La mexicana arrancando el milenio

El papel de la mujer en México tiene una importancia básicamente social, como promotora de la cohesión social. La sociedad mexicana tiene como base la familia, y es precisamente la mujer la que promueve su funcionamiento. Esta participación en la familia es fundamental máxime ante la tendencia de los hombres de emigrar a los Estados Unidos de América. Es la mujer quien se queda a cargo del hogar, dando a los hijos la estabilidad psicológica del sentido de pertenencia. Es ella, además, quien contribuye a la educación a los hijos y se involucra con la salud de la familia. Será una mujer, generalmente, quien se hará cargo de los enfermos, de los ancianos, o de los lactantes de la familia.

Económicamente, el rol de la mujer cuenta por partida doble. Por un lado es la administradora del hogar, y por el otro se involucra cada vez más en el trabajo productivo fuera de casa. De acuerdo a la tendencia mundial, la mujer mexicana cumple ahora una doble jornada. Pero aunque mientras su participación en el trabajo productivo se ha visto considerablemente incrementada, no por ello su responsabilidad doméstica disminuye.

Su situación, sin embargo, es siempre de dependencia –económica- respecto al hombre. La mujer es débil, subordinada, inferior.

Advertisements

La Chingada

Aquel resentimiento del pueblo mexicano, tanto contra indígenas por haber permitido ser flagelados por los “gachupines”[i], como contra los españoles por su invasión, se proyecta en el lenguaje, concretamente en la ponderación de “la Chingada”.

La Chingada. Voz netamente mexicana, de origen probablemente azteca, al ser pronunciada es mucho mas que un conjunto de sonidos: es el desahogo de una angustia contenida. Para el mexicano, es imposible pronunciarla sin arrancar de su alma una emoción profunda, casi siempre de coraje, rabia.

La Chingada representa a la Madre, pero la madre violentada. La Chingada es la herida, la dominada, la rota, la destruida. Es el símbolo de la sociedad mexica, que inconscientemente es asociada con lo femenino. En México, las peores ofensas están relacionadas con la Madre: “Vete a la Chingada”, “Hijo de la Chingada”.

En cambio, la voz activa del mismo vocablo, el Chingón, tiene una connotación favorable. Un Chingón es respetado y admirado por los otros, aún cuando esté asociado con la violencia; el Chingón es el poderoso, el capaz; pero capaz de herir, de picar, de violentar. Representa el dominio del hombre español sobre la débil sociedad indígena.

Este vocablo, comúnmente usado en nuestros días, plasma la realidad del estereotipo de los géneros en México: mientras el hombre ha de ser el dominante, la mujer debe ser sumisa y obediente. Ello, lógicamente, promueve dimensiones de discriminación en varios ámbitos de la vida.

[i] voz mexicana para designar a los españoles.

Malinche, la colonizada

DSC03480

La llegada de los españoles jugó un papel fundamental en la interacción de los géneros en México. A la discriminación ya existente tanto en la sociedad española como en la indígena, se sumó el factor de que los conquistadores, los dominadores, los poderosos, eran hombres.

La leyenda contaba que Quetzalcóatl, el dios de barbas y piel blanca, regresaría por el mar desde el oriente. Los indígenas, creyendo que los españoles eran los dioses que cumplían la promesa del partido, los cubrieron de presentes. Como el sacrificio de doncellas a los dioses era una práctica común y honorable, los españoles recibieron como tributo, además de oro y plata, mujeres. Este hecho, por demás está decirlo, asignó en la Nueva España el estereotipo del vencedor para el hombre, y del vencido para la mujer.

Tal y como menciona Santiago Ramírez en su libro El mexicano, psicología de sus motivaciones[i]:

”El mestizaje en nuestro país, siempre, salvo rarísimas excepciones, se encontró constituido por uniones de varones españoles con mujeres indígenas. La unión de esta mujeres con hombres españoles fue un transcultación hondamente dramática. La mujer se incorporaba brusca y violentamente a una cultura para la que no se encontraba formada; su unión la llevaba a cabo traicionando a su cultura original. Por tanto el nacimiento de su hijo era la expresión de su alejamiento de un mundo, pero no la puerta abierta a otro distinto”.

