35. Tic tac

-¿Bueno?

-…-Respondo con un escalofrío-Cometa…

-¿¿¿Aló??? –voz femenina que también responde al otro lado del teléfono-

-Ya contesté, gracias –se escucha un auricular que cuelga- ¿Isa???

-Sí, soy yo ¿cómo estás? –explicaciones amotinándose en mi mente, sin lograr convertirse en sonidos-.

-Bien, muy bien ¡qué sorpresa! La última llamada que esperaba era de tu parte…

-Cometa, te debo una explicación: el día en que te fuiste de Aguas-

-Isa, lo que me tengas que decir, lo que nos tengamos que decir, es mejor decírnoslo en persona; voy a Aguascalientes a mediados del mes próximo –sonrío, contengo el llanto, nudo enmudecedor- ¿te parece bien si te llamo en cuanto llegue?

-¡Claro! ¿Quieres que vaya por ti al aeropuerto?

-No, es mejor que no vayas.

¡Cometa viene a Aguascalientes! ¿Le hago una fiesta sorpresa de bienvenida? Mejor una cena romántica. Definitivamente no puedo volver ahorita con Manuel; primero hablo con Cometa y luego vemos qué pasa. ¿A qué vendrá a Aguascalientes? Le hubiera preguntado. ¿Se quedará mucho tiempo? Ni siquiera sé exactamente qué día llega.

Lo raro fue la mujer que contestó. Igual y era la muchacha. Aunque Cometa le habló con un tono demasiado dulce. A lo mejor fue porque le dio gusto escucharme… además, Cometa siempre ha sido un lindo con la servidumbre. Eso me gusta de él: se transforma con el personal de servicio… y con los niños. Es paciente y amoroso. No cabe duda, Cometa será un gran padre.

¡Ay, a propósito de padres, ese ruido en el comedor debe ser mi papá, desayunando! Mejor bajo a verlo, tengo que dar la cara –en cuanto me la lave y me dé una manita de gato- después de no haber llegado a dormir.

-Buenos días.

-¡Buenos días! ¿cómo te fue en tu desayuno? -¿de qué hablas? Ah, desayuné con Manuel-

-Regular, no había nada abierto y acabamos en una cafetería equis.

-Arturo está bien. -¡Arturo! No puedo creer que todo haya pasado apenas anoche- Isa ¿no crees que es demasiado temprano para fumar?

-Es que lo de Arturo me pone nerviosa.

-No te preocupes, está bien; nada que un par de tranquilizantes no alivien.

-¿Le dieron tranquilizantes?

-¡Uf, que si le dieron! Pobre niño, estaba en shock; “panic attack”, se llama ahora.

-¿”Panic attack”? Qué grueso. Pero está bien…

-Sí, sí, está bien.

-¿Y mamá?

-Durmiendo; también ella se tomó tranquilizantes en cuanto llegó a la casa, así que quién sabe a qué hora despertará.

-Bueno y ¿qué, a dónde se fueron?

-¿Tus tíos? No lo sabemos, Isa; si no lo sabíamos antes, menos ahora. Tomaron un avión a Dallas, y ve tú a saber qué otro avión tomarán una vez ahí.

-Dijo mi Abuela que les enviaremos sus cosas después ¿a dónde se las vamos a mandar, si no tenemos idea de dónde estarán?

-No lo sé, pero sospecho que sus cosas son lo último que les importa. ¿Vas a encender otro cigarro, Isa? Deberías tomar tranquilizantes tú también, en vez de fumarte ese intranquilizante. ¿Por qué no vas a la oficina un rato? Llevas demasiados días pensando sólo en ese secuestro, por eso estás fumando tanto. Por lo menos llámale a la Nena para verla, váyanse de compras o salgan a tomar café.

-¡Uy, hablando del diablo…!

-A mí también me da gusto verte, Isa. Buenos días, pa. ¿Qué pasó con Arturo?

-Nada -interrumpe mi padre- lo importante es que él está bien. Ya no hablemos de eso, Nena. Llévate a tu hermana de compras, que necesita distraerse.

El agua de la regadera limpia mi culpa y, por si no lo hiciera del todo, el gel de ducha en grandes cantidades lo ha de hacer. Por mi culpa… secuestraron a Arturo. Por mi culpa… me acosté con Manuel. Por mi gran culpa… no tracé mi destino al lado de Cometa.

No hay sentimiento de culpa que no se cure yendo de compras o con un buen trozo de pastel de chocolate. La Nena y yo nos disponemos a ambas. En el centro comercial, vemos a lo lejos a Anita, una conocida de mi madre cuya nieta es compañera del ballet de mis sobrinas. La evitamos, no estoy de humor para socializar.

No recuerdo hace cuánto que no iba de compras, pero ciertamente hace más de cuatro kilos, pues aumenté una talla. Me limito a comprarme zapatos: sigo calzando el mismo número. ¿Me trae el par de éste, por favor, señorita? (y no me diga “señora”, al menos todavía no). Prometo que voy a bajar por lo menos cuatro kilos antes de que llegue Cometa. Entonces me premiaré viniendo a comprar ropa.

Es casi tradición familiar terminar las compras tomando café y comiendo pastel. Esta vez me limito a la bebida. Lo único malo es que me toca hablar. ¿El tema de conversación? El secuestro de Arturo y la inseguridad bajo la cual vive su familia. Prefiero no hablar de ello. Cuando Mariana me pregunta cómo me siento, me doy cuenta de que estoy lista para regresar a terapia.

Ya nos íbamos, cuando decidí regresar por el paraguas que vi; la temporada de lluvias está por comenzar y es raro encontrar un paraguas tan amplio como ése (o quizá sea el pretexto para comprar cualquier cosa que no ponga en evidencia el peso que adquirí en estos meses de sedentarismo). No bien dimos media vuelta, cuando nos topamos frente a frente con Anita.

-¡Aaay, pero si son las hermanitas Luévano! Qué gusto encontrarlas ¿cómo está su mamá? Yo la quiero mucho, siempre la he querido.

-Muy bien, gracias, Anita.

-Hola, Anita.

-Sí, ya las veo, muy guapas, como siempre. ¿Y cómo están tus niñas, Nena? Taaan lindas que se ven con su tutú.

-Bien, gracias, Anita ¿y tu nieta?

-¡Uy, está preciosa! Y tú, Isa ¿cuántos hijos tienes?

-Isa no tiene hijos, Anita, no está casada.

-¿¿¿No estás casada, Isa??? Pero ¿no te casaste con Manuel?

