasa es que no entiendo por qué alargas tu regreso, aquí tienes chamba y parece como si tuvieras una buena razón para quedarte en Miami… No, no son celos, además tenemos pacto de honestidad, y sé que si hubiera alguien allá me lo dirías aunque me doliera. Me lo dirías, ¿verdad?

Tan sencillo como esto: la grabación del comercial del parque ese en Miami ni siquiera es segura, los dos spots de radio aquí en Aguascalientes sí, y sólo están esperando tu regreso para grabarlos. No cambies tu vuelo y ya llega a Aguas el martes.

¡Eduardo, es la TERCERA vez que pospones tu viaje! Se suponía que estarías fuera diez días, máximo quince, ¡y ya llevas más de un mes! Lo vuelves a posponer ¿esta vez hasta cuándo? ¿¿¿CÓMO HASTA TEMPORADA BAJA??? ¡Pero si faltan dos meses para temporada baja! ¿Piensas estar en total más de tres meses? ¡No puede ser tan alta la diferencia de tarifas! ¡¡¡Pues entonces no cambies tu vuelo y regrésate ya, el martes!!! ESTOY TRANQUILA EDUARDO. ESTOY TRANQUILA. ¡Es que no puede ser que pospongas tu viaje tantas veces y por tanto tiempo! ¿Y qué se supone que le diga a la gente cuando me pregunten por ti, que no quieres pagar la tarifa de temporada alta y que entonces regresas en septiembre (claro, siempre y cuando no pospongas otra vez tu viaje)? ¿O que ya te mudaste a Miami pero no quieres que yo me entere, así que nada más me das atole con el dedo cada vez que hablamos, diciéndome que ya casi llegas? La gente me pregunta, Eduardo. Apenas ayer me encontré a la niña Esparza y resulta que ella sabía que posponías tu viaje antes de que yo supiera… Yo sé que es tu mejor amiga y que a veces le hablas desde Miami. No, no me dan celos de la Niña Esparza, si la conozco y te conozco a ti, y sé que nunca podrían estar juntos como pareja. Pero cómo es posible que ella se entere antes que yo de que no llegas el martes. Hubieras visto la cara de sorpresa que no pude disimular cuando supe que no llegabas el martes, y luego el esfuerzo sobrehumano que hice para pretender que ya me habías dicho.

A ver, contemplemos por un momento la posibilidad de que no canceles tu vuelo y sí llegues el martes, ¿qué tan grave podría ser?… Bueno, pero sólo perderías esa filmación, y si te quedas, podrías perder los dos spots… ¿Costo de oportunidad? O sea que si empiezas a producirle a esta empresa, tienes el negocio resuelto… No, pues entonces aunque no sea seguro, vale la pena que te quedes.

¿Hasta cuándo te quedarías? No, Eduardo, cómo te vas a quedar hasta septiembre. ¿Te das cuenta de que si te quedas hasta septiembre llevaremos más tiempo de novios estando en distintas ciudades, que estando en la misma ciudad? TIENE que haber vuelos; además si sale lo del comercial, vas a tener suficiente dinero para volar en temporada alta y en primera clase… Está bien, vamos viendo si sale lo del comercial, ¿cuándo se define? ¿QUÉ? ¡¿y entonces cuándo empezarían a grabar?! Eduardo, eso es demasiado tiempo, con razón se te hace fácil ya pensar en quedarte hasta septiembre. No, está bien, yo apoyo tu carrera y tu negocio… ¡no parece que te apoye porque ya llevamos más de un mes lejos, y tú no muestras ningún interés en verme pronto!… Ya vi que no puedes venir, pero al menos podrías invitarme a ir..

