24. Y cuando desperté…

Me aventuro a afirmar que la primera semana en casa de Cometa fue una Luna de Miel. Qué digo una Luna de Miel, toda la Vía Láctea en almíbar, bañada de crema chantilly y con chispitas de chocolate. No había en el Universo cosa más empalagosa. Destilábamos dulzura el lunes en el centro comercial, cuando Cometa decidió que no trabajaría (admito que ya había considerado antes la posibilidad de no trabajar el día en que regresaba de su viaje) para llevarme a comprar ropa apropiada que compensaría el inadecuado contenido de mi maleta.

El resto de la semana la tomó de vacaciones para compartir su ciudad conmigo. Sólo hacía un par de llamadas al día, las suficientes para hacerme sentir orgullosa de estar con un profesionista capaz de manejar sus compromisos laborales. Todo transcurría maravillosamente, como sólo en las comedias románticas he visto. Hasta Mamá reaccionó tranquila cuando le llamé para avisarle que estaba aquí, tan tranquila como si yo hubiera salido de casa vestida de blanco.

Cada día desperté cubierta de tiernos besos. Música barroca y olor a café fueron la atmósfera que me rodeaba al abrir los ojos. Nos quedábamos en la cama charlando durante un buen rato, nos arreglábamos y salíamos. Conocí toda la ciudad y sus alrededores. Comí delicioso y aprendí a apreciar de manera distinta el pescado y el buen vino. Me presentó a sus amigos y a la gente con quien trabaja; todos me recibieron con los brazos abiertos, organizando parrilladas, cenas y fiestas de bienvenida en mi honor.

El día en que cumplí una semana allí fue distinto: el sonido insoportable del despertador me recordó el dolor de cabeza que tenía desde la víspera. Cometa me dio un beso rápido y brusco y se metió a bañar. Me volví a dormir hasta que el frío me despertó. Malhumorada, me levanté, me serví un vaso con agua y me bañé. Elegir la ropa que me pondría fue todo un suplicio, porque lo que no estaba sucio, ya me lo había puesto al menos en dos ocasiones. Lo que conformaba mi equipaje original, preparado con  lo necesario para estar en Miami una semana, quedaba totalmente descartado. Finalmente elegí un pantalón gris y una blusa roja que siempre me había puesto con sweater encima. La realidad me avasalló como tsunami cuando traté de abrochar el pantalón y no cerró. Llegó a mi mente como montage una serie de imágenes de todos los postres, bebidas y platillos que llevaban incorporándose a mi organismo desde una semana atrás. Hubiera llorado de no haber sido porque la postura me lo impedía: boca arriba y conteniendo la respiración, única posición que me permitía cerrar poco a poco la cremallera.

En vano esperé junto al teléfono la llamada de Cometa para que comiéramos juntos. Tardísimo y muerta de hambre, me resigné a comer lo poco que encontré, convenciéndome de que era una fortuna que no me hubiera hablado, porque así podría comenzar la dieta. A solas lloré y recordé a la Sra. Cometa, reclamando que no me hubiera dejado un juego de llaves. Caminé por todo el departamento sin saber qué hacer, hasta que me topé con unas llaves y papelito en que me explicaba que ése era mi duplicado y me dejaba sus números de teléfono, pidiéndome que le llamara al despertar. Le hablé en seguida y me contestó con voz cortante que decía que estaba en una junta y tenía que colgar.

Enojada y dispuesta a darle una lección, salí de compras, o por lo menos eso intenté, pues el taxista me llevó a una zona de tiendas horribles y cuando finalmente di con el centro comercial, ya todo estaba cerrado. La lección me la llevé yo regresando a casa, porque Cometa me hizo ver lo insensato que era desaparecer en un país desconocido.

El martes sí fui de compras, sólo para confirmar que mi talla ya no me queda. Sin resignarme a comprarme una talla mayor, regresé a casa con las manos vacías y las lágrimas prontas. Me quedé dormida y no desperté sino hasta que fue demasiado tarde… mientras echaba las sábanas a la lavadora, le llamé a Cometa para pedirle que pasara a comprarme tampones antes de regresar. No sólo me los trajo, sino que llegó con píldoras contra el cólico y un celular nuevo para evitar que se repita el incidente de ayer. Mi alegría inicial fue rápidamente reemplazada por frustración cuando Cometa se sentó en su escritorio a leer, apenas levantando la vista cuando le preguntaba algo. De pronto, como no queriendo la cosa, me mencionó que teníamos invitación para pasar el Grito en una fiesta de la gente de la Embajada de México.

En la sala de Cometa, con vista a la ciudad iluminada y pensando en la celebración del Grito, perdí la vista en el horizonte, en dirección a donde –según yo- quedaba México y, en él, todos los aspectos de la vida que me dan seguridad. La casa en donde cada cosa está en su lugar, las reacciones previsibles de mis padres, los comentarios de mis hermanos, la posibilidad de intervenir en conversaciones sobre política, mi coche y los caminos ya conocidos, mi vida social, mi rol en el trabajo, mi rutina diaria. Me llené de una nostalgia avasalladora.