-No…

-Pero ¿cómo? ¡cómo lo dejaste ir, Isa, tan buen partido que era! ¿y no te casaste con nadie más? ¿no tuviste hijos? Claro, no para todo el mundo es tan importante, pero es que ¡una se realiza a través de los hijos! Bueno, tienes a tus sobrinas, y a lo mejor tus hermanos algún día tienen hijos, ellos sí pueden todavía tener hijos, pues son hombres-

-Anita, ya nos tenemos que ir, mis papás nos están esperando para comer, ¡vámonos, Isa!

-Se cuidan mucho, niñas, que sigan igual de guapas.

¿¿¿Ellos “sí” pueden todavía tener hijos??? ¿Se me habrá pasado ya el tiempo?

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33. El secuestro

Martes 1:17

No es mi culpa, no es mi culpa, no es mi culpa, no es mi culpa. Manolo, no sabes cómo te agradezco que hayas venido. Alfonso y Blanca no querían despegarse del teléfono. ¿Estás seguro de que es por aquí? Está muy obscuro. ¿A cuántos kilómetros de Aguascalientes estaremos? Es que no estoy segura de que sea por aquí. Pero sí dimos vuelta en la desviación que nos indicaron ¿verdad? ¡Puta madre, es mi culpa!

Parece que éste es el letrero. A ver, acércate tantito. Sí, aquí es donde hay que dejar el coche y seguir a pie.

Lunes 23:43

¿Eran ellos? ¿Qué dijeron? ¿Hablaron con Arturo? Sí, sí, me calmo, estoy tranquila, ya sé que no es mi culpa. ¿Van a volver a llamar? Si dejaron indicaciones de dónde está, podemos ir. Si quieren, Manuel y yo  vamos ¿sí, Manuel? Porque no dijeron a qué hora iban a volver a llamar ¿o sí? Son capaces de esperarse hasta mañana para ver si ya está el depósito; mejor nosotros vamos, y nos llevamos el comprobante del banco. ¿Guardaespaldas? No, han insistido mucho en que no y no queremos arriesgar su vida. Ya sé que no es mi culpa, pero quiero ir.

Lunes 20:00

¿No han hablado? Voy por cigarros. No, no estoy fumando mucho, no sé cuántos llevo, pero ya me acabé la cajetilla. Sí, la que compré hoy, pero también Blanca fumó. Ahorita regreso. Si llaman, por favor háblame al celular.

Lunes 18:44

Hola, Carmen. Estoy esperando una llamada importante, tengo que colgar. No, sí, yo te llamo. De verdad tengo que colgar, es importante, de vida o muerte. Carmen, tengo que colgar, adiós.

Lunes 11:00

¡Manuel! Gracias por venir. No sabemos nada, hablaron a las seis de la mañana y el dinero se depositó a las nueve, pero no han vuelto a llamar. Siéntate, lo único que podemos hacer es esperar.

Lunes 8:45

¿Quieren que vaya yo? Es verdad, mejor que vaya mi papá, para que no sea sospechoso transferir tanto dinero. ¿No se puede rastrear la cuenta para saber de quién es? Claro, ya sabemos de quién es. ¡Uta ma! Sólo espero que Arturo esté bien.

Lunes 5:55

¿Hablaron con Arturo? ¿Está vivo? ¿Qué les dijo? No lloro, es que no sabía si estaba vivo, es que… es que… Cuéntenme, qué les dijo.

Viernes 21:00

Pues no les pidas permiso. Arturo, ya no estás en edad de pedir permiso. Ya sé que se ponen muy nerviosos, pero no puedes vivir encerrado para siempre. La verdad es que te sobreprotegen. Si quieres yo les pido permiso. ¡Arturo, por Dios, no te va a pasar nada! Es un antro, un inofensivo antro. Nadie en Aguascalientes te conoce, además nadie sabe que estás aquí. Yo sé lo que tu abuelo le hizo a mi primo, pero ¡tal vez ni siquiera sepan que existes! Mira, toda la vida te han transmitido su angustia y te están impidiendo hacer lo que alguien a tu edad haría. Si quieres, le pedimos a los guardaespaldas que nos acompañen. ¿Sí? Está bien, no te voy a obligar, hablas con ellos hoy para convencerlos de que te dejen salir mañana. Cuando regrese te despierto para hacerte la reseña detallada ¡buenas noches!

Sábado 12:00

Es que no puede ser que no lo dejen salir, Mariana. Vive como un prisionero ¡es ridículo! ¿Sabías que este es el cuarto año que estudia con sistema abierto, para no perder el año con tanta mudanza? Habla tú con ellos, están exagerando, esto no se resuelve deteniéndolo aquí, sino yendo a terapia psicológica para aprender a canalizar sus miedos. Una cosa es que ellos decidan enclaustrarse donde se sienten a salvo, y otra muy distinta es que pretendan que la vida de sus hijos transcurra entre cuatro paredes. Diles tú, yo ya les he dicho muchas veces, ya me cansé, les voy a ofrecer llamarles cada hora desde el antro para ver si así están tranquilos, y ya.

Sábado 21:30

No puedo creer que te hayan dado permiso, Arturo. Qué buena onda. ¿Estás seguro de que no quieres que les digamos a los guaruras? Sí, ya salieron, pero les podemos hablar al celular. Como quieras, de todas maneras el plan está tranquilo y regresamos temprano. Manuel no quiso venir; íbamos a ir a cenar, pero cuando supe que te daban permiso, le cambié el plan, pero no quiso unirse, así que sólo seremos tú y yo. ¿Hace cuánto que no vas de antro? ¡¡¡Cómo crees!!! Vas a ver, nos vamos a divertir.

Domingo 3:00

¿Tú vas por el coche? Mil gracias, yo no puedo dar un paso más, ya no aguanto los pies, me hubiera traído otros zapatos. Te espero aquí, de plano me voy a sentar en lo que llegas.

Domingo 3:17

¡Hola, Manuel! Híjole, perdón que te hable a esta hora, pero es que mi primo Arturo fue por el coche hace 20 minutos y no ha regresado y no sé qué hacer… No, lo dejamos aquí a la vuelta, ya debía haber llegado. No quiero ir a buscarlo, porque qué tal que nos cruzamos en el camino y llega y no me encuentra… Sí, lo voy a esperar un ratito más, y si no llega, te hablo. También si llega, te hablo.

Domingo 3:23

Manuel, Arturo no llega. No quiero decirle a nadie de los que están aquí que me ayude, porque van a decir que estoy neurótica. De plano voy a ver si está el coche. Yo te llamo.

