Homosexual

Dicen que para exorcizar un demonio lo primero que tienes que hacer es llamarlo por su nombre. Eso es precisamente lo que no hicimos y por eso Manolo se dejo llevar por sus demonios.

“Manuel es como es”, fue la frase con la que entendí que era homosexual. No dirían, ni entonces ni nunca, “Manuel es homosexual”. Ni siquiera usarían “gay” como eufemismo. La oración “es como es”, más que describir sus preferencias amorosas, hablaba de la incapacidad de mi familia de aceptar e integrar la orientación de mi primo.

Antes de ser capaz de nombrar en voz alta a la homosexualidad, mi tío le retiraría el habla a su hijo varón. El resto de la familia reemplazaría con silencios ciertas palabras al hablar sobre él, sobre su vida y sobre su pareja. Su ex pareja. Aquel que no cabría nunca en esas comidas familiares, en esa parte de la sociedad mexicana que aún se escandaliza al ver fotografías de la Marcha del Orgullo y está convencida de que protege a sus hijos utilizando adjetivos como “desviado”. No, señores, si quieren proteger a sus hijos, nombren a sus demonios y digan “homosexual”, “bisexual”, “transexual” con el aplomo de quien sabe que esos demonios no pueden cimbrarnos como sociedad. Esa invulnerabilidad se alcanza cuando se puede hablar de cualquier tipo de amor con la misma naturalidad. Si quieren proteger a sus hijos, acepten abierta y explícitamente todos los formatos. Nunca saben si los están protegiendo de su propio suicidio.

Querido Manuel, donde quiera que estés sé que estás bien. Que el infierno, si existe, es probablemente lo que viviste en esta vida y no a lo que te enfrentas ahora. Deseo que tu vida, pero sobre todo tu muerte, sirva como decreto para aprender a llamar a las cosas por su nombre.

 

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Libres

Querida sobrina-de-15 que se rehusa a usar brassiere:

Supe que el otro día no querías usar brassiere. Tu cuerpo exigía libertad ante unos padres que, alarmados, te impedían salir. Te mostraste firme, esgrimiste tus mejores argumentos, hasta te encaprichaste y te negaste a ceder. Al final la tolerancia ganó y accediste a encarcelar tus senos en esa prenda pudorosa. La “moral” vencía a ese grito interior que clamaba libertad.

Tal y como nos ha ocurrido a todos los que hemos pasado por la adolescencia, te debe resultar difícil comprender a tus papás. Yo trato de entender sus posturas.

Tu madre fue criada en una familia conservadora. Desde que tiene memoria escuchó a su madre indicándole que pegara las rodillas cuando se sentaba y tenía falda, que se abrochara un botón más de la blusa, que fuera pudorosa. La única vez en que -más o menos a tu edad- quiso sorprender a su familia portando un labial rojo, fue tal la furia de su padre (quien mascullaba algo sobre las “mujeres de la calle”) y tan contundente la orden de retirarse el demoníaco cosmético, que quedó encapsulada en esa imagen recatada que esgrime todavía. Aprendió a evitar los vestidos entallados, las blusas escotadas, las faldas cortas. Y aprendió a usar brassiere. A soportar las varillas oprimiendo a cada lado, camisa de fuerza que reprime el deseo de volar. Solo conoce esa sumisión y le es natural transmitírtela, inculcártela.

Tu padre asume el rol de protector de su familia. Daría su vida para evitar que te ocurriera algo malo. Hará lo que esté a su alcance para que ningún hombre piense siquiera en poner una mano sobre ti sin tu consentimiento. Y está convencido de que el contorno de tus pechos libres bajo una blusa blanca te hace vulnerable. Él, como la sociedad entera, sexualiza a tus senos. Considera que el exponerlos -siquiera insinuarlos- es una invitación al sexo. Y nunca permitiría que involuntariamente dieras pie a que un hombre ejerciera su derecho asumido.

Estamos en una sociedad que trata al cuerpo de las mujeres como un objeto -un objeto sexual- de los hombres. El atuendo, los gestos y las posiciones que adopta cada mujer se juzgan en función de su estímulo en el hombre. El largo de la falda, lo bajo del escote, la hora de permanencia fuera de casa y el usar o no un bra se interpretan como mensajes para que el hombre ejerza ese derecho que cree tener sobre nosotras. Cada día estamos expuestas a que los hombres hagan alarde de su sentido de propiedad. Así, marcando de su territorio a gritos (“piropos”), deciden por nosotras, se atribuyen la prerrogativa de darnos permiso. Y nos violan. Cada día sin nuestro consentimiento toquetean, meten mano, violentan a alguna de nosotras. Si se resiste provoca tanto enojo que es asesinada. Y se suma a la estadística de feminicidios que se iza, ensangrentada, como -desafortunado- estandarte de nuestra lucha.

