32. Secreto develado

“¿Tú sabías que los hijos de tus tíos Alfonso y Blanca eran tres, Isa?” No, no lo sabía. Al menos no me acuerdo. Solían referirse a ellos como “mis primos”, sin especificar número. Ahora que lo dices, sí, siempre tuve la imagen de tres primos, pero nada más dos vinieron a ver a la Abuela… Así es, falta el mayor.

En mi mente se dibuja la imagen de un primo casado con una extranjera, hablando en inglés con sus hijos rubios. Me limito a cuestionar a Lucía con la mirada. Ella se levanta en silencio por la caja de pañuelos y los cigarros, enciende uno mientras me ofrece otro y suspira, como develando el telón para que comience la historia.

“Mi hermano Alfonso conoció a Blanca por uno de los hermanos de ella. Estaba sobreprotegida por sus padres y prácticamente no salía, mucho menos conocía a hombres fuera de su familia. Cuando Alfonso empezó a frecuentarla, se dio cuenta del mundo en el que ella vivía y decidió rescatarla, como si fuera el héroe de la película. Blanca comenzó a tener ideas propias y eso no le gustó nada a sus padres, sobre todo a su padre, que estaba metido en la política y en negocios no del todo limpios. Le prohibieron volver a ver a tu tío. El hermano de Blanca cortó de tajo su amistad con Alfonso y la situación se puso tensa.

“Una noche en que el papá estaba jugando y tomando con sus amigos, perdió una suma exorbitante. Apostó varios autos, que perdió. Apostó también una de sus propiedades, con igual suerte. Entonces apostó la mano de su hija: si ganaba, recuperaría todo lo que había perdido hasta entonces, pero si perdía, su hija tendría que casarse con uno de sus amigos, un hombre conocido por su vínculo con el narcotráfico. La mamá de Blanca trató de impedir que apostara, pero el papá estaba agresivo por efecto del alcohol, así que no hubo mas que esperar que esta vez ganara. No fue así. Enfurecido, el papá de Blanca la llamó para que se fuera esa misma noche con su amigo, pues así estaba convenido. La madre se levantó para detenerlo, pero el amigo sacó la pistola, justificando con que las deudas de juego son las deudas de juego. La madre entonces dijo que iría por Blanca, pero en vez de ello le indicó que se fuera por la ventana y que no regresara, que ella encontraría la manera de comunicarse para avisarle cuándo podría regresar.

“Blanca acudió a tu tío. Vino a la casa con la intención de hospedarse aquí, pero al cabo de una hora vinieron hombres armados con amenazas e insultos. Recuerdo que tu Abuelo, que aún vivía, salió a entretenerlos mientras la Abuela le pedía apoyo a Nino, su compadre. Alfonso y Blanca salieron esa noche brincándose a la casa de los vecinos, pues también el terreno de atrás estaba cercado por gente armada. Durmieron en alguna casa de los padrinos de Alfonso y dos días más tarde se llevó a cabo la boda en Lagos de Moreno. Me acuerdo que fue un lunes. Habían querido casarse el domingo aquí en Aguascalientes, pero fue imposible llegar, porque cada vez que salíamos de casa, había gente siguiéndonos. Tuvimos que salir de casa poco a poco, tomando rumbos diferentes. Yo salí con tus abuelos a la iglesia donde oficiaba el Padre Bernardo. Él nos ayudó a salir por la parte de atrás y nos fuimos los tres a un rancho que en aquella época era de los Ninos.

“Llegamos a distintas horas, sin arreglarnos más de la cuenta, para no levantar sospechas. Cuando llegaron los últimos, tus tíos Isabel y Humberto, empezó la ceremonia. Sólo estuvimos los hermanos, los Ninos con una de sus hijas, el Padre Bernardo y un juez. En total las bodas civil y religiosa no debieron durar más de media hora. Mi padre abrió champaña y despedimos a los recién casados todavía con las flautas en las manos.

“De regreso en Aguascalientes encontramos la cerradura violada y la casa vuelta al revés. No quisimos dar aviso a la policía. El infierno que vivimos durante un mes, no se compara con lo que han vivido Alfonso y Blanca durante todos estos años”.

No quepo en mí del asombro. Me parece estar leyendo una novela policíaca y no puedo creer que esto haya sucedido en el seno de mi propia familia. Enciendo otro cigarro para invitar a Lucía a que continúe.

“Al cabo de más de un año supe que estaban en Hermosillo. Luego nos enteramos de que Blanca estaba embarazada y mi papá fue a visitarlos. Decidieron mudarse antes de que el niño naciera, esta vez a Culiacán. Ahí nació tu primo Alfonsito y por primera vez vivieron un período tranquilo. Tu mamá y yo llegamos a visitarlos en alguna ocasión, creo que también tu tía Luisa. Alfonso viajaba mucho a Guadalajara y en uno de esos viajes, quién sabe cómo lo encontraron y lo golpearon hasta romperle las piernas, que no lo mataban porque él era su pista para encontrar a Blanca, y en cuanto esto ocurriera, los mataban a ambos. Alfonso ya no regresó a Culiacán. Valiéndose de intermediarios, arregló con Blanca una nueva mudanza. Estuvieron en Colima. Gracias a contactos de tu Abuelo, se cambiaron los nombres y tu primo Arturo, al nacer, fue registrado con distintos apellidos a los de su hermano.

“La cosa en Aguascalientes se puso muy difícil, porque empezaron a molestar a mi padre hasta que lo secuestraron, o bueno, hoy en día se habría llamado desaparición forzada. Lo torturaron para obtener información sobre el paradero de Blanca y el bendito hombre no soltó palabra. Los doctores dijeron que ese incidente detonaría el problema cardíaco que lo que llevó a la tumba. En cuanto Alfonso y Blanca supieron sobre el secuestro, se mudaron a Tepic. Nosotros sólo sabíamos que estaban ahí, pero no teníamos más que un número telefónico. Supimos que nació Alfredo y que el padre de Blanca se convirtió en gobernador de su estado natal.