Domingo 3:26

Manuel, el coche aquí está pero Arturo no aparece. Teníamos que haber llegado a las 3 a casa de mi abuela. Ya no tardan en llamarme y no sé que hacer. ¿Vienes para acá? Gracias, Manolo.

Domingo 3:45

¡Puta madre, no sé dónde está! Pregunté y nadie lo ha visto. Le estuve gritando, pero no aparece por ningún lado ¿qué hago???

Domingo 3:49

¿Mamá? Mami, mamita, ma, no encuentro a Arturo. No sé, no sé, salimos juntos del antro y él fue por el coche, y, y, y no regresa, no sé que hacer. No, el coche está aquí. No, no puedo manejar ahorita, pero Manuel está aquí. No vino al antro, le llamé cuando no encontraba a Arturo y vino. Sí, él me puede llevar a la casa, pero ¿qué hago con Arturo? Bien, entonces me espero a que llegue mi papá y ya que Manolo me lleve. Mami ¿tú hablas con mis tíos?

Domingo 4:11

¡Papá! ¡Papá! Es mi culpa, no sé dónde está. ¿Qué? ¿Qué pasó? No quiero un cigarro, dime qué pasó, por favor… ¡Puta madre! (Perdón, papá, se me salió) Sí quiero un cigarro. ¿Cómo fue? ¿Hablaron a casa de la Abuela? ¿Hablaron con mis tíos? Puta madre. (Perdón) ¿Y ellos qué dijeron? Puta madre, es mi culpa ¿y ahora cómo los veo a la cara?

Domingo 4:51

¿Hablaron otra vez? ¿¿¿Nada más dijeron que volverían a llamar??? ¿Qué más, dónde está, qué quieren, está bien? No, no me puedo ir a dormir ahorita.

Domingo 6:30

No me quiero ir a dormir, aunque se tarden horas en llamar ¿me regalas otro cigarro?

Domingo 8:00

Manuel, tú sí vete a tu casa a dormir, ya me has apoyado demasiado. En cuanto llamen, te aviso.

Domingo 10:00

¡¡¡Carajo!!! ¿Qué no piensan llamar? ¿No podemos hacer algo, hablarle a la policía o algo? Me hubiera llevado a los guaruras. Si no hubiera insistido tanto, esto no habría pasado.

Domingo 13:32

¿Qué dijeron? …pero no hablaron con él. ¿Qué más dijeron? ¿¿¿QUÉ??? ¿¿¿DE DÓNDE VAMOS A SACAR TODO ESE DINERO??? ¡y en domingo! ¿Cuánto tenemos en la cuenta de la empresa? Sí me preocupo, tengo que hacer algo. ¡Como si rezando fuera a llegar Arturo a la casa!

Domingo 14:04

Ya hablaron, Manuel, pero mis tíos no hablaron con Arturo. Yo te aviso, pero si me llamas, por favor que sea al celular, para no bloquear la línea de la casa.

Domingo 16:45

No, no voy a ir a misa, Dios me perdona porque hoy es más importante estar junto al teléfono, rezo aquí.

Domingo 18:15

¿Eran ellos?

Domingo 19:05

¿Quién era?

Domingo 20:21

¿Eran ellos? ¡Carajo, que ya dejen de hablar, qué no tienen otra cosa que hacer más que bloquear el teléfono!

Martes 1:38

Aquí tiene que ser. Tú traes el comprobante del banco ¿verdad, Manuel? Está abierto. ¿Entras tú primero? Yo traigo encendedor… No se oye nada… No veo nada… Aquí hay un interruptor… No hay luz… Manuel… Manuel, se me hace que esto está vacío… ¿Arturo? ¿Arturo? No, Manuel, no hay nadie aquí… ¿Qué hay allá, al fondo? Es como una caja ¿no? …Un mueble, vamos a ver… ¿Qué es esto? ¡¡¡PUTA MADRE!!! Puta madre, qué susto, el celular. ¿Aló? ¿Qué pasó, aquí no hay nadie? ¿Llamaron? ¿Qué pasó? ¿No me puedes decir por teléfono? Por lo menos dime si está bien. Bueno, ya vamos para allá.

32. Secreto develado

“¿Tú sabías que los hijos de tus tíos Alfonso y Blanca eran tres, Isa?” No, no lo sabía. Al menos no me acuerdo. Solían referirse a ellos como “mis primos”, sin especificar número. Ahora que lo dices, sí, siempre tuve la imagen de tres primos, pero nada más dos vinieron a ver a la Abuela… Así es, falta el mayor.

En mi mente se dibuja la imagen de un primo casado con una extranjera, hablando en inglés con sus hijos rubios. Me limito a cuestionar a Lucía con la mirada. Ella se levanta en silencio por la caja de pañuelos y los cigarros, enciende uno mientras me ofrece otro y suspira, como develando el telón para que comience la historia.

“Mi hermano Alfonso conoció a Blanca por uno de los hermanos de ella. Estaba sobreprotegida por sus padres y prácticamente no salía, mucho menos conocía a hombres fuera de su familia. Cuando Alfonso empezó a frecuentarla, se dio cuenta del mundo en el que ella vivía y decidió rescatarla, como si fuera el héroe de la película. Blanca comenzó a tener ideas propias y eso no le gustó nada a sus padres, sobre todo a su padre, que estaba metido en la política y en negocios no del todo limpios. Le prohibieron volver a ver a tu tío. El hermano de Blanca cortó de tajo su amistad con Alfonso y la situación se puso tensa.

“Una noche en que el papá estaba jugando y tomando con sus amigos, perdió una suma exorbitante. Apostó varios autos, que perdió. Apostó también una de sus propiedades, con igual suerte. Entonces apostó la mano de su hija: si ganaba, recuperaría todo lo que había perdido hasta entonces, pero si perdía, su hija tendría que casarse con uno de sus amigos, un hombre conocido por su vínculo con el narcotráfico. La mamá de Blanca trató de impedir que apostara, pero el papá estaba agresivo por efecto del alcohol, así que no hubo mas que esperar que esta vez ganara. No fue así. Enfurecido, el papá de Blanca la llamó para que se fuera esa misma noche con su amigo, pues así estaba convenido. La madre se levantó para detenerlo, pero el amigo sacó la pistola, justificando con que las deudas de juego son las deudas de juego. La madre entonces dijo que iría por Blanca, pero en vez de ello le indicó que se fuera por la ventana y que no regresara, que ella encontraría la manera de comunicarse para avisarle cuándo podría regresar.