¡Claro que quiero ir!… por las vacaciones tú sabes que no hay problema… Sí, pasaporte y visa vigentes. Me hospedo contigo y asunto resuelto… supongo que ahorita es el momento, antes de que se defina lo del comercial y vayas a estar ocupado todo el día…

Pues mira, colgando contigo le llamo a mi agente de viajes; necesito resolver lo de Durango antes de irme, pero eso me tomará un par de días, máximo tres, estamos hablando de que yo saldría de Aguascalientes el jueves, para volar el mismo jueves desde México rumbo a Miami, o a más tardar el viernes de la semana próxima…

No importa, porque mis papás están aquí en Aguascalientes… No, de hecho en terapia estoy de vacaciones hasta finales de agosto… Que me llamen por teléfono allá y lo hago a distancia, de todas maneras me voy a llevar la laptop… Al dentista le pido que me reciba a principios de la semana.

Eduardo ¿pues qué no quieres que vaya? Es que parece que me quisieras poner trabas para ir. Por una parte no regresas a Aguascalientes y no muestras ningún interés en venir pronto, y por la otra la idea de que yo vaya parece estorbarte más que entusiasmarte. ¿Hay algo que yo deba saber?

¿Eduardo? ¿Por qué te quedas callado? Dime… ¿qué es lo que tengo que saber? ¡¡¡Eduardo, dime, no te quedes callado!!! …SÍ, SÍ TE PERDONO POR NO HABERME DICHO ANTES, PERO YA DIME. ¿Eduardo, estás llorando? ¿Hay alguien más?… Hay alguien más. ¿CÓMO QUE NO ES UNA MUJER? Me estás espantando Eduardo, por favor explícame. ¿¿¿UN NIÑO??? …Un hijo.

Tienes un hijo en Miami y no me lo habías dicho. ¡Y fuiste tú quien propuso nuestro pacto de honestidad! ¿Sólo las relaciones basadas en la comunicación y la confianza trascienden? Sí, ahora veo que tenías razón.

No sé si estoy molesta; en todo caso estoy confundida… Necesito tiempo, llámame otro día. Si no me llamas, ya me enteraré de la fecha de tu regreso cuando me encuentre a la Niña Esparza.

17. Ocasiones especiales

-Buenas noches Adelita, soy Isa. … Sí, gracias, aquí la espero. Ay , el fleco se me vino sobre la cara y no tengo manos para arreglármelo.

-¡Adelita!

-Isa, qué gusto verte, pásale.

-Muchas gracias Adelita, no seas mala ¿me ayudas con las galletitas? De hecho en lo que baja Tere, paso a la cocina a saludar.

-¡Niiiiña Isa! Qué milagro, qué abandonadas nos tienes, desde que el joven se fue, ya no nos echas ni un lazo. ¿Qué te pasó en la mano?

-Ay Catita, me quemé, ¿no tiene de esa pomada maravillosa? Qué bueno que fue la mano izquierda, así no estaré toda embarrada cuando salude a los señores Cometa.

-Señora Cometa, buenas noches, ¿cómo está?

-Isa ¿cómo estás, hija? Qué te pregunto, si estás muy guapa, ¿adelgazaste?

-Mi mamá le manda estas galletitas que horneó.

-No tienes que traer nada, dile a tu mamá que me haga el favor de mandar galletas cuando vayas de visita a casas ajenas, no cuando vengas a tu propia casa. Pásale hija, ahorita baja Jorge, que está en una llamada. ¿Qué te ofrezco de tomar?

Pasamos de largo junto al despacho y junto a la sala de tele, donde lloré tardes enteras sobre el hombro del Cometa cuando mi relación con Manolo se venía abajo. De reojo verifico si en la mesita de las fotos está la que nos tomamos en la Montaña Rusa y sí, ¡qué chiquitos nos vemos! La Señora Cometa me recibe en la sala principal, me parece que sólo la había usado en el brindis navideño. Frente a mí queda el salón de los trofeos, tapizado de cabezas de bestias cornudas con ojos de canica que no me dejan de mirar. Giro la cabeza justo para ver bajar al Señor Cometa.

-¡Buenas noches, mija! ¿Cómo están tus padres?

-Buenas noches, Señor Cometa, mi papá le manda esta botella de tinto español, me pidió que le dijera que es de Alejandro Fernández y que le sugiere que lo reserve para una ocasión especial.

