34. Resoluciones

El sonido de las palpitaciones no me deja escuchar mis pensamientos. Imagino a Arturo atado, metido en la cajuela de un auto negro. Lo imagino amordazado dentro de la bodega de la que Manuel y yo acabamos de salir. El regreso a Aguascalientes es eterno ¿no se supone que los viajes de regreso parecen siempre más cortos?

Llego a casa de la Abuela y la encuentro tomando café con Lucía; al menos están tranquilas. Sólo atino a preguntar “¿qué pasó?”. Los secuestradores recibieron el dinero y dejaron a Arturo bajo un puente en la carretera. “Cliché”, dice Lucía. Salieron por él todos, mis tíos, mi primo y mis padres. De ahí se iban a León. ¿A León? Sí, a tomar el vuelo de las 7:00 rumbo a Dallas. Ni siquiera empacaron, se llevaron lo que pudieron y el resto se los enviaremos nosotros después. Ya vete a dormir, tus padres no llegarán antes de las nueve. ¿Pero Arturo está bien? Nosotras no lo vimos. Puta madre –perdón, Abuela-, pero ¿está bien? Sí, está bien. ¿Te quedas a dormir, o le pedimos a Manuel que te lleve a tu casa? Sí, ya me voy, vengo mañana.

Me duele la cabeza. Me estoy quedando dormida en el coche y cuando entreabro los ojos, veo el hotel al que solíamos ir Manuel y yo cuando éramos novios. Vamos al hotel, Manolo. Me mira con asombro. Asiento. Da la vuelta en U y entramos al hotel. Una vez en la habitación, me quedo parada, estática, con la mirada fija en la mesita. Manuel se quita los zapatos y el cinturón; se acerca y me besa. Le respondo, pero no lo abrazo. Él acaricia mi cara y empieza a quitarme la ropa casi con demasiada suavidad, como si me fuera a romper en mil pedazos si me tocara muy fuerte. Estoy desnuda, de pie en la habitación, viendo cómo él se quita la camisa, el pantalón, la ropa interior. Había olvidado cómo es su cuerpo. Me toma de la mano para llevarme a la cama, me acuesto y él hace otro tanto sobre mí. Él se mueve pero yo permanezco inerte. Es casi patético el contraste con su excitación, hasta que le pido que se detenga. Quiero dormir.

Me despierta el celular. Es Lucía, quien en tono de complicidad me explica que mis padres llamaron a casa de la Abuela buscándome, así que les explicó que Manuel me había invitado a desayunar. “Vete a desayunar y repórtate con ellos”.

Manuel es la mar de comprensivo. Nos vestimos y me lleva a la única cafetería que encontramos abierta a esta hora. Perdón, Manuel, no tenía ganas. No te preocupes, cachorrita, ya tendremos muchas oportunidades para desquitarnos. ¿Muchas oportunidades? O sea que para ti éste es el comienzo de una segunda parte de la historia. No sé si me gusta la idea. La última vez que hice el amor, fue con Cometa. Después de eso han pasado tantas cosas… y tan pocas. Mis planes dieron un giro de 180 grados cuando decidí irme a vivir con Cometa y luego el Destino se encargó de volver a girar. Sufrí un accidente que me impidió mudarme y hasta moverme por un buen tiempo. La Abuela se infartó y me fui a vivir a su casa. Mis tíos vinieron a Aguascalientes y la vida se contuvo en las cuatro paredes de la casa en la que alguna vez vivió mi madre. Siento como si hubiera llegado la hora de despertar de un sueño. Llevo meses aislada del trabajo, de mis amigos, de todo lo que no sea la familia; tan sólo Manuel se colaba de vez en cuando.

¿Volver con Manuel? Podría ser. Sin duda me daría estabilidad y le daría tranquilidad a mis padres. De cualquier manera, no me atrevería a hacerlo sin hablar antes con Cometa. No le dije que no me había mudado con él por el choque. ¡Ni siquiera le dije que ya había decidido irme a vivir con él!

Manolo, tendría que resolver algo antes de que pudiéramos decidir si tendremos o no otras oportunidades. ¿Me llevas a mi casa? Tengo que hacer una llamada.

Mis padres duermen, lo cual me alivia, porque el último tema del que quiero hablar, es de Arturo. Cierro la puerta de mi cuarto, busco el número en mi agenda y lo marco. Al otro lado del teléfono, me responde la voz del Cometa.