“Blanca acudió a tu tío. Vino a la casa con la intención de hospedarse aquí, pero al cabo de una hora vinieron hombres armados con amenazas e insultos. Recuerdo que tu Abuelo, que aún vivía, salió a entretenerlos mientras la Abuela le pedía apoyo a Nino, su compadre. Alfonso y Blanca salieron esa noche brincándose a la casa de los vecinos, pues también el terreno de atrás estaba cercado por gente armada. Durmieron en alguna casa de los padrinos de Alfonso y dos días más tarde se llevó a cabo la boda en Lagos de Moreno. Me acuerdo que fue un lunes. Habían querido casarse el domingo aquí en Aguascalientes, pero fue imposible llegar, porque cada vez que salíamos de casa, había gente siguiéndonos. Tuvimos que salir de casa poco a poco, tomando rumbos diferentes. Yo salí con tus abuelos a la iglesia donde oficiaba el Padre Bernardo. Él nos ayudó a salir por la parte de atrás y nos fuimos los tres a un rancho que en aquella época era de los Ninos.

“Llegamos a distintas horas, sin arreglarnos más de la cuenta, para no levantar sospechas. Cuando llegaron los últimos, tus tíos Isabel y Humberto, empezó la ceremonia. Sólo estuvimos los hermanos, los Ninos con una de sus hijas, el Padre Bernardo y un juez. En total las bodas civil y religiosa no debieron durar más de media hora. Mi padre abrió champaña y despedimos a los recién casados todavía con las flautas en las manos.

“De regreso en Aguascalientes encontramos la cerradura violada y la casa vuelta al revés. No quisimos dar aviso a la policía. El infierno que vivimos durante un mes, no se compara con lo que han vivido Alfonso y Blanca durante todos estos años”.

No quepo en mí del asombro. Me parece estar leyendo una novela policíaca y no puedo creer que esto haya sucedido en el seno de mi propia familia. Enciendo otro cigarro para invitar a Lucía a que continúe.

“Al cabo de más de un año supe que estaban en Hermosillo. Luego nos enteramos de que Blanca estaba embarazada y mi papá fue a visitarlos. Decidieron mudarse antes de que el niño naciera, esta vez a Culiacán. Ahí nació tu primo Alfonsito y por primera vez vivieron un período tranquilo. Tu mamá y yo llegamos a visitarlos en alguna ocasión, creo que también tu tía Luisa. Alfonso viajaba mucho a Guadalajara y en uno de esos viajes, quién sabe cómo lo encontraron y lo golpearon hasta romperle las piernas, que no lo mataban porque él era su pista para encontrar a Blanca, y en cuanto esto ocurriera, los mataban a ambos. Alfonso ya no regresó a Culiacán. Valiéndose de intermediarios, arregló con Blanca una nueva mudanza. Estuvieron en Colima. Gracias a contactos de tu Abuelo, se cambiaron los nombres y tu primo Arturo, al nacer, fue registrado con distintos apellidos a los de su hermano.

“La cosa en Aguascalientes se puso muy difícil, porque empezaron a molestar a mi padre hasta que lo secuestraron, o bueno, hoy en día se habría llamado desaparición forzada. Lo torturaron para obtener información sobre el paradero de Blanca y el bendito hombre no soltó palabra. Los doctores dijeron que ese incidente detonaría el problema cardíaco que lo que llevó a la tumba. En cuanto Alfonso y Blanca supieron sobre el secuestro, se mudaron a Tepic. Nosotros sólo sabíamos que estaban ahí, pero no teníamos más que un número telefónico. Supimos que nació Alfredo y que el padre de Blanca se convirtió en gobernador de su estado natal.

“Cuando volvieron a mudarse, esta vez a Mérida, tú abuela y yo pensamos no correr peligro yendo a verlos una vez al año. Pero al cuarto año consecutivo de nuestra visita, la familia de Blanca se enteró de dónde estaban. Alfonsito tenía 16 años. Él no quería dejar Mérida, así que decidieron arriesgarse. La decisión les salió cara, demasiado cara. Un día Alfonsito no llegó a casa. Dieron aviso a las autoridades y lo buscaron durante más de una semana. Cuando fue encontrado, Alfonso y Blanca casi no pudieron reconocer el cadáver”.

El primo casado con la extranjera se disuelve en las lágrimas que derramamos juntas, mezcla de tristeza y rencor, sentimientos nimios comparados con lo que han debido sentir mis tíos. Un escalofrío recorre mi cuerpo al comprender a qué grado Alfonso y Blanca han sido alejados con violencia de la familia y de la paz interna.

31. Secretos familiares

“Es increíble el magnetismo de la sangre compartida que circula por cuerpos diferentes y vidas distantes”.

Desperté sin saber dónde estaba. Me tomó un momento reconocer el antiguo cuarto de Lucía.

La vista de mi tío Alfonso en el hospital me remitió a aquella llamada recibida por error en casa de la Abuela y su presencia me dejó muda, sin saber cómo comportarme ante él. No hubo necesidad de definir cómo hacerlo, pues todas sus atenciones giraban alrededor de la Abuela, mostrándose como figura fuerte.

Después de algunos días en el hospital, la llegada del tío Alfonso trajo consigo la tranquilidad de saber que la Abuela podría contar con su apoyo de regreso a casa. Nunca había visto a la Abuela sumisa, y parecía agradecer el descanso que implicaba poder confiar en las decisiones que tomaba su hijo. Se contrató a una enfermera que resultó tener experiencia en fisioterapia y rehabilitación, razón por la cual resultó lógico hospedarme temporalmente en casa de mi Abuela. Ahora ocupo el cuarto contiguo a la habitación de mi tío Alfonso, lo cual, aunado al insomnio por las noches que me ha causado la siesta después de comer, me ha permitido escuchar parcialmente conversaciones telefónicas que han develado parte del misterio en torno a la figura masculina de mi familia materna.

Comenzó la noche en que llegamos a la casa. Llevaba un buen rato acostada con la luz apagada, cuando escuché a mi tío hablando con alguien en su cuarto. Al principio me alarmé, pensando que quizá la Abuela se habría sentido de nueva cuenta mal y, de no haber sido porque mi pierna seguía inmovilizada, hubiera salido de mi cuarto, pero afiné el oído y me di cuenta de que estaba hablando por su celular. Su interlocutor era evidentemente mi tía Blanca, su mujer. Él le pedía que viajara a Aguascalientes con los hijos de ambos, que no importaba la seguridad, que estaba consiguiendo guardaespaldas que los escoltaran del aeropuerto a la casa, que no debía avisarle a nadie en el país que pasaría las fiestas navideñas aquí y que hiciera todas las compras necesarias “allá” para evitar salir de casa de la Abuela durante su estancia. Alfonso haría los trámites necesarios para que la agencia de viajes cambiara el destino que originalmente tenían planeado, por Aguascalientes. Me quedé dormida escuchando de voz de mi tío la reseña de lo que ocurría con el corazón de mi Abuela.