-Ah, muy bien, muy bien, pues lo probamos de una vez, de una vez, qué ocasión más especial que cenar con la nuera. ¡Martín!, Martín, ponme a enfriar esta botellita y la que saqué de la cava déjala ahí, a lo mejor también nos la echamos ¡es más, tráetela de una vez! Vas a ver qué buen vino, mija, éste lo probamos por primera vez tu papá y yo en un restaurante en Madrid que servía el mejor cordero del planeta.

-Le digo a Isa que está muy guapa, Jorge.

-¿Cómo que “está”? ¡Si “es” muy guapa! Con todo respeto, mija, con todo respeto.

No sé qué decir así que sonrío. El Señor Cometa recibe otra llamada y se disculpa, mientras yo le digo a la Señora Cometa que estoy bien, que mis papás están bien, que sí están en Aguascalientes ahorita y que la abuela Isabel ya está mejor de su pierna, que no sabía que yo iba a venir o con toda seguridad le habría mandado saludos. Me aseguro de no preguntarle por el Cometa, pero ella toma la iniciativa para hablar de él y mencionar que no se enteró de que yo vendría a cenar hoy, o le habría pesado no poder estar aquí para verme. La última vez, el Cometa me dijo que prefería no verme, que no sabía si algún día me iba a querer ver de nuevo, pero cómo hablar de eso con su mamá. Afortunadamente el Señor Cometa regresa, con la mirada un tanto ausente, vuelve a la realidad para servirme una copa de vino y hacer un brindis.

-Por la familia, por los valores familiares ¡y por tener algún día en la familia a una nuera como tú!

Ah caray, pues por la familia. ¡Diantres, el celular, se me olvidó apagarlo! Como puedo, cancelo la llamada, reventando la ampolla de la quemadura que se me hizo horneando las galletas para la Señora Cometa. Una llamada perdida, número desconocido, seguro era Eduardo desde Miami.

 -Si quieres contestar, adelante, hija.

-Gracias Señora Cometa, sólo era un mensajito.

Obviamente no le digo que es Eduardo, ahorita que pueda apago el celular para que no me vaya a marcar otra vez. Pasamos al comedor, puesto con mantel largo y candelabros, y por un instante el silencio es incómodo. Yo no dejo de sonreír mientras recorro mentalmente los temas de conversación que serían correctos, tratando de elegir uno. Afortunadamente la Señora Cometa rompe el silencio:

-¿Y cómo está tu primo el que conocimos aquel Año Nuevo? ¿Sigue toreando?

No tengo ni que responder. El Señor Cometa sale del trance en el que se había quedado a partir de su llamada:

-¡Hombre Teresita, claro que sigue toreando! Si ha estado en carteles muy renombrados, el muchacho, mas no ha figurado del todo. Es que la empresa propone, el torero se dispone y el toro todo lo descompone. Es lamentable que este muchacho no ha tomado al toro por los cuernos, es entrón cuando le conviene y en plazas de mediana envergadura no se arrima, pero es luchón, es luchón. Si lo acabamos de ir a ver a Jalisco tu papá y yo. Pues desde ese día que no lo veo ¿cómo está? Dile que ya ni parece que viva en Aguascalientes. Es más, se lo digo yo, ahorita mismo le hablamos, le hablamos. ¡Adelita, tráigame el inalámbrico por favor!

-Pero si ya es muy tarde, Jorge, no creo que sea prudente llamarle ahorita.

-¿Bueno? ¡Bueno! ¡Consuegro! Pos aquí, cenando con tu hija, convenciéndola de que sea mi nuera ¡imagínate a tus nietos, qué chulos! No, pos no es ningún secreto, no es ningún secreto, en esta casa somos tres los que queremos que Isa pase a formar parte de la familia ¡si tú lo apruebas, claro! Pues tú tienes la culpa, la echaste a perder desde chiquita. Yo me acuerdo cuando anunciaste que era una niña, no lo pudiste disimular, si se te caía la baba por tu princesita. Y sí, la hiciste toda una princesita, cómo no se iba a enamorar m’ijo de ella.