En ese mismo sillón dos días más tarde, impecablemente arreglada y maquillada, esperaba la llegada de Cometa para ir a la esperada fiesta. Sólo aparecía de tanto en tanto por teléfono, para ponerme al tanto de las razones que le hacían atrasar su arribo en un lugar en que el 15 de septiembre transcurre como cualquier día.

Llegó tardísimo. Yo estaba visiblemente enojada y él no quiso salir hasta que admitiera mi estado de ánimo. Me di cuenta de lo difícil que me resulta expresar lo que siento y exploté sin sentido. Su deseo de tranquilizarme sólo ocasionó que yo me enojara cada vez con menos pretextos, hasta que me frenó en seco para hacerme ver la hora: las once de la noche, tiempo de México.

Lloré, pataleé y me enfrasque en una discusión que sólo cesó ante la interrupción de mi celular que sonaba. Las voces de mis primos se escuchaban a millones de años luz, al otro lado del teléfono, riendo y brindando en un caos incomprensible. Lo único de lo que decían que alcancé a comprender, enjugándome las lágrimas y mirando a través de la ventana, fue el “¡Viva México!”.

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23. Destino/destino

Tan seguro estaba Eduardo de que yo lo alcanzaría en Miami con el boleto de avión que me envió, que no me llamó por teléfono para confirmarlo. Eso sí, mandó a la Niña Esparza a hablarme con el pretexto de invitarme a una fiesta; ante mi negativa, fingió sorpresa y preguntó si me iba de viaje, sin poder disimular cómo se había enterado de eso. Ese mismo día el Cometa volaba los diez mil kilómetros que separan la ciudad en donde vive de Aguascalientes, así que ofrecí llevarlo al aeropuerto de la Ciudad de México.

Por la mañana del domingo, un chofer llegó conduciendo la camioneta que la abuela me prestó. Subí mi maleta, pequeñita, con ropa apropiada para el verano en Miami, con atuendos para salir por la noche y algo de abrigo ligero por aquello de los huracanes. Verifiqué por enésima ocasión que el pasaporte, la visa y el boleto de avión estuvieran en mi bolso de viaje, besé a mis padres, a mi hermana y a mis sobrinas, y le llamé al Cometa para avisarle que salía para allá.

Todo parecía tan normal hasta que abrimos la cajuela para que el Cometa subiera su maleta y ver la mía. El semblante pasó de intriga a sorpresa. Debió haber asumido que yo viajaría con él, porque comenzó a hablar de aquel país como preparándome para lo que vería: los edificios, la gente, la cordillera, el mar, la bebida nacional y el platillo que inspiró una oda del poeta.

Al cabo de un rato me quedé dormida y cuando desperté, el Cometa hizo el gesto de quitarme algo de la blusa, en el lugar del corazón. Ese –inexistente- algo fue sembrado en una maceta invisible, regado y abonado, hasta que nació una planta y creció una flor, que fue arrancada suavemente por el Cometa, recibió un beso en el cáliz previa apreciación de su aroma, y entregada a mí en un gesto tan romántico, que no pudo sino recordarme el día en que Manuel me dio el anillo de compromiso. El Cometa no admitía –al menos no explícitamente- creer que yo iba a viajar con él, así que yo no lo saqué de su error. Mi felicidad era tal, que jugué a que, en efecto, volaría en la misma dirección que él. Tan desconectada estaba de la realidad, que no me sorprendió que me preguntara si traía mi visa gringa.

Llegando al aeropuerto la aclaración se hizo inminente. El Cometa dijo algo sobre comprar mi boleto de avión, seguramente habría lugar por ser temporada baja. Tuve que decirle que no iría con él, sino que tenía programado otro viaje. Incrédulo, no reaccionaba, al grado tal que tuve que extenderle mi boleto de avión para que entendiera. Tomó el boleto y lo leyó varias veces, hojeando las páginas como si buscara algún faltante. Con el ceño fruncido, me preguntó por “el tramo restante”. Ahora la que no entendía era yo. Entonces fue él quien me extendió su boleto, ¡volábamos en el mismo avión! Por un azar que no logro comprender, la aerolínea americana hacía escala en Miami para después volar toda la noche hasta su destino final. Jugarreta de la vida.

Ambos nos dirigimos al mostrador, todavía sin entender. Documentamos nuestro equipaje juntos, causando confusión porque las maletas iban a destinos diferentes. En algún momento entre el café y el duty-free nos tomamos de la mano y la gente empezó a asumir que estábamos casados. No comentamos nada en la cafetería o la sala de espera, como si nos hubiéramos hecho cómplices del juego que yo había empezado en el trayecto desde Aguascalientes.