Al día siguiente mi mamá y mi tía Isabel pasaron la mañana en casa de su madre. Por primera vez dejaron de hablar sobre médicos y pusieron al tanto a Alfonso sobre la vida de los amigos de hace años. Cuando le preguntaron hasta cuándo se quedaría, respondió que Blanca y los hijos vendrían. El silencio que se hizo sólo fue roto por el llanto de mi madre, que se limitó a decir “es mucha la angustia que hemos vivido todos estos años”.

A la hora de la comida vinieron Luisa y Lucía, las otras hermanas. Durante la sobremesa se mencionó la llegada de la familia de Alfonso, prevista para el día siguiente, lo cual alteró de manera evidente el semblante de ambas. Aproveché un momento a solas con Lucía para preguntarle. “Tus primos y tú estaban muy chicos, y decidimos no decirles nada. Supongo que es momento de que te enteres. Cuando Alfonso y Blanca se hicieron novios, el padre de ella no estuvo de acuerdo”. Fue todo lo que alcanzó a decir. Tocaron el timbre y fue anunciada una visita para mí. Era Manolo.

Qué raro, Manolo. Me tomó completamente desprevenida, haciéndome recordar que tengo una vida además de mi familia. De alguna manera había logrado desconectarme de esa vida como preparativo para mudarme con Cometa y había permanecido ajena a todo a medida que me involucraba en la dinámica familiar. Manuel permaneció el tiempo suficiente para explicar que había hablado a casa de mis padres para felicitarlos por las fechas y así se había enterado de mi estado de salud. Después de pedir permiso para llamarme a casa de la Abuela, se despidió, dejándome con la vista clavada en mi madre y sus hermanas y con la pregunta de cuál de sus situaciones maritales viviré cuando llegue a su edad.

Hoy de nueva cuenta desperté sin saber dónde estaba. Una agitación anormal reinaba en la casa y, como pude, me incorporé y me vestí para salir a ver lo que pasaba. Dos extraños metían maletas en la habitación frente a la mía, hablando en inglés entre ellos. Esos desconocidos son mis primos. Mi mirada se cruzó con el mayor, quien, sonriendo y sin decir nada, vino a abrazarme. No sé por qué, me puse a llorar. El abrazo de uno fue precedido por el abrazo del otro y de pronto nos encontramos abrazados los tres con las mejillas húmedas de emociones. En ese momento sentí la pena mayúscula de una fractura familiar ocasionada por causas que ignoro. Es imposible poner en palabras el pesar de todos los momentos familiares que no compartimos con ellos. Al mismo tiempo es increíble el magnetismo de la sangre compartida que circula por cuerpos diferentes y vidas distantes. Supongo que algo parecido deben sentir los gemelos idénticos separados al nacer cuando se reencuentran. Quizá fue ese magnetismo lo que desencadenó los eventos siguientes tal y como se desenvolvieron.

Lejos de ir a estar con su abuela, mis primos entraron a mi habitación –o a la de mi tía Lucía-, cerrando la puerta tras de si. Habían esperado toda su vida para ello y no podían perder un minuto más sin saber qué era eso tan terrible que los había alejado de su país. En lugar de responder, les pedí explicaciones, pues siempre imaginé que ellos habían nacido ya en otro país. Me hablaron sobre la vida itinerante que llevaron sus padres por Tepic, Mérida y Guanajuato, donde crecieron. Supe también que Luisa y Lucía llegaron a pasar los días de Reyes con ellos, encuentros de los que el resto de los primos ignoramos completamente. Había muchos cabos sueltos que no lográbamos descifrar y que debieron quedar inconclusos pues hubimos de interrumpir la charla para bajar a desayunar con la familia.

Durante el desayuno la dinámica cambió. En lugar del secretismo al que estaba acostumbrada, la situación se manejó abiertamente, al menos para quienes la entendían. La tía Blanca le habló a la Abuela sobre innumerables ocasiones en que su padre los había localizado y tenían que mudarse de ciudad, y a veces de país. Así, supe que en algún pueblo Blanca se enteró de la llegada de un mexicano cuya descripción correspondía a la de un tal “Conejo”, brazo derecho de su padre. En otra ocasión, dos judiciales sentados en el mismo restaurante donde comía Alfonso levantaron sospechas suficientes para que todos los integrantes de la familia se dirigieran de inmediato al aeropuerto, sin regresar a casa, para tomar un avión rumbo al próximo país que los hospedaría. Mi Abuela escuchó tranquila y a nadie pareció importarle la recomendación del médico de evitar darle noticias abruptas.

Ahora llega mi tía Lucía cargada de globos de gas. A juzgar por la complicidad con mis primos recién descubiertos, repite lo que solía hacer la víspera de Reyes cuando ellos eran niños. Nos pide escribir un deseo y el mío se reduce a tres palabras: revelar secretos familiares. Antes de amarrarlo en mi globo, Lucía lee el papel en el que lo escribí y se limita a decirme: “Tú y yo dejamos una conversación pendiente ayer y yo sí creo en los Reyes Magos”.

30. El hospital

Durante trayecto de regreso del hospital me invadió una extraña melancolía. Llevaba diez días yendo diario a que limpiaran la herida remanente de la operación que me practicaron a raíz del choque y ya conocía a todas las enfermeras. Mi vida se había puesto en pausa cuando decidí mudarme con Cometa; asigné todas mis funciones del trabajo a una de mis primas, me di de baja en el gimnasio y hasta cancelé mi contrato del  celular, así que mis actividades se empezaron a limitar a las relacionadas con el accidente: la elaboración de formularios y cartas a ser dirigidas a la empresa aseguradora consumieron la mayor parte de mi tiempo de vigilia, además de las visitas al hospital, para las que hubimos de acondicionar la camioneta de la Nena de modo que mi pierna izquierda permaneciera extendida. Las enfermeras del turno matutino escucharon divertidas la historia de mi nombre y parecían disfrutar pronunciarlo. Con sensibilidad magistral supieron amortiguar mis emociones -que por otra parte se encontraban obnubiladas por los medicamentos-, con lo que llegué a tomarles un cariño especial en poco tiempo. La visita final, en la que me quitaron los puntos de la cirugía y limpiaron por última vez mi herida, simbolizó la despedida de ese grupo que me acogía tan afectuosamente. No era pues extraño, que en el camino a casa estuviese nostálgica. Quizá por ello no le di importancia a la llamada que recibió mi madre, quien conducía la camioneta, en la que mencionó vagamente que ya estábamos a escasos minutos de llegar.

