Afiliación política

Cuando en primaria me enfrenté por primera vez al contexto de una elección presidencial, mi lógica era apostarle a la experiencia: aseguré categórica que yo votaría por el partido en el poder. (Mis padres, quienes votarían por la oposición, atinadamente apoyaron mi decisión).

En mis siguientes elecciones presidenciales me topé en las urnas con una propuesta que encontré maravillosa. Un partido enarbolaba al planeta como estandarte. En ese momento sentí lo más parecido a la afiliación, un estremecimiento recorrió mi cuerpo con la certeza de que yo misma quería apoyar tan digna causa. Afortunadamente para cuando tuve edad suficiente para votar, también tuve la conciencia para no votar por el Partido Verde.

Años más tarde, durante la candidatura de Colosio un amigo, priísta de hueso colorado, me invitó a participar en un programa de radio. Acepté con una condición: no podía decir al aire mi nombre completo sino tan sólo mi nombre de pila, pues aunque creía firmemente en la propuesta de Colosio, me rehusaba a ser vinculada directa o indirectamente con el PRI. Al presentarme en el primer episodio del programa José Alfonso me dio una lección de compromiso: mencionó nombre, apellido paterno y apellido materno con impecable dicción. El programa era del grupo ciudadano que apoyaba a Colosio, gracias a lo cual mi reputación como apartidista se mantuvo intacta.

Entre más conozco a los partidos políticos en México más siento un magnetismo inverso, de ese que repele en vez de atraer. Mi afiliación política es la no afiliación.

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