Abordamos, despegamos, y sólo cuando el atardecer se dejaba ver por las ventanillas, el Cometa me pidió que me fuera con él. A sus argumentos sobre las coincidencias de haber tomado el mismo vuelo y sus planes de lo que haríamos en aquella ciudad, yo respondí con silencio y rostro inescrutable. Mi corazón palpitaba con fuerza y –para sorpresa mía- empecé a considerar la posibilidad de volar más allá, con el Cometa.

Llegando a Miami la disyuntiva se materializó: los pasajeros con destino en Miami, hacia migración a la derecha, mientras que los pasajeros en tránsito, a la izquierda. Recordé la pregunta de una película vista recientemente: ¿qué tan lejos de tu madriguera estás dispuesto a salir? Durante una eternidad que seguramente no rebasó los diez segundos, me quedé congelada en medio, mientras el Cometa trataba de descifrar la respuesta con su mirada. No atiné a decir nada, simplemente asentí.

El Cometa entonces preguntó por la venta de boletos y utilizamos las dos horas de escala en el aeropuerto de Miami para volver a documentar mi equipaje y cambiar su asignación de asiento. Confundida entre las voces de los agentes de migración y el personal de la aerolínea, me parecía escuchar la de Eduardo preguntando si había una pasajera de nombre Isa Luévano en el vuelo. Mentalmente le pedí perdón y confirmé mi decisión de arriesgar. Me estaba alejando de la madriguera más de lo que yo misma hubiera imaginado.

El vuelo duró toda la noche y no sé si me dormí o simplemente estaba en una especie de trance. Aterrizamos hace rato y ahora, habiéndonos duchado, estamos listos para ir al centro comercial a comprar ropa para mí, pues lo que yo había preparado para mi encuentro con Eduardo no me sirve para el que se convirtió en mi nuevo destino.

22. Disyuntiva

Las palabras de Pablo siguen sonando dentro de mi cabeza mientras me subo al auto: “¡Cometa! El ramo se lo debía haber llevado Isa”. Sé que Pablo se refería a que yo me casara con el Cometa y no entiendo con claridad por qué, si no somos novios. El Cometa ni siquiera vive en Aguascalientes y —si lo conozco bien- volverá a irse en cualquier instante, dejándome sólo esa carta que está sobre el tablero y que tomo con curiosidad. Cuando me la dio, me dijo que la leyera “otro día”, y caigo en la cuenta de que hace varias horas que ya es otro día. Me dedica una mirada de advertencia, no se valen las trampas. Guardo la carta y miro al frente, un tanto indignada ante la ocurrencia de Pablo; cómo puede querer que Cometa y yo nos casemos.

Además yo tengo novio. Al menos oficialmente no hemos terminado. Sí, es verdad que le dije a la señora Reynoso que ya no andábamos, pero es que ella me acababa de ver besándome con el Cometa y lo malinterpretaría; pensaría que le estoy poniendo el cuerno a Eduardo. No le puse el cuerno. Poner el cuerno es romper una promesa de fidelidad, y Eduardo y yo decidimos que la comunicación era más importante que la fidelidad. Era la única forma en que podíamos resolver lo que pasó con Alan, el abogado de Durango al que besé sin saber que Eduardo ya consideraba que éramos novios. Muy maduro para la mentalidad hidrocálida, Eduardo decidió que no era tan importante mantenerme fiel a él como tenerle la confianza para contarle todo.

Todo, todo, lo que se dice todo, no se lo he contado. Un par de veces hemos platicado sobre Cometa y mis lágrimas han interrumpido las narraciones. Él me tiene tanta paciencia que me rebasa. Me he llegado a preguntar qué haría yo si fuera él quien me hablara del amor de su vida y me respondo que terminaría la relación inmediatamente. Andar con él me hace sentir que sigo en Londres y puedo tener un noviazgo alternativo, basado en un convenio en el que sólo las dos partes definen las cláusulas y la sociedad no interviene más que desde gayola.

Hace días que no hablo con mi novio, como si lo hubiera pronosticado cuando se despidió la última vez diciendo: “Isa, no le temas al silencio”. No puede ser que supiera que no hablaríamos después de eso porque —lo he de confesar- si no he recibido noticias suyas es en gran medida provocado por mí. Estaba tan enojada porque prolongó su estancia en Miami durante todo el verano y no me había dicho que tiene un hijo (todavía no me acaba de caer el veinte sobre su paternidad), que empecé a boicotear la posibilidad de que me llamara. Sé perfecto a qué hora me suele hablar y es fácil olvidar encender el timbre de mi celular después del cine o después de misa. También fue muy fácil pedir que me cancelaran el servicio de buzón de voz (claro que ya he perdido un par de mensajes importantes, así que ya me arrepentí de eso) y limitarme a confiar en mi identificador de llamadas. Cuando veo llamadas perdidas de un número desconocido, no necesariamente tengo que saber que provienen del extranjero, porque también las originadas desde el número privado de Manolo se registran como “desconocido”. Confieso que he hecho todo lo que ha estado al alcance de mi mano para no ver a Eduardo.

