Libres

Querida sobrina-de-15 que se rehusa a usar brassiere:

Supe que el otro día no querías usar brassiere. Tu cuerpo exigía libertad ante unos padres que, alarmados, te impedían salir. Te mostraste firme, esgrimiste tus mejores argumentos, hasta te encaprichaste y te negaste a ceder. Al final la tolerancia ganó y accediste a encarcelar tus senos en esa prenda pudorosa. La “moral” vencía a ese grito interior que clamaba libertad.

Tal y como nos ha ocurrido a todos los que hemos pasado por la adolescencia, te debe resultar difícil comprender a tus papás. Yo trato de entender sus posturas.

Tu madre fue criada en una familia conservadora. Desde que tiene memoria escuchó a su madre indicándole que pegara las rodillas cuando se sentaba y tenía falda, que se abrochara un botón más de la blusa, que fuera pudorosa. La única vez en que -más o menos a tu edad- quiso sorprender a su familia portando un labial rojo, fue tal la furia de su padre (quien mascullaba algo sobre las “mujeres de la calle”) y tan contundente la orden de retirarse el demoníaco cosmético, que quedó encapsulada en esa imagen recatada que esgrime todavía. Aprendió a evitar los vestidos entallados, las blusas escotadas, las faldas cortas. Y aprendió a usar brassiere. A soportar las varillas oprimiendo a cada lado, camisa de fuerza que reprime el deseo de volar. Solo conoce esa sumisión y le es natural transmitírtela, inculcártela.

Tu padre asume el rol de protector de su familia. Daría su vida para evitar que te ocurriera algo malo. Hará lo que esté a su alcance para que ningún hombre piense siquiera en poner una mano sobre ti sin tu consentimiento. Y está convencido de que el contorno de tus pechos libres bajo una blusa blanca te hace vulnerable. Él, como la sociedad entera, sexualiza a tus senos. Considera que el exponerlos -siquiera insinuarlos- es una invitación al sexo. Y nunca permitiría que involuntariamente dieras pie a que un hombre ejerciera su derecho asumido.

Estamos en una sociedad que trata al cuerpo de las mujeres como un objeto -un objeto sexual- de los hombres. El atuendo, los gestos y las posiciones que adopta cada mujer se juzgan en función de su estímulo en el hombre. El largo de la falda, lo bajo del escote, la hora de permanencia fuera de casa y el usar o no un bra se interpretan como mensajes para que el hombre ejerza ese derecho que cree tener sobre nosotras. Cada día estamos expuestas a que los hombres hagan alarde de su sentido de propiedad. Así, marcando de su territorio a gritos (“piropos”), deciden por nosotras, se atribuyen la prerrogativa de darnos permiso. Y nos violan. Cada día sin nuestro consentimiento toquetean, meten mano, violentan a alguna de nosotras. Si se resiste provoca tanto enojo que es asesinada. Y se suma a la estadística de feminicidios que se iza, ensangrentada, como -desafortunado- estandarte de nuestra lucha.

Quizá lo peor (si es que hay escala de grises en esta situación) es la incomprensión de una sociedad que considera que la culpa de ser violada y asesinada puede ser de la mujer que estaba fuera a altas horas de la noche. Una sociedad que no solo está ciega ante las manifestaciones de micromachismo que se ponen en evidencia en actos cotidianos a lo largo y ancho del país, sino que también se alarma cuando alguien denuncia ese machismo. “Feminazi”, es el término que ha acuñado, encabezando las decenas de argumentos para tratar de minimizar el desequilibrio y justificar el patriarcado. Hombres y mujeres por igual se aferran a su zona de confort y defienden las únicas costumbres que conocieron y asumieron: las patriarcales.

Tus padres pertenecen a esa sociedad. Dos pechos moviéndose libremente les parecen una invitación a ser molestada. Una afrenta a su conservadurismo. Un riesgo inaceptable. Ojalá sus juicios fueran tan traslúcidos como les parecía tu blusa.

El sostén oprime tan solo a las mujeres. El quitárnoslo requiere una conciencia de género como gafas de aumento que permiten el análisis minucioso de actitudes y costumbres. Requiere una valentía afilada como sable capaz de defender las alas que claman por abrirse. Y requiere de una contundencia para dejar nuestros senos libres como metáfora de antídoto contra la inequidad, de estandarte por la vida.

Mi consejo, querida sobrina, es que ponderes el efecto que el usar o no un sostén pueda tener en tus padres y en la sociedad. Define el rol que quieres asumir en este juego de la vida y toma la decisión que sea congruente con ese rol. Finalmente defiende tu decisión a capa y espada, parada en tu trinchera, sin importar lo que el resto opine.

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Author: estilógrafa

Soy la hija fruto de una noche de romance entre el Mar y la Luna. De mi padre heredé la pasión y la intensidad, y de mi madre lo polifacético.

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