Más vale que NO sobre

Pasé el fin de semana enlazando directamente necesidades reales surgidas en la emergencia, con soluciones concretas que las resolvieran puntualmente. Me dediqué a eliminar intermediarios que conectaban las solicitudes o las ofertas. Circunstancialmente mis enlaces se fueron especializando en comida, sobre todo comida caliente. Treinta y cuatro horas de comunicación directa tanto con quienes se encontraban en zonas de derrumbe, centros de acopio y albergues, como con aquellos restaurantes, hoteles y buenos samaritanos consagrados a preparar comida para todos los implicados me permitieron hacer un diagnóstico aproximado de la situación de la comida durante la emergencia a raíz del sismo del 19 de septiembre. Y me parece que -como sociedad- estamos omitiendo un detalle que podría ser importante.

En campo surge una necesidad incalculable. En zonas de rescate trabaja un número incierto de rescatistas que necesita comida caliente alta -¡altísima!- en carbohidratos. El estrés bajo el que trabajan provoca que consuman porciones de la mitad del tamaño “normal”. El número de voluntarios tanto en derrumbes como en centros de acopio es incierto. Unos cuantos traen un snack en la mochila, la mayoría se olvida de comer mientras tengan algo en lo que puedan ayudar, ya comerán una comida caliente al regresar a la casa que sí se mantuvo en pie. En albergues no hay un control del número de personas que está ahí, aún reina el caos y difícilmente se prevé con antelación la necesidad de comida caliente. En todos lados surge quien enarbole la labor de hacer la solicitud para alimentar a la multitud pero, información precisa de la cantidad de personas que comerán y sin la habilidad de hacer, “a ojo de buen cubero”, un cálculo confiable, exagera. Y pide comida para mucha más gente de la que hay (que encima, recordemos, comerá mucho menos).

Al otro lado de la moneda la gente quiere ayudar y algunos optan por hacerlo a través de la comida. Los hoteles y restaurantes tienen la experiencia e infraestructura para orquestar banquetes para multitudes. Y las porciones que calculan suelen ser generosas. En paralelo individuos y grupos de amigos se organizan para preparar algo, las más veces sándwiches o “boxlunches” fríos, las menos, comida caliente. Pero no tienen tanta idea del rendimiento de los ingredientes y fueron educados en una cultura que demuestra el amor a través de la comida y que está convencida de que “más vale que sobre y no que falte”.

El efecto es que cuando la necesidad se hace latente, desde el origen simplemente dicen que “hace falta comida”, o bien piden una cantidad de porciones que excede la necesidad real. La solicitud se transmite, se multiplica, se divide. Llega a muchas personas que deciden cubrirla. Y, como buenos mexicanos que creen -creemos- que es más amoroso, educado y sano alimentar como si estuviéramos engordando marranos, mejor optan por enviar de más. “Más vale que sobre”. Y llegan -muchos y casi simultáneamente- a satisfacer la necesidad, para toparse con que el hambre ya ha sido saciada. Entonces se encuentran con mucha comida en la cajuela y la misión de encontrarle destino, así que recorren la ciudad cada vez más empeñados en que se las acepten en algún lado, aunque sea a regañadientes. A todo ello se suma la marabunta que dio por hecho que, puesto que la gente come y -en condiciones habituales- lo hace tres veces al día, hay que abastecer de comida a quien ahí está aunque nadie lo haya pedido explícitamente. Llevan decenas de empaques individuales (el tema de la basura que estamos generando ni lo voy a tocar) a las zona de desastre, llegando a las cuales encuentran que comida no falta. Bueno, aunque no falte, ahí se las dejan. “Comida nunca sobra”. Entonces se atiborran los lugares de alimentos, lugares que no cuentan con condiciones apropiadas para conservarlos durante períodos largos, alimentos sobre los que empiezan a caer las partículas putrefactas que flotan en este ambiente, alimentos cuyas sobras no son recolectadas por un servicio de limpia incapaz de funcionar con efectividad. Y se acumula alimento, lenta y discretamente siguiendo su proceso de descomposición.

El riesgo potencial de todo ello conforme pasan los días es evidente.

Lo que podemos hacer (lo que tenemos el deber moral de hacer) al respecto es acotar y limitar las cantidades. Así de simple y llano. Quienes están en el lugar de origen por favor tómense el tiempo de contar cabezas y hacer un cálculo preciso y objetivo de la necesidad. (Si además se toman la molestia de informar a quien les releve el cálculo y su estimación de cuánto hay que pedir en función de cuanto sobró, mejor aún). Aquellos -¡benditos sean!- que abastecen, sean tan amables de hacer pociones acotadas y entregar con precisión la cantidad solicitada. Con este simple ajuste lograremos evitar el despilfarro, el desperdicio y la descomposición.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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