Cometa no habla, se limita a tomar mi mano mientras tararea una canción. Dentro de tres semanas , dice de improviso en el momento en que llegamos a mi casa. ¿Cómo? Me voy dentro de tres semanas, exactamente el domingo dentro de tres semanas. Balde de agua fría; no quería admitir que se tendría que ir. Sin decir nada, miro por la ventanilla del carro, lo que sirve para indicarle que ha de bajarse para abrirme la puerta, lo cual hace enseguida de besarme suavemente.

En mi cuarto saco la carta del sobre, aunque no la leo sino cuando soy despertada por las voces de mis sobrinas seis horas después. La carta no lo es tal, sino un cuento de dos amigos, romance y magia, que se topan en el bosque con una cajita llena de luciérnagas. El viejito dueño de la caja los invita a un viaje y los amigos se dan cuenta de que tienen alas. A modo de metáfora, Cometa habla sobre mis alas y utiliza las palabras del viejito para sugerirme algo que no entiendo bien. Al final de todo, como si fuera parte del cuento, el viejito les indica a los amigos su siguiente destino, dándoles una hoja de árbol de maple que tiene escritas con mercurio las coordenadas de un lugar. La hoja está dibujada en la carta y tiene escrita una dirección que comprendo que es la de Cometa. Jamás me la había dado y hoy no entiendo qué hacer con ella.

El misterio parece resolverse cuando el lunes siguiente llego a la casa a mediodía y me informan que me dejaron un paquete de una agencia de viajes. No me sorprende que sea un boleto de avión ya pagado y a mi nombre, pero me deja boquiabierta ver el destino: Miami. Irónicamente la fecha de partida es el mismo día en que Cometa se va. De manera mecánica y como si la decisión no dependiera de mí, subo a mi cuarto a verificar que mi pasaporte y mi visa estén vigentes.

Distancia

“…gotas minúsculas de mar que salpican todo al estrellarse en la orilla y que seguramente llegan hasta mis ojos porque de otra manera no puedo explicar que estén tan llenos de agua que se derraman…”

A lo lejos escucho una melodía. Al menos eso parece. Pensándolo bien, deben ser nuestros recuerdos entrelazándose. Cuando sólo son memorias no ocurre eso, pero cuando se combinan las historias de lo que pudo haber sido imaginadas simultáneamente por dos almas que se encuentras a decenas de miles de kilómetros, se genera una sinfonía que exhala al viento en ese risco tan lleno de verdor y tan a punto de suicidarse en el abismo.

El mar rompe contra las rocas. Choca, enfurecido, como queriendo desahogar el enojo que aún guardamos. Enojo con nosotros, contigo, conmigo, por no haber construido las historias que queríamos. Esa cobardía que nos rodeaba como las gotas minúsculas de mar que salpican todo al estrellarse en la orilla y que seguramente llegan hasta mis ojos porque de otra manera no puedo explicar que estén tan llenos de agua que se derraman al compás de mis exhalaciones al compás de la melodía que se escucha a lo lejos.

El aire helado me envuelve. Es el frío de tu ausencia, de la distancia, de lo que nunca fue. Es el vacío del arrepentimiento que después de una sacudida me deja inerte, incapaz de dar un paso, de continuar un día más con vida.

Después de eso la nada. El sinsentido. Más que el fin, la determinación de dar marcha atrás aún antes del inicio. La vacuidad como el hoyo negro de la vida.

Un rayo de luz afilado para ensartar en el mismo tiempo y espacio lo que susurrábamos el uno al otro desde el extremo opuesto del mundo. Para que queden ensambladas como eslabones nuestras palabras y para habernos soñado simultáneamente. Para vibrar con las ondas del océano y ser capaces de trasladarnos hasta siempre, aún a la distancia.

 

 

21. La boda

Llegas de improviso montado sobre el timbre del teléfono. Que de mañana pasas por mí, que temprano, porque la boda civil es a las once. Apenas me da tiempo de cambiar mi cita con la estilista y correr a la tienda a comprarme zapatos de tacón más bajo, que no encuentro.

Tocas a la puerta cinco minutos antes de lo acordado. Hacía mucho que no me parecías tan guapo. No puedo decir que seas guapo, al contrario, y tu personalidad me parece tan avasalladora que sé que impresiono a todos los que me ven contigo. Con razón preguntaste el color de mi vestido, para traer una corbata que hiciera juego. La gente va a pensar que vamos juntos y no sé qué tan conveniente sea, a fin de cuentas, tengo novio (aunque hayan pasado semanas sin saber de él).

