Homosexual

Dicen que para exorcizar un demonio lo primero que tienes que hacer es llamarlo por su nombre. Eso es precisamente lo que no hicimos y por eso Manolo se dejo llevar por sus demonios.

“Manuel es como es”, fue la frase con la que entendí que era homosexual. No dirían, ni entonces ni nunca, “Manuel es homosexual”. Ni siquiera usarían “gay” como eufemismo. La oración “es como es”, más que describir sus preferencias amorosas, hablaba de la incapacidad de mi familia de aceptar e integrar la orientación de mi primo.

Antes de ser capaz de nombrar en voz alta a la homosexualidad, mi tío le retiraría el habla a su hijo varón. El resto de la familia reemplazaría con silencios ciertas palabras al hablar sobre él, sobre su vida y sobre su pareja. Su ex pareja. Aquel que no cabría nunca en esas comidas familiares, en esa parte de la sociedad mexicana que aún se escandaliza al ver fotografías de la Marcha del Orgullo y está convencida de que protege a sus hijos utilizando adjetivos como “desviado”. No, señores, si quieren proteger a sus hijos, nombren a sus demonios y digan “homosexual”, “bisexual”, “transexual” con el aplomo de quien sabe que esos demonios no pueden cimbrarnos como sociedad. Esa invulnerabilidad se alcanza cuando se puede hablar de cualquier tipo de amor con la misma naturalidad. Si quieren proteger a sus hijos, acepten abierta y explícitamente todos los formatos. Nunca saben si los están protegiendo de su propio suicidio.

Querido Manuel, donde quiera que estés sé que estás bien. Que el infierno, si existe, es probablemente lo que viviste en esta vida y no a lo que te enfrentas ahora. Deseo que tu vida, pero sobre todo tu muerte, sirva como decreto para aprender a llamar a las cosas por su nombre.

 

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