0.

El día en que cumplí los seis meses de edad fui bautizada por segunda ocasión con el nombre de Isa, en alusión a mi abuelo materno.

La primera ocasión fue al día siguiente de haber nacido, cuando el Padre  Bernardo celebró el sacramento en una ceremonia muy íntima y aún más apresurada, seguramente ante el temor de que mi madre cambiase de idea y quisiera llamarme con el nombre que originalmente había elegido.

Mi madre se encontraba trastornada por el duelo. Transcurría el quinto mes de su segundo embarazo cuando su padre, con quien había tenido la más cercana de las relaciones entre todos los hijos, falleció. En su lecho de muerte el abuelo le pidió a su hija predilecta que si el nieto que estaba por nacer fuese varón, le pondría su nombre. Mi madre se lo juró con la mirada nublada y las manos aferradas a las de él. Cuando finalmente liberaron sus dedos de los del cuerpo ya frío, mi madre, que sin aferrarse a algo no habría podido seguir viviendo, lo hizo a su promesa de preservar el nombre del abuelo.

Los días para el parto transcurrían lentos y mi madre se impacientó tanto, que su cuerpo acabó compadeciéndose y exulsando a la cría anticipadamente.

La desilusión de mi madre al ver que la sietemesina era mujer debió haber sido mayúscula. El cambio de planes sobre el género de su bebé no sería impedimento para cumplir su promesa y decidió nombrarme como su padre: Isaías.

En vano trataron mi padre y mi abuela de persuadirla de utilizar un nombre femenino. No fue sino días más tarde en que se llegó a una negociación intermedia: el apócope “Isa” denominaría a la persona que sería -y soy- a partir de entonces.

Advertisements

Apenas capítulo cuatro

Apenas capítulo cuatro y ya estoy enamorada del autor. Total, completa y perdidamente enamorada.

Leo mientras camino, como todas las mañanas, rumbo al mejor café de la zona. Leo mientras saludo al señor Faustino, que vive en un colchón a dos locales de la cafetería. Tan embelesada estoy con la lectura, que apenas me percato de su ausencia. Estará en el camellón, a donde a veces camina con esos pasitos pequeños que amenazan su estabilidad. Su edad es incierta. Si alguien insistiera en saberla, me aventuraría a adivinar: “ya grande”. Y por qué no se va a un asilo, no, pa’ qué, pos sí ¿verdad?, pa’ qué. Si aquí está tan bien. Excepto hoy, que no está.

Compro una cajetilla de cigarros. ¿Por qué lo hago? Yo no fumo. No lo sé, hoy fumo. Eso sí, compro los más ligeros, ultra ligeros. Vacíos. Remedo de cigarrillo. Habría dado lo mismo comprar cigarros de chocolate. Mi sobrepeso reclama desde lo ajustado del pantalón: no daba lo mismo, qué bueno que no fueron de chocolate. Mi garganta reclama en medio de una exhalación, habría sido mejor que fueran de chocolate, porque además ni fumo. No la escucho. Hoy no doy cabida a la lógica. Sólo a las emociones.

Me enamoro de la voz al otro lado del teléfono, del niño que conduce el auto blanco, de mi profesor y del vecino. Del mensaje en mi celular: “solo, llorando por quien no tengo…”. Por quien no tienes…Llorando por quien no tienes. Me enamoro de tu llanto y del vacío que lo provoca. Así que sí eres capaz de llorar, aunque seas hombre. Cómo no enamorarme, si eres capaz de llorar.

Yo no lloro por no tenerte, porque de alguna forma te tengo. Te tengo en el lugar donde cabe ese enamoramiento por ti, aún sin conocerte. Me basta seguir leyendo para confirmarme enamorada.

Capítulo cuatro. Hace cuánto que no me enamoraba así.

Desde que tocaba tu boca, con un dedo tocaba el borde de tu boca, de memoria dibujo tu boca y jugamos al cíclope. Cómo no enamorarme jugando al cíclope, con bocas llenas de peces. Desde Rayuela que no me enamoraba así.

No me daba permiso de enamorarme. Sólo me permitía verdaderamente amar. Pero cómo no enamorarme ahora. Cómo no enamorarme entre planeadores y encuentros fortuitos. Cómo no enamorarme leyendo tus pensamientos, y más aún, tus sentimientos.

Te releo, y es como si te descubriera por primera vez. Experimento la misma sorpresa de descubrir a alguien con la vaga sensación de ya saber lo que estoy encontrando.

Entre párrafo y párrafo aparecen en algún lugar de mi memoria episodios sobre mis encuentros con gente que se volvió importante ¿o era importante desde antes de conocerla? Siempre tuve la misma sensación de libro ya leído en que había olvidado lo que pasaría, y conforme lo descubro, lo reconozco. Película ya vista. Persona ya conocida.

Ya la conoces, así acaba el capítulo dos. Ya conoces a tu alma gemela. Ya la conozco, y en silencio lloro por quien ya tengo, y entre sollozos me parece que no está. Como el señor Faustino, a quién tengo y no está. Como la elección de ser no fumadora, que hoy parece nunca haber existido. Como la exclusividad al amor, que no daba paso al enamoramiento. ¿Dónde está el amor, el no fumar, el señor Faustino? ¿Dónde está mi alma gemela? ¿Dónde has estado siempre?

En el capítulo cuatro.

En la otra esquina. La vida que comienza en la otra esquina, la otra esquina que está a miles de kilómetros, allá, con vista al mar. Como la terraza del restaurante. Sereno y luz de velas. Tu olor impregnado en mi piel. Conversación sincronizada ¿lo dije yo o lo dijiste tú? Empatía que congela al tiempo. O lo acelera. Así como acelera al corazón. Al menos hoy, que estoy enamorada. ~