Con razón no me habían invitado a la ceremonia civil. Los asistentes somos diez: Marta y Pablo, los padres de Marta, los padres de Pablo, la hermana de Marta y su esposo, tú y yo. Tú eres testigo del enlace matrimonial y yo de la voracidad de terminarse la vida de un bocado. Pablo está engullendo lo que le queda de la vida en una sentada, eso sí, teniendo buen cuidado de elegir sólo lo bueno de la vida, evitando lo malo. Ciertamente eligió lo bueno de la vida. Todo lo bueno de la vida es Marta. Si yo fuera hombre, me casaba con ella. El velo de luto que cubría su rostro desde que supo de la enfermedad de Pablo, desapareció completamente el día de hoy. Lo está viviendo como novia, como prometida, no como mujer destinada a quedar viuda.

De regreso en el coche me señalas algo que no había visto: un paquete envuelto para regalo. Lo abro y dentro hay una carta en un sobre. Me pides que la lea otro día.

Vamos a la iglesia y llegamos temprano. Mientras esperamos en el Jardín de San Marcos, me narras la escena como si fuera parte de una película o una novela: tú y yo parados, escuchando pájaros y aguardando inquietos. Siempre me has gustado por eso, incorporas la fantasía a la vida como si nada fuera demasiado importante para ser tomado en serio.

Sugieres que hagamos una travesura: entrar antes de que se termine la boda anterior para desconcertar a los invitados y no tener que saludar a los que llegan a la boda de Pablo y Marta. No me quitas los ojos de encima mientras entramos.

Tus padres llegan y nos hacen un gesto desde lejos. Comienza la música y volteamos hacia la entrada. Comienza la procesión. Te gusta que los vestidos de las madrinas sean rojos, mencionas que ese color te gustaría para tu boda. Mi rostro se pone a tono, no sé por qué. Pablo llega con un traje color hueso que hace que destaque aún más esa sonrisa suya que últimamente es permanente en su cara. Los padres de los novios también se cambiaron de ropa para la ceremonia religiosa. El perfil de Marta se dibuja a contraluz desde la entrada. Está hermosa, radiante. Su vestido es sencillo y de lo más distinguido. Su cabello está casi suelto, apenas recogido de los lados, y su maquillaje es muy natural. Tus ojos tiemblan de emoción, o por lo menos eso me parece tras las lágrimas que empañan mis propios ojos.

Estoy tan embelesada con el sermón sobre el amor y la importancia de la pareja, que casi no me doy cuenta en qué momento entrelazamos nuestras manos. Ahora comprendo que no he dejado de amarte.

A la salida de la iglesia me fijo en todos los invitados, para estar segura de que nadie que conozca a Eduardo me vea tomándote de la mano. Me siento un poco culpable, aunque me tranquiliza ver que somos pocos y ninguno de los presentes sabe que tengo novio. No sé por qué tenía la idea de que Pablo hy Marta tirarían la casa por la ventana e invitarían a mucha gente, no me esperaba una ceremonia íntima. Me pregunto si te tomaría de la mano aunque hubiera cientos de invitados. El sentimiento que invade mi pecho responde que sí, sin importar cuántos testigos conocieran a Eduardo, hoy por nada del mundo me perdería el estar contigo.

Tengo una llamada perdida en el celular. Es de un número desconocido, puede ser que haya sido Eduardo desde Miami, aunque sería algo extraño, porque hace días que no me llama.

Regresamos a tu coche y tengo que quitar la carta que me diste para poder sentarme. Me pregunto qué dirá. Me recuerdas con la mirada que no la puedo leer hoy. Tu conversación durante el camino me parece tan interesante, que no puedo evitar compararla con las pláticas que normalmente tengo con Eduardo. Con él, suelo tener que buscar un tema, contigo todo fluye de manera natural. Me cuestiono qué hago con Eduardo, ya llevo algunos días preguntándome por qué soy su novia, y sin saber siquiera si aún somos novios, estando él en Miami y yo en Aguascalientes.

Llegando al rancho donde es la recepción, me doy cuenta de que sí tiraron la casa por la ventana: hay por lo menos trescientos invitados, que no fueron convocados a las ceremonias civil y religiosa. Antes de sentarnos tengo que ir al baño y me esperas afuera. Aprovecho para retocarme el maquillaje. Ensucio un lente de contacto con el rimel, así que me lo tengo que quitar para limpiarlo, como puedo, con agua de la llave que sale con demasiada presión, arrancando el lente de mis dedos y llevándolo consigo al drenaje. Ni modo, me quedaré con un solo lente.

De camino a la mesa me parece ver a alguien conocido, le hago un gesto y no me devuelve el saludo, así que dudo si sería él. Como no veo bien por la falta del lente, prefiero pretender que no veo a nadie e ir directo hacia la mesa: la de los invitados de honor del novio.

Todo es perfecto: los arreglos de centro de mesa, con velas, arena y flores; los aperitivos servidos en vegetales cortados a modo de vaso; el diseño de las tarjetas de agradecimiento; el menú de cocina de fusión; la presentación de los platillos; la música de cámara que acompaña durante la comida.