Advertisements

33. El secuestro

Martes 1:17

No es mi culpa, no es mi culpa, no es mi culpa, no es mi culpa. Manolo, no sabes cómo te agradezco que hayas venido. Alfonso y Blanca no querían despegarse del teléfono. ¿Estás seguro de que es por aquí? Está muy obscuro. ¿A cuántos kilómetros de Aguascalientes estaremos? Es que no estoy segura de que sea por aquí. Pero sí dimos vuelta en la desviación que nos indicaron ¿verdad? ¡Puta madre, es mi culpa!

Parece que éste es el letrero. A ver, acércate tantito. Sí, aquí es donde hay que dejar el coche y seguir a pie.

Lunes 23:43

¿Eran ellos? ¿Qué dijeron? ¿Hablaron con Arturo? Sí, sí, me calmo, estoy tranquila, ya sé que no es mi culpa. ¿Van a volver a llamar? Si dejaron indicaciones de dónde está, podemos ir. Si quieren, Manuel y yo  vamos ¿sí, Manuel? Porque no dijeron a qué hora iban a volver a llamar ¿o sí? Son capaces de esperarse hasta mañana para ver si ya está el depósito; mejor nosotros vamos, y nos llevamos el comprobante del banco. ¿Guardaespaldas? No, han insistido mucho en que no y no queremos arriesgar su vida. Ya sé que no es mi culpa, pero quiero ir.

Lunes 20:00

¿No han hablado? Voy por cigarros. No, no estoy fumando mucho, no sé cuántos llevo, pero ya me acabé la cajetilla. Sí, la que compré hoy, pero también Blanca fumó. Ahorita regreso. Si llaman, por favor háblame al celular.

Lunes 18:44

Hola, Carmen. Estoy esperando una llamada importante, tengo que colgar. No, sí, yo te llamo. De verdad tengo que colgar, es importante, de vida o muerte. Carmen, tengo que colgar, adiós.

Lunes 11:00

¡Manuel! Gracias por venir. No sabemos nada, hablaron a las seis de la mañana y el dinero se depositó a las nueve, pero no han vuelto a llamar. Siéntate, lo único que podemos hacer es esperar.

Lunes 8:45

¿Quieren que vaya yo? Es verdad, mejor que vaya mi papá, para que no sea sospechoso transferir tanto dinero. ¿No se puede rastrear la cuenta para saber de quién es? Claro, ya sabemos de quién es. ¡Uta ma! Sólo espero que Arturo esté bien.

Lunes 5:55

¿Hablaron con Arturo? ¿Está vivo? ¿Qué les dijo? No lloro, es que no sabía si estaba vivo, es que… es que… Cuéntenme, qué les dijo.

Viernes 21:00

Pues no les pidas permiso. Arturo, ya no estás en edad de pedir permiso. Ya sé que se ponen muy nerviosos, pero no puedes vivir encerrado para siempre. La verdad es que te sobreprotegen. Si quieres yo les pido permiso. ¡Arturo, por Dios, no te va a pasar nada! Es un antro, un inofensivo antro. Nadie en Aguascalientes te conoce, además nadie sabe que estás aquí. Yo sé lo que tu abuelo le hizo a mi primo, pero ¡tal vez ni siquiera sepan que existes! Mira, toda la vida te han transmitido su angustia y te están impidiendo hacer lo que alguien a tu edad haría. Si quieres, le pedimos a los guardaespaldas que nos acompañen. ¿Sí? Está bien, no te voy a obligar, hablas con ellos hoy para convencerlos de que te dejen salir mañana. Cuando regrese te despierto para hacerte la reseña detallada ¡buenas noches!

Sábado 12:00

Es que no puede ser que no lo dejen salir, Mariana. Vive como un prisionero ¡es ridículo! ¿Sabías que este es el cuarto año que estudia con sistema abierto, para no perder el año con tanta mudanza? Habla tú con ellos, están exagerando, esto no se resuelve deteniéndolo aquí, sino yendo a terapia psicológica para aprender a canalizar sus miedos. Una cosa es que ellos decidan enclaustrarse donde se sienten a salvo, y otra muy distinta es que pretendan que la vida de sus hijos transcurra entre cuatro paredes. Diles tú, yo ya les he dicho muchas veces, ya me cansé, les voy a ofrecer llamarles cada hora desde el antro para ver si así están tranquilos, y ya.

Sábado 21:30

No puedo creer que te hayan dado permiso, Arturo. Qué buena onda. ¿Estás seguro de que no quieres que les digamos a los guaruras? Sí, ya salieron, pero les podemos hablar al celular. Como quieras, de todas maneras el plan está tranquilo y regresamos temprano. Manuel no quiso venir; íbamos a ir a cenar, pero cuando supe que te daban permiso, le cambié el plan, pero no quiso unirse, así que sólo seremos tú y yo. ¿Hace cuánto que no vas de antro? ¡¡¡Cómo crees!!! Vas a ver, nos vamos a divertir.

