35. Tic tac

-¿Bueno?

-…-Respondo con un escalofrío-Cometa…

-¿¿¿Aló??? –voz femenina que también responde al otro lado del teléfono-

-Ya contesté, gracias –se escucha un auricular que cuelga- ¿Isa???

-Sí, soy yo ¿cómo estás? –explicaciones amotinándose en mi mente, sin lograr convertirse en sonidos-.

-Bien, muy bien ¡qué sorpresa! La última llamada que esperaba era de tu parte…

-Cometa, te debo una explicación: el día en que te fuiste de Aguas-

-Isa, lo que me tengas que decir, lo que nos tengamos que decir, es mejor decírnoslo en persona; voy a Aguascalientes a mediados del mes próximo –sonrío, contengo el llanto, nudo enmudecedor- ¿te parece bien si te llamo en cuanto llegue?

-¡Claro! ¿Quieres que vaya por ti al aeropuerto?

-No, es mejor que no vayas.

¡Cometa viene a Aguascalientes! ¿Le hago una fiesta sorpresa de bienvenida? Mejor una cena romántica. Definitivamente no puedo volver ahorita con Manuel; primero hablo con Cometa y luego vemos qué pasa. ¿A qué vendrá a Aguascalientes? Le hubiera preguntado. ¿Se quedará mucho tiempo? Ni siquiera sé exactamente qué día llega.

Lo raro fue la mujer que contestó. Igual y era la muchacha. Aunque Cometa le habló con un tono demasiado dulce. A lo mejor fue porque le dio gusto escucharme… además, Cometa siempre ha sido un lindo con la servidumbre. Eso me gusta de él: se transforma con el personal de servicio… y con los niños. Es paciente y amoroso. No cabe duda, Cometa será un gran padre.

¡Ay, a propósito de padres, ese ruido en el comedor debe ser mi papá, desayunando! Mejor bajo a verlo, tengo que dar la cara –en cuanto me la lave y me dé una manita de gato- después de no haber llegado a dormir.

-Buenos días.

-¡Buenos días! ¿cómo te fue en tu desayuno? -¿de qué hablas? Ah, desayuné con Manuel-

-Regular, no había nada abierto y acabamos en una cafetería equis.

-Arturo está bien. -¡Arturo! No puedo creer que todo haya pasado apenas anoche- Isa ¿no crees que es demasiado temprano para fumar?

-Es que lo de Arturo me pone nerviosa.

-No te preocupes, está bien; nada que un par de tranquilizantes no alivien.

-¿Le dieron tranquilizantes?

-¡Uf, que si le dieron! Pobre niño, estaba en shock; “panic attack”, se llama ahora.

-¿”Panic attack”? Qué grueso. Pero está bien…

-Sí, sí, está bien.

-¿Y mamá?

-Durmiendo; también ella se tomó tranquilizantes en cuanto llegó a la casa, así que quién sabe a qué hora despertará.

-Bueno y ¿qué, a dónde se fueron?

-¿Tus tíos? No lo sabemos, Isa; si no lo sabíamos antes, menos ahora. Tomaron un avión a Dallas, y ve tú a saber qué otro avión tomarán una vez ahí.

-Dijo mi Abuela que les enviaremos sus cosas después ¿a dónde se las vamos a mandar, si no tenemos idea de dónde estarán?

-No lo sé, pero sospecho que sus cosas son lo último que les importa. ¿Vas a encender otro cigarro, Isa? Deberías tomar tranquilizantes tú también, en vez de fumarte ese intranquilizante. ¿Por qué no vas a la oficina un rato? Llevas demasiados días pensando sólo en ese secuestro, por eso estás fumando tanto. Por lo menos llámale a la Nena para verla, váyanse de compras o salgan a tomar café.

-¡Uy, hablando del diablo…!

-A mí también me da gusto verte, Isa. Buenos días, pa. ¿Qué pasó con Arturo?

-Nada -interrumpe mi padre- lo importante es que él está bien. Ya no hablemos de eso, Nena. Llévate a tu hermana de compras, que necesita distraerse.

El agua de la regadera limpia mi culpa y, por si no lo hiciera del todo, el gel de ducha en grandes cantidades lo ha de hacer. Por mi culpa… secuestraron a Arturo. Por mi culpa… me acosté con Manuel. Por mi gran culpa… no tracé mi destino al lado de Cometa.

No hay sentimiento de culpa que no se cure yendo de compras o con un buen trozo de pastel de chocolate. La Nena y yo nos disponemos a ambas. En el centro comercial, vemos a lo lejos a Anita, una conocida de mi madre cuya nieta es compañera del ballet de mis sobrinas. La evitamos, no estoy de humor para socializar.

No recuerdo hace cuánto que no iba de compras, pero ciertamente hace más de cuatro kilos, pues aumenté una talla. Me limito a comprarme zapatos: sigo calzando el mismo número. ¿Me trae el par de éste, por favor, señorita? (y no me diga “señora”, al menos todavía no). Prometo que voy a bajar por lo menos cuatro kilos antes de que llegue Cometa. Entonces me premiaré viniendo a comprar ropa.

Es casi tradición familiar terminar las compras tomando café y comiendo pastel. Esta vez me limito a la bebida. Lo único malo es que me toca hablar. ¿El tema de conversación? El secuestro de Arturo y la inseguridad bajo la cual vive su familia. Prefiero no hablar de ello. Cuando Mariana me pregunta cómo me siento, me doy cuenta de que estoy lista para regresar a terapia.

Ya nos íbamos, cuando decidí regresar por el paraguas que vi; la temporada de lluvias está por comenzar y es raro encontrar un paraguas tan amplio como ése (o quizá sea el pretexto para comprar cualquier cosa que no ponga en evidencia el peso que adquirí en estos meses de sedentarismo). No bien dimos media vuelta, cuando nos topamos frente a frente con Anita.

-¡Aaay, pero si son las hermanitas Luévano! Qué gusto encontrarlas ¿cómo está su mamá? Yo la quiero mucho, siempre la he querido.

-Muy bien, gracias, Anita.

-Hola, Anita.

-Sí, ya las veo, muy guapas, como siempre. ¿Y cómo están tus niñas, Nena? Taaan lindas que se ven con su tutú.

-Bien, gracias, Anita ¿y tu nieta?

-¡Uy, está preciosa! Y tú, Isa ¿cuántos hijos tienes?

-Isa no tiene hijos, Anita, no está casada.

-¿¿¿No estás casada, Isa??? Pero ¿no te casaste con Manuel?

-No…

-Pero ¿cómo? ¡cómo lo dejaste ir, Isa, tan buen partido que era! ¿y no te casaste con nadie más? ¿no tuviste hijos? Claro, no para todo el mundo es tan importante, pero es que ¡una se realiza a través de los hijos! Bueno, tienes a tus sobrinas, y a lo mejor tus hermanos algún día tienen hijos, ellos sí pueden todavía tener hijos, pues son hombres-

-Anita, ya nos tenemos que ir, mis papás nos están esperando para comer, ¡vámonos, Isa!

-Se cuidan mucho, niñas, que sigan igual de guapas.

¿¿¿Ellos “sí” pueden todavía tener hijos??? ¿Se me habrá pasado ya el tiempo?

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