30. El hospital

Durante trayecto de regreso del hospital me invadió una extraña melancolía. Llevaba diez días yendo diario a que limpiaran la herida remanente de la operación que me practicaron a raíz del choque y ya conocía a todas las enfermeras. Mi vida se había puesto en pausa cuando decidí mudarme con Cometa; asigné todas mis funciones del trabajo a una de mis primas, me di de baja en el gimnasio y hasta cancelé mi contrato del  celular, así que mis actividades se empezaron a limitar a las relacionadas con el accidente: la elaboración de formularios y cartas a ser dirigidas a la empresa aseguradora consumieron la mayor parte de mi tiempo de vigilia, además de las visitas al hospital, para las que hubimos de acondicionar la camioneta de la Nena de modo que mi pierna izquierda permaneciera extendida. Las enfermeras del turno matutino escucharon divertidas la historia de mi nombre y parecían disfrutar pronunciarlo. Con sensibilidad magistral supieron amortiguar mis emociones -que por otra parte se encontraban obnubiladas por los medicamentos-, con lo que llegué a tomarles un cariño especial en poco tiempo. La visita final, en la que me quitaron los puntos de la cirugía y limpiaron por última vez mi herida, simbolizó la despedida de ese grupo que me acogía tan afectuosamente. No era pues extraño, que en el camino a casa estuviese nostálgica. Quizá por ello no le di importancia a la llamada que recibió mi madre, quien conducía la camioneta, en la que mencionó vagamente que ya estábamos a escasos minutos de llegar.

Mi padre nos esperaba en la acera. Mi hermana y las niñas estaban con él. Le indicó a mi madre que se pasara al asiento del copiloto, sentándose él el sitio del conductor, y tomándola de las manos le empezó a explicar. La Tía Isabel había llamado un cuarto de hora atrás, avisando que la Abuela se había sentido mal. Mi madre rompió a llorar, apenas escuchando que habían llevado a la Abuela al mismo hospital que acabábamos de dejar. La Nena y sus hijas subieron a la camioneta y mi padre arrancó, sintonizando una estación de música clásica y poniendo su mano ora sobre la palanca de velocidades, ora sobre la pierna de Mamá.

La escena en la sala de espera de urgencias me hizo comprender la gravedad del asunto. Casi toda mi familia materna se encontraba ahí. Mis tías y algunas de mis primas sollozaban. Algún primo iba y venía de la máquina de café, abasteciendo a los familiares. Algún otro estaba en el celular, explicando la situación. La Abuela se había sentido mal, ante lo cual solicitó la visita de la Tía Isabel. No bien hubo llegado ésta a casa de aquélla, cuando la Abuela perdió el conocimiento. La llamada a emergencias fue precedida por los respectivos avisos al resto de la familia, exceptuando el Tío Alfonso, cuyo paradero desconocemos todos excepto quizá la Abuela, quien se encontraba inconsciente.

Los paramédicos dieron un diagnóstico anticipado: infarto. La mera mención de esa palabra detonó nuevamente el llanto de las hijas.

Lucía, la más pequeña de mis tías, entró a la sala de espera casi al tiempo en que el doctor salía a informarnos. Por encontrarme con la pierna izquierda sobre los asientos de la sala y con las muletas lejos de mi alcance, fui la única que no se acercó a escuchar que la Abuela había sido estabilizada, seguía inconsciente y pronto sería trasladada a terapia intensiva.

Al poco rato, mi cuñado llegó para llevarse a sus hijas. Los primos que faltaban fueron llegando uno a uno, hasta que la familia menos el Tío Alfonso se encontró reunida en la sala de esperas de urgencias del hospital.

Supongo que ninguno se dio cuenta de cuánto tiempo pasó. Al cabo de una eternidad el médico salió de nueva cuenta y esta vez pude escuchar claramente que ya le habían realizado un electrocardiograma que indicaba un infarto previo, que había pasado inadvertido hasta por la Abuela misma. Esta noticia alteró tanto a la Tía Isabel, que sus hijos tuvieron que llevarla a la cafetería para que se calmara. El doctor siguió explicando que la Abuela presentaba una ligera arritmia, la tenían sedada y en observación, y un solo familiar podía pasar a verla. Tocó el turno a la Tía Luisa, quien sigue a la Tía Isabel en edad, y por ende en importancia.

Al cabo de escasos minutos, la Tía Luisa salió para informar que la Abuela estaba bien. Mis primos llegaron con comida para todos. No sé cuántas cafés con sus respectivas visitas al baño pasaron entre cada aviso por parte de una enfermera para permitir que alguna de las hijas pasara a ver a la Abuela. Cuando finalmente nos avisaron que pasaría a piso, estaba bien entrada la noche.

Uno a uno fuimos pasando a verla. Algunos de los nietos se dieron por bien servidos cuando por la mañana la Abuela recobró el conocimiento y hablaron con ella, así que decidieron irse para retomar sus actividades regulares. La mayoría permanecimos ahí todo el día. Esa noche Lucía durmió –o casi- en el hospital, ante el descontento de los que queríamos permanecer al lado de la Abuela, que sólo aceptamos irnos cuando juró que nos avisaría ante el menor pretexto y organizamos una cadena de comunicación para mantenernos informados.

Al día siguiente la estancia familiar en el hospital se repitió. Se corrió la voz entre las enfermeras a las que había conocido que la abuela de Isa estaba internada y no cesaron de pasar a vernos, asegurándonos que todo estaba bajo control, que la arritmia era normal y muy leve, y que la única razón por la que la Abuela se encontraba aún hospitalizada era que los médicos preferían mantenerla bajo constante observación. Tocó el turno a mi madre de pasar la noche ahí.

Al cuarto día del infarto, los primos redujeron su presencia a unas cuantas horas. Fui la única de esa tercera generación que permaneció ahí todo el día, por causa de mi inmovilidad. Quizá fue por la misma razón que todos convinieron en que fuese yo quien pasara esa noche con la Abuela. Era por demás conveniente para mis padres y para mí que me quedara rodeada de enfermeras dispuestas a ayudarme cuando tenía que ir al baño, cambiarme la gasa o bañarme. Además yo era la única que había cancelado todos sus compromisos -previendo la partida con Cometa-, así que también esa noche dormí ahí.

A la mañana siguiente me metí a bañar con la ayuda de una enfermera. Mientras me vestía, ya sola y aún dentro del baño, escuché una voz masculina que no reconocí. De primera instancia pensé que se trataría del doctor, pero sus visitas solían ser breves y, a juzgar por el tono de su voz y el tiempo que llevaba conversando con la abuela, este hombre no parecía tener la intención de irse pronto. La lentitud a la que me obligaba mi pierna inmovilizada me permitió fantasear con la idea de que Cometa había recibido aviso sobre el accidente que tuve y la situación de la Abuela, volando en seguida para venir a verme. También pensé que podría tratarse de Manolo, único hombre con la confianza suficiente para aparecer a primer hora del día a ver a la Abuela.

Abrí la puerta del baño sin saber qué encontraría. Sentado en el sillón reclinable un hombre con cabello cano sostenía la mano de la Abuela. Aún cuando giró y vi su cara, no alcancé a comprender de quién se trataba, aunque su rostro me resultaba sumamente familiar. Nos miramos largamente, ante la mirada acuosa de la Abuela, hasta que finalmente el hombre rompió el silencio con una voz que yo había escuchado por teléfono más de diez meses atrás: ¨¿Isa? ¡Cómo has crecido! ¡Espera a que te vea tu Tía Blanca!¨.

Entonces entendí que se trataba de mi Tío Alfonso.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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