“Cuando volvieron a mudarse, esta vez a Mérida, tú abuela y yo pensamos no correr peligro yendo a verlos una vez al año. Pero al cuarto año consecutivo de nuestra visita, la familia de Blanca se enteró de dónde estaban. Alfonsito tenía 16 años. Él no quería dejar Mérida, así que decidieron arriesgarse. La decisión les salió cara, demasiado cara. Un día Alfonsito no llegó a casa. Dieron aviso a las autoridades y lo buscaron durante más de una semana. Cuando fue encontrado, Alfonso y Blanca casi no pudieron reconocer el cadáver”.

El primo casado con la extranjera se disuelve en las lágrimas que derramamos juntas, mezcla de tristeza y rencor, sentimientos nimios comparados con lo que han debido sentir mis tíos. Un escalofrío recorre mi cuerpo al comprender a qué grado Alfonso y Blanca han sido alejados con violencia de la familia y de la paz interna.

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31. Secretos familiares

“Es increíble el magnetismo de la sangre compartida que circula por cuerpos diferentes y vidas distantes”.

Desperté sin saber dónde estaba. Me tomó un momento reconocer el antiguo cuarto de Lucía.

La vista de mi tío Alfonso en el hospital me remitió a aquella llamada recibida por error en casa de la Abuela y su presencia me dejó muda, sin saber cómo comportarme ante él. No hubo necesidad de definir cómo hacerlo, pues todas sus atenciones giraban alrededor de la Abuela, mostrándose como figura fuerte.

Después de algunos días en el hospital, la llegada del tío Alfonso trajo consigo la tranquilidad de saber que la Abuela podría contar con su apoyo de regreso a casa. Nunca había visto a la Abuela sumisa, y parecía agradecer el descanso que implicaba poder confiar en las decisiones que tomaba su hijo. Se contrató a una enfermera que resultó tener experiencia en fisioterapia y rehabilitación, razón por la cual resultó lógico hospedarme temporalmente en casa de mi Abuela. Ahora ocupo el cuarto contiguo a la habitación de mi tío Alfonso, lo cual, aunado al insomnio por las noches que me ha causado la siesta después de comer, me ha permitido escuchar parcialmente conversaciones telefónicas que han develado parte del misterio en torno a la figura masculina de mi familia materna.

Comenzó la noche en que llegamos a la casa. Llevaba un buen rato acostada con la luz apagada, cuando escuché a mi tío hablando con alguien en su cuarto. Al principio me alarmé, pensando que quizá la Abuela se habría sentido de nueva cuenta mal y, de no haber sido porque mi pierna seguía inmovilizada, hubiera salido de mi cuarto, pero afiné el oído y me di cuenta de que estaba hablando por su celular. Su interlocutor era evidentemente mi tía Blanca, su mujer. Él le pedía que viajara a Aguascalientes con los hijos de ambos, que no importaba la seguridad, que estaba consiguiendo guardaespaldas que los escoltaran del aeropuerto a la casa, que no debía avisarle a nadie en el país que pasaría las fiestas navideñas aquí y que hiciera todas las compras necesarias “allá” para evitar salir de casa de la Abuela durante su estancia. Alfonso haría los trámites necesarios para que la agencia de viajes cambiara el destino que originalmente tenían planeado, por Aguascalientes. Me quedé dormida escuchando de voz de mi tío la reseña de lo que ocurría con el corazón de mi Abuela.

Al día siguiente mi mamá y mi tía Isabel pasaron la mañana en casa de su madre. Por primera vez dejaron de hablar sobre médicos y pusieron al tanto a Alfonso sobre la vida de los amigos de hace años. Cuando le preguntaron hasta cuándo se quedaría, respondió que Blanca y los hijos vendrían. El silencio que se hizo sólo fue roto por el llanto de mi madre, que se limitó a decir “es mucha la angustia que hemos vivido todos estos años”.

A la hora de la comida vinieron Luisa y Lucía, las otras hermanas. Durante la sobremesa se mencionó la llegada de la familia de Alfonso, prevista para el día siguiente, lo cual alteró de manera evidente el semblante de ambas. Aproveché un momento a solas con Lucía para preguntarle. “Tus primos y tú estaban muy chicos, y decidimos no decirles nada. Supongo que es momento de que te enteres. Cuando Alfonso y Blanca se hicieron novios, el padre de ella no estuvo de acuerdo”. Fue todo lo que alcanzó a decir. Tocaron el timbre y fue anunciada una visita para mí. Era Manolo.

Qué raro, Manolo. Me tomó completamente desprevenida, haciéndome recordar que tengo una vida además de mi familia. De alguna manera había logrado desconectarme de esa vida como preparativo para mudarme con Cometa y había permanecido ajena a todo a medida que me involucraba en la dinámica familiar. Manuel permaneció el tiempo suficiente para explicar que había hablado a casa de mis padres para felicitarlos por las fechas y así se había enterado de mi estado de salud. Después de pedir permiso para llamarme a casa de la Abuela, se despidió, dejándome con la vista clavada en mi madre y sus hermanas y con la pregunta de cuál de sus situaciones maritales viviré cuando llegue a su edad.

Hoy de nueva cuenta desperté sin saber dónde estaba. Una agitación anormal reinaba en la casa y, como pude, me incorporé y me vestí para salir a ver lo que pasaba. Dos extraños metían maletas en la habitación frente a la mía, hablando en inglés entre ellos. Esos desconocidos son mis primos. Mi mirada se cruzó con el mayor, quien, sonriendo y sin decir nada, vino a abrazarme. No sé por qué, me puse a llorar. El abrazo de uno fue precedido por el abrazo del otro y de pronto nos encontramos abrazados los tres con las mejillas húmedas de emociones. En ese momento sentí la pena mayúscula de una fractura familiar ocasionada por causas que ignoro. Es imposible poner en palabras el pesar de todos los momentos familiares que no compartimos con ellos. Al mismo tiempo es increíble el magnetismo de la sangre compartida que circula por cuerpos diferentes y vidas distantes. Supongo que algo parecido deben sentir los gemelos idénticos separados al nacer cuando se reencuentran. Quizá fue ese magnetismo lo que desencadenó los eventos siguientes tal y como se desenvolvieron.