Domingo 3:00

¿Tú vas por el coche? Mil gracias, yo no puedo dar un paso más, ya no aguanto los pies, me hubiera traído otros zapatos. Te espero aquí, de plano me voy a sentar en lo que llegas.

Domingo 3:17

¡Hola, Manuel! Híjole, perdón que te hable a esta hora, pero es que mi primo Arturo fue por el coche hace 20 minutos y no ha regresado y no sé qué hacer… No, lo dejamos aquí a la vuelta, ya debía haber llegado. No quiero ir a buscarlo, porque qué tal que nos cruzamos en el camino y llega y no me encuentra… Sí, lo voy a esperar un ratito más, y si no llega, te hablo. También si llega, te hablo.

Domingo 3:23

Manuel, Arturo no llega. No quiero decirle a nadie de los que están aquí que me ayude, porque van a decir que estoy neurótica. De plano voy a ver si está el coche. Yo te llamo.

Domingo 3:26

Manuel, el coche aquí está pero Arturo no aparece. Teníamos que haber llegado a las 3 a casa de mi abuela. Ya no tardan en llamarme y no sé que hacer. ¿Vienes para acá? Gracias, Manolo.

Domingo 3:45

¡Puta madre, no sé dónde está! Pregunté y nadie lo ha visto. Le estuve gritando, pero no aparece por ningún lado ¿qué hago???

Domingo 3:49

¿Mamá? Mami, mamita, ma, no encuentro a Arturo. No sé, no sé, salimos juntos del antro y él fue por el coche, y, y, y no regresa, no sé que hacer. No, el coche está aquí. No, no puedo manejar ahorita, pero Manuel está aquí. No vino al antro, le llamé cuando no encontraba a Arturo y vino. Sí, él me puede llevar a la casa, pero ¿qué hago con Arturo? Bien, entonces me espero a que llegue mi papá y ya que Manolo me lleve. Mami ¿tú hablas con mis tíos?

Domingo 4:11

¡Papá! ¡Papá! Es mi culpa, no sé dónde está. ¿Qué? ¿Qué pasó? No quiero un cigarro, dime qué pasó, por favor… ¡Puta madre! (Perdón, papá, se me salió) Sí quiero un cigarro. ¿Cómo fue? ¿Hablaron a casa de la Abuela? ¿Hablaron con mis tíos? Puta madre. (Perdón) ¿Y ellos qué dijeron? Puta madre, es mi culpa ¿y ahora cómo los veo a la cara?

Domingo 4:51

¿Hablaron otra vez? ¿¿¿Nada más dijeron que volverían a llamar??? ¿Qué más, dónde está, qué quieren, está bien? No, no me puedo ir a dormir ahorita.

Domingo 6:30

No me quiero ir a dormir, aunque se tarden horas en llamar ¿me regalas otro cigarro?

Domingo 8:00

Manuel, tú sí vete a tu casa a dormir, ya me has apoyado demasiado. En cuanto llamen, te aviso.

Domingo 10:00

¡¡¡Carajo!!! ¿Qué no piensan llamar? ¿No podemos hacer algo, hablarle a la policía o algo? Me hubiera llevado a los guaruras. Si no hubiera insistido tanto, esto no habría pasado.

Domingo 13:32

¿Qué dijeron? …pero no hablaron con él. ¿Qué más dijeron? ¿¿¿QUÉ??? ¿¿¿DE DÓNDE VAMOS A SACAR TODO ESE DINERO??? ¡y en domingo! ¿Cuánto tenemos en la cuenta de la empresa? Sí me preocupo, tengo que hacer algo. ¡Como si rezando fuera a llegar Arturo a la casa!

Domingo 14:04

Ya hablaron, Manuel, pero mis tíos no hablaron con Arturo. Yo te aviso, pero si me llamas, por favor que sea al celular, para no bloquear la línea de la casa.

Domingo 16:45

No, no voy a ir a misa, Dios me perdona porque hoy es más importante estar junto al teléfono, rezo aquí.

Domingo 18:15

¿Eran ellos?

Domingo 19:05

¿Quién era?

Domingo 20:21

¿Eran ellos? ¡Carajo, que ya dejen de hablar, qué no tienen otra cosa que hacer más que bloquear el teléfono!