El Señor Cometa sigue hablando, mientras me sirve lo último que queda de la botella y hace gestos para indicar que se ha de abrir la otra. La Señora Cometa entonces empieza a hacerme las preguntas de rigor, que si cómo está mi hermana, cómo están las niñas, qué edad tienen ya, mis hermanos, en Monterrey y ¿en Barcelona o en Madrid? ah, en Barcelona, siempre se me olvida ¿y ya tiene novia?

-¿Y tú, Isa, tienes novio, estás saliendo con alguien?

La sonrisa se me borra de la cara. Me pongo lívida, no sé si por la pregunta de la Señora Cometa o por la voz del Señor Cometa que de pronto adquiere un tono solemne por teléfono:

-¿Eduardo…? ¿es hijo del médico? No, entonces no lo conozco… del club… ¡ah, el pelón! Cómo no, si su hermano es un excelente cazador, claro que sí, lo conozco. ¡N’hombre, no tienes de qué preocuparte, si es de una excelente familia! Ha de ser un buen muchacho. Por lo menos suertudo sí es. …Pues ya nos invitarás a la boda Exconsuegro, ya nos invitarás a la boda, aunque espero que nos veamos antes ¿eh? Nos hablamos, nos hablamos.

A la mirada de interrogación de la Señora Cometa, Jorge Cometa responde sirviéndole más vino.

-Ya nos invitarás a la boda, mija.

Sólo atino a vaciar mi copa y a sonreír mucho mientras el Señor Cometa vuelve a llenarla de ese Alejandro Fernández destinado a ocasiones especiales.

16.Certezas aleatorias

No, le digo que el sábado ya tengo un compromiso, pero el viernes me parece perfecto ¿qué le llevo? Me acuerdo perfecto cómo llegar, no se preocupe, nos vemos ahí a las ocho. Igualmente Señora Cometa.

Qué inocente me vi cuando pensé que el viaje de Eduardo me permitiría tener mucho tiempo libre. Al contrario, no he parado, como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para verme.

El día en que mi novio voló rumbo a Miami, salí a tomar café con La Nena para contarle todo sobre el encuentro con Manuel, mientras mi madre cuidaba a sus nietas y les preparaba galletas que las harán tan adictas a los postres como mi hermana y yo. Frente a un pastel de chocolate y un strudel de manzana, La Nena y yo recordamos mi eterno noviazgo con Manolo, analizamos —basadas en mera ficción y suposiciones- su matrimonio y llegamos a la conclusión de que el tiempo dirá.

Al día siguiente, el número de llamadas perdidas de mi examiga Carmen eran tantas, que finalmente acepté tomar café con ella. Aunque aclaramos muchas cosas, decidimos volver a vernos dos días después para ver si lográbamos resolver nuestra “ruptura”. Debo decir que sus argumentos para involucrarse con un hombre casado son, si no convincentes, sí comprensibles. Yo misma me sorprendí al dejar de juzgarla. Además nuestra amistad se volvió tan fuerte al cabo de todos estos años, que acepté que no valía la pena darla por terminada por una diferencia en nuestros puntos de vista. Amén de preocuparse por recobrarme, Carmen ahora tiene con quién hablar sobre el asunto más importante de su vida en este momento, así que nos hemos visto prácticamente todos los días.

Además como acordé con Eduardo que ya no veré a Alan, el abogado que nos está resolviendo el problema con el cliente, no puedo ir a Durango para arreglarlo de acuerdo con la estrategia que habíamos definido, así que la compañía requiere mucho tiempo de mi parte para resolverlo desde aquí.

El fin de semana fui a los Altos de Jalisco a visitar a los abuelos paternos. El libro que llevé se quedó empacado, mi estuche de manicure nunca fue abierto y la computadora sólo sirvió para enseñarle a mis primos las fotos de la fiesta de Año Nuevo. Salí con ellos a comer, a los toros, a ver el partido de futbol; todo excepto lo que había planeado hacer en mi tiempo libre.

