Estío

Entras al cabo de un rato rondando mi ventana. Yo finalmente he caído rendida, cansada de esperarte, acalorada y deseosa de ti. La piel (toda la piel de mi cuerpo desnudo que yace sobre la cama) se me eriza en una reacción pavloviana al percatarme de que has llegado. Te acercas en silencio y mueves suavemente mi cabello como si tocaras cuerdas de arpa que activan el placer y el deseo.

Susurras a mi oído palabras que me resultan incomprensibles pero que vuelven a erizarme en un preludio a lo que sigue. Te percibo en mi nuca y te conviertes en el músico que activa una sinfonía de sensaciones, cada milímetro una distinta, todas conformando la melodía que me mueve. Arqueo la espalda. Involuntariamente la arqueo y mis piernas se extienden, se separan ligeramente, te invitan.

Tomas tu tiempo para recorrer, para reconocer, mis surcos y recovecos. Mi cuello se vuelve tierra sacra a la que besas con devoción. Escalas con paso suave pero constante mi hombro, cumbre que parecía haber sido inexplorada (a juzgar por lo nuevas que me resultan las sensaciones). Ahí se desprenden, como si fueran pirotecnia lanzada desde esa cima y que al estallar abarca todo el escenario, los olores especiados de historias antes vividas.

Mi rostro gira hacia donde estás. Mis labios se separan. Inhalo como queriendo llenarme de ti, deseándote cerca, necesitándote dentro. Abro los ojos y entonces eres manantial que me invita a acercarme lentamente, suavemente, ponderando cada paso como quien sabe que la tierra podría hundirse bajo sus pies sin previo aviso, hasta que finalmente siento en mis labios -y mi nariz confirma- que he llegado a mi destino. Y bebo de ti, bebo acariciándote con la lengua, rodeándote con los labios, inundándome en tu olor. Me sumerjo en pliegues y redondeces, me encumbro y desciendo suavemente para abarcarte todo, para saciar mi sed en ti.

Perlas de sudor dejan constancia de que me he vuelto fuego anhelante, fuego que crepita, se retuerce hacia ti buscando su alimento. Fuego que reconoce a la contraparte sin la cual no puede subsistir.

Abro mis brazos, separo mis piernas, suplico con un suspiro que me cubras toda, primero por fuera, pero también por dentro porque me quemo toda.

Entonces, justo entonces, entras con toda intensidad y te desbocas sobre mí. Somos a la vez jinete y montura. Giro sobre mi vientre y el tiempo se burla de mí. Me desoriento con el regocijo de quien baja de una montaña rusa.

Pero intempestivamente cesas. Miro a mi alrededor como buscándote, encontrando sólo mi cuerpo húmedo anhelante, topándome de bruces con el tremendo calor que me remite a ti. Me doy cuenta de que te has ido. Así que me adormezco anhelando tu regreso, ráfaga de viento.

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Palomazo

Una cena en un bistrot parisino, chez Colette, donde los músicos de jazz de la ciudad llegan a palomear. La decoración navideña de quién sabe qué año aún asoma, discreta, atrás de la puerta. La dueña te da una cerveza para que se la pases al comensal de allá. Su perro deambula entre las mesas tan indiferente al bullicio como la lavadora que estorba un poco el paso para entrar al baño.
La cena es la más maravillosa que hayas probado en mucho tiempo. O quizá sea la música, ésa que te traslada en el tiempo y en el espacio hasta que te conviertes en alguien más y estás viviendo una vida ajena, prestada, que te encanta.

Una tristeza larga

Tejo una tristeza

       larga como noche en invierno.

Lloro, gota a gota,

       letras que amortigüen tu partida.

Envejezco

       para no haber pasado una vida sin ti.

Y muero un poco,

       un mucho,

              ¡un todo!

porque al irte me llevaste

y me dejaste sin ti,

       pero también sin mí.

Apenas capítulo cuatro

Apenas capítulo cuatro y ya estoy enamorada del autor. Total, completa y perdidamente enamorada.

