3. La llegada del Cometa

Siempre llega de la forma más inesperada. Diría que también en el momento en que menos me lo espero, pero debo admitir que todo el tiempo estoy esperando recibir noticias suyas. Sólo ocurre de vez en cuando, como el paso de un cometa.

Omitiré su nombre, no sé por qué prefiero no mencionarlo. Tal vez todo lo relacionado con él tenga aún (al cabo de tantos años) una carga emocional tan fuerte, que no puedo manejarlo directamente. Me parece que lo llamaré, simplemente, “El Cometa”.

“El Cometa” aparece hoy por mensajería: un sobre que abro precipitadamente. Pudiendo usar el teléfono, el correo electrónico o cualquier medio convencional, tuvo que haber elegido uno que me sorprendiera. Me enoja pensar en que sea una entrega original; su originalidad es una más de las razones para amarlo, y quisiera más bien encontrar las razones para dejar de amarlo. Por supuesto que me sentí halagada al recibir el envío aquel.

La nota (pues más que carta es una nota) es una cita para cenar en el Quinta Real a las ocho. Se disculpa por no pasar a recogerme, pero —lo sé bien- vendió su coche para mudarse al extranjero, así que nos veremos allí. Ni siquiera dudo en ir. Nunca he podido negarme. A veces me parece que “El Cometa” fuera un titiritero que moviera los hilos de mi voluntad.

Así los movió el día de la inauguración de este portal. Estaba yo lista, arreglada, en la puerta del lugar, cuando sonó mi celular. Casi no escuchaba y tuve que regresar al coche para evitar el ruido. La voz de “El Cometa” me sorprendió con un saludo tan casual como si nos hubiéramos visto la víspera. Se encontraba en un aeropuerto a miles de kilómetros de distancia, listo para tomar un vuelo rumbo a la Ciudad de México, pues tenía que regresar a arreglar su visa antes del plazo de tres meses en aquel otro país.

Antes de que yo acabara de recuperarme del asombro, él hizo cálculos sobre la hora de su aterrizaje y el tiempo que me tomaría desplazarme al aeropuerto del DF; tomando en cuenta su paso por migración y aduana, yo llegaría justo a tiempo para recibirlo. Nada más lejos de mis planes originales.

Probablemente la única razón no catalogada como “de fuerza mayor” que me hubiera impedido entrar a la tan esperada inauguración, hubiera sido esa llamada de “El Cometa”, y así lo fue. Sin dar explicaciones por miedo a llegar tarde, viajé de Aguascalientes a México, recreando en el camino la llamada de “El Cometa”, ocurrida justo en el instante en que iba a entrar. Había sido un momento digno de película, novela o sueño. No cabe duda que, a veces, la realidad supera la fantasía.

Fue un trayecto de lo más emotivo, entre los nervios de verlo, el regocijo de ir muy bien arreglada y la ironía de llevar menos de una semana recuperada de la depresión en la que me hizo caer su partida. Me hubiera gustado que nuestro encuentro fuera tan novelesco como su llamada, y no fue así. Yo me comporté inexplicablemente seria y él, en vez de invitarme a cenar, me pidió que lo llevara a la cena de bienvenida que le habían preparado. Ni siquiera quise acompañarlo, tanto coraje me dio.

Se quedaría algunos días en México para arreglar la visa, pero nos veríamos el fin de semana. Al día siguiente me llamó para avisarme que su familia tenía planeado un viaje a la playa, así que posponía nuestro encuentro. Ya no quise quedarme en México y el mismo sábado emprendí el regreso, manejando a duras penas entre lágrimas y sollozos.

 Por eso cuando, una semana más tarde, Eduardo me llamó para invitarme a salir, accedí sin pensarlo. Normalmente no lo hubiera hecho, porque me llamó el mismo día y porque llevaba meses desaparecido. La justificación del robo del celular era buena, pero bajo circunstancias normales no habría sido suficiente. Le habría inventado que ya tenía compromiso y hubiera agradecido exageradamente la llamada, para que no pensara que lo estaba bateando. Sin embargo, ese día yo era una hembra herida, necesitada de venganza. Eduardo era el hombre perfecto para hacerme olvidar a “El Cometa”, al menos durante un par de horas.