Mi padre nos esperaba en la acera. Mi hermana y las niñas estaban con él. Le indicó a mi madre que se pasara al asiento del copiloto, sentándose él el sitio del conductor, y tomándola de las manos le empezó a explicar. La Tía Isabel había llamado un cuarto de hora atrás, avisando que la Abuela se había sentido mal. Mi madre rompió a llorar, apenas escuchando que habían llevado a la Abuela al mismo hospital que acabábamos de dejar. La Nena y sus hijas subieron a la camioneta y mi padre arrancó, sintonizando una estación de música clásica y poniendo su mano ora sobre la palanca de velocidades, ora sobre la pierna de Mamá.

La escena en la sala de espera de urgencias me hizo comprender la gravedad del asunto. Casi toda mi familia materna se encontraba ahí. Mis tías y algunas de mis primas sollozaban. Algún primo iba y venía de la máquina de café, abasteciendo a los familiares. Algún otro estaba en el celular, explicando la situación. La Abuela se había sentido mal, ante lo cual solicitó la visita de la Tía Isabel. No bien hubo llegado ésta a casa de aquélla, cuando la Abuela perdió el conocimiento. La llamada a emergencias fue precedida por los respectivos avisos al resto de la familia, exceptuando el Tío Alfonso, cuyo paradero desconocemos todos excepto quizá la Abuela, quien se encontraba inconsciente.

Los paramédicos dieron un diagnóstico anticipado: infarto. La mera mención de esa palabra detonó nuevamente el llanto de las hijas.

Lucía, la más pequeña de mis tías, entró a la sala de espera casi al tiempo en que el doctor salía a informarnos. Por encontrarme con la pierna izquierda sobre los asientos de la sala y con las muletas lejos de mi alcance, fui la única que no se acercó a escuchar que la Abuela había sido estabilizada, seguía inconsciente y pronto sería trasladada a terapia intensiva.

Al poco rato, mi cuñado llegó para llevarse a sus hijas. Los primos que faltaban fueron llegando uno a uno, hasta que la familia menos el Tío Alfonso se encontró reunida en la sala de esperas de urgencias del hospital.

Supongo que ninguno se dio cuenta de cuánto tiempo pasó. Al cabo de una eternidad el médico salió de nueva cuenta y esta vez pude escuchar claramente que ya le habían realizado un electrocardiograma que indicaba un infarto previo, que había pasado inadvertido hasta por la Abuela misma. Esta noticia alteró tanto a la Tía Isabel, que sus hijos tuvieron que llevarla a la cafetería para que se calmara. El doctor siguió explicando que la Abuela presentaba una ligera arritmia, la tenían sedada y en observación, y un solo familiar podía pasar a verla. Tocó el turno a la Tía Luisa, quien sigue a la Tía Isabel en edad, y por ende en importancia.

Al cabo de escasos minutos, la Tía Luisa salió para informar que la Abuela estaba bien. Mis primos llegaron con comida para todos. No sé cuántas cafés con sus respectivas visitas al baño pasaron entre cada aviso por parte de una enfermera para permitir que alguna de las hijas pasara a ver a la Abuela. Cuando finalmente nos avisaron que pasaría a piso, estaba bien entrada la noche.

Uno a uno fuimos pasando a verla. Algunos de los nietos se dieron por bien servidos cuando por la mañana la Abuela recobró el conocimiento y hablaron con ella, así que decidieron irse para retomar sus actividades regulares. La mayoría permanecimos ahí todo el día. Esa noche Lucía durmió –o casi- en el hospital, ante el descontento de los que queríamos permanecer al lado de la Abuela, que sólo aceptamos irnos cuando juró que nos avisaría ante el menor pretexto y organizamos una cadena de comunicación para mantenernos informados.

Al día siguiente la estancia familiar en el hospital se repitió. Se corrió la voz entre las enfermeras a las que había conocido que la abuela de Isa estaba internada y no cesaron de pasar a vernos, asegurándonos que todo estaba bajo control, que la arritmia era normal y muy leve, y que la única razón por la que la Abuela se encontraba aún hospitalizada era que los médicos preferían mantenerla bajo constante observación. Tocó el turno a mi madre de pasar la noche ahí.

Al cuarto día del infarto, los primos redujeron su presencia a unas cuantas horas. Fui la única de esa tercera generación que permaneció ahí todo el día, por causa de mi inmovilidad. Quizá fue por la misma razón que todos convinieron en que fuese yo quien pasara esa noche con la Abuela. Era por demás conveniente para mis padres y para mí que me quedara rodeada de enfermeras dispuestas a ayudarme cuando tenía que ir al baño, cambiarme la gasa o bañarme. Además yo era la única que había cancelado todos sus compromisos -previendo la partida con Cometa-, así que también esa noche dormí ahí.

A la mañana siguiente me metí a bañar con la ayuda de una enfermera. Mientras me vestía, ya sola y aún dentro del baño, escuché una voz masculina que no reconocí. De primera instancia pensé que se trataría del doctor, pero sus visitas solían ser breves y, a juzgar por el tono de su voz y el tiempo que llevaba conversando con la abuela, este hombre no parecía tener la intención de irse pronto. La lentitud a la que me obligaba mi pierna inmovilizada me permitió fantasear con la idea de que Cometa había recibido aviso sobre el accidente que tuve y la situación de la Abuela, volando en seguida para venir a verme. También pensé que podría tratarse de Manolo, único hombre con la confianza suficiente para aparecer a primer hora del día a ver a la Abuela.

Abrí la puerta del baño sin saber qué encontraría. Sentado en el sillón reclinable un hombre con cabello cano sostenía la mano de la Abuela. Aún cuando giró y vi su cara, no alcancé a comprender de quién se trataba, aunque su rostro me resultaba sumamente familiar. Nos miramos largamente, ante la mirada acuosa de la Abuela, hasta que finalmente el hombre rompió el silencio con una voz que yo había escuchado por teléfono más de diez meses atrás: ¨¿Isa? ¡Cómo has crecido! ¡Espera a que te vea tu Tía Blanca!¨.

Entonces entendí que se trataba de mi Tío Alfonso.

