Décima de un feminicidio

Para no ahogarse en su sueño
le apeteció un desahogo
cuando la vió, ¡qué desfogo!
le juró, sería su dueño
y pondría en ello su empeño.

Flores, piropos y un rollo,
no le hicieron ni un meollo,
decidió, pues, muy hombruno:
de nosotros dos, alguno
debe acabar en un hoyo.