Malinche, la colonizada

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La llegada de los españoles jugó un papel fundamental en la interacción de los géneros en México. A la discriminación ya existente tanto en la sociedad española como en la indígena, se sumó el factor de que los conquistadores, los dominadores, los poderosos, eran hombres.

La leyenda contaba que Quetzalcóatl, el dios de barbas y piel blanca, regresaría por el mar desde el oriente. Los indígenas, creyendo que los españoles eran los dioses que cumplían la promesa del partido, los cubrieron de presentes. Como el sacrificio de doncellas a los dioses era una práctica común y honorable, los españoles recibieron como tributo, además de oro y plata, mujeres. Este hecho, por demás está decirlo, asignó en la Nueva España el estereotipo del vencedor para el hombre, y del vencido para la mujer.

Tal y como menciona Santiago Ramírez en su libro El mexicano, psicología de sus motivaciones[i]:

”El mestizaje en nuestro país, siempre, salvo rarísimas excepciones, se encontró constituido por uniones de varones españoles con mujeres indígenas. La unión de esta mujeres con hombres españoles fue un transcultación hondamente dramática. La mujer se incorporaba brusca y violentamente a una cultura para la que no se encontraba formada; su unión la llevaba a cabo traicionando a su cultura original. Por tanto el nacimiento de su hijo era la expresión de su alejamiento de un mundo, pero no la puerta abierta a otro distinto”.

El mestizo fruto de la indígena con el español, buscaba inútilmente la aceptación del padre. La figura de la hispanidad, lo deseable, quedo inevitablemente asociada con lo masculino. La mujer simbolizaba toda la sociedad indígena reprimida, sumisa, vencida. Este estereotipo perduraría hasta darse por hecho por la sociedad mexicana.

[i] Ramírez, Santiago; El mexicano, psicología de sus motivaciones; Editorial Grijalbo; México, 1977

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El incierto rol de la mujer prehispánica

Breves notas sobre el rol de la mujer en la sociedades indígenas mexicanas.

El papel de la mujer en el México actual no puede ser explicado sin tomar en cuenta sus orígenes.

Los datos que existen sobre el rol de la mujer en la sociedades indígenas mexicanas están en su mayoría filtrados por los observadores españoles, presentándose inconsistencias e incertidumbres. Así, Mendieta, Sahún y Motolinía muestran que la condición de la mujer era de sometimiento con respecto a los hombres, siendo “sistemáticamente sustraídas de todas aquellas actividades que implicaban riqueza, poder o prestigio, entre las que puedo mencionar al sacerdocio, el comercio , la guerra” [i], al mismo tiempo otras fuentes como el Códice Boturini muestra a Chimalma, una mujer, como parte de la comitiva del dios Huizilopochtli, formando junto con tres varones parte del grupo de sacerdotes guardianes.

Entre los aztecas, las mujeres eran el pivote social. Las actividades de la sociedad se desarrollaban en torno a la familia, y la mujer era el motor de ésta, por lo que su importancia radicaba, más que en el estatus de autoridad reconocida, en su carácter de indispensable para el funcionamiento de la vida cotidiana.

Aparentemente es un hecho que la mujer azteca era subordinada respecto al hombre. Eran educadas para servir, adorar, respetar y obedecer a su marido, según afirma Mendieta. Debía ser pasiva y sumisa, y no tomaba decisiones sobre su propia vida, máxime si pertenecía a la clase alta.

La mujer noble, de la clase de los pipiltin, compartía con el hombre noble privilegios como la posibilidad de heredar tierras. Al mismo tiempo, le era exigido mantenerse virgen hasta el matrimonio, se obediente, recatada y honrada. Mientras era soltera, la mujer permanecía bajo la custodia del padre, y al casarse pasaba a estar bajo la autoridad del marido. Mientras el hombre podía no ser casto previo al matrimonio, a la mujer se le exigía inclusive la fidelidad aún después de muerto el marido. Algunas doncellas podían ingresar al servicio en el templo, siempre excluídas de los privilegios del sacerdocio.

La mujer del pueblo, de la clase de los macehualtin, debía pagar tributo –tal y como lo hacía el hombre de su clase- con el agravante de la explotación sexual. Su participación económica no se limitaba a las labores agrícolas, sino al trabajo de hilado y costura necesario para vestir a su familia, además del trabajo como doméstica en las casas señoriales. También se le exigían recato, obediencia y honestidad, pero las exigencias sexuales no eran equivalentes a las de la clase dominante: la prostitución, por ejemplo, les era permitida y en algunos casos hasta impuesta. El estrato más bajo en la escala social, lo ocupaban las esclavas. Caían en este rango por deudas, por captura de guerra o por voluntad propia o familiar. Los esclavos eran tratados como propiedad del amo, mercancía que podía ser vendida, rentada o destruida por éste.