El mestizo fruto de la indígena con el español, buscaba inútilmente la aceptación del padre. La figura de la hispanidad, lo deseable, quedo inevitablemente asociada con lo masculino. La mujer simbolizaba toda la sociedad indígena reprimida, sumisa, vencida. Este estereotipo perduraría hasta darse por hecho por la sociedad mexicana.

[i] Ramírez, Santiago; El mexicano, psicología de sus motivaciones; Editorial Grijalbo; México, 1977

El incierto rol de la mujer prehispánica

Breves notas sobre el rol de la mujer en la sociedades indígenas mexicanas.

El papel de la mujer en el México actual no puede ser explicado sin tomar en cuenta sus orígenes.

Los datos que existen sobre el rol de la mujer en la sociedades indígenas mexicanas están en su mayoría filtrados por los observadores españoles, presentándose inconsistencias e incertidumbres. Así, Mendieta, Sahún y Motolinía muestran que la condición de la mujer era de sometimiento con respecto a los hombres, siendo “sistemáticamente sustraídas de todas aquellas actividades que implicaban riqueza, poder o prestigio, entre las que puedo mencionar al sacerdocio, el comercio , la guerra” [i], al mismo tiempo otras fuentes como el Códice Boturini muestra a Chimalma, una mujer, como parte de la comitiva del dios Huizilopochtli, formando junto con tres varones parte del grupo de sacerdotes guardianes.

Entre los aztecas, las mujeres eran el pivote social. Las actividades de la sociedad se desarrollaban en torno a la familia, y la mujer era el motor de ésta, por lo que su importancia radicaba, más que en el estatus de autoridad reconocida, en su carácter de indispensable para el funcionamiento de la vida cotidiana.

Aparentemente es un hecho que la mujer azteca era subordinada respecto al hombre. Eran educadas para servir, adorar, respetar y obedecer a su marido, según afirma Mendieta. Debía ser pasiva y sumisa, y no tomaba decisiones sobre su propia vida, máxime si pertenecía a la clase alta.

La mujer noble, de la clase de los pipiltin, compartía con el hombre noble privilegios como la posibilidad de heredar tierras. Al mismo tiempo, le era exigido mantenerse virgen hasta el matrimonio, se obediente, recatada y honrada. Mientras era soltera, la mujer permanecía bajo la custodia del padre, y al casarse pasaba a estar bajo la autoridad del marido. Mientras el hombre podía no ser casto previo al matrimonio, a la mujer se le exigía inclusive la fidelidad aún después de muerto el marido. Algunas doncellas podían ingresar al servicio en el templo, siempre excluídas de los privilegios del sacerdocio.

La mujer del pueblo, de la clase de los macehualtin, debía pagar tributo –tal y como lo hacía el hombre de su clase- con el agravante de la explotación sexual. Su participación económica no se limitaba a las labores agrícolas, sino al trabajo de hilado y costura necesario para vestir a su familia, además del trabajo como doméstica en las casas señoriales. También se le exigían recato, obediencia y honestidad, pero las exigencias sexuales no eran equivalentes a las de la clase dominante: la prostitución, por ejemplo, les era permitida y en algunos casos hasta impuesta. El estrato más bajo en la escala social, lo ocupaban las esclavas. Caían en este rango por deudas, por captura de guerra o por voluntad propia o familiar. Los esclavos eran tratados como propiedad del amo, mercancía que podía ser vendida, rentada o destruida por éste.

El rol que jugaron las mujeres antes de la Conquista explica, efectivamente, parte del comportamiento social actual. Dista mucho, no obstante, de ser el deseado por los ideales de equidad que prevalecen en el nuevo milenio. Lejos de acotar el margen de acción de las mujeres, que sirva como punto de partida del cual nos alejamos exponencialmente, hacia ese futuro en que el género pueda implicar alguna diferencia, pero nunca alguna desventaja.