Lejos de ir a estar con su abuela, mis primos entraron a mi habitación –o a la de mi tía Lucía-, cerrando la puerta tras de si. Habían esperado toda su vida para ello y no podían perder un minuto más sin saber qué era eso tan terrible que los había alejado de su país. En lugar de responder, les pedí explicaciones, pues siempre imaginé que ellos habían nacido ya en otro país. Me hablaron sobre la vida itinerante que llevaron sus padres por Tepic, Mérida y Guanajuato, donde crecieron. Supe también que Luisa y Lucía llegaron a pasar los días de Reyes con ellos, encuentros de los que el resto de los primos ignoramos completamente. Había muchos cabos sueltos que no lográbamos descifrar y que debieron quedar inconclusos pues hubimos de interrumpir la charla para bajar a desayunar con la familia.

Durante el desayuno la dinámica cambió. En lugar del secretismo al que estaba acostumbrada, la situación se manejó abiertamente, al menos para quienes la entendían. La tía Blanca le habló a la Abuela sobre innumerables ocasiones en que su padre los había localizado y tenían que mudarse de ciudad, y a veces de país. Así, supe que en algún pueblo Blanca se enteró de la llegada de un mexicano cuya descripción correspondía a la de un tal “Conejo”, brazo derecho de su padre. En otra ocasión, dos judiciales sentados en el mismo restaurante donde comía Alfonso levantaron sospechas suficientes para que todos los integrantes de la familia se dirigieran de inmediato al aeropuerto, sin regresar a casa, para tomar un avión rumbo al próximo país que los hospedaría. Mi Abuela escuchó tranquila y a nadie pareció importarle la recomendación del médico de evitar darle noticias abruptas.

Ahora llega mi tía Lucía cargada de globos de gas. A juzgar por la complicidad con mis primos recién descubiertos, repite lo que solía hacer la víspera de Reyes cuando ellos eran niños. Nos pide escribir un deseo y el mío se reduce a tres palabras: revelar secretos familiares. Antes de amarrarlo en mi globo, Lucía lee el papel en el que lo escribí y se limita a decirme: “Tú y yo dejamos una conversación pendiente ayer y yo sí creo en los Reyes Magos”.

30. El hospital

Durante trayecto de regreso del hospital me invadió una extraña melancolía. Llevaba diez días yendo diario a que limpiaran la herida remanente de la operación que me practicaron a raíz del choque y ya conocía a todas las enfermeras. Mi vida se había puesto en pausa cuando decidí mudarme con Cometa; asigné todas mis funciones del trabajo a una de mis primas, me di de baja en el gimnasio y hasta cancelé mi contrato del  celular, así que mis actividades se empezaron a limitar a las relacionadas con el accidente: la elaboración de formularios y cartas a ser dirigidas a la empresa aseguradora consumieron la mayor parte de mi tiempo de vigilia, además de las visitas al hospital, para las que hubimos de acondicionar la camioneta de la Nena de modo que mi pierna izquierda permaneciera extendida. Las enfermeras del turno matutino escucharon divertidas la historia de mi nombre y parecían disfrutar pronunciarlo. Con sensibilidad magistral supieron amortiguar mis emociones -que por otra parte se encontraban obnubiladas por los medicamentos-, con lo que llegué a tomarles un cariño especial en poco tiempo. La visita final, en la que me quitaron los puntos de la cirugía y limpiaron por última vez mi herida, simbolizó la despedida de ese grupo que me acogía tan afectuosamente. No era pues extraño, que en el camino a casa estuviese nostálgica. Quizá por ello no le di importancia a la llamada que recibió mi madre, quien conducía la camioneta, en la que mencionó vagamente que ya estábamos a escasos minutos de llegar.

Mi padre nos esperaba en la acera. Mi hermana y las niñas estaban con él. Le indicó a mi madre que se pasara al asiento del copiloto, sentándose él el sitio del conductor, y tomándola de las manos le empezó a explicar. La Tía Isabel había llamado un cuarto de hora atrás, avisando que la Abuela se había sentido mal. Mi madre rompió a llorar, apenas escuchando que habían llevado a la Abuela al mismo hospital que acabábamos de dejar. La Nena y sus hijas subieron a la camioneta y mi padre arrancó, sintonizando una estación de música clásica y poniendo su mano ora sobre la palanca de velocidades, ora sobre la pierna de Mamá.

La escena en la sala de espera de urgencias me hizo comprender la gravedad del asunto. Casi toda mi familia materna se encontraba ahí. Mis tías y algunas de mis primas sollozaban. Algún primo iba y venía de la máquina de café, abasteciendo a los familiares. Algún otro estaba en el celular, explicando la situación. La Abuela se había sentido mal, ante lo cual solicitó la visita de la Tía Isabel. No bien hubo llegado ésta a casa de aquélla, cuando la Abuela perdió el conocimiento. La llamada a emergencias fue precedida por los respectivos avisos al resto de la familia, exceptuando el Tío Alfonso, cuyo paradero desconocemos todos excepto quizá la Abuela, quien se encontraba inconsciente.

Los paramédicos dieron un diagnóstico anticipado: infarto. La mera mención de esa palabra detonó nuevamente el llanto de las hijas.

Lucía, la más pequeña de mis tías, entró a la sala de espera casi al tiempo en que el doctor salía a informarnos. Por encontrarme con la pierna izquierda sobre los asientos de la sala y con las muletas lejos de mi alcance, fui la única que no se acercó a escuchar que la Abuela había sido estabilizada, seguía inconsciente y pronto sería trasladada a terapia intensiva.

Al poco rato, mi cuñado llegó para llevarse a sus hijas. Los primos que faltaban fueron llegando uno a uno, hasta que la familia menos el Tío Alfonso se encontró reunida en la sala de esperas de urgencias del hospital.

Supongo que ninguno se dio cuenta de cuánto tiempo pasó. Al cabo de una eternidad el médico salió de nueva cuenta y esta vez pude escuchar claramente que ya le habían realizado un electrocardiograma que indicaba un infarto previo, que había pasado inadvertido hasta por la Abuela misma. Esta noticia alteró tanto a la Tía Isabel, que sus hijos tuvieron que llevarla a la cafetería para que se calmara. El doctor siguió explicando que la Abuela presentaba una ligera arritmia, la tenían sedada y en observación, y un solo familiar podía pasar a verla. Tocó el turno a la Tía Luisa, quien sigue a la Tía Isabel en edad, y por ende en importancia.