Cuando vuelvo a ir al baño escucho una voz conocida que habla afuera. Es una prima de la Niña Esparza , que está hablando de mí. Alguien le pregunta si vio con quién vine a la boda, y ella responde que no sabe si aún ando con Eduardo. Me demoro más de la cuenta sin salir, para evitar encontrármelas.

La tarde se pasa en un santiamén. Cuando menos me doy cuenta, ya están sirviendo la cena. Desapareces un instante y regresas trayendo como trofeo un par de pantuflas que tienen bordadas las iniciales de los novios. Agradezco tanto el gesto, que te doy un beso. Yo misma me sorprendo. No bien termino de quitarme los zapatos y ponerme las pantuflas, cuando eres tú quién me da un beso. Qué beso. El mundo gira a mi alrededor y nada importa más que estar contigo.

Bailamos y bailamos hasta el amanecer. Entre globos, gorritos de fiesta y ramo de novia, se arma un escándalo en el baño de hombres y te vas, para asegurarte de que la boda de tu amigo Pablo no se eche a perder con algún conflicto. Al verme sola, tu padre se acerca. Desde la cena en su casa que no lo veía y temo que haga algún comentario sarcástico, como que a fin de cuentas la boda en la que me vería no era la mía con Eduardo, sino a la que vendría con su hijo. Afortunadamente se limita a hacer comentarios sobre la magnificencia de la boda de Marta y Pablo.

Me convierto en princesa bailando entre tus brazos. Quiero prolongar este momento siempre, por supuesto no quiero pozole, ni chilaquiles.

Cuando ya despunta el alba, accedo a que nos vayamos. Nos despedimos de los novios y de la gente que está en la mesa de los familiares. Una Reynoso, cuñada de Pablo, me pregunta si ya no ando con Eduardo. Siento que las conversaciones en la mesa cesan para escuchar mi respuesta. Sin estar segura de mi respuesta, le digo que ya no.

De camino a la salida, Pablo te grita: “¡Cometa! El ramo se lo debió haber llevado Isa”.

20. Paranoia

Espero no encontrarme a nadie. Venir al súper en pants es justo cuando quieres pasar desapercibida. Lo raro es mi paranoia de hoy: siento que alguien me persigue. No recuerdo qué soñé, pero seguro que alguien me espiaba, porque desperté con la sensación de estar siendo vigilada. Eso me pasa por dormir hasta tan tarde, aunque la verdad es que me hacía falta. Lo malo de levantarme a esta hora, es que me quedo adormilada todo el día; ni siquiera quise bañarme.

Más me vale que nadie me vea, no sólo estoy desarregladísima, sino que justo vengo a comprar la lista incómoda: cera para depilar, toallas sanitarias, todo lo que pone en evidencia que una mujer a fin de cuentas es imperfecta, aunque aparente lo contrario. De una vez compro las cosas para ponerme a dieta para la boda de Pablo y Laura.

¿¿¿Por qué sigo sintiendo que me siguen??? A ver Isa, voltea a todos lados para que te des cuenta que estás alucinando. ¿Ves? No hay nadie… más que ¡Manuel! Quenomevea, quenomevea, quenomevea. Directito a la caja. Apúrate a cobrar, por favor. Ay no, ahí viene, no vengas, no vengas, de todas las cajas que hay, por qué te diriges justo a ésta. Sólo a mí se me ocurre venirme a formar a la caja más vacía, es lógico que venga a ésta… ¡Manuel, qué sorpresa! Me mira fijamente y suelta una carcajada que de inmediato explica: conoce perfecto esa mueca que estoy haciendo, mi sonrisa de “tengo que sonreír aunque en realidad no me está gustando este encuentro”, y además sabe que la razón por la que no me gusta es que no estoy arreglada. Cómo puedes conocerme tan bien, no me dejas otra salida más que la risa sincera.

¿Un café ahorita? Iba a decir que no, como por inercia, un poco porque aún siento que me espían, aunque en realidad ¿por qué no? Vamos, tomemos café, mi novio sigue en Miami, mis padres están en Barcelona, mi prima Luisa ya se regresó a Italia, y con mis amigas… no tengo plan sino hasta en la noche.

Ay, ahorita que me dejaste pasar, te dije sin querer “gordo”, espero que no me hayas escuchado… sí me escuchaste, no eres el único que sabe leer los gestos del otro. Sé, por ejemplo, que te emociona salir conmigo. Te brinca el párpado como cuando algo realmente te entusiasmaba, sólo que no solía ocurrirte cuando salías conmigo, a lo mejor porque la costumbre ganaba. Nos reímos al sentarnos: ya sabemos qué mesa queremos y qué lugar ocupará cada quién. Es verdad que construimos mucho y eso no se debía a que nuestras familias o la sociedad nos quisieran ver casados.