Leo mientras camino, como todas las mañanas, rumbo al mejor café de la zona. Leo mientras saludo al señor Faustino, que vive en un colchón a dos locales de la cafetería. Tan embelesada estoy con la lectura, que apenas me percato de su ausencia. Estará en el camellón, a donde a veces camina con esos pasitos pequeños que amenazan su estabilidad. Su edad es incierta. Si alguien insistiera en saberla, me aventuraría a adivinar: “ya grande”. Y por qué no se va a un asilo, no, pa’ qué, pos sí ¿verdad?, pa’ qué. Si aquí está tan bien. Excepto hoy, que no está.

Compro una cajetilla de cigarros. ¿Por qué lo hago? Yo no fumo. No lo sé, hoy fumo. Eso sí, compro los más ligeros, ultra ligeros. Vacíos. Remedo de cigarrillo. Habría dado lo mismo comprar cigarros de chocolate. Mi sobrepeso reclama desde lo ajustado del pantalón: no daba lo mismo, qué bueno que no fueron de chocolate. Mi garganta reclama en medio de una exhalación, habría sido mejor que fueran de chocolate, porque además ni fumo. No la escucho. Hoy no doy cabida a la lógica. Sólo a las emociones.

Me enamoro de la voz al otro lado del teléfono, del niño que conduce el auto blanco, de mi profesor y del vecino. Del mensaje en mi celular: “solo, llorando por quien no tengo…”. Por quien no tienes…Llorando por quien no tienes. Me enamoro de tu llanto y del vacío que lo provoca. Así que sí eres capaz de llorar, aunque seas hombre. Cómo no enamorarme, si eres capaz de llorar.

Yo no lloro por no tenerte, porque de alguna forma te tengo. Te tengo en el lugar donde cabe ese enamoramiento por ti, aún sin conocerte. Me basta seguir leyendo para confirmarme enamorada.

Capítulo cuatro. Hace cuánto que no me enamoraba así.

Desde que tocaba tu boca, con un dedo tocaba el borde de tu boca, de memoria dibujo tu boca y jugamos al cíclope. Cómo no enamorarme jugando al cíclope, con bocas llenas de peces. Desde Rayuela que no me enamoraba así.

No me daba permiso de enamorarme. Sólo me permitía verdaderamente amar. Pero cómo no enamorarme ahora. Cómo no enamorarme entre planeadores y encuentros fortuitos. Cómo no enamorarme leyendo tus pensamientos, y más aún, tus sentimientos.

Te releo, y es como si te descubriera por primera vez. Experimento la misma sorpresa de descubrir a alguien con la vaga sensación de ya saber lo que estoy encontrando.

Entre párrafo y párrafo aparecen en algún lugar de mi memoria episodios sobre mis encuentros con gente que se volvió importante ¿o era importante desde antes de conocerla? Siempre tuve la misma sensación de libro ya leído en que había olvidado lo que pasaría, y conforme lo descubro, lo reconozco. Película ya vista. Persona ya conocida.

Ya la conoces, así acaba el capítulo dos. Ya conoces a tu alma gemela. Ya la conozco, y en silencio lloro por quien ya tengo, y entre sollozos me parece que no está. Como el señor Faustino, a quién tengo y no está. Como la elección de ser no fumadora, que hoy parece nunca haber existido. Como la exclusividad al amor, que no daba paso al enamoramiento. ¿Dónde está el amor, el no fumar, el señor Faustino? ¿Dónde está mi alma gemela? ¿Dónde has estado siempre?

En el capítulo cuatro.

En la otra esquina. La vida que comienza en la otra esquina, la otra esquina que está a miles de kilómetros, allá, con vista al mar. Como la terraza del restaurante. Sereno y luz de velas. Tu olor impregnado en mi piel. Conversación sincronizada ¿lo dije yo o lo dijiste tú? Empatía que congela al tiempo. O lo acelera. Así como acelera al corazón. Al menos hoy, que estoy enamorada. ~