[i] Rodríguez, María; La Mujer Azteca; Universidad Autónoma del Estado de México; 1991

Defensa

Sabiduría
de palabras calladas,
dolores profundos,
heridas del alma.

Ceguera deliberada,
sordera,
mutismo:
armas.

Defensa pasiva
del guerrero que pretende
no haber estado nunca en la guerra.

Ora sí que de rescatadora a -quasi- damnificada

La inundación me arrancó de las labores de ayuda intensa que estaba ofreciendo.

Bitácora de lo irónico 1

A las tres de la mañana comenzó a sonar con insistencia el teléfono mi casa en Querétaro, en la que me encontraba sola con mis tres hijos. Estando involucrada desde el sábado por la mañana en las labores civiles de apoyo ante la emergencia del sismo del 19 de septiembre de 2017, asumí que se trataría de una petición de ayuda desde la Ciudad de México. Sumamente aturdida al cabo de 4 jornadas de casi 20 horas bajo presión, tomé el celular y bajé las escaleras a prisa. Al tener visión del piso inferior, me percaté de que mi casa se estaba inundando. Un espejo de profundidad incierta y agua turbia cubría completamente el piso de la vivienda, construida ex profeso un metro más elevada que las nueve casas adicionales del mismo condominio.

Con mi atención puesta en el teléfono que seguía timbrando, caminé deprisa y resbalé sin caer. Mi celular tuvo menos suerte. Se zambulló en el charco de agua y fue rescatado al instante, evidentemente mojado pero aún funcionando. Respondí al teléfono no a una llamada relacionada con el sismo, sino precisamente con el fin de alertarme sobre la situación. Mi casa se inundaba y había que hacer algo al respecto. Tratar de minimizar el desastre y estar preparados para las consecuencias. Afortunadamente ya llevaba una semana inmersa en la dinámica de atención a emergencias.

Lo primero que hice al colgar fue sumergir en el bote de arroz el celular aún encendido, pues el que siguiera funcionando parecía ser de vital importancia. Luego definí las tres acciones a tomar, les asigné prioridades y me dediqué a ejecutarlas.

En cuanto al celular, tan pronto como mi semáforo de alerta palideció un tono y puesto que el errático comportamiento de Siri había estado poniendo en evidencia el daño, amén de que la batería comenzó a hincharse inutilizándolo casi completamente, no tuve más alternativa que apagarlo y regresarlo a su hibernación dentro del arroz, confiando en sus habilidades de absorción y encendiendo veladoras a dioses en los que no creo.

Así que, entre el remolino de ideas por todo lo que pasó e hice y la incapacidad de WhatsApp de funcionar en su versión de escritorio a menos que el móvil se encuentre simultáneamente activo, me encuentro con mucho que decir y aún sin los recursos para hacerlo.

Como diría la abuela, mañana (o, en este caso, al rato) será otro día.

 

Más vale que NO sobre

Pasé el fin de semana enlazando directamente necesidades reales surgidas en la emergencia, con soluciones concretas que las resolvieran puntualmente. Me dediqué a eliminar intermediarios que conectaban las solicitudes o las ofertas. Circunstancialmente mis enlaces se fueron especializando en comida, sobre todo comida caliente. Treinta y cuatro horas de comunicación directa tanto con quienes se encontraban en zonas de derrumbe, centros de acopio y albergues, como con aquellos restaurantes, hoteles y buenos samaritanos consagrados a preparar comida para todos los implicados me permitieron hacer un diagnóstico aproximado de la situación de la comida durante la emergencia a raíz del sismo del 19 de septiembre. Y me parece que -como sociedad- estamos omitiendo un detalle que podría ser importante.

