19. La invitación

¿Quién me busca en mi casa un día laboral a media mañana? Nadie podía haber sabido que no iría a trabajar porque tengo cólico. Claro, eso como pretexto perfecto para estar con mi prima Luisa. Bajo en cinco minutos. Nomás me pongo aretes, me cambio de blusa y me doy una manita de gato. Aunque pensándolo bien, no creo que sea ningún galán. ¿Quién será? Híjole, ha de ser la Niña Esparza, creyendo que mi hermano está de vacaciones y viniendo con el pretexto de pedir noticias de Eduardo. O de darlas, con eso de que él le llama más a ella que a mí. No, pero ella seguro piensa que yo estoy en la oficina.

¡No vaya a ser Manuel! Me dijo que me buscaría cuando se divorciara y él sí que podría llegar a mi casa a cualquier hora del día. Pero los trámites de divorcio duran más, ¿no? Mejor me dejo de especulaciones y bajo así, sin aretes y con la blusa pasada de moda…

¡Marta! La novia de Pablo. Desde que se enteró de la enfermedad de Pablo, Marta se ha venido para abajo. Está como mujer con síndrome premenstrual todo el tiempo. Se está riendo y de la nada se suelta a llorar. Y cómo no, si desahuciaron a su novio. En cambio Pablo, irónicamente, recibió una inyección de vida. Está… eso, vital, como exprimiendo las últimas gotitas. Quién sabe cuánto tiempo le dieron. Primero eran dos años, luego cosa de semanas y después que tenían que esperar los resultados de quién sabe cuántos exámenes para determinar, aunque en estos casos cualquier fecha es mera especulación.

Marta viene bien arreglada, lo cual me tranquiliza. Su semblante no es el de alguien que viene con malas noticias, sino al contrario. Desde la fiesta de despedida de Pablo he estado esperando que alguien me llame o venga para avisarme que ya murió. Evidentemente no es ésta la ocasión.

Nos ofrecen algo de tomar y acepta, lo cual indica que se quedará un rato. Sobre la mesa había dejado un sobre que me extiende. La invitación a su boda. Seguramente está acostumbrada a la cara de sorpresa que ponen todos cuando se enteran de que se casa, porque se apresura a explicar, como si fuera lo más normal del mundo, que los médicos no pueden determinar cuánto tiempo de vida le queda a Pablo, pero que en definitiva es más de dos meses, así que les da tiempo perfecto de casarse. Sigue hablando: que si han tenido que hacer todo de manera precipitada, por eso el anuncio del compromiso está siendo simultáneo a la entrega de la invitación, que si tal diseñador le hará el vestido y no sabe si quiere alcatraces o lilis, pero en los arreglos de centro de mesa definitivamente quiere flores y velas, y que la iglesia ya está apartada para los próximos ocho meses, ¿lo puedes creer, Isa, en Aguascalientes? , así que por eso se casan en viernes.

Mientras la escucho, saco la invitación del sobre. Es bonita, sencilla, de buen gusto. Tiene un corte semicircular aprovechando la curva de la P. La abro y leo de reojo los datos de la iglesia. Marta sigue hablando sobre los preparativos de la boda y me parece una descortesía dejar de prestarle atención para comprobar lo que me pareció ver: ¡¿sólo un boleto?! No quiero desprender el boleto, pero parece que sí, sólo me dieron un boleto.

Marta se da cuenta de que estoy mirando la invitación con ojos de desconcierto y se apresura a explicar: te sorprenderá que no pusimos las indicaciones de la mesa de regalos, lo que pasa es que ya tenemos todo, el papá de Pablo nos regala la casa y los muebles, y mis papás ponen lo demás y nos dan una camioneta. Es cierto, tampoco hay hojita con los datos de la mesa de regalos. Obviamente no saco a Marta de su error y fijo atenta la mirada en ella. Primero queríamos un carro, pero claro, la camioneta es más práctica para ir al hospital, porque ya ves que en las sesiones de quimioterapia Pablo anda en silla de ruedas, y ni modo de llevarlo en el coche.