Al cabo de escasos minutos, la Tía Luisa salió para informar que la Abuela estaba bien. Mis primos llegaron con comida para todos. No sé cuántas cafés con sus respectivas visitas al baño pasaron entre cada aviso por parte de una enfermera para permitir que alguna de las hijas pasara a ver a la Abuela. Cuando finalmente nos avisaron que pasaría a piso, estaba bien entrada la noche.

Uno a uno fuimos pasando a verla. Algunos de los nietos se dieron por bien servidos cuando por la mañana la Abuela recobró el conocimiento y hablaron con ella, así que decidieron irse para retomar sus actividades regulares. La mayoría permanecimos ahí todo el día. Esa noche Lucía durmió –o casi- en el hospital, ante el descontento de los que queríamos permanecer al lado de la Abuela, que sólo aceptamos irnos cuando juró que nos avisaría ante el menor pretexto y organizamos una cadena de comunicación para mantenernos informados.

Al día siguiente la estancia familiar en el hospital se repitió. Se corrió la voz entre las enfermeras a las que había conocido que la abuela de Isa estaba internada y no cesaron de pasar a vernos, asegurándonos que todo estaba bajo control, que la arritmia era normal y muy leve, y que la única razón por la que la Abuela se encontraba aún hospitalizada era que los médicos preferían mantenerla bajo constante observación. Tocó el turno a mi madre de pasar la noche ahí.

Al cuarto día del infarto, los primos redujeron su presencia a unas cuantas horas. Fui la única de esa tercera generación que permaneció ahí todo el día, por causa de mi inmovilidad. Quizá fue por la misma razón que todos convinieron en que fuese yo quien pasara esa noche con la Abuela. Era por demás conveniente para mis padres y para mí que me quedara rodeada de enfermeras dispuestas a ayudarme cuando tenía que ir al baño, cambiarme la gasa o bañarme. Además yo era la única que había cancelado todos sus compromisos -previendo la partida con Cometa-, así que también esa noche dormí ahí.

A la mañana siguiente me metí a bañar con la ayuda de una enfermera. Mientras me vestía, ya sola y aún dentro del baño, escuché una voz masculina que no reconocí. De primera instancia pensé que se trataría del doctor, pero sus visitas solían ser breves y, a juzgar por el tono de su voz y el tiempo que llevaba conversando con la abuela, este hombre no parecía tener la intención de irse pronto. La lentitud a la que me obligaba mi pierna inmovilizada me permitió fantasear con la idea de que Cometa había recibido aviso sobre el accidente que tuve y la situación de la Abuela, volando en seguida para venir a verme. También pensé que podría tratarse de Manolo, único hombre con la confianza suficiente para aparecer a primer hora del día a ver a la Abuela.

Abrí la puerta del baño sin saber qué encontraría. Sentado en el sillón reclinable un hombre con cabello cano sostenía la mano de la Abuela. Aún cuando giró y vi su cara, no alcancé a comprender de quién se trataba, aunque su rostro me resultaba sumamente familiar. Nos miramos largamente, ante la mirada acuosa de la Abuela, hasta que finalmente el hombre rompió el silencio con una voz que yo había escuchado por teléfono más de diez meses atrás: ¨¿Isa? ¡Cómo has crecido! ¡Espera a que te vea tu Tía Blanca!¨.

Entonces entendí que se trataba de mi Tío Alfonso.

29. La espera

Semáforo en rojo. También en mis pensamientos debería de hacer un alto para ordenarlos. Aunque si los pongo en orden será peor, ya había decidido mejor ni pensarlo, simplemente me voy y ya. ¿Qué cara pondrá cuando se lo diga? “Cometa, sí me voy contigo.” Aunque si le digo “me voy contigo”, creerá que yo también volaré mañana a primera hora y todavía me faltan un par de semanas. ¡Ay, se me olvidó llamarle a mi prima Elisa para preguntarle de los boletos de avión! Bueno, le llamo llegando al restaurante, al fin que se me hizo temprano y tendré que esperar al Cometa.

¿Esperarlo? Igual y no está bien. Máxime si el evento es lo que pronostican las féminas de mi familia: la entrega del anillo. Qué nervios. Qué miedo. Carmela dice que no debería tener miedo, porque eso sería indicio de que Cometa no fuera “el bueno”. Su comentario no me ayudó nada ¡llevo semanas preguntándome si será el bueno, como para que encima me haga dudar más! Como dicen “quien hace, puede equivocarse, pero quien nada hace, ya está equivocado”, así que si me quedo en Aguascalientes, me equivocaré más.

¿Le digo antes, o después de que me dé el anillo? Ya sé, me espero al postre y ahí le digo. O depende de cómo lo vea. Ha esperado tanto a que tome la decisión, que tal vez sería mejor decirle de entrada. Pero que sí me espere él a mí al llegar, a fin de cuentas me ha esperado tanto que unos minutos no harán diferencia.

Además yo ya casi llego y faltan veinte minutos para la cita. Mejor me doy una vuelta y así le llamo a Elisa. ¡Ah, esta canción me gusta! Por aquí dejé el papelito con su nuevo celular… ¿dónde está? ¿Qué rechina? ¡Un coche! ¡Frena! ¡Cuidado!