A veces cuando salgo con Eduardo, tengo que buscar mentalmente algún tema de conversación para evitar el silencio. Contigo no hace falta. Brincamos de un tema al otro, nos actualizamos en noticias de los que eran amigos comunes, reímos, compartimos planes y sueños, como siempre. Lo único que me incomoda es la sensación de estar siendo observada desde lejos, salvo que ahora me doy cuenta de más de una mirada curiosa que se pregunta qué estamos haciendo juntos Manuel y yo. Es curioso que sean miradas parecidas a las que no entendían por qué habíamos terminado, cómo era que una pareja evidentemente destinada a casarse, había cancelado la boda. Que conste que yo no quería cancelarla, tan sólo posponerla.

¡Escucha la canción! ¿Te acuerdas? Ja, ja, ja, es del verano que pasamos en Jalisco, con Nana Cata haciéndose cargo de todo. Pasaba la mañana en la mecedora, viendo al horizonte, y le bastaba que el vuelo de los pájaros cambiara para saber que alguien venía. Entonces se metía a la cocina y sacaba más raciones para la comida, y al cabo de un rato le decía a alguna de sus hijas “echa más tortillas, que tenemos invitados” . Con toda parsimonia ponía un lugar más en la mesa y volvía a salir, justo a tiempo para ver a algún caminante, a quien recibía como si esperase su visita, aunque siempre parca, con esa seriedad de quien ha de llevar las riendas de una casa. Me decías que tenía que escribir un libro sobre Cata. Por las tardes hablábamos sobre los pasajes que tendría que contener el libro y ya en la noche, con tus visitas nocturnas a mi cuarto, olvidábamos a Nana Cata, pensando en ella sólo con agradecimiento por sonsacar nuestros encuentros.

Ah, sí, tu divorcio. Lo había olvidado. No tenía idea de que los trámites pudieran tardar tanto. Claro, suena lógico que el matrimonio por bienes mancomunados sea más laborioso de disolver. Estoy de acuerdo con que prefieras esperar a estar divorciado para invitarme a salir, y también entiendo que ahora parece que es demasiado el tiempo. Yo tampoco sé qué pasará cuando empecemos a salir, bien sabes lo importante que eres en mi vida. Te confieso que desde la cancelación de la boda, me he preguntado varias veces si hicimos bien, o si dejé perder una relación afortunada. Claro que me sigues gustando físicamente, con todo y que te estás quedando pelón. Pero más que eso, me sigues gustando como persona, sigues siendo aquel convencido de sus ideales, sólo que ahora con más experiencia y madurez. Ya no tengo ni que seguir diciéndote, el silencio habla.

Tu mirada también habla, y si no fuera porque me acabas de decir que no harás nada sino hasta que te divorcies, juraría que estás a punto de besarme. Manuel, no, no me vayas a besar, tú eres un hombre casado, estamos en un lugar público, yo tengo novio…

Ay… Manuel…, es como si nunca hubieras dejado de besarme. Conozco de memoria tus labios, tu lengua, el sabor de tu boca, tu olor. Me gusta tanto cómo besas, que apenas puedo abrir los ojos.

¡¡¡La Niña Esparza!!! Qué hace sentada en la mesa frente a la mía y cómo es que yo no la había visto. Hacemos contacto visual y estoy segura de que me vio besando a Manuel. No me dice nada, permanece seria y se limita a sacar el celular y hacer una llamada. No puede estarle llamando a Eduardo, no creo que tenga su teléfono porque ni siquiera yo lo tengo. Si lo tuviera, le hablaría yo misma para explicarle, pero no me queda más que esperar a que sea él quien me llame.

No sé qué cara puse, sólo sé que Manuel se dio cuenta, porque con mirada de comprensión me indica que ya pagó, que nos vayamos. No deja de sorprenderme su capacidad de responder a mis necesidades.

Qué extraño, desde que vi a la Niña Esparza , se me quitó la paranoia de estar siendo vigilada…

19. La invitación

¿Quién me busca en mi casa un día laboral a media mañana? Nadie podía haber sabido que no iría a trabajar porque tengo cólico. Claro, eso como pretexto perfecto para estar con mi prima Luisa. Bajo en cinco minutos. Nomás me pongo aretes, me cambio de blusa y me doy una manita de gato. Aunque pensándolo bien, no creo que sea ningún galán. ¿Quién será? Híjole, ha de ser la Niña Esparza, creyendo que mi hermano está de vacaciones y viniendo con el pretexto de pedir noticias de Eduardo. O de darlas, con eso de que él le llama más a ella que a mí. No, pero ella seguro piensa que yo estoy en la oficina.