El rol que jugaron las mujeres antes de la Conquista explica, efectivamente, parte del comportamiento social actual. Dista mucho, no obstante, de ser el deseado por los ideales de equidad que prevalecen en el nuevo milenio. Lejos de acotar el margen de acción de las mujeres, que sirva como punto de partida del cual nos alejamos exponencialmente, hacia ese futuro en que el género pueda implicar alguna diferencia, pero nunca alguna desventaja.

[i] Rodríguez, María; La Mujer Azteca; Universidad Autónoma del Estado de México; 1991

Los valores de mi familia

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Anoche vino a cenar un amigo. Un amigo gay. (Normalmente no lo mencionaría más de lo que haría explícita la heterosexualidad de alguien, pero su preferencia sexual es relevante para la historia). Mis hijos lo adoran así que Totó, mi primogénito de 6 años de edad, lo invitó a regresar el sábado próximo. Él declinó explicando que tiene la boda de Fulanita. “Se casa con Sutanita”, me actualizó. “Sutanit-O”, creyó corregir Totó. “Sutanita”, aclaró nuestro visitante, “es una mujer”. Totó abrió los ojos grandes como platos. “¿ES UNA NIÑA? Pero ¡no se pueden casar niña con niña!”.

Aquí cabe aclarar que yo me considero una madre liberal. Uno de los temas en mi agenda formativa es, como puede esperarse, el inculcar la aceptación y el respeto a las diferentes preferencias sexuales, identidades y expresiones. Toda la “ideología de género”, vaya. A la menor provocación inserto algún discurso invalidando a los estereotipos sociales relacionados con el género. Me enorgullezco de que Totó tomara clases de ballet y tenga una muñeca llamada “Lucy”, y Conchetina adore a los dinosaurios y sea feliz jugando en la pista de coches con su hermano. Pero siento que estoy luchando contra un sector de la sociedad que influye en mis hijos más de lo que yo quisiera. Recientemente, enfrentada ante negativas de usar guayabera por encontrarla demasiado afeminada o afirmando que “el rosa es de niñas”, temo estar perdiendo la batalla con Totó. (Y eso en el marco de una familia liberal, ¡qué esperanzas de inculcar el respeto y la tolerancia a los hijos de familias conservadoras como las que respondieron a la marcha convocada por el Frente por la Familia, o como se llame!). No me queda más que la única opción que considero viable: seguir luchando.

“Sí se pueden casar niña con niña o niño con niño, Totó”, expliqué con voz monótona y casi derrotada. “Hay niñas a las que les gustan las niñas y niños a quienes les gustan los niños”, explicó mi amigo. Totó entonces unió los puntos. “¿A TI TE GUSTAN LOS NIÑOS?”, le preguntó. “Sí, Totó, a mí me gustan los niños”, respondió nuestro amigo con la mayor honestidad.

Totó entonces lo miró a los ojos y pidió, “¿te puedes parar, por favor?”. Él se puso de pie mascullando un chiste sobre el escenario de ser corrido de mi casa. Totó dio un salto, le echó los brazos al cuello y plantó en su mejilla sonoro beso, sin decir una palabra.

Ese sencillo gesto se convirtió en la metáfora de una sociedad que abraza a la comunidad LGBT. Totó tuvo la única reacción que considero aceptable ante una manifestación de una preferencia sexual diferente a la suya: la de una muestra de un cariño inmune a prejuicios sociales contra el objeto de ese cariño. Fue la evidencia de una batalla ganada y la esperanza de que poco a poco, familia a familia, sean estos los valores que predominen en la sociedad, porque ésa es la sociedad que quiero para mis hijos.

Afiliación política

Cuando en primaria me enfrenté por primera vez al contexto de una elección presidencial, mi lógica era apostarle a la experiencia: aseguré categórica que yo votaría por el partido en el poder. (Mis padres, quienes votarían por la oposición, atinadamente apoyaron mi decisión).

En mis siguientes elecciones presidenciales me topé en las urnas con una propuesta que encontré maravillosa. Un partido enarbolaba al planeta como estandarte. En ese momento sentí lo más parecido a la afiliación, un estremecimiento recorrió mi cuerpo con la certeza de que yo misma quería apoyar tan digna causa. Afortunadamente para cuando tuve edad suficiente para votar, también tuve la conciencia para no votar por el Partido Verde.

Años más tarde, durante la candidatura de Colosio un amigo, priísta de hueso colorado, me invitó a participar en un programa de radio. Acepté con una condición: no podía decir al aire mi nombre completo sino tan sólo mi nombre de pila, pues aunque creía firmemente en la propuesta de Colosio, me rehusaba a ser vinculada directa o indirectamente con el PRI. Al presentarme en el primer episodio del programa José Alfonso me dio una lección de compromiso: mencionó nombre, apellido paterno y apellido materno con impecable dicción. El programa era del grupo ciudadano que apoyaba a Colosio, gracias a lo cual mi reputación como apartidista se mantuvo intacta.

Entre más conozco a los partidos políticos en México más siento un magnetismo inverso, de ese que repele en vez de atraer. Mi afiliación política es la no afiliación.