De hecho Eduardo era el hombre perfecto para muchas cosas. Me gustó tanto en el momento en que lo vi, que he vivido miles de fantasías románticas con él, todas en torno al amor a primera vista. Aquel día acompañé a Carmela, una amiga que canta “jingles”, a una cita con gente de la disquera para la cual él hace las campañas de comunicación. El hecho de que él estuviera de espaldas, no impidió que llamara mi atención. Cuando giró me quedé fría: pocos hombres tan guapos he visto en mi vida. Pero cuando me quedé helada fue en la tercera o cuarta ocasión que nos encontrábamos, en que me invitó a salir. Ya me había tirado la onda alguna vez, pero no lo había tomado en serio, pensando que sólo estaba siendo cortés. Cuando me invitó a salir, ya no cabía lugar a dudas.

Además de guapo es carismático, trabajador y caballeroso. La mitad de la velada se la pasó justificando por qué no me había invitado a salir antes, que era la misma razón por la que no me llevaba a un lugar más caro. Empezar un negocio propio requiere mucho dinero, y en su empresa de comunicación él está invirtiendo una gran cantidad, además de que aún no es redituable.

No sólo requiere mucho dinero, sino también mucho tiempo, y era por eso que las llamadas de Eduardo eran tan esporádicas, que no me sorprendió mucho que un día cesaran definitivamente… o por lo menos eso había creído, hasta que el sábado siguiente a la llegada de “El Cometa”, Eduardo conoció a una prima en una comida y ella le dio el número que había perdido.

Ese día fui a una fiesta en la que él era el anfitrión y me trató como reina. El siguiente fin de semana me invitó (en una salida de bajo presupuesto) a una velada bohemia en casa de su mejor amiga, una Esparza, quien resultó conocer a mi hermano porque llegaron a salir juntos. Ayer fuimos al cine y a tomar algo. Tuvimos una ligera fricción, nuestros puntos de vista respecto al tema de la película son diametralmente opuestos y él se acaloró más de la cuenta.

¡Teléfono! Hablando del rey de Roma… el identificador de llamadas indica su número. Uy, seguro me va a invitar a salir, porque anoche, al despedirse, me dijo “hasta mañana”. No quedamos en nada, pero seguro para eso me está llamando. Híjole, y yo voy a salir con “El Cometa”. ¿Qué hago? Si le contesto y declino su invitación tal vez piense que la discusión de anoche me hizo cambiar de opinión respecto a él. Por otro lado, no podría aceptar su invitación a salir. No, no voy a contestar. Además, si me quedo platicando con él por teléfono, no me va a dar tiempo de arreglarme para salir a cenar con mi titiritero.

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1. Yo, en crisis

Supongo que no seré la única. Me imagino que cada persona, de pronto, se detiene a analizar qué ha sido de su vida y se cuestiona muchas cosas. Eso me está pasando. Sólo que no me estoy cuestionando “muchas” cosas, sino “TODAS” las cosas: trabajo, familia, amigos, pareja, pasatiempos. Ni siquiera tengo claras las preguntas. Algunas veces se trata del tiempo que, a últimas fechas, le robo a los amigos para dedicarme al trabajo, y que en realidad quisiera otorgar a la familia. Otras, de los recuerdos que me hacen sonrojar y de todos aquellos sueños que no llegaron a convertirse en recuerdos.

Me consuela pensar que le puede pasar a todo el mundo. A fin de cuentas, mi existencia ha sido, hasta ahora, más o menos valiosa. Aun naciendo en el seno de una familia, digamos, tradicionalista (etiqueta muy cuestionable, especialmente para mi familia), pues bueno, no me dedico a casarme y tener hijos; en cambio, trabajo: soy empresaria, innovadora y comprometida con lo que hago. Jijiji, qué formal sueno, casi farsante, máxime utilizando el adjetivo “comprometida”, ¡como si los de la Generación X incluyéramos ese término en nuestro vocabulario! (Y aquí cabe cuestionarme si alguien con un historial de cambio de empleo, que no ha podido estarse quieta en la misma ciudad y, para colmo, soltera, puede osar hablar de compromiso… una pregunta más para la colección de las aún sin responder).