29. La espera

Semáforo en rojo. También en mis pensamientos debería de hacer un alto para ordenarlos. Aunque si los pongo en orden será peor, ya había decidido mejor ni pensarlo, simplemente me voy y ya. ¿Qué cara pondrá cuando se lo diga? “Cometa, sí me voy contigo.” Aunque si le digo “me voy contigo”, creerá que yo también volaré mañana a primera hora y todavía me faltan un par de semanas. ¡Ay, se me olvidó llamarle a mi prima Elisa para preguntarle de los boletos de avión! Bueno, le llamo llegando al restaurante, al fin que se me hizo temprano y tendré que esperar al Cometa.

¿Esperarlo? Igual y no está bien. Máxime si el evento es lo que pronostican las féminas de mi familia: la entrega del anillo. Qué nervios. Qué miedo. Carmela dice que no debería tener miedo, porque eso sería indicio de que Cometa no fuera “el bueno”. Su comentario no me ayudó nada ¡llevo semanas preguntándome si será el bueno, como para que encima me haga dudar más! Como dicen “quien hace, puede equivocarse, pero quien nada hace, ya está equivocado”, así que si me quedo en Aguascalientes, me equivocaré más.

¿Le digo antes, o después de que me dé el anillo? Ya sé, me espero al postre y ahí le digo. O depende de cómo lo vea. Ha esperado tanto a que tome la decisión, que tal vez sería mejor decirle de entrada. Pero que sí me espere él a mí al llegar, a fin de cuentas me ha esperado tanto que unos minutos no harán diferencia.

Además yo ya casi llego y faltan veinte minutos para la cita. Mejor me doy una vuelta y así le llamo a Elisa. ¡Ah, esta canción me gusta! Por aquí dejé el papelito con su nuevo celular… ¿dónde está? ¿Qué rechina? ¡Un coche! ¡Frena! ¡Cuidado!

¿Qué pasó? ¿Dónde, a dónde me llevan? ¡Mi bolsa! ¿Qué pasó? Sí, tuve un accidente, lo recuerdo. ¡Ay! Estoy bien. Me llamo Isa, Isa Luévano. Estoy bien, no necesito ir al hospital. ¡Ay, me duele! No, ahí no me duele ¿me están tocando? No siento nada. ¡Tengo que hacer una llamada! Pásenme mi bolsa, por favor. Tengo que hacer una llamada. Está bien, me callo para que escuchen mi corazón. Que yo sepa, no soy alérgica a ningún medicamento. Mi sangre es O RH Positivo. ¿Qué me van a inyectar? ¿A qué hospital me están llevando? Tengo… que hacer… una llama…

Llama. Flama. Las luces rojas son como flamas. Una sirena se escucha al fondo. Es música y mi corazón es la percusión. Quiero hablar. Tenía algo importante que decir, pero no recuerdo qué. Quiero hablar pero las palabras no salen de mi boca. Es como si mi cerebro se hubiera desconectado, ¡qué chistoso! Se cerraron mis ojos, tampoco obedecen la señal: “¡ábrete sésamo!”, jajaja.

Ya llegamos. Yo tenía que pensar algo, algo importante. Recuerdo que mis pensamientos eran importantes, tengo que pensarlos todos, para que no se vayan, porque son importantes. Ya llegamos.

Un dedo levanta mi párpado, claro, si mi cerebro no puede, el dedo sí. Unos brazos levantan todo mi cuerpo. Me acuestan, me muevo, viajo. Otro dedo levantando mi párpado y una lucecita deslumbrándome. Metal frío en mi pecho, estetoscopio. Abro una rendija en mis ojos. ¿Isa? Sí, Isa. Volteo hacia donde está la voz que me llama. No reconozco a nadie entre la gente con bata blanca. Me piden que mueva mis manos. Ya puedo y aprovecho para aferrarme a las asas de mi bolsa que siento entre mis dedos. Lo mismo con los pies. También puedo, pero se concentran en el izquierdo. Que lo mueva. ¡Pero si ya lo moví! Lo estoy moviendo y los doctores no parecen contentos. Me llevan a una sala, me quitan los zapatos, los aretes y la pulsera. Me preguntan si traigo cadenas. Tratan de quitarme la bolsa pero no la suelto: ahí está mi celular. Radiografía y otros estudios de gabinete, explican. Los médicos salen y yo entro en una máquina como túnel que hace ruido mientras una luz me recorre. Terminando, me llevan a una habitación donde hay otras camas, vacías. Me sacan sangre. Tengo que hacer una llamada. Que ya le avisaron a mi familia y que espere. Me dan una pastilla. No es a mi familia a quien tengo que llamar, sino al Cometa. Que me relaje y descanse. Me parece que me quedo dormida.

¿Isa? Abro los ojos. Isa, soy el Doctor Reynoso, sufriste un accidente automovilístico y te lastimaste la pierna. Te sacamos radiografías y nos indican que estás bien, pero sufriste una fractura en el fémur de la pierna izquierda. Te tenemos que realizar una intervención quirúrgica, sólo que hay que esperar a que se te desinflame la pierna para poder operarte. Tus papás ya están aquí.

Giro la cabeza y, en efecto, veo a mis papás. Mamá suelta la mano de mi padre para acercarse a mi lado. Estoy en otra habitación, la única cama es la mía. La cortina, semiabierta, deja ver la oscuridad de la noche. ¿Qué hora es? Descansa, hija. Tengo que hablarle. Ya es tarde, le llamas mañana. Pero mañana se va… Lo sé. Mi madre está afligida, no sé si por el accidente que sufrí, o porque no llegué a la cita con Cometa. Le juré que lo haría y no cumplí mi promesa. Mañana, a las siete de la mañana con cinco minutos, estará despegando en la ciudad de Aguascalientes, y nunca sabré si esta noche me daría el anillo de compromiso.

Las enfermeras me despiertan. ¿Qué hora es? Me dan una pastilla, toman mi presión, mi pulso y la temperatura. ¿Qué hora es? Las cuatro y media. ¿Es muy temprano? Le quiero hablar a Cometa y mi madre lo entiende. Le llamas más tarde. Pero ¿no estará despierto? Tiene que estar en el aeropuerto a las seis. Le llamas más tarde….

Sueño con el accidente. Todo ocurre en cámara lenta. Un rechinido llama mi atención y veo un coche frenando en el cruce, veo el semáforo que me corresponde y está en verde, significa que yo no tengo la culpa. Pienso que de todas maneras tengo que frenar y piso los pedales al fondo. Escucho un choque y siento un golpe en el cuerpo. Mi pierna está caliente y todo se oscurece.