Quizá lo peor (si es que hay escala de grises en esta situación) es la incomprensión de una sociedad que considera que la culpa de ser violada y asesinada puede ser de la mujer que estaba fuera a altas horas de la noche. Una sociedad que no solo está ciega ante las manifestaciones de micromachismo que se ponen en evidencia en actos cotidianos a lo largo y ancho del país, sino que también se alarma cuando alguien denuncia ese machismo. “Feminazi”, es el término que ha acuñado, encabezando las decenas de argumentos para tratar de minimizar el desequilibrio y justificar el patriarcado. Hombres y mujeres por igual se aferran a su zona de confort y defienden las únicas costumbres que conocieron y asumieron: las patriarcales.

Tus padres pertenecen a esa sociedad. Dos pechos moviéndose libremente les parecen una invitación a ser molestada. Una afrenta a su conservadurismo. Un riesgo inaceptable. Ojalá sus juicios fueran tan traslúcidos como les parecía tu blusa.

El sostén oprime tan solo a las mujeres. El quitárnoslo requiere una conciencia de género como gafas de aumento que permiten el análisis minucioso de actitudes y costumbres. Requiere una valentía afilada como sable capaz de defender las alas que claman por abrirse. Y requiere de una contundencia para dejar nuestros senos libres como metáfora de antídoto contra la inequidad, de estandarte por la vida.

Mi consejo, querida sobrina, es que ponderes el efecto que el usar o no un sostén pueda tener en tus padres y en la sociedad. Define el rol que quieres asumir en este juego de la vida y toma la decisión que sea congruente con ese rol. Finalmente defiende tu decisión a capa y espada, parada en tu trinchera, sin importar lo que el resto opine.

La mexicana arrancando el milenio

El papel de la mujer en México tiene una importancia básicamente social, como promotora de la cohesión social. La sociedad mexicana tiene como base la familia, y es precisamente la mujer la que promueve su funcionamiento. Esta participación en la familia es fundamental máxime ante la tendencia de los hombres de emigrar a los Estados Unidos de América. Es la mujer quien se queda a cargo del hogar, dando a los hijos la estabilidad psicológica del sentido de pertenencia. Es ella, además, quien contribuye a la educación a los hijos y se involucra con la salud de la familia. Será una mujer, generalmente, quien se hará cargo de los enfermos, de los ancianos, o de los lactantes de la familia.

Económicamente, el rol de la mujer cuenta por partida doble. Por un lado es la administradora del hogar, y por el otro se involucra cada vez más en el trabajo productivo fuera de casa. De acuerdo a la tendencia mundial, la mujer mexicana cumple ahora una doble jornada. Pero aunque mientras su participación en el trabajo productivo se ha visto considerablemente incrementada, no por ello su responsabilidad doméstica disminuye.

Su situación, sin embargo, es siempre de dependencia –económica- respecto al hombre. La mujer es débil, subordinada, inferior.

La Chingada

Aquel resentimiento del pueblo mexicano, tanto contra indígenas por haber permitido ser flagelados por los “gachupines”[i], como contra los españoles por su invasión, se proyecta en el lenguaje, concretamente en la ponderación de “la Chingada”.

La Chingada. Voz netamente mexicana, de origen probablemente azteca, al ser pronunciada es mucho mas que un conjunto de sonidos: es el desahogo de una angustia contenida. Para el mexicano, es imposible pronunciarla sin arrancar de su alma una emoción profunda, casi siempre de coraje, rabia.

La Chingada representa a la Madre, pero la madre violentada. La Chingada es la herida, la dominada, la rota, la destruida. Es el símbolo de la sociedad mexica, que inconscientemente es asociada con lo femenino. En México, las peores ofensas están relacionadas con la Madre: “Vete a la Chingada”, “Hijo de la Chingada”.

En cambio, la voz activa del mismo vocablo, el Chingón, tiene una connotación favorable. Un Chingón es respetado y admirado por los otros, aún cuando esté asociado con la violencia; el Chingón es el poderoso, el capaz; pero capaz de herir, de picar, de violentar. Representa el dominio del hombre español sobre la débil sociedad indígena.