¿Qué pasó? ¿Dónde, a dónde me llevan? ¡Mi bolsa! ¿Qué pasó? Sí, tuve un accidente, lo recuerdo. ¡Ay! Estoy bien. Me llamo Isa, Isa Luévano. Estoy bien, no necesito ir al hospital. ¡Ay, me duele! No, ahí no me duele ¿me están tocando? No siento nada. ¡Tengo que hacer una llamada! Pásenme mi bolsa, por favor. Tengo que hacer una llamada. Está bien, me callo para que escuchen mi corazón. Que yo sepa, no soy alérgica a ningún medicamento. Mi sangre es O RH Positivo. ¿Qué me van a inyectar? ¿A qué hospital me están llevando? Tengo… que hacer… una llama…

Llama. Flama. Las luces rojas son como flamas. Una sirena se escucha al fondo. Es música y mi corazón es la percusión. Quiero hablar. Tenía algo importante que decir, pero no recuerdo qué. Quiero hablar pero las palabras no salen de mi boca. Es como si mi cerebro se hubiera desconectado, ¡qué chistoso! Se cerraron mis ojos, tampoco obedecen la señal: “¡ábrete sésamo!”, jajaja.

Ya llegamos. Yo tenía que pensar algo, algo importante. Recuerdo que mis pensamientos eran importantes, tengo que pensarlos todos, para que no se vayan, porque son importantes. Ya llegamos.

Un dedo levanta mi párpado, claro, si mi cerebro no puede, el dedo sí. Unos brazos levantan todo mi cuerpo. Me acuestan, me muevo, viajo. Otro dedo levantando mi párpado y una lucecita deslumbrándome. Metal frío en mi pecho, estetoscopio. Abro una rendija en mis ojos. ¿Isa? Sí, Isa. Volteo hacia donde está la voz que me llama. No reconozco a nadie entre la gente con bata blanca. Me piden que mueva mis manos. Ya puedo y aprovecho para aferrarme a las asas de mi bolsa que siento entre mis dedos. Lo mismo con los pies. También puedo, pero se concentran en el izquierdo. Que lo mueva. ¡Pero si ya lo moví! Lo estoy moviendo y los doctores no parecen contentos. Me llevan a una sala, me quitan los zapatos, los aretes y la pulsera. Me preguntan si traigo cadenas. Tratan de quitarme la bolsa pero no la suelto: ahí está mi celular. Radiografía y otros estudios de gabinete, explican. Los médicos salen y yo entro en una máquina como túnel que hace ruido mientras una luz me recorre. Terminando, me llevan a una habitación donde hay otras camas, vacías. Me sacan sangre. Tengo que hacer una llamada. Que ya le avisaron a mi familia y que espere. Me dan una pastilla. No es a mi familia a quien tengo que llamar, sino al Cometa. Que me relaje y descanse. Me parece que me quedo dormida.

¿Isa? Abro los ojos. Isa, soy el Doctor Reynoso, sufriste un accidente automovilístico y te lastimaste la pierna. Te sacamos radiografías y nos indican que estás bien, pero sufriste una fractura en el fémur de la pierna izquierda. Te tenemos que realizar una intervención quirúrgica, sólo que hay que esperar a que se te desinflame la pierna para poder operarte. Tus papás ya están aquí.

Giro la cabeza y, en efecto, veo a mis papás. Mamá suelta la mano de mi padre para acercarse a mi lado. Estoy en otra habitación, la única cama es la mía. La cortina, semiabierta, deja ver la oscuridad de la noche. ¿Qué hora es? Descansa, hija. Tengo que hablarle. Ya es tarde, le llamas mañana. Pero mañana se va… Lo sé. Mi madre está afligida, no sé si por el accidente que sufrí, o porque no llegué a la cita con Cometa. Le juré que lo haría y no cumplí mi promesa. Mañana, a las siete de la mañana con cinco minutos, estará despegando en la ciudad de Aguascalientes, y nunca sabré si esta noche me daría el anillo de compromiso.

Las enfermeras me despiertan. ¿Qué hora es? Me dan una pastilla, toman mi presión, mi pulso y la temperatura. ¿Qué hora es? Las cuatro y media. ¿Es muy temprano? Le quiero hablar a Cometa y mi madre lo entiende. Le llamas más tarde. Pero ¿no estará despierto? Tiene que estar en el aeropuerto a las seis. Le llamas más tarde….

Sueño con el accidente. Todo ocurre en cámara lenta. Un rechinido llama mi atención y veo un coche frenando en el cruce, veo el semáforo que me corresponde y está en verde, significa que yo no tengo la culpa. Pienso que de todas maneras tengo que frenar y piso los pedales al fondo. Escucho un choque y siento un golpe en el cuerpo. Mi pierna está caliente y todo se oscurece.

Despierto sobresaltada. ¿Qué hora es? Mamá se acerca con el teléfono. No recuerdo el número de casa de los padres de Cometa, pero lo tengo en el celular. Mamá niega con la cabeza y me enseña el celular, con la pantalla destrozada. Marco un número y despierto a alguien. Cuelgo enseguida. Creo recordar y vuelvo a marcar, contesta un fax. Mamá me recuerda el inicio de los números de la zona donde viven. Recuerdo el número y marco. Mi corazón está acelerado.

¿Señora Cometa? ¿Isa? ¡Señora Cometa! ¿Puedo hablar con Cometa? Silencio en la línea. Isa, se acaba de ir, no quiso que lo lleváramos al aeropuerto porque era muy temprano. Lo siento, Isa, ya no te pudo esperar…

28. La vida y la muerte

Pablo revolotea frente a mí en forma de mariposa monarca. Vuela hacia el sur, como diciéndome tú qué esperas para emigrar también, hacia donde vuelan los cometas. ¿Qué me estás diciendo, Pablo, que debo dejarlo todo para ir rumbo a lo desconocido, que debo cancelar toda posibilidad de una relación futura con alguien más, alguien que nunca andaría con quien ha vivido en unión libre?

Antes de tener alas para volar, también la mariposa fue una oruga. Como yo, gusano para el que fue fácil dejar a Eduardo por Cometa. Qué cómodo se veía entonces, habiendo pasado el suficiente tiempo sin ver a mi novio como para dar la relación por terminada. Me pregunto si habría hecho lo mismo de no haber sido por la aparición de Cometa.

A Eduardo le rompí el corazón, me doy cuenta tan sólo con verlo, aunque muestre su fachada de hombre sabio capaz de comprender hasta la acción más descabellada. Ya me fui, como si en mi decisión no hubiera vuelta de hoja, y sin embargo me vuelvo a sentir en la encrucijada que viví aquel domingo en el aeropuerto en que volé con Cometa en lugar de viajar a Miami, donde Eduardo me esperaba.