Despierto sobresaltada. ¿Qué hora es? Mamá se acerca con el teléfono. No recuerdo el número de casa de los padres de Cometa, pero lo tengo en el celular. Mamá niega con la cabeza y me enseña el celular, con la pantalla destrozada. Marco un número y despierto a alguien. Cuelgo enseguida. Creo recordar y vuelvo a marcar, contesta un fax. Mamá me recuerda el inicio de los números de la zona donde viven. Recuerdo el número y marco. Mi corazón está acelerado.

¿Señora Cometa? ¿Isa? ¡Señora Cometa! ¿Puedo hablar con Cometa? Silencio en la línea. Isa, se acaba de ir, no quiso que lo lleváramos al aeropuerto porque era muy temprano. Lo siento, Isa, ya no te pudo esperar…

28. La vida y la muerte

Pablo revolotea frente a mí en forma de mariposa monarca. Vuela hacia el sur, como diciéndome tú qué esperas para emigrar también, hacia donde vuelan los cometas. ¿Qué me estás diciendo, Pablo, que debo dejarlo todo para ir rumbo a lo desconocido, que debo cancelar toda posibilidad de una relación futura con alguien más, alguien que nunca andaría con quien ha vivido en unión libre?

Antes de tener alas para volar, también la mariposa fue una oruga. Como yo, gusano para el que fue fácil dejar a Eduardo por Cometa. Qué cómodo se veía entonces, habiendo pasado el suficiente tiempo sin ver a mi novio como para dar la relación por terminada. Me pregunto si habría hecho lo mismo de no haber sido por la aparición de Cometa.

A Eduardo le rompí el corazón, me doy cuenta tan sólo con verlo, aunque muestre su fachada de hombre sabio capaz de comprender hasta la acción más descabellada. Ya me fui, como si en mi decisión no hubiera vuelta de hoja, y sin embargo me vuelvo a sentir en la encrucijada que viví aquel domingo en el aeropuerto en que volé con Cometa en lugar de viajar a Miami, donde Eduardo me esperaba.

Me siguió esperando aún después de confirmar, a través de varias llamadas a mis padres y a la Niña Esparza, que yo no llegaría a Miami. No sé si me espere aún. Me justifica, culpando a mi miedo al compromiso. Pero yo ya no me espero; ya no estoy dispuesta a convertirme en la Isa capaz de traicionar como si no fuera responsable de sus actos por no ver las consecuencias.

Se me vuelve a plantear la disyuntiva, pero esta vez ya no es la lúdica posibilidad de vivir una fantasía, sino que está en juego mi futuro. Qué fácil sería mariposa para simplemente volar rumbo a donde mi instinto me dicta. Pero era fácil para ti, Pablo, porque en cuanto te anunciaron que el cáncer, en tu caso, implicaba la muerte en un futuro cercano, era evidente que tenías que aprovechar el tiempo que te quedaba para casarte con Marta. Al fin y al cabo, qué tenías que perder si lo más importante, la vida, ya lo habías perdido.

Más vale que te arrepientas de lo que hiciste, Isa, que de lo que dejaste de hacer, me decías. ¿Y de qué me arrepentiría más? ¿De negarme la posibilidad de ver si funciona con el Cometa? En ese caso me quedaría en la casa que conozco y que me encanta, conservaría el empleo en el negocio familiar al que le he invertido tanto, vería a mis padres e iría cada domingo a la comida familiar en casa de la abuela, sería testigo de los centímetros que se suman al tamaño de mis sobrinas, estaría en Aguascalientes para dar la bienvenida a mis hermanos de regreso de Barcelona y Monterrey el próximo verano, tendría cerca a mis amigos y estaría abierta a posibilidades románticas con Manolo y, quién sabe, quizá con Eduardo o alguien más. De tanto en tanto aparecería Cometa, sin avisar, como si el tiempo no hubiera pasado, y entonces todo se detendría y me parecería estar viviendo un sueño. Con suerte, no me sentiría un gusano por habernos negado una posibilidad juntos.

¿Me arrepentiría más de irme con él? Cada día amanecería con el hombre al que amo; aprendería a amarlo de otra forma, trayéndolo de la fantasía a la realidad, amando sus ratos de ausencia, su gesto serio cuando me reprocha cosas que no le gustan, su nariz brillante al despertar, su manía de dejar vasos y tazas sucios por toda la casa. Me arriesgaría a descubrir que lo que siento por Cometa no es sino mero enamoramiento, que las pequeñas diferencias que tenemos son las señales que indican que en realidad no somos almas gemelas. Entonces haría las maletas y regresaría a Aguascalientes con la cara gacha. Mis padres irían por mí al aeropuerto y mis amigos no tendrían la valentía para hacerme fiesta de bienvenida, porque no se hace una fiesta después de un fracaso. Mi derrota sería equiparable a la de un divorcio. Con treintaytantos años y la reputación de ex-concubina, tendría que mudarme a otra ciudad para conseguir pareja o resignarme a ser la tía solterona de mi familia. Probablemente me sumergiría en el trabajo, volviéndome una empresaria exitosa. Pero me sabría capaz de tomar las riendas de mi propia vida, de vencer mis miedos y de jugarme el todo por el todo.

Después del funeral de Pablo, Cometa aprovechó su visita a la agencia de viajes con el fin de adelantar su vuelo de regreso, para comprarme un boleto de avión para fin de mes. Me lo entregó diciéndome con la mirada “te espero”. Diez días, eso es lo que me esperas.

Platiqué –por primera vez- con mis padres sobre la posibilidad de irme. Mi padre me hizo ver las ventajas y desventajas que ya conocía; no emite juicio, sólo me apoya en la que sea mi decisión. Mi madre no dijo nada, pero al terminar nuestra conversación fue a encender una veladora y, ante mi mirada inquisidora, explicó: “para que se te haga la luz en el entendimiento”. No supe cómo interpretar sus palabras.

Las fuerzas no me alcanzan para decidir qué rumbo quiero que tome mi vida. Ya una vez hace años no tuve la fuerza para vivir un matrimonio que me hacía titubear. Entonces opté por no tomar ninguna decisión y el destino se encargó de cancelar mi boda, conseguir para Manuel otra esposa y dejarme en libertad, tal vez para hoy tener la oportunidad de estar con Cometa. Pero quizá Cometa está destinado a ser sólo un sueño y existir como posibilidad mágica de pareja ideal.

La mariposa monarca parece flotar delante de mí unos instantes antes de volar definitivamente, dejándome con la duda de si tendré alas para ir tras ella.