Mi reflexión sobre estos “profundos” temas se ve interrumpida por el sonido –el electrizante y original sonido- de mi celular. Es un conocido de quien hacía años no sabía. Con voz más formal de la que estaba acostumbrada a oírle, me cita para vernos. Suena casi misterioso, así que no puedo menos que acceder. Además, el día pintaba aburridísimo.

Obviamente, mis ojos están hinchados. Lo raro hubiera sido que no lo estuvieran después de tanto llorar. Menos mal que siempre guardo la máscara de gel en el refrigerador, diez mágicos minutos y estoy como nueva, lista para transformarme en mí.

Buen empleo, buen salario. Buena casa en buena zona. Ropa buena, y además de todo, a la moda. Buen corte de pelo, maquillaje del bueno. Bonito cabello, cara bonita, cuerpo… más delgado sería bonito. Buenos padres, hermanos buenos (sobre todo el mayor, que es un pan, aunque el más pequeño está más bueno). En suma: buena familia… ¿Qué me falta para que mi vida esté completa? Tiene que haber algo, porque todas esas “bondades” bien podrían ser respuestas y, sin embargo, mis preguntas siguen en el aire. Si todo es tan bueno, ¿por qué de pronto me siento tan cansada y todo me parece tan aburrido? Supondría que no es nada que una taza de buen café (¡y dale con lo bueno!) y una rebanada de pastel de chocolate en compañía de alguna amiga no curarían, pero acabo de hacer cuentas y… no, no es mi síndrome premenstrual. Sospecho que estoy en crisis.

Termino de arreglarme en lentitud récord y hago un par de llamadas antes de salir, las de rigor, a mi tía y a mi abuela, y una adicional a una amiga con la esperanza de que me pregunte qué haré y entonces poder decirle mis planes con el tono monótono que amerita la rutina, pero a esta última no la encuentro.

Llego a “La esquina de Triana” y veo de inmediato a mi conocido. Sé que él me ve y supongo que agitará la mano para llamar mi atención, mientras tanto pretendo no haberlo visto para echar un vistazo a la entrada del local, quién podrá estar aquí, además, nunca había venido, pero no podría admitir que lo recorro con la mirada para conocerlo, tratándose del lugar de moda. Aprovecho un reflejo a lo lejos para supervisarme y me apruebo: maquillaje oscuro para compensar la hinchazón, me sentó tan bien que hasta mi madre estaría orgullosa. Cansada de esperar un gesto de mi amigo, finalmente pretendo que lo he visto, le digo al de la entrada que encontré a quien buscaba y me acerco a la mesa.

“Expreso doble, cortado, por favor. Bueno, y pastel de chocolate” (ni modo, hoy me hace falta). El ponernos al tanto de nuestras vidas nunca llega, él va al grano. No quepo en mí del asombro. No sabía que él fuera tan emprendedor, y no acabo de entender por qué pensó en mí para participar en el proyecto. Me halaga, claro está, y la gastronomía está directamente relacionada con mi negocio. (A propósito de gastronomía: qué bueno está el pastel de chocolate). Tal vez hasta sería un buen foro para iniciar tantos proyectos que tengo en mente.

A lo mejor es un aviso de que es buen momento para hacer cambios en mi vida (aunque esos cambios no garanticen que no me los cuestionaré más adelante). Una oportunidad para salir de una buena vez de esta crisis. ¿En dónde leí que crisis, en chino o algún idioma, es sinónimo de oportunidad? Seguro me mandaron un mail en cadena. Por lo pronto, sí, aceptaré hacerme cargo de la columna que me ofrece, y con ello simbolizaré el inicio de algo nuevo para, al menos en algo, empezar a ser la única.