Este vocablo, comúnmente usado en nuestros días, plasma la realidad del estereotipo de los géneros en México: mientras el hombre ha de ser el dominante, la mujer debe ser sumisa y obediente. Ello, lógicamente, promueve dimensiones de discriminación en varios ámbitos de la vida.

[i] voz mexicana para designar a los españoles.

Malinche, la colonizada

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La llegada de los españoles jugó un papel fundamental en la interacción de los géneros en México. A la discriminación ya existente tanto en la sociedad española como en la indígena, se sumó el factor de que los conquistadores, los dominadores, los poderosos, eran hombres.

La leyenda contaba que Quetzalcóatl, el dios de barbas y piel blanca, regresaría por el mar desde el oriente. Los indígenas, creyendo que los españoles eran los dioses que cumplían la promesa del partido, los cubrieron de presentes. Como el sacrificio de doncellas a los dioses era una práctica común y honorable, los españoles recibieron como tributo, además de oro y plata, mujeres. Este hecho, por demás está decirlo, asignó en la Nueva España el estereotipo del vencedor para el hombre, y del vencido para la mujer.

Tal y como menciona Santiago Ramírez en su libro El mexicano, psicología de sus motivaciones[i]:

”El mestizaje en nuestro país, siempre, salvo rarísimas excepciones, se encontró constituido por uniones de varones españoles con mujeres indígenas. La unión de esta mujeres con hombres españoles fue un transcultación hondamente dramática. La mujer se incorporaba brusca y violentamente a una cultura para la que no se encontraba formada; su unión la llevaba a cabo traicionando a su cultura original. Por tanto el nacimiento de su hijo era la expresión de su alejamiento de un mundo, pero no la puerta abierta a otro distinto”.

El mestizo fruto de la indígena con el español, buscaba inútilmente la aceptación del padre. La figura de la hispanidad, lo deseable, quedo inevitablemente asociada con lo masculino. La mujer simbolizaba toda la sociedad indígena reprimida, sumisa, vencida. Este estereotipo perduraría hasta darse por hecho por la sociedad mexicana.

[i] Ramírez, Santiago; El mexicano, psicología de sus motivaciones; Editorial Grijalbo; México, 1977

El incierto rol de la mujer prehispánica

Breves notas sobre el rol de la mujer en la sociedades indígenas mexicanas.

El papel de la mujer en el México actual no puede ser explicado sin tomar en cuenta sus orígenes.

Los datos que existen sobre el rol de la mujer en la sociedades indígenas mexicanas están en su mayoría filtrados por los observadores españoles, presentándose inconsistencias e incertidumbres. Así, Mendieta, Sahún y Motolinía muestran que la condición de la mujer era de sometimiento con respecto a los hombres, siendo “sistemáticamente sustraídas de todas aquellas actividades que implicaban riqueza, poder o prestigio, entre las que puedo mencionar al sacerdocio, el comercio , la guerra” [i], al mismo tiempo otras fuentes como el Códice Boturini muestra a Chimalma, una mujer, como parte de la comitiva del dios Huizilopochtli, formando junto con tres varones parte del grupo de sacerdotes guardianes.

Entre los aztecas, las mujeres eran el pivote social. Las actividades de la sociedad se desarrollaban en torno a la familia, y la mujer era el motor de ésta, por lo que su importancia radicaba, más que en el estatus de autoridad reconocida, en su carácter de indispensable para el funcionamiento de la vida cotidiana.

Aparentemente es un hecho que la mujer azteca era subordinada respecto al hombre. Eran educadas para servir, adorar, respetar y obedecer a su marido, según afirma Mendieta. Debía ser pasiva y sumisa, y no tomaba decisiones sobre su propia vida, máxime si pertenecía a la clase alta.

La mujer noble, de la clase de los pipiltin, compartía con el hombre noble privilegios como la posibilidad de heredar tierras. Al mismo tiempo, le era exigido mantenerse virgen hasta el matrimonio, se obediente, recatada y honrada. Mientras era soltera, la mujer permanecía bajo la custodia del padre, y al casarse pasaba a estar bajo la autoridad del marido. Mientras el hombre podía no ser casto previo al matrimonio, a la mujer se le exigía inclusive la fidelidad aún después de muerto el marido. Algunas doncellas podían ingresar al servicio en el templo, siempre excluídas de los privilegios del sacerdocio.