Martes 1:38

Aquí tiene que ser. Tú traes el comprobante del banco ¿verdad, Manuel? Está abierto. ¿Entras tú primero? Yo traigo encendedor… No se oye nada… No veo nada… Aquí hay un interruptor… No hay luz… Manuel… Manuel, se me hace que esto está vacío… ¿Arturo? ¿Arturo? No, Manuel, no hay nadie aquí… ¿Qué hay allá, al fondo? Es como una caja ¿no? …Un mueble, vamos a ver… ¿Qué es esto? ¡¡¡PUTA MADRE!!! Puta madre, qué susto, el celular. ¿Aló? ¿Qué pasó, aquí no hay nadie? ¿Llamaron? ¿Qué pasó? ¿No me puedes decir por teléfono? Por lo menos dime si está bien. Bueno, ya vamos para allá.

32. Secreto develado

“¿Tú sabías que los hijos de tus tíos Alfonso y Blanca eran tres, Isa?” No, no lo sabía. Al menos no me acuerdo. Solían referirse a ellos como “mis primos”, sin especificar número. Ahora que lo dices, sí, siempre tuve la imagen de tres primos, pero nada más dos vinieron a ver a la Abuela… Así es, falta el mayor.

En mi mente se dibuja la imagen de un primo casado con una extranjera, hablando en inglés con sus hijos rubios. Me limito a cuestionar a Lucía con la mirada. Ella se levanta en silencio por la caja de pañuelos y los cigarros, enciende uno mientras me ofrece otro y suspira, como develando el telón para que comience la historia.

“Mi hermano Alfonso conoció a Blanca por uno de los hermanos de ella. Estaba sobreprotegida por sus padres y prácticamente no salía, mucho menos conocía a hombres fuera de su familia. Cuando Alfonso empezó a frecuentarla, se dio cuenta del mundo en el que ella vivía y decidió rescatarla, como si fuera el héroe de la película. Blanca comenzó a tener ideas propias y eso no le gustó nada a sus padres, sobre todo a su padre, que estaba metido en la política y en negocios no del todo limpios. Le prohibieron volver a ver a tu tío. El hermano de Blanca cortó de tajo su amistad con Alfonso y la situación se puso tensa.

“Una noche en que el papá estaba jugando y tomando con sus amigos, perdió una suma exorbitante. Apostó varios autos, que perdió. Apostó también una de sus propiedades, con igual suerte. Entonces apostó la mano de su hija: si ganaba, recuperaría todo lo que había perdido hasta entonces, pero si perdía, su hija tendría que casarse con uno de sus amigos, un hombre conocido por su vínculo con el narcotráfico. La mamá de Blanca trató de impedir que apostara, pero el papá estaba agresivo por efecto del alcohol, así que no hubo mas que esperar que esta vez ganara. No fue así. Enfurecido, el papá de Blanca la llamó para que se fuera esa misma noche con su amigo, pues así estaba convenido. La madre se levantó para detenerlo, pero el amigo sacó la pistola, justificando con que las deudas de juego son las deudas de juego. La madre entonces dijo que iría por Blanca, pero en vez de ello le indicó que se fuera por la ventana y que no regresara, que ella encontraría la manera de comunicarse para avisarle cuándo podría regresar.

“Blanca acudió a tu tío. Vino a la casa con la intención de hospedarse aquí, pero al cabo de una hora vinieron hombres armados con amenazas e insultos. Recuerdo que tu Abuelo, que aún vivía, salió a entretenerlos mientras la Abuela le pedía apoyo a Nino, su compadre. Alfonso y Blanca salieron esa noche brincándose a la casa de los vecinos, pues también el terreno de atrás estaba cercado por gente armada. Durmieron en alguna casa de los padrinos de Alfonso y dos días más tarde se llevó a cabo la boda en Lagos de Moreno. Me acuerdo que fue un lunes. Habían querido casarse el domingo aquí en Aguascalientes, pero fue imposible llegar, porque cada vez que salíamos de casa, había gente siguiéndonos. Tuvimos que salir de casa poco a poco, tomando rumbos diferentes. Yo salí con tus abuelos a la iglesia donde oficiaba el Padre Bernardo. Él nos ayudó a salir por la parte de atrás y nos fuimos los tres a un rancho que en aquella época era de los Ninos.

“Llegamos a distintas horas, sin arreglarnos más de la cuenta, para no levantar sospechas. Cuando llegaron los últimos, tus tíos Isabel y Humberto, empezó la ceremonia. Sólo estuvimos los hermanos, los Ninos con una de sus hijas, el Padre Bernardo y un juez. En total las bodas civil y religiosa no debieron durar más de media hora. Mi padre abrió champaña y despedimos a los recién casados todavía con las flautas en las manos.