En campo surge una necesidad incalculable. En zonas de rescate trabaja un número incierto de rescatistas que necesita comida caliente alta -¡altísima!- en carbohidratos. El estrés bajo el que trabajan provoca que consuman porciones de la mitad del tamaño “normal”. El número de voluntarios tanto en derrumbes como en centros de acopio es incierto. Unos cuantos traen un snack en la mochila, la mayoría se olvida de comer mientras tengan algo en lo que puedan ayudar, ya comerán una comida caliente al regresar a la casa que sí se mantuvo en pie. En albergues no hay un control del número de personas que está ahí, aún reina el caos y difícilmente se prevé con antelación la necesidad de comida caliente. En todos lados surge quien enarbole la labor de hacer la solicitud para alimentar a la multitud pero, información precisa de la cantidad de personas que comerán y sin la habilidad de hacer, “a ojo de buen cubero”, un cálculo confiable, exagera. Y pide comida para mucha más gente de la que hay (que encima, recordemos, comerá mucho menos).

Al otro lado de la moneda la gente quiere ayudar y algunos optan por hacerlo a través de la comida. Los hoteles y restaurantes tienen la experiencia e infraestructura para orquestar banquetes para multitudes. Y las porciones que calculan suelen ser generosas. En paralelo individuos y grupos de amigos se organizan para preparar algo, las más veces sándwiches o “boxlunches” fríos, las menos, comida caliente. Pero no tienen tanta idea del rendimiento de los ingredientes y fueron educados en una cultura que demuestra el amor a través de la comida y que está convencida de que “más vale que sobre y no que falte”.

El efecto es que cuando la necesidad se hace latente, desde el origen simplemente dicen que “hace falta comida”, o bien piden una cantidad de porciones que excede la necesidad real. La solicitud se transmite, se multiplica, se divide. Llega a muchas personas que deciden cubrirla. Y, como buenos mexicanos que creen -creemos- que es más amoroso, educado y sano alimentar como si estuviéramos engordando marranos, mejor optan por enviar de más. “Más vale que sobre”. Y llegan -muchos y casi simultáneamente- a satisfacer la necesidad, para toparse con que el hambre ya ha sido saciada. Entonces se encuentran con mucha comida en la cajuela y la misión de encontrarle destino, así que recorren la ciudad cada vez más empeñados en que se las acepten en algún lado, aunque sea a regañadientes. A todo ello se suma la marabunta que dio por hecho que, puesto que la gente come y -en condiciones habituales- lo hace tres veces al día, hay que abastecer de comida a quien ahí está aunque nadie lo haya pedido explícitamente. Llevan decenas de empaques individuales (el tema de la basura que estamos generando ni lo voy a tocar) a las zona de desastre, llegando a las cuales encuentran que comida no falta. Bueno, aunque no falte, ahí se las dejan. “Comida nunca sobra”. Entonces se atiborran los lugares de alimentos, lugares que no cuentan con condiciones apropiadas para conservarlos durante períodos largos, alimentos sobre los que empiezan a caer las partículas putrefactas que flotan en este ambiente, alimentos cuyas sobras no son recolectadas por un servicio de limpia incapaz de funcionar con efectividad. Y se acumula alimento, lenta y discretamente siguiendo su proceso de descomposición.

El riesgo potencial de todo ello conforme pasan los días es evidente.

Lo que podemos hacer (lo que tenemos el deber moral de hacer) al respecto es acotar y limitar las cantidades. Así de simple y llano. Quienes están en el lugar de origen por favor tómense el tiempo de contar cabezas y hacer un cálculo preciso y objetivo de la necesidad. (Si además se toman la molestia de informar a quien les releve el cálculo y su estimación de cuánto hay que pedir en función de cuanto sobró, mejor aún). Aquellos -¡benditos sean!- que abastecen, sean tan amables de hacer pociones acotadas y entregar con precisión la cantidad solicitada. Con este simple ajuste lograremos evitar el despilfarro, el desperdicio y la descomposición.