Me siguió esperando aún después de confirmar, a través de varias llamadas a mis padres y a la Niña Esparza, que yo no llegaría a Miami. No sé si me espere aún. Me justifica, culpando a mi miedo al compromiso. Pero yo ya no me espero; ya no estoy dispuesta a convertirme en la Isa capaz de traicionar como si no fuera responsable de sus actos por no ver las consecuencias.

Se me vuelve a plantear la disyuntiva, pero esta vez ya no es la lúdica posibilidad de vivir una fantasía, sino que está en juego mi futuro. Qué fácil sería mariposa para simplemente volar rumbo a donde mi instinto me dicta. Pero era fácil para ti, Pablo, porque en cuanto te anunciaron que el cáncer, en tu caso, implicaba la muerte en un futuro cercano, era evidente que tenías que aprovechar el tiempo que te quedaba para casarte con Marta. Al fin y al cabo, qué tenías que perder si lo más importante, la vida, ya lo habías perdido.

Más vale que te arrepientas de lo que hiciste, Isa, que de lo que dejaste de hacer, me decías. ¿Y de qué me arrepentiría más? ¿De negarme la posibilidad de ver si funciona con el Cometa? En ese caso me quedaría en la casa que conozco y que me encanta, conservaría el empleo en el negocio familiar al que le he invertido tanto, vería a mis padres e iría cada domingo a la comida familiar en casa de la abuela, sería testigo de los centímetros que se suman al tamaño de mis sobrinas, estaría en Aguascalientes para dar la bienvenida a mis hermanos de regreso de Barcelona y Monterrey el próximo verano, tendría cerca a mis amigos y estaría abierta a posibilidades románticas con Manolo y, quién sabe, quizá con Eduardo o alguien más. De tanto en tanto aparecería Cometa, sin avisar, como si el tiempo no hubiera pasado, y entonces todo se detendría y me parecería estar viviendo un sueño. Con suerte, no me sentiría un gusano por habernos negado una posibilidad juntos.

¿Me arrepentiría más de irme con él? Cada día amanecería con el hombre al que amo; aprendería a amarlo de otra forma, trayéndolo de la fantasía a la realidad, amando sus ratos de ausencia, su gesto serio cuando me reprocha cosas que no le gustan, su nariz brillante al despertar, su manía de dejar vasos y tazas sucios por toda la casa. Me arriesgaría a descubrir que lo que siento por Cometa no es sino mero enamoramiento, que las pequeñas diferencias que tenemos son las señales que indican que en realidad no somos almas gemelas. Entonces haría las maletas y regresaría a Aguascalientes con la cara gacha. Mis padres irían por mí al aeropuerto y mis amigos no tendrían la valentía para hacerme fiesta de bienvenida, porque no se hace una fiesta después de un fracaso. Mi derrota sería equiparable a la de un divorcio. Con treintaytantos años y la reputación de ex-concubina, tendría que mudarme a otra ciudad para conseguir pareja o resignarme a ser la tía solterona de mi familia. Probablemente me sumergiría en el trabajo, volviéndome una empresaria exitosa. Pero me sabría capaz de tomar las riendas de mi propia vida, de vencer mis miedos y de jugarme el todo por el todo.

Después del funeral de Pablo, Cometa aprovechó su visita a la agencia de viajes con el fin de adelantar su vuelo de regreso, para comprarme un boleto de avión para fin de mes. Me lo entregó diciéndome con la mirada “te espero”. Diez días, eso es lo que me esperas.

Platiqué –por primera vez- con mis padres sobre la posibilidad de irme. Mi padre me hizo ver las ventajas y desventajas que ya conocía; no emite juicio, sólo me apoya en la que sea mi decisión. Mi madre no dijo nada, pero al terminar nuestra conversación fue a encender una veladora y, ante mi mirada inquisidora, explicó: “para que se te haga la luz en el entendimiento”. No supe cómo interpretar sus palabras.

Las fuerzas no me alcanzan para decidir qué rumbo quiero que tome mi vida. Ya una vez hace años no tuve la fuerza para vivir un matrimonio que me hacía titubear. Entonces opté por no tomar ninguna decisión y el destino se encargó de cancelar mi boda, conseguir para Manuel otra esposa y dejarme en libertad, tal vez para hoy tener la oportunidad de estar con Cometa. Pero quizá Cometa está destinado a ser sólo un sueño y existir como posibilidad mágica de pareja ideal.

La mariposa monarca parece flotar delante de mí unos instantes antes de volar definitivamente, dejándome con la duda de si tendré alas para ir tras ella.

27. Día de Muertos

Te voy a hablar, Eduardo, sobre Cometa. Que quede en el registro que me parece algo extraño, inconcebible de no ser por tu insistencia. Cometa era amigo de mi hermano y venía a estudiar a casa. Durante la remodelación, el cuarto de tele y el estudio ocuparon el mismo espacio, así que con frecuencia coincidíamos ahí. Como suele suceder, el tiempo de estudio era sazonado con momentos de esparcimiento en que ellos dos platicaban de todo un poco; de tanto en tanto, mi intervención era solicitada, máxime si el tema era el género femenino, pues la perspectiva de una representante del mismo era altamente apreciada.

Un día, Cometa llegó y mi hermano no estaba. Me propuso salir por un café y así lo hicimos. Desde el momento en que salí de la casa, sin ponernos de acuerdo empezamos a parodiar una comedia romántica o una cita entre adolescentes. Paseamos en su coche por el centro hablando únicamente del clima y fingiendo nerviosismo. Entrar a la cafetería fue como cruzar el umbral de la realidad, hacia la intimidad. Sólo a mi diario le había hablado con tal desnudez antes de eso. Intercambiamos sinopsis de nuestras vidas, encontrando increíbles coincidencias. Desde entonces, Cometa y yo logramos crear un espacio de confidencialidad alrededor de nosotros cada vez que nos veíamos.

Éramos cómplices logrando que petirrojos aparecieran frente a nosotros a nuestro antojo, adivinando la vida de completos desconocidos y teniendo un ritual de saludo o despedida en que se mencionaban eventos inexistentes.

