34. Resoluciones

El sonido de las palpitaciones no me deja escuchar mis pensamientos. Imagino a Arturo atado, metido en la cajuela de un auto negro. Lo imagino amordazado dentro de la bodega de la que Manuel y yo acabamos de salir. El regreso a Aguascalientes es eterno ¿no se supone que los viajes de regreso parecen siempre más cortos?

Llego a casa de la Abuela y la encuentro tomando café con Lucía; al menos están tranquilas. Sólo atino a preguntar “¿qué pasó?”. Los secuestradores recibieron el dinero y dejaron a Arturo bajo un puente en la carretera. “Cliché”, dice Lucía. Salieron por él todos, mis tíos, mi primo y mis padres. De ahí se iban a León. ¿A León? Sí, a tomar el vuelo de las 7:00 rumbo a Dallas. Ni siquiera empacaron, se llevaron lo que pudieron y el resto se los enviaremos nosotros después. Ya vete a dormir, tus padres no llegarán antes de las nueve. ¿Pero Arturo está bien? Nosotras no lo vimos. Puta madre –perdón, Abuela-, pero ¿está bien? Sí, está bien. ¿Te quedas a dormir, o le pedimos a Manuel que te lleve a tu casa? Sí, ya me voy, vengo mañana.

Me duele la cabeza. Me estoy quedando dormida en el coche y cuando entreabro los ojos, veo el hotel al que solíamos ir Manuel y yo cuando éramos novios. Vamos al hotel, Manolo. Me mira con asombro. Asiento. Da la vuelta en U y entramos al hotel. Una vez en la habitación, me quedo parada, estática, con la mirada fija en la mesita. Manuel se quita los zapatos y el cinturón; se acerca y me besa. Le respondo, pero no lo abrazo. Él acaricia mi cara y empieza a quitarme la ropa casi con demasiada suavidad, como si me fuera a romper en mil pedazos si me tocara muy fuerte. Estoy desnuda, de pie en la habitación, viendo cómo él se quita la camisa, el pantalón, la ropa interior. Había olvidado cómo es su cuerpo. Me toma de la mano para llevarme a la cama, me acuesto y él hace otro tanto sobre mí. Él se mueve pero yo permanezco inerte. Es casi patético el contraste con su excitación, hasta que le pido que se detenga. Quiero dormir.

Me despierta el celular. Es Lucía, quien en tono de complicidad me explica que mis padres llamaron a casa de la Abuela buscándome, así que les explicó que Manuel me había invitado a desayunar. “Vete a desayunar y repórtate con ellos”.

Manuel es la mar de comprensivo. Nos vestimos y me lleva a la única cafetería que encontramos abierta a esta hora. Perdón, Manuel, no tenía ganas. No te preocupes, cachorrita, ya tendremos muchas oportunidades para desquitarnos. ¿Muchas oportunidades? O sea que para ti éste es el comienzo de una segunda parte de la historia. No sé si me gusta la idea. La última vez que hice el amor, fue con Cometa. Después de eso han pasado tantas cosas… y tan pocas. Mis planes dieron un giro de 180 grados cuando decidí irme a vivir con Cometa y luego el Destino se encargó de volver a girar. Sufrí un accidente que me impidió mudarme y hasta moverme por un buen tiempo. La Abuela se infartó y me fui a vivir a su casa. Mis tíos vinieron a Aguascalientes y la vida se contuvo en las cuatro paredes de la casa en la que alguna vez vivió mi madre. Siento como si hubiera llegado la hora de despertar de un sueño. Llevo meses aislada del trabajo, de mis amigos, de todo lo que no sea la familia; tan sólo Manuel se colaba de vez en cuando.

¿Volver con Manuel? Podría ser. Sin duda me daría estabilidad y le daría tranquilidad a mis padres. De cualquier manera, no me atrevería a hacerlo sin hablar antes con Cometa. No le dije que no me había mudado con él por el choque. ¡Ni siquiera le dije que ya había decidido irme a vivir con él!

Manolo, tendría que resolver algo antes de que pudiéramos decidir si tendremos o no otras oportunidades. ¿Me llevas a mi casa? Tengo que hacer una llamada.

Mis padres duermen, lo cual me alivia, porque el último tema del que quiero hablar, es de Arturo. Cierro la puerta de mi cuarto, busco el número en mi agenda y lo marco. Al otro lado del teléfono, me responde la voz del Cometa.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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