Detén el tiempo

tiempo - 1.jpgEspera, detén el tiempo.

no dejes que se lleve esto.

Mañana no serás caricia de sol

ni brisa de viento.

Quiero ser siempre espuma de mar

que toca el cielo.

Espera, detén el tiempo.

Sé siempre el atajo a mí,

vuelo eterno.

¿Cómo se pausa por siempre un beso?

¿Cómo me quedo aquí

en tu Destino?

Te suplico, detenlo.

He de estar siempre en ti

sólo así vivo.

Espera, detén el tiempo.

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Cómo ausencias

Te abrazo con la mente
pues el hueco entre nosotros
me impide alcanzarte
Mira cómo faltas
como ausencias
como hoyas
cómo vacías
Porque tu falta es verbo
que no se siente sino corroe
me ahueca
impasible
Te beso en el abismo
de esta distancia
que anega mi alma
Regresa pronto
porque tu ausencia
me traga.

Catarina

No sé cómo llegó una catarina a mi interior.
Se movía despacito como esperando a que algo pasara
pero ya estaba pasando

El efecto que aún tienes sobre mí

Es ridículo

que después de tanto tiempo

aún mis pómulos se aneguen

haciendo eco a tu nombre.

Tintero

En el tintero quedaron

esos pasos que no diste

cuando sin ti mi despegue

fue caída.

En el tintero aún quedan

esas noches prometidas,

esos sueños compartidos,

esa vida.

Queda la que estaba escrita:

nuestra historia.

 

Distancia

“…gotas minúsculas de mar que salpican todo al estrellarse en la orilla y que seguramente llegan hasta mis ojos porque de otra manera no puedo explicar que estén tan llenos de agua que se derraman…”

A lo lejos escucho una melodía. Al menos eso parece. Pensándolo bien, deben ser nuestros recuerdos entrelazándose. Cuando sólo son memorias no ocurre eso, pero cuando se combinan las historias de lo que pudo haber sido imaginadas simultáneamente por dos almas que se encuentras a decenas de miles de kilómetros, se genera una sinfonía que exhala al viento en ese risco tan lleno de verdor y tan a punto de suicidarse en el abismo.

El mar rompe contra las rocas. Choca, enfurecido, como queriendo desahogar el enojo que aún guardamos. Enojo con nosotros, contigo, conmigo, por no haber construido las historias que queríamos. Esa cobardía que nos rodeaba como las gotas minúsculas de mar que salpican todo al estrellarse en la orilla y que seguramente llegan hasta mis ojos porque de otra manera no puedo explicar que estén tan llenos de agua que se derraman al compás de mis exhalaciones al compás de la melodía que se escucha a lo lejos.

El aire helado me envuelve. Es el frío de tu ausencia, de la distancia, de lo que nunca fue. Es el vacío del arrepentimiento que después de una sacudida me deja inerte, incapaz de dar un paso, de continuar un día más con vida.

Después de eso la nada. El sinsentido. Más que el fin, la determinación de dar marcha atrás aún antes del inicio. La vacuidad como el hoyo negro de la vida.

Un rayo de luz afilado para ensartar en el mismo tiempo y espacio lo que susurrábamos el uno al otro desde el extremo opuesto del mundo. Para que queden ensambladas como eslabones nuestras palabras y para habernos soñado simultáneamente. Para vibrar con las ondas del océano y ser capaces de trasladarnos hasta siempre, aún a la distancia.

 

 

Metamorfoseando

Cada vez soy más gato y menos humano. Después de dormir 31 horas casi ininterrumpidamente, la semejanza que guardo con mis compañeros de casa no puede pasar desapercibida. La pupila se me ha alargado y he de confesar que los bigotes y las cejas me crecieron y se pusieron blancos. Cuando estoy contenta emito una especie de ronquido que es sin duda un ronroneo.

La vida me parece demasiado buena para hacer algo mas que comer, dormir y si acaso asearme. No me preocupa estar cubierta de pelo, tener el vientre flácido o admitir mi egoismo con socarronería. No cabe duda: cada día soy más gato y menos humano.