El elemento entre nosotros era la imaginación, la fantasía, la magia. Gracias a ella, Cometa aparecía portando como regalo una cajita llena de luciérnagas. La terraza de algún restaurante tenía de improviso vista al mar. Cualquier terreno baldío se convertía en el escondite perfecto para estacionarnos a leer poesía. Podíamos detener el tiempo a nuestro antojo, de modo tal que para nosotros no pasara ni un minuto, mientras que para el resto pasaban horas. Pronto se hizo evidente que cuando Cometa aparecía por la casa, era para verme a mí.

Cometa fue el mejor de los amigos que jamás he tenido, mi otro yo, mi paño de lágrimas cada vez que me peleaba con Manolo y mi refugio cuando quería fugarme lejos de todo y de todos. Cometa es el lugar donde elijo estar cuando quiero estar sola.

No sé en qué momento me enamoré de él. Recuerdo que al romper mi compromiso con Manolo comencé a quedarme en la casa, un poco como consecuencia del duelo que estaba viviendo, otro tanto por haberme acostumbrado a salir con él y no tener grandes alternativas. El encierro auto-impuesto adquiría sentido a través de los cuentos que escribía para Cometa, actividad que consumía la mayor parte de mi tiempo. Tal parece que fui la última en darse cuenta de que mis días estaban consagrados a él.

Casi me parecen simultáneas la confesión de mi amor por él y el anuncio de que se mudaba a otro país. Cuando se fue, entré en crisis debatiéndome entre perseguir un sueño tras de él y conformarme con la vida que ya había establecido en Aguascalientes. Qué irónico que al cabo de un año la disyuntiva se repitiera en mi vida. Esta vez vestida de muerte. No importa cuánto la esperes, la muerte llega siempre clavándote el puñal más lacerante. Invades la habitación, cabrona, helándola, quitándonos un aliento de vida a los que estamos fuera del ataúd. Parece una ironía que escogieras precisamente el Día de Muertos para llevártelo. De camino al funeral, la ciudad entera celebra como burlándose de ti, mientras eres tú quién se burla de la gente cercana a Pablo.

¡Y nosotros que pensábamos que le quedaba al menos un mes de vida! Cometa llegó a Aguascalientes para pasar ese último mes en compañía de su mejor amigo, su casi hermano, para encontrarlo consumido en una habitación a media luz. No bien aterrizar en Aguascalientes, me pidió que lo llevara a casa de Pablo y Marta. Pablo ni siquiera fue a recibirlo a la puerta, se encontraba postrado sobre un sofá, mirando por la ventana. Así estuvo toda la semana, asombrándose ante la vida como un pequeño que por primera vez ve las hojas cayendo de los árboles, escucha el trinar de los pájaros y siente el viento pegándole en la cara. Hace exactamente una semana interrumpió el silencio de su contemplación para preguntar: “Cometa ¿qué opinas de la eutanasia?” Cometa respondió: “No mames, cabrón”. No se habló más en el resto de la tarde.

Hace dos días todos recuperamos la esperanza. Pablo amaneció lleno de energía, como hacía meses que no estaba. Quería hacer una fiesta que se redujo a recibir visitas. Era como si presintiera su muerte y quisiera despedirse de todos lleno de vida.

Anoche estuvo platicando con Cometa hasta bien entrada la noche. De la nada mencionó que sería muy triste que se muriera en diciembre ¿te imaginas a sus papás el día de Navidad? Mejor se esperaba hasta enero. Entonces habló sobre la muerte. Ahora sí estaba listo, dijo, ya no le tenía miedo. Que todos estos meses, sintiéndola cerca, había comulgado con el miedo más grande que tienen los hombres: el miedo a morir. Había pensado en todas las consecuencias que tendría su fallecimiento, todo lo que dejaba por vivir, siempre con una angustia cerrándole la garganta y una melancolía oprimiendo su pecho. Ahora ya no, como si comprendiera las razones más elevadas y estuviera listo para saltar al vacío. Las almas de Pablo y Cometa conversaron esa noche largo y tendido. Se dijeron todo lo que se tenían que decir y, cuando ya no hubo más, se fueron a dormir.

A las pocas horas Cometa se despertó con la agitación que se vivía en la casa. Marta estaba preparando una maleta mientras esperaba a la ambulancia y a los padres de Pablo. Irían al hospital, pero en el momento en que llegaron los paramédicos, Pablo hizo su última petición: quería morir en casa, en los brazos de su esposa. Así lo hizo.

Esta mañana pensaba que me estaba vistiendo de negro para ir al panteón a ver al abuelo como cada 2 de noviembre. No esperaba que mi luto cumpliría una función distinta. Todo parece apagado, como si los colores hubieran sacrificado su brillo para convertirse en tonos de gris y estar de acuerdo con los ánimos. Hasta las flores parecen emisarias de un mensaje de muerte y no de vida.

Los murmullos son apagados por el lastimero llanto de la madre de Pablo, que de tanto en tanto grita —aúlla- de dolor. Tiene razón, ninguna madre merece enterrar a su hijo. El padre y Marta lloran desconsoladamente, ella sollozando y él en silencio, como si hubiera perdido la fuerza para emitir sonido alguno. Marta a veces corre al baño a vomitar. Cometa está ausente, con la mirada perdida en el vacío y la mano sosteniendo la de la madre de Pablo, asida a él como aferrándose a la vida misma.

Marta dice que quería un hijo, pero él se negó rotundamente. Cuando ella le sugirió que podría embarazarse y que él quizá ni se enteraría, Pablo, rotundo, le dijo: “Marta, el cáncer es una enfermedad hereditaria”. No volvieron a tocar el tema.

