Los valores de mi familia

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Anoche vino a cenar un amigo. Un amigo gay. (Normalmente no lo mencionaría más de lo que haría explícita la heterosexualidad de alguien, pero su preferencia sexual es relevante para la historia). Mis hijos lo adoran así que Totó, mi primogénito de 6 años de edad, lo invitó a regresar el sábado próximo. Él declinó explicando que tiene la boda de Fulanita. “Se casa con Sutanita”, me actualizó. “Sutanit-O”, creyó corregir Totó. “Sutanita”, aclaró nuestro visitante, “es una mujer”. Totó abrió los ojos grandes como platos. “¿ES UNA NIÑA? Pero ¡no se pueden casar niña con niña!”.

Aquí cabe aclarar que yo me considero una madre liberal. Uno de los temas en mi agenda formativa es, como puede esperarse, el inculcar la aceptación y el respeto a las diferentes preferencias sexuales, identidades y expresiones. Toda la “ideología de género”, vaya. A la menor provocación inserto algún discurso invalidando a los estereotipos sociales relacionados con el género. Me enorgullezco de que Totó tomara clases de ballet y tenga una muñeca llamada “Lucy”, y Conchetina adore a los dinosaurios y sea feliz jugando en la pista de coches con su hermano. Pero siento que estoy luchando contra un sector de la sociedad que influye en mis hijos más de lo que yo quisiera. Recientemente, enfrentada ante negativas de usar guayabera por encontrarla demasiado afeminada o afirmando que “el rosa es de niñas”, temo estar perdiendo la batalla con Totó. (Y eso en el marco de una familia liberal, ¡qué esperanzas de inculcar el respeto y la tolerancia a los hijos de familias conservadoras como las que respondieron a la marcha convocada por el Frente por la Familia, o como se llame!). No me queda más que la única opción que considero viable: seguir luchando.

“Sí se pueden casar niña con niña o niño con niño, Totó”, expliqué con voz monótona y casi derrotada. “Hay niñas a las que les gustan las niñas y niños a quienes les gustan los niños”, explicó mi amigo. Totó entonces unió los puntos. “¿A TI TE GUSTAN LOS NIÑOS?”, le preguntó. “Sí, Totó, a mí me gustan los niños”, respondió nuestro amigo con la mayor honestidad.

Totó entonces lo miró a los ojos y pidió, “¿te puedes parar, por favor?”. Él se puso de pie mascullando un chiste sobre el escenario de ser corrido de mi casa. Totó dio un salto, le echó los brazos al cuello y plantó en su mejilla sonoro beso, sin decir una palabra.

Ese sencillo gesto se convirtió en la metáfora de una sociedad que abraza a la comunidad LGBT. Totó tuvo la única reacción que considero aceptable ante una manifestación de una preferencia sexual diferente a la suya: la de una muestra de un cariño inmune a prejuicios sociales contra el objeto de ese cariño. Fue la evidencia de una batalla ganada y la esperanza de que poco a poco, familia a familia, sean estos los valores que predominen en la sociedad, porque ésa es la sociedad que quiero para mis hijos.

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