29. La espera

Semáforo en rojo. También en mis pensamientos debería de hacer un alto para ordenarlos. Aunque si los pongo en orden será peor, ya había decidido mejor ni pensarlo, simplemente me voy y ya. ¿Qué cara pondrá cuando se lo diga? “Cometa, sí me voy contigo.” Aunque si le digo “me voy contigo”, creerá que yo también volaré mañana a primera hora y todavía me faltan un par de semanas. ¡Ay, se me olvidó llamarle a mi prima Elisa para preguntarle de los boletos de avión! Bueno, le llamo llegando al restaurante, al fin que se me hizo temprano y tendré que esperar al Cometa.

¿Esperarlo? Igual y no está bien. Máxime si el evento es lo que pronostican las féminas de mi familia: la entrega del anillo. Qué nervios. Qué miedo. Carmela dice que no debería tener miedo, porque eso sería indicio de que Cometa no fuera “el bueno”. Su comentario no me ayudó nada ¡llevo semanas preguntándome si será el bueno, como para que encima me haga dudar más! Como dicen “quien hace, puede equivocarse, pero quien nada hace, ya está equivocado”, así que si me quedo en Aguascalientes, me equivocaré más.

¿Le digo antes, o después de que me dé el anillo? Ya sé, me espero al postre y ahí le digo. O depende de cómo lo vea. Ha esperado tanto a que tome la decisión, que tal vez sería mejor decirle de entrada. Pero que sí me espere él a mí al llegar, a fin de cuentas me ha esperado tanto que unos minutos no harán diferencia.

Además yo ya casi llego y faltan veinte minutos para la cita. Mejor me doy una vuelta y así le llamo a Elisa. ¡Ah, esta canción me gusta! Por aquí dejé el papelito con su nuevo celular… ¿dónde está? ¿Qué rechina? ¡Un coche! ¡Frena! ¡Cuidado!

¿Qué pasó? ¿Dónde, a dónde me llevan? ¡Mi bolsa! ¿Qué pasó? Sí, tuve un accidente, lo recuerdo. ¡Ay! Estoy bien. Me llamo Isa, Isa Luévano. Estoy bien, no necesito ir al hospital. ¡Ay, me duele! No, ahí no me duele ¿me están tocando? No siento nada. ¡Tengo que hacer una llamada! Pásenme mi bolsa, por favor. Tengo que hacer una llamada. Está bien, me callo para que escuchen mi corazón. Que yo sepa, no soy alérgica a ningún medicamento. Mi sangre es O RH Positivo. ¿Qué me van a inyectar? ¿A qué hospital me están llevando? Tengo… que hacer… una llama…

Llama. Flama. Las luces rojas son como flamas. Una sirena se escucha al fondo. Es música y mi corazón es la percusión. Quiero hablar. Tenía algo importante que decir, pero no recuerdo qué. Quiero hablar pero las palabras no salen de mi boca. Es como si mi cerebro se hubiera desconectado, ¡qué chistoso! Se cerraron mis ojos, tampoco obedecen la señal: “¡ábrete sésamo!”, jajaja.

Ya llegamos. Yo tenía que pensar algo, algo importante. Recuerdo que mis pensamientos eran importantes, tengo que pensarlos todos, para que no se vayan, porque son importantes. Ya llegamos.

Un dedo levanta mi párpado, claro, si mi cerebro no puede, el dedo sí. Unos brazos levantan todo mi cuerpo. Me acuestan, me muevo, viajo. Otro dedo levantando mi párpado y una lucecita deslumbrándome. Metal frío en mi pecho, estetoscopio. Abro una rendija en mis ojos. ¿Isa? Sí, Isa. Volteo hacia donde está la voz que me llama. No reconozco a nadie entre la gente con bata blanca. Me piden que mueva mis manos. Ya puedo y aprovecho para aferrarme a las asas de mi bolsa que siento entre mis dedos. Lo mismo con los pies. También puedo, pero se concentran en el izquierdo. Que lo mueva. ¡Pero si ya lo moví! Lo estoy moviendo y los doctores no parecen contentos. Me llevan a una sala, me quitan los zapatos, los aretes y la pulsera. Me preguntan si traigo cadenas. Tratan de quitarme la bolsa pero no la suelto: ahí está mi celular. Radiografía y otros estudios de gabinete, explican. Los médicos salen y yo entro en una máquina como túnel que hace ruido mientras una luz me recorre. Terminando, me llevan a una habitación donde hay otras camas, vacías. Me sacan sangre. Tengo que hacer una llamada. Que ya le avisaron a mi familia y que espere. Me dan una pastilla. No es a mi familia a quien tengo que llamar, sino al Cometa. Que me relaje y descanse. Me parece que me quedo dormida.

¿Isa? Abro los ojos. Isa, soy el Doctor Reynoso, sufriste un accidente automovilístico y te lastimaste la pierna. Te sacamos radiografías y nos indican que estás bien, pero sufriste una fractura en el fémur de la pierna izquierda. Te tenemos que realizar una intervención quirúrgica, sólo que hay que esperar a que se te desinflame la pierna para poder operarte. Tus papás ya están aquí.

Giro la cabeza y, en efecto, veo a mis papás. Mamá suelta la mano de mi padre para acercarse a mi lado. Estoy en otra habitación, la única cama es la mía. La cortina, semiabierta, deja ver la oscuridad de la noche. ¿Qué hora es? Descansa, hija. Tengo que hablarle. Ya es tarde, le llamas mañana. Pero mañana se va… Lo sé. Mi madre está afligida, no sé si por el accidente que sufrí, o porque no llegué a la cita con Cometa. Le juré que lo haría y no cumplí mi promesa. Mañana, a las siete de la mañana con cinco minutos, estará despegando en la ciudad de Aguascalientes, y nunca sabré si esta noche me daría el anillo de compromiso.

Las enfermeras me despiertan. ¿Qué hora es? Me dan una pastilla, toman mi presión, mi pulso y la temperatura. ¿Qué hora es? Las cuatro y media. ¿Es muy temprano? Le quiero hablar a Cometa y mi madre lo entiende. Le llamas más tarde. Pero ¿no estará despierto? Tiene que estar en el aeropuerto a las seis. Le llamas más tarde….

Sueño con el accidente. Todo ocurre en cámara lenta. Un rechinido llama mi atención y veo un coche frenando en el cruce, veo el semáforo que me corresponde y está en verde, significa que yo no tengo la culpa. Pienso que de todas maneras tengo que frenar y piso los pedales al fondo. Escucho un choque y siento un golpe en el cuerpo. Mi pierna está caliente y todo se oscurece.

Despierto sobresaltada. ¿Qué hora es? Mamá se acerca con el teléfono. No recuerdo el número de casa de los padres de Cometa, pero lo tengo en el celular. Mamá niega con la cabeza y me enseña el celular, con la pantalla destrozada. Marco un número y despierto a alguien. Cuelgo enseguida. Creo recordar y vuelvo a marcar, contesta un fax. Mamá me recuerda el inicio de los números de la zona donde viven. Recuerdo el número y marco. Mi corazón está acelerado.

¿Señora Cometa? ¿Isa? ¡Señora Cometa! ¿Puedo hablar con Cometa? Silencio en la línea. Isa, se acaba de ir, no quiso que lo lleváramos al aeropuerto porque era muy temprano. Lo siento, Isa, ya no te pudo esperar…

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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