Cometa se acerca para ver cómo estoy y a darme el recado que me mandó Pablo antes de morir: que recordara la última conversación que tuvimos. Me habló sobre la vida (su tema de conversación preferido en los últimos meses) y de las decisiones que tomamos en ella. Me incitaba a dejarlo todo e irme a vivir con Cometa. Yo le explicaba mis razones para titubear: con mi educación y en mi sociedad, es bien difícil vivir con un hombre en unión libre en vez de casada; además todo lo que me da seguridad está en Aguascalientes y dejarlo quizá sea un precio demasiado alto que pagar, porque no hay vuelta de hoja. Pensé que estaba siendo dura al decirle que tal vez la situación parecería fácil para él, que ya no tenía que preocuparse por las consecuencias de sus decisiones. El duro fue él, que dio por terminada nuestra plática diciendo: “Isa, yo me voy a morir pronto, pero me parece que tú ya estás muerta”.

26. Las cartas sobre la mesa

Mamá toca a la puerta de mi habitación. Atrás de ella viene la niña nueva cargando una charola con mi desayuno. “¿Cómo sigue ese dolor de cabeza?” Fatal. Tengo jaqueca desde hace tres días y lo único que quiero es dormir. En su mirada noto que a mi madre le da gusto poder atenderme bajo estas circunstancias; a mí, me encanta que lo haga.

Desayuno a media luz, con las cortinas cerradas y la mano de mi madre acariciando mi cabello. Suena mi celular y decido no responder. Ahora recuerdo que anoche sonó dos veces, cuando yo me acababa de dormir. Mamá interpreta mi gesto y me pasa el teléfono. Las llamadas de anoche son de Eduardo, la de hoy, de Carmen.

Tomé café con Carmen en cuanto regresé a Aguascalientes. Fue en el momento en que me pidió perdón cuando entendí que no tengo nada que perdonarle. Resulta que Carmen encontró a su alma gemela, evento digno de ser festejado para cualquier mujer de nuestra edad, excepto que el status marital del susodicho era bastante incómodo, por decir lo menos. No juzgaré y mucho menos daré detalles sobre la situación, basta con decir que el hombre, un abogado de Durango, ya está separado. Resulta que es el abogado que está llevando el divorcio de Manuel (qué chiquito es el mundo y qué diminuto Aguascalientes). Después de meses sin vernos, mi amiga y yo nos sentamos frente a un capuchino (logré resistirme ante los postres) y conversamos como si nada hubiera pasado, y no fue sino hasta terminar el primer café que aclaramos las cosas. Me encantó haber retomado su amistad; era una gran pérdida y me hacía falta desahogar con alguien mis inquietudes respecto a mudarme con Cometa. Carmen parecía una experta en relaciones amorosas cuando me explicó: “No todo es miel sobre hojuelas, pero los problemas no son señales de que no seamos el uno para el otro.”

La voz de Carmen me reconforta al otro lado del teléfono, cuando le llamo terminando de desayunar, en cuanto sale Mamá del cuarto. Que si comemos con Manuel y con su galán. Bueno, por qué no. Nos hablamos al rato para ponernos de acuerdo, porque ahorita le tengo que regresar la llamada a Eduardo. Sí, me llamó, seguro va a querer que nos veamos, porque no hemos platicado más que por teléfono. Todas las noches me llama y hablamos por horas, literalmente, pero desde que los dos regresamos a Aguascalientes sólo lo vi cuando vino, con la Niña Esparza, a traerme mis discos.

Le llamo y, en efecto, me pide que nos veamos. Para comer no puedo, pero podemos tomar café por la tarde, pero –le advierto- si sigo con dolor de cabeza, le tendré que cancelar. Propone mejor refugiarnos en una película que nos permitirá evadir la situación, aunque lo que en realidad dice es que me conviene estar cómoda en un recinto a media luz. No sé si noto algo de picardía en su tono de voz.

Cierro los ojos y me dan ganas de dormitar. Impotencia, así se llama este sentimiento. La clara sensación de no poder con la carga del día. Todo me parece una proeza: levantarme, bañarme, comer con Carmen y Manolo, hablar con Eduardo. Así de difícil me parecía ir a hablar con la Abuela. Evité hacerlo hasta que las llamadas de tías y primas se volvieron más insoportables que la presión de explicarle que me mudaría con Cometa. Ni siquiera puedo decir que me haya armado de valor, porque fue casi sin saber qué hacía que llegué a casa de la Abuela Isabel y le conté que estaba en los preparativos para mudarme a otro país y que viviría con Cometa, a quien ella conocía. Le costó trabajo entender que yo estaba hablando de unión libre. Tuve que repetirle varias veces que viviríamos juntos sin estar casados. Cuando finalmente lo entendió, abrió ojos grandes como platos y yo verdaderamente deseé que me tragara la Tierra. Pero la Abuela ladeó la cabeza, balbuceó algo sobre los cambios y los nuevos tiempos, y empezó a resolver cómo podríamos amueblar la casa sin regalos de boda. Ojalá toda la familia reaccionara tan tranquilamente.

Aún con el temor de no ser capaz de hacerlo, me meto a bañar, me visto y me arreglo. Ya arreglada, me siento frente a la computadora a arreglar pendientes de la oficina. Planeaba que mi única actividad de trabajo una vez de vuelta en Aguascalientes sería renunciar, pero tal parece que si no hago yo las cosas, no se hacen.

Es durante la comida con Carmen, su novio y Manuel que caigo en la cuenta de lo fácil que es la vida en Aguascalientes. No hace demasiado frío, la gente es amable y lo previsible de las situaciones da seguridad.

Ni siquiera el encuentro con Eduardo es tan horrible. Vemos una mala película que comentamos durante la primera etapa de la cena. Después pasamos al punto importante pero no hablamos de nada nuevo. Todo ha sido ya comentado por teléfono los pasados días. Aunque queda claro que ya no andamos, para Eduardo sigo siendo muy importante y le gustaría volver conmigo, en miras de formar una familia. No sé cómo me aguanta. Él dice que se da cuenta de que todo lo que hago es por miedo al compromiso, que lo entiende y que me tiene paciencia. Le voy a presentar a mi terapeuta, se entenderán bien. Lo que sí me mueve el tapete es su larga lista de evidencias de por qué me encuentro mucho mejor en Aguascalientes, que a diez mil kilómetros de distancia. Admito que yo misma he pensado en ello.

A distancia, parece más fácil quedarme y sólo atino a quedarme callada cuando, al regresar a casa, mi madre me pregunta si estoy segura de querer irme.