“De regreso en Aguascalientes encontramos la cerradura violada y la casa vuelta al revés. No quisimos dar aviso a la policía. El infierno que vivimos durante un mes, no se compara con lo que han vivido Alfonso y Blanca durante todos estos años”.

No quepo en mí del asombro. Me parece estar leyendo una novela policíaca y no puedo creer que esto haya sucedido en el seno de mi propia familia. Enciendo otro cigarro para invitar a Lucía a que continúe.

“Al cabo de más de un año supe que estaban en Hermosillo. Luego nos enteramos de que Blanca estaba embarazada y mi papá fue a visitarlos. Decidieron mudarse antes de que el niño naciera, esta vez a Culiacán. Ahí nació tu primo Alfonsito y por primera vez vivieron un período tranquilo. Tu mamá y yo llegamos a visitarlos en alguna ocasión, creo que también tu tía Luisa. Alfonso viajaba mucho a Guadalajara y en uno de esos viajes, quién sabe cómo lo encontraron y lo golpearon hasta romperle las piernas, que no lo mataban porque él era su pista para encontrar a Blanca, y en cuanto esto ocurriera, los mataban a ambos. Alfonso ya no regresó a Culiacán. Valiéndose de intermediarios, arregló con Blanca una nueva mudanza. Estuvieron en Colima. Gracias a contactos de tu Abuelo, se cambiaron los nombres y tu primo Arturo, al nacer, fue registrado con distintos apellidos a los de su hermano.

“La cosa en Aguascalientes se puso muy difícil, porque empezaron a molestar a mi padre hasta que lo secuestraron, o bueno, hoy en día se habría llamado desaparición forzada. Lo torturaron para obtener información sobre el paradero de Blanca y el bendito hombre no soltó palabra. Los doctores dijeron que ese incidente detonaría el problema cardíaco que lo que llevó a la tumba. En cuanto Alfonso y Blanca supieron sobre el secuestro, se mudaron a Tepic. Nosotros sólo sabíamos que estaban ahí, pero no teníamos más que un número telefónico. Supimos que nació Alfredo y que el padre de Blanca se convirtió en gobernador de su estado natal.

“Cuando volvieron a mudarse, esta vez a Mérida, tú abuela y yo pensamos no correr peligro yendo a verlos una vez al año. Pero al cuarto año consecutivo de nuestra visita, la familia de Blanca se enteró de dónde estaban. Alfonsito tenía 16 años. Él no quería dejar Mérida, así que decidieron arriesgarse. La decisión les salió cara, demasiado cara. Un día Alfonsito no llegó a casa. Dieron aviso a las autoridades y lo buscaron durante más de una semana. Cuando fue encontrado, Alfonso y Blanca casi no pudieron reconocer el cadáver”.

El primo casado con la extranjera se disuelve en las lágrimas que derramamos juntas, mezcla de tristeza y rencor, sentimientos nimios comparados con lo que han debido sentir mis tíos. Un escalofrío recorre mi cuerpo al comprender a qué grado Alfonso y Blanca han sido alejados con violencia de la familia y de la paz interna.

31. Secretos familiares

“Es increíble el magnetismo de la sangre compartida que circula por cuerpos diferentes y vidas distantes”.

Desperté sin saber dónde estaba. Me tomó un momento reconocer el antiguo cuarto de Lucía.

La vista de mi tío Alfonso en el hospital me remitió a aquella llamada recibida por error en casa de la Abuela y su presencia me dejó muda, sin saber cómo comportarme ante él. No hubo necesidad de definir cómo hacerlo, pues todas sus atenciones giraban alrededor de la Abuela, mostrándose como figura fuerte.

Después de algunos días en el hospital, la llegada del tío Alfonso trajo consigo la tranquilidad de saber que la Abuela podría contar con su apoyo de regreso a casa. Nunca había visto a la Abuela sumisa, y parecía agradecer el descanso que implicaba poder confiar en las decisiones que tomaba su hijo. Se contrató a una enfermera que resultó tener experiencia en fisioterapia y rehabilitación, razón por la cual resultó lógico hospedarme temporalmente en casa de mi Abuela. Ahora ocupo el cuarto contiguo a la habitación de mi tío Alfonso, lo cual, aunado al insomnio por las noches que me ha causado la siesta después de comer, me ha permitido escuchar parcialmente conversaciones telefónicas que han develado parte del misterio en torno a la figura masculina de mi familia materna.

Comenzó la noche en que llegamos a la casa. Llevaba un buen rato acostada con la luz apagada, cuando escuché a mi tío hablando con alguien en su cuarto. Al principio me alarmé, pensando que quizá la Abuela se habría sentido de nueva cuenta mal y, de no haber sido porque mi pierna seguía inmovilizada, hubiera salido de mi cuarto, pero afiné el oído y me di cuenta de que estaba hablando por su celular. Su interlocutor era evidentemente mi tía Blanca, su mujer. Él le pedía que viajara a Aguascalientes con los hijos de ambos, que no importaba la seguridad, que estaba consiguiendo guardaespaldas que los escoltaran del aeropuerto a la casa, que no debía avisarle a nadie en el país que pasaría las fiestas navideñas aquí y que hiciera todas las compras necesarias “allá” para evitar salir de casa de la Abuela durante su estancia. Alfonso haría los trámites necesarios para que la agencia de viajes cambiara el destino que originalmente tenían planeado, por Aguascalientes. Me quedé dormida escuchando de voz de mi tío la reseña de lo que ocurría con el corazón de mi Abuela.

Al día siguiente mi mamá y mi tía Isabel pasaron la mañana en casa de su madre. Por primera vez dejaron de hablar sobre médicos y pusieron al tanto a Alfonso sobre la vida de los amigos de hace años. Cuando le preguntaron hasta cuándo se quedaría, respondió que Blanca y los hijos vendrían. El silencio que se hizo sólo fue roto por el llanto de mi madre, que se limitó a decir “es mucha la angustia que hemos vivido todos estos años”.

A la hora de la comida vinieron Luisa y Lucía, las otras hermanas. Durante la sobremesa se mencionó la llegada de la familia de Alfonso, prevista para el día siguiente, lo cual alteró de manera evidente el semblante de ambas. Aproveché un momento a solas con Lucía para preguntarle. “Tus primos y tú estaban muy chicos, y decidimos no decirles nada. Supongo que es momento de que te enteres. Cuando Alfonso y Blanca se hicieron novios, el padre de ella no estuvo de acuerdo”. Fue todo lo que alcanzó a decir. Tocaron el timbre y fue anunciada una visita para mí. Era Manolo.

Qué raro, Manolo. Me tomó completamente desprevenida, haciéndome recordar que tengo una vida además de mi familia. De alguna manera había logrado desconectarme de esa vida como preparativo para mudarme con Cometa y había permanecido ajena a todo a medida que me involucraba en la dinámica familiar. Manuel permaneció el tiempo suficiente para explicar que había hablado a casa de mis padres para felicitarlos por las fechas y así se había enterado de mi estado de salud. Después de pedir permiso para llamarme a casa de la Abuela, se despidió, dejándome con la vista clavada en mi madre y sus hermanas y con la pregunta de cuál de sus situaciones maritales viviré cuando llegue a su edad.

Hoy de nueva cuenta desperté sin saber dónde estaba. Una agitación anormal reinaba en la casa y, como pude, me incorporé y me vestí para salir a ver lo que pasaba. Dos extraños metían maletas en la habitación frente a la mía, hablando en inglés entre ellos. Esos desconocidos son mis primos. Mi mirada se cruzó con el mayor, quien, sonriendo y sin decir nada, vino a abrazarme. No sé por qué, me puse a llorar. El abrazo de uno fue precedido por el abrazo del otro y de pronto nos encontramos abrazados los tres con las mejillas húmedas de emociones. En ese momento sentí la pena mayúscula de una fractura familiar ocasionada por causas que ignoro. Es imposible poner en palabras el pesar de todos los momentos familiares que no compartimos con ellos. Al mismo tiempo es increíble el magnetismo de la sangre compartida que circula por cuerpos diferentes y vidas distantes. Supongo que algo parecido deben sentir los gemelos idénticos separados al nacer cuando se reencuentran. Quizá fue ese magnetismo lo que desencadenó los eventos siguientes tal y como se desenvolvieron.

Lejos de ir a estar con su abuela, mis primos entraron a mi habitación –o a la de mi tía Lucía-, cerrando la puerta tras de si. Habían esperado toda su vida para ello y no podían perder un minuto más sin saber qué era eso tan terrible que los había alejado de su país. En lugar de responder, les pedí explicaciones, pues siempre imaginé que ellos habían nacido ya en otro país. Me hablaron sobre la vida itinerante que llevaron sus padres por Tepic, Mérida y Guanajuato, donde crecieron. Supe también que Luisa y Lucía llegaron a pasar los días de Reyes con ellos, encuentros de los que el resto de los primos ignoramos completamente. Había muchos cabos sueltos que no lográbamos descifrar y que debieron quedar inconclusos pues hubimos de interrumpir la charla para bajar a desayunar con la familia.