Quimioterapia. Esta pareja debatiéndose entre la vida y la muerte y yo preocupada porque sólo me dieron un boleto para asistir a la boda. Pero ¿por qué me habrán dado sólo un boleto? Saben que Eduardo está en Miami, pero creo que no les dije que regresa hasta septiembre. Además, aunque no esté, podría llevar a mi hermano, a alguno de mis primos, o a quien fuera. Va a ser un poco incómodo ir sola. No creo que me hayan dado sólo un boleto por falta de lugares, porque se nota que están tirando la casa por la ventana, a juzgar por todos los preparativos.

De pronto, Marta se queda callada. Mira mis manos, que sin querer desprendieron el boleto —el único boleto- para la recepción y juego con él. Al darme cuenta, trato de pegarlo de nuevo en la invitación, con tal nerviosismo que tiro el sobre al suelo. Marta cambia el tono de su voz, es ahora bajo, casi apesadumbrado. Isa, nada más te dimos un boleto. Afirma. Sé que Eduardo está en Miami, si regresa para la fecha de la boda, me avisas y te doy otro. Nada más que por favor dime cuanto antes, porque si vas con él, tengo que volver a organizar las mesas para ver cómo te voy a sentar, porque el Cometa no va a querer que los dos se sienten en su mesa.

Por cierto, estás sentada en la mesa del Cometa, no hay problema ¿verdad? Bueno, pues ya me voy, que todavía tengo que entregar invitaciones y quedé de comer en casa de Pablo, que el pobre amaneció muy mal hoy y se tuvo que quedar en cama, por eso no vino.

En mi cuarto, mi prima Luisa me espera pintándose las uñas de los pies. Me ve con mirada inquisidora, a la que respondo extendiendo el sobre con la invitación. Mientras lo lee, saco de la bolsa mi agenda electrónica para apartar el viernes dentro de casi un mes.

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18. No estoy enojada

¿Aló? ¡Eduardo! Qué bueno que me hablas, estaba esperando tu llamada… Muy bien… Bien, no tan rápido como yo esperaba, pero ahí va… Bien, todo bien, te mandan saludos. ¿Tú cómo estás? ¿Terminó la grabación, no? Entonces, ¿llegas el martes? …¿Cómo, “posponerlo”? Pero, ¿por qué no te vienes ya el martes? …Pero ya terminó la grabación, ¿para qué te quedas más tiempo?

¿Comercial de parque de diversiones? Eduardo, lo tuyo es el audio ¿qué tienes que hacer tú en la producción de un comercial? No, no estoy molesta, lo que pasa es que no entiendo por qué alargas tu regreso, aquí tienes chamba y parece como si tuvieras una buena razón para quedarte en Miami… No, no son celos, además tenemos pacto de honestidad, y sé que si hubiera alguien allá me lo dirías aunque me doliera. Me lo dirías, ¿verdad?

Tan sencillo como esto: la grabación del comercial del parque ese en Miami ni siquiera es segura, los dos spots de radio aquí en Aguascalientes sí, y sólo están esperando tu regreso para grabarlos. No cambies tu vuelo y ya llega a Aguas el martes.

¡Eduardo, es la TERCERA vez que pospones tu viaje! Se suponía que estarías fuera diez días, máximo quince, ¡y ya llevas más de un mes! Lo vuelves a posponer ¿esta vez hasta cuándo? ¿¿¿CÓMO HASTA TEMPORADA BAJA??? ¡Pero si faltan dos meses para temporada baja! ¿Piensas estar en total más de tres meses? ¡No puede ser tan alta la diferencia de tarifas! ¡¡¡Pues entonces no cambies tu vuelo y regrésate ya, el martes!!! ESTOY TRANQUILA EDUARDO. ESTOY TRANQUILA. ¡Es que no puede ser que pospongas tu viaje tantas veces y por tanto tiempo! ¿Y qué se supone que le diga a la gente cuando me pregunten por ti, que no quieres pagar la tarifa de temporada alta y que entonces regresas en septiembre (claro, siempre y cuando no pospongas otra vez tