31. Secretos familiares

“Es increíble el magnetismo de la sangre compartida que circula por cuerpos diferentes y vidas distantes”.

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Desperté sin saber dónde estaba. Me tomó un momento reconocer el antiguo cuarto de Lucía.

La vista de mi tío Alfonso en el hospital me remitió a aquella llamada recibida por error en casa de la Abuela y su presencia me dejó muda, sin saber cómo comportarme ante él. No hubo necesidad de definir cómo hacerlo, pues todas sus atenciones giraban alrededor de la Abuela, mostrándose como figura fuerte.

Después de algunos días en el hospital, la llegada del tío Alfonso trajo consigo la tranquilidad de saber que la Abuela podría contar con su apoyo de regreso a casa. Nunca había visto a la Abuela sumisa, y parecía agradecer el descanso que implicaba poder confiar en las decisiones que tomaba su hijo. Se contrató a una enfermera que resultó tener experiencia en fisioterapia y rehabilitación, razón por la cual resultó lógico hospedarme temporalmente en casa de mi Abuela. Ahora ocupo el cuarto contiguo a la habitación de mi tío Alfonso, lo cual, aunado al insomnio por las noches que me ha causado la siesta después de comer, me ha permitido escuchar parcialmente conversaciones telefónicas que han develado parte del misterio en torno a la figura masculina de mi familia materna.

Comenzó la noche en que llegamos a la casa. Llevaba un buen rato acostada con la luz apagada, cuando escuché a mi tío hablando con alguien en su cuarto. Al principio me alarmé, pensando que quizá la Abuela se habría sentido de nueva cuenta mal y, de no haber sido porque mi pierna seguía inmovilizada, hubiera salido de mi cuarto, pero afiné el oído y me di cuenta de que estaba hablando por su celular. Su interlocutor era evidentemente mi tía Blanca, su mujer. Él le pedía que viajara a Aguascalientes con los hijos de ambos, que no importaba la seguridad, que estaba consiguiendo guardaespaldas que los escoltaran del aeropuerto a la casa, que no debía avisarle a nadie en el país que pasaría las fiestas navideñas aquí y que hiciera todas las compras necesarias “allá” para evitar salir de casa de la Abuela durante su estancia. Alfonso haría los trámites necesarios para que la agencia de viajes cambiara el destino que originalmente tenían planeado, por Aguascalientes. Me quedé dormida escuchando de voz de mi tío la reseña de lo que ocurría con el corazón de mi Abuela.

Al día siguiente mi mamá y mi tía Isabel pasaron la mañana en casa de su madre. Por primera vez dejaron de hablar sobre médicos y pusieron al tanto a Alfonso sobre la vida de los amigos de hace años. Cuando le preguntaron hasta cuándo se quedaría, respondió que Blanca y los hijos vendrían. El silencio que se hizo sólo fue roto por el llanto de mi madre, que se limitó a decir “es mucha la angustia que hemos vivido todos estos años”.

A la hora de la comida vinieron Luisa y Lucía, las otras hermanas. Durante la sobremesa se mencionó la llegada de la familia de Alfonso, prevista para el día siguiente, lo cual alteró de manera evidente el semblante de ambas. Aproveché un momento a solas con Lucía para preguntarle. “Tus primos y tú estaban muy chicos, y decidimos no decirles nada. Supongo que es momento de que te enteres. Cuando Alfonso y Blanca se hicieron novios, el padre de ella no estuvo de acuerdo”. Fue todo lo que alcanzó a decir. Tocaron el timbre y fue anunciada una visita para mí. Era Manolo.

Qué raro, Manolo. Me tomó completamente desprevenida, haciéndome recordar que tengo una vida además de mi familia. De alguna manera había logrado desconectarme de esa vida como preparativo para mudarme con Cometa y había permanecido ajena a todo a medida que me involucraba en la dinámica familiar. Manuel permaneció el tiempo suficiente para explicar que había hablado a casa de mis padres para felicitarlos por las fechas y así se había enterado de mi estado de salud. Después de pedir permiso para llamarme a casa de la Abuela, se despidió, dejándome con la vista clavada en mi madre y sus hermanas y con la pregunta de cuál de sus situaciones maritales viviré cuando llegue a su edad.

Hoy de nueva cuenta desperté sin saber dónde estaba. Una agitación anormal reinaba en la casa y, como pude, me incorporé y me vestí para salir a ver lo que pasaba. Dos extraños metían maletas en la habitación frente a la mía, hablando en inglés entre ellos. Esos desconocidos son mis primos. Mi mirada se cruzó con el mayor, quien, sonriendo y sin decir nada, vino a abrazarme. No sé por qué, me puse a llorar. El abrazo de uno fue precedido por el abrazo del otro y de pronto nos encontramos abrazados los tres con las mejillas húmedas de emociones. En ese momento sentí la pena mayúscula de una fractura familiar ocasionada por causas que ignoro. Es imposible poner en palabras el pesar de todos los momentos familiares que no compartimos con ellos. Al mismo tiempo es increíble el magnetismo de la sangre compartida que circula por cuerpos diferentes y vidas distantes. Supongo que algo parecido deben sentir los gemelos idénticos separados al nacer cuando se reencuentran. Quizá fue ese magnetismo lo que desencadenó los eventos siguientes tal y como se desenvolvieron.

Lejos de ir a estar con su abuela, mis primos entraron a mi habitación –o a la de mi tía Lucía-, cerrando la puerta tras de si. Habían esperado toda su vida para ello y no podían perder un minuto más sin saber qué era eso tan terrible que los había alejado de su país. En lugar de responder, les pedí explicaciones, pues siempre imaginé que ellos habían nacido ya en otro país. Me hablaron sobre la vida itinerante que llevaron sus padres por Tepic, Mérida y Guanajuato, donde crecieron. Supe también que Luisa y Lucía llegaron a pasar los días de Reyes con ellos, encuentros de los que el resto de los primos ignoramos completamente. Había muchos cabos sueltos que no lográbamos descifrar y que debieron quedar inconclusos pues hubimos de interrumpir la charla para bajar a desayunar con la familia.

Durante el desayuno la dinámica cambió. En lugar del secretismo al que estaba acostumbrada, la situación se manejó abiertamente, al menos para quienes la entendían. La tía Blanca le habló a la Abuela sobre innumerables ocasiones en que su padre los había localizado y tenían que mudarse de ciudad, y a veces de país. Así, supe que en algún pueblo Blanca se enteró de la llegada de un mexicano cuya descripción correspondía a la de un tal “Conejo”, brazo derecho de su padre. En otra ocasión, dos judiciales sentados en el mismo restaurante donde comía Alfonso levantaron sospechas suficientes para que todos los integrantes de la familia se dirigieran de inmediato al aeropuerto, sin regresar a casa, para tomar un avión rumbo al próximo país que los hospedaría. Mi Abuela escuchó tranquila y a nadie pareció importarle la recomendación del médico de evitar darle noticias abruptas.

Ahora llega mi tía Lucía cargada de globos de gas. A juzgar por la complicidad con mis primos recién descubiertos, repite lo que solía hacer la víspera de Reyes cuando ellos eran niños. Nos pide escribir un deseo y el mío se reduce a tres palabras: revelar secretos familiares. Antes de amarrarlo en mi globo, Lucía lee el papel en el que lo escribí y se limita a decirme: “Tú y yo dejamos una conversación pendiente ayer y yo sí creo en los Reyes Magos”.

Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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