La mujer del pueblo, de la clase de los macehualtin, debía pagar tributo –tal y como lo hacía el hombre de su clase- con el agravante de la explotación sexual. Su participación económica no se limitaba a las labores agrícolas, sino al trabajo de hilado y costura necesario para vestir a su familia, además del trabajo como doméstica en las casas señoriales. También se le exigían recato, obediencia y honestidad, pero las exigencias sexuales no eran equivalentes a las de la clase dominante: la prostitución, por ejemplo, les era permitida y en algunos casos hasta impuesta. El estrato más bajo en la escala social, lo ocupaban las esclavas. Caían en este rango por deudas, por captura de guerra o por voluntad propia o familiar. Los esclavos eran tratados como propiedad del amo, mercancía que podía ser vendida, rentada o destruida por éste.

El rol que jugaron las mujeres antes de la Conquista explica, efectivamente, parte del comportamiento social actual. Dista mucho, no obstante, de ser el deseado por los ideales de equidad que prevalecen en el nuevo milenio. Lejos de acotar el margen de acción de las mujeres, que sirva como punto de partida del cual nos alejamos exponencialmente, hacia ese futuro en que el género pueda implicar alguna diferencia, pero nunca alguna desventaja.

[i] Rodríguez, María; La Mujer Azteca; Universidad Autónoma del Estado de México; 1991

Los valores de mi familia

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Anoche vino a cenar un amigo. Un amigo gay. (Normalmente no lo mencionaría más de lo que haría explícita la heterosexualidad de alguien, pero su preferencia sexual es relevante para la historia). Mis hijos lo adoran así que Totó, mi primogénito de 6 años de edad, lo invitó a regresar el sábado próximo. Él declinó explicando que tiene la boda de Fulanita. “Se casa con Sutanita”, me actualizó. “Sutanit-O”, creyó corregir Totó. “Sutanita”, aclaró nuestro visitante, “es una mujer”. Totó abrió los ojos grandes como platos. “¿ES UNA NIÑA? Pero ¡no se pueden casar niña con niña!”.

Aquí cabe aclarar que yo me considero una madre liberal. Uno de los temas en mi agenda formativa es, como puede esperarse, el inculcar la aceptación y el respeto a las diferentes preferencias sexuales, identidades y expresiones. Toda la “ideología de género”, vaya. A la menor provocación inserto algún discurso invalidando a los estereotipos sociales relacionados con el género. Me enorgullezco de que Totó tomara clases de ballet y tenga una muñeca llamada “Lucy”, y Conchetina adore a los dinosaurios y sea feliz jugando en la pista de coches con su hermano. Pero siento que estoy luchando contra un sector de la sociedad que influye en mis hijos más de lo que yo quisiera. Recientemente, enfrentada ante negativas de usar guayabera por encontrarla demasiado afeminada o afirmando que “el rosa es de niñas”, temo estar perdiendo la batalla con Totó. (Y eso en el marco de una familia liberal, ¡qué esperanzas de inculcar el respeto y la tolerancia a los hijos de familias conservadoras como las que respondieron a la marcha convocada por el Frente por la Familia, o como se llame!). No me queda más que la única opción que considero viable: seguir luchando.

“Sí se pueden casar niña con niña o niño con niño, Totó”, expliqué con voz monótona y casi derrotada. “Hay niñas a las que les gustan las niñas y niños a quienes les gustan los niños”, explicó mi amigo. Totó entonces unió los puntos. “¿A TI TE GUSTAN LOS NIÑOS?”, le preguntó. “Sí, Totó, a mí me gustan los niños”, respondió nuestro amigo con la mayor honestidad.

Totó entonces lo miró a los ojos y pidió, “¿te puedes parar, por favor?”. Él se puso de pie mascullando un chiste sobre el escenario de ser corrido de mi casa. Totó dio un salto, le echó los brazos al cuello y plantó en su mejilla sonoro beso, sin decir una palabra.

Ese sencillo gesto se convirtió en la metáfora de una sociedad que abraza a la comunidad LGBT. Totó tuvo la única reacción que considero aceptable ante una manifestación de una preferencia sexual diferente a la suya: la de una muestra de un cariño inmune a prejuicios sociales contra el objeto de ese cariño. Fue la evidencia de una batalla ganada y la esperanza de que poco a poco, familia a familia, sean estos los valores que predominen en la sociedad, porque ésa es la sociedad que quiero para mis hijos.