¡No vaya a ser Manuel! Me dijo que me buscaría cuando se divorciara y él sí que podría llegar a mi casa a cualquier hora del día. Pero los trámites de divorcio duran más, ¿no? Mejor me dejo de especulaciones y bajo así, sin aretes y con la blusa pasada de moda…

¡Marta! La novia de Pablo. Desde que se enteró de la enfermedad de Pablo, Marta se ha venido para abajo. Está como mujer con síndrome premenstrual todo el tiempo. Se está riendo y de la nada se suelta a llorar. Y cómo no, si desahuciaron a su novio. En cambio Pablo, irónicamente, recibió una inyección de vida. Está… eso, vital, como exprimiendo las últimas gotitas. Quién sabe cuánto tiempo le dieron. Primero eran dos años, luego cosa de semanas y después que tenían que esperar los resultados de quién sabe cuántos exámenes para determinar, aunque en estos casos cualquier fecha es mera especulación.

Marta viene bien arreglada, lo cual me tranquiliza. Su semblante no es el de alguien que viene con malas noticias, sino al contrario. Desde la fiesta de despedida de Pablo he estado esperando que alguien me llame o venga para avisarme que ya murió. Evidentemente no es ésta la ocasión.

Nos ofrecen algo de tomar y acepta, lo cual indica que se quedará un rato. Sobre la mesa había dejado un sobre que me extiende. La invitación a su boda. Seguramente está acostumbrada a la cara de sorpresa que ponen todos cuando se enteran de que se casa, porque se apresura a explicar, como si fuera lo más normal del mundo, que los médicos no pueden determinar cuánto tiempo de vida le queda a Pablo, pero que en definitiva es más de dos meses, así que les da tiempo perfecto de casarse. Sigue hablando: que si han tenido que hacer todo de manera precipitada, por eso el anuncio del compromiso está siendo simultáneo a la entrega de la invitación, que si tal diseñador le hará el vestido y no sabe si quiere alcatraces o lilis, pero en los arreglos de centro de mesa definitivamente quiere flores y velas, y que la iglesia ya está apartada para los próximos ocho meses, ¿lo puedes creer, Isa, en Aguascalientes? , así que por eso se casan en viernes.

Mientras la escucho, saco la invitación del sobre. Es bonita, sencilla, de buen gusto. Tiene un corte semicircular aprovechando la curva de la P. La abro y leo de reojo los datos de la iglesia. Marta sigue hablando sobre los preparativos de la boda y me parece una descortesía dejar de prestarle atención para comprobar lo que me pareció ver: ¡¿sólo un boleto?! No quiero desprender el boleto, pero parece que sí, sólo me dieron un boleto.

Marta se da cuenta de que estoy mirando la invitación con ojos de desconcierto y se apresura a explicar: te sorprenderá que no pusimos las indicaciones de la mesa de regalos, lo que pasa es que ya tenemos todo, el papá de Pablo nos regala la casa y los muebles, y mis papás ponen lo demás y nos dan una camioneta. Es cierto, tampoco hay hojita con los datos de la mesa de regalos. Obviamente no saco a Marta de su error y fijo atenta la mirada en ella. Primero queríamos un carro, pero claro, la camioneta es más práctica para ir al hospital, porque ya ves que en las sesiones de quimioterapia Pablo anda en silla de ruedas, y ni modo de llevarlo en el coche.

Quimioterapia. Esta pareja debatiéndose entre la vida y la muerte y yo preocupada porque sólo me dieron un boleto para asistir a la boda. Pero ¿por qué me habrán dado sólo un boleto? Saben que Eduardo está en Miami, pero creo que no les dije que regresa hasta septiembre. Además, aunque no esté, podría llevar a mi hermano, a alguno de mis primos, o a quien fuera. Va a ser un poco incómodo ir sola. No creo que me hayan dado sólo un boleto por falta de lugares, porque se nota que están tirando la casa por la ventana, a juzgar por todos los preparativos.

De pronto, Marta se queda callada. Mira mis manos, que sin querer desprendieron el boleto —el único boleto- para la recepción y juego con él. Al darme cuenta, trato de pegarlo de nuevo en la invitación, con tal nerviosismo que tiro el sobre al suelo. Marta cambia el tono de su voz, es ahora bajo, casi apesadumbrado. Isa, nada más te dimos un boleto. Afirma. Sé que Eduardo está en Miami, si regresa para la fecha de la boda, me avisas y te doy otro. Nada más que por favor dime cuanto antes, porque si vas con él, tengo que volver a organizar las mesas para ver cómo te voy a sentar, porque el Cometa no va a querer que los dos se sienten en su mesa.

Por cierto, estás sentada en la mesa del Cometa, no hay problema ¿verdad? Bueno, pues ya me voy, que todavía tengo que entregar invitaciones y quedé de comer en casa de Pablo, que el pobre amaneció muy mal hoy y se tuvo que quedar en cama, por eso no vino.

En mi cuarto, mi prima Luisa me espera pintándose las uñas de los pies. Me ve con mirada inquisidora, a la que respondo extendiendo el sobre con la invitación. Mientras lo lee, saco de la bolsa mi agenda electrónica para apartar el viernes dentro de casi un mes.