Durante el desayuno la dinámica cambió. En lugar del secretismo al que estaba acostumbrada, la situación se manejó abiertamente, al menos para quienes la entendían. La tía Blanca le habló a la Abuela sobre innumerables ocasiones en que su padre los había localizado y tenían que mudarse de ciudad, y a veces de país. Así, supe que en algún pueblo Blanca se enteró de la llegada de un mexicano cuya descripción correspondía a la de un tal “Conejo”, brazo derecho de su padre. En otra ocasión, dos judiciales sentados en el mismo restaurante donde comía Alfonso levantaron sospechas suficientes para que todos los integrantes de la familia se dirigieran de inmediato al aeropuerto, sin regresar a casa, para tomar un avión rumbo al próximo país que los hospedaría. Mi Abuela escuchó tranquila y a nadie pareció importarle la recomendación del médico de evitar darle noticias abruptas.

Ahora llega mi tía Lucía cargada de globos de gas. A juzgar por la complicidad con mis primos recién descubiertos, repite lo que solía hacer la víspera de Reyes cuando ellos eran niños. Nos pide escribir un deseo y el mío se reduce a tres palabras: revelar secretos familiares. Antes de amarrarlo en mi globo, Lucía lee el papel en el que lo escribí y se limita a decirme: “Tú y yo dejamos una conversación pendiente ayer y yo sí creo en los Reyes Magos”.

30. El hospital

Durante trayecto de regreso del hospital me invadió una extraña melancolía. Llevaba diez días yendo diario a que limpiaran la herida remanente de la operación que me practicaron a raíz del choque y ya conocía a todas las enfermeras. Mi vida se había puesto en pausa cuando decidí mudarme con Cometa; asigné todas mis funciones del trabajo a una de mis primas, me di de baja en el gimnasio y hasta cancelé mi contrato del  celular, así que mis actividades se empezaron a limitar a las relacionadas con el accidente: la elaboración de formularios y cartas a ser dirigidas a la empresa aseguradora consumieron la mayor parte de mi tiempo de vigilia, además de las visitas al hospital, para las que hubimos de acondicionar la camioneta de la Nena de modo que mi pierna izquierda permaneciera extendida. Las enfermeras del turno matutino escucharon divertidas la historia de mi nombre y parecían disfrutar pronunciarlo. Con sensibilidad magistral supieron amortiguar mis emociones -que por otra parte se encontraban obnubiladas por los medicamentos-, con lo que llegué a tomarles un cariño especial en poco tiempo. La visita final, en la que me quitaron los puntos de la cirugía y limpiaron por última vez mi herida, simbolizó la despedida de ese grupo que me acogía tan afectuosamente. No era pues extraño, que en el camino a casa estuviese nostálgica. Quizá por ello no le di importancia a la llamada que recibió mi madre, quien conducía la camioneta, en la que mencionó vagamente que ya estábamos a escasos minutos de llegar.

Mi padre nos esperaba en la acera. Mi hermana y las niñas estaban con él. Le indicó a mi madre que se pasara al asiento del copiloto, sentándose él el sitio del conductor, y tomándola de las manos le empezó a explicar. La Tía Isabel había llamado un cuarto de hora atrás, avisando que la Abuela se había sentido mal. Mi madre rompió a llorar, apenas escuchando que habían llevado a la Abuela al mismo hospital que acabábamos de dejar. La Nena y sus hijas subieron a la camioneta y mi padre arrancó, sintonizando una estación de música clásica y poniendo su mano ora sobre la palanca de velocidades, ora sobre la pierna de Mamá.

La escena en la sala de espera de urgencias me hizo comprender la gravedad del asunto. Casi toda mi familia materna se encontraba ahí. Mis tías y algunas de mis primas sollozaban. Algún primo iba y venía de la máquina de café, abasteciendo a los familiares. Algún otro estaba en el celular, explicando la situación. La Abuela se había sentido mal, ante lo cual solicitó la visita de la Tía Isabel. No bien hubo llegado ésta a casa de aquélla, cuando la Abuela perdió el conocimiento. La llamada a emergencias fue precedida por los respectivos avisos al resto de la familia, exceptuando el Tío Alfonso, cuyo paradero desconocemos todos excepto quizá la Abuela, quien se encontraba inconsciente.

Los paramédicos dieron un diagnóstico anticipado: infarto. La mera mención de esa palabra detonó nuevamente el llanto de las hijas.