Hace cuatro días la niña Esparza me llamó para saber sobre Eduardo. Quedamos de vernos y propuso que fuera en mi casa, lo cual sospeché que estaba relacionado con las vacaciones de mi hermanito, que llegó a Aguascalientes hace una semana. ¡Qué descaro, después de que salió con mi hermano mayor! Al principio me incomodó sentirme utilizada por la niña Esparza para ver a mi hermano, pero cuando supe que el veterinario vendría a ver a mi perro estresado y que no habría nadie en la casa para recibirlo, accedí a que fuera ahí. Mis dudas se vieron confirmadas conforme pasaban los minutos y mi visita ni se iba, ni hablaba más que de temas irrelevantes y evidentemente sacados de la manga para hacer tiempo mientras regresaba el susodicho. Cuando finalmente llegó, se limitó a saludar y a retirarse a su habitación, lo cual dio la pauta para que la niña Esparza se despidiera de mí, haciéndome prometer que le llamaría al día siguiente en cuanto Eduardo me llamara, tal y como había prometido.

No lo hice, porque la llamada de Eduardo llegó justo cuando yo estaba con Marta. Con una mano le extendía un pañuelo, mientras con la otra buscaba el celular en mi bolsa. A duras penas digerí que se quedaría diez días más en Miami, pues estaba más concentrada pensando en argumentos para consolar a la pobre de Marta. Desde que desahuciaron a Pablo, el novio de Marta, ella está inconsolable. Lo duro es que Pablo ha decidido vivir sus últimos días, cuantos quiera que estos sean, al máximo, inmerso en la alegría de vivir. Marta está obligada a mostrar ante él su faceta optimista, aunque ello implique tragarse la crisis por la que está pasando.

Pablo, en cambio, está viviendo la mejor etapa de su vida. Al menos la más iluminada. Ya no pierde el tiempo en conversaciones triviales y en cambio expone su filosofía a diestra y siniestra. No tuve que insinuar nada para ver si obtenía información sobre El Cometa. Sin más, me contó la historia que siempre soñé escuchar. Como espinas clavándose en el pecho llegaron las evidencias de que el Cometa siempre me amó. Ahora es evidente que así era. Pablo tiene razón, por qué iba a querer pasar tanto tiempo conmigo, tiempo en que dejaba de salir con alguien más, si no hubiera sido por estar enamorado de mí. Él se enamoró mucho antes que yo, cuando yo corría a su hombro a llorar si tenía algún problema con Manolo. Entonces decidió que me quería en su vida, si no podía ser como pareja, como amiga. Nos hicimos los mejores amigos del universo. Leíamos nuestros pensamientos, sabíamos lo más profundo que existía en el corazón del otro, éramos capaces de mandarnos mensajes telepáticos para quedar de vernos, atraíamos eventos mágicos a nuestro alrededor. Cómo no enamorarme así. Lo que no sabía era que Pablo conocía la única parte del Cometa que yo desconocía: la naturaleza de sus sentimientos hacia mí.

Ahora, al borde de la muerte, a Pablo le parece fácil que yo termine con Eduardo y vuele diez mil kilómetros a convencer al Cometa de dejarnos llevar por nuestra pasión. Nos sumergiríamos en un amor que tiene alas y el mundo se paralizaría mientras nosotros aprendemos a volar.

Escuché a Pablo sintiendo que mi historia con el Cometa había terminado para siempre. Confieso que ahora, con la perspectiva de ir a cenar con sus padres el sábado próximo, surge en mí una chispa de esperanza. Si me lo cuestionara, llegaría a la conclusión de que no tiene caso ir a cenar a casa de los Señores Cometa si ando con Eduardo y el Cometa dio por rechazada la propuesta de matrimonio que nunca verbalizó. Menos mal que la sensatez no ha tenido cabida en mi agenda últimamente, tendría que esperar hasta el lunes, en que finalmente tendré tiempo libre.