Lucía, la más pequeña de mis tías, entró a la sala de espera casi al tiempo en que el doctor salía a informarnos. Por encontrarme con la pierna izquierda sobre los asientos de la sala y con las muletas lejos de mi alcance, fui la única que no se acercó a escuchar que la Abuela había sido estabilizada, seguía inconsciente y pronto sería trasladada a terapia intensiva.

Al poco rato, mi cuñado llegó para llevarse a sus hijas. Los primos que faltaban fueron llegando uno a uno, hasta que la familia menos el Tío Alfonso se encontró reunida en la sala de esperas de urgencias del hospital.

Supongo que ninguno se dio cuenta de cuánto tiempo pasó. Al cabo de una eternidad el médico salió de nueva cuenta y esta vez pude escuchar claramente que ya le habían realizado un electrocardiograma que indicaba un infarto previo, que había pasado inadvertido hasta por la Abuela misma. Esta noticia alteró tanto a la Tía Isabel, que sus hijos tuvieron que llevarla a la cafetería para que se calmara. El doctor siguió explicando que la Abuela presentaba una ligera arritmia, la tenían sedada y en observación, y un solo familiar podía pasar a verla. Tocó el turno a la Tía Luisa, quien sigue a la Tía Isabel en edad, y por ende en importancia.

Al cabo de escasos minutos, la Tía Luisa salió para informar que la Abuela estaba bien. Mis primos llegaron con comida para todos. No sé cuántas cafés con sus respectivas visitas al baño pasaron entre cada aviso por parte de una enfermera para permitir que alguna de las hijas pasara a ver a la Abuela. Cuando finalmente nos avisaron que pasaría a piso, estaba bien entrada la noche.

Uno a uno fuimos pasando a verla. Algunos de los nietos se dieron por bien servidos cuando por la mañana la Abuela recobró el conocimiento y hablaron con ella, así que decidieron irse para retomar sus actividades regulares. La mayoría permanecimos ahí todo el día. Esa noche Lucía durmió –o casi- en el hospital, ante el descontento de los que queríamos permanecer al lado de la Abuela, que sólo aceptamos irnos cuando juró que nos avisaría ante el menor pretexto y organizamos una cadena de comunicación para mantenernos informados.

Al día siguiente la estancia familiar en el hospital se repitió. Se corrió la voz entre las enfermeras a las que había conocido que la abuela de Isa estaba internada y no cesaron de pasar a vernos, asegurándonos que todo estaba bajo control, que la arritmia era normal y muy leve, y que la única razón por la que la Abuela se encontraba aún hospitalizada era que los médicos preferían mantenerla bajo constante observación. Tocó el turno a mi madre de pasar la noche ahí.

Al cuarto día del infarto, los primos redujeron su presencia a unas cuantas horas. Fui la única de esa tercera generación que permaneció ahí todo el día, por causa de mi inmovilidad. Quizá fue por la misma razón que todos convinieron en que fuese yo quien pasara esa noche con la Abuela. Era por demás conveniente para mis padres y para mí que me quedara rodeada de enfermeras dispuestas a ayudarme cuando tenía que ir al baño, cambiarme la gasa o bañarme. Además yo era la única que había cancelado todos sus compromisos -previendo la partida con Cometa-, así que también esa noche dormí ahí.

A la mañana siguiente me metí a bañar con la ayuda de una enfermera. Mientras me vestía, ya sola y aún dentro del baño, escuché una voz masculina que no reconocí. De primera instancia pensé que se trataría del doctor, pero sus visitas solían ser breves y, a juzgar por el tono de su voz y el tiempo que llevaba conversando con la abuela, este hombre no parecía tener la intención de irse pronto. La lentitud a la que me obligaba mi pierna inmovilizada me permitió fantasear con la idea de que Cometa había recibido aviso sobre el accidente que tuve y la situación de la Abuela, volando en seguida para venir a verme. También pensé que podría tratarse de Manolo, único hombre con la confianza suficiente para aparecer a primer hora del día a ver a la Abuela.

Abrí la puerta del baño sin saber qué encontraría. Sentado en el sillón reclinable un hombre con cabello cano sostenía la mano de la Abuela. Aún cuando giró y vi su cara, no alcancé a comprender de quién se trataba, aunque su rostro me resultaba sumamente familiar. Nos miramos largamente, ante la mirada acuosa de la Abuela, hasta que finalmente el hombre rompió el silencio con una voz que yo había escuchado por teléfono más de diez meses atrás: ¨¿Isa? ¡Cómo has crecido! ¡Espera a que te vea tu Tía Blanca!¨.

Entonces entendí que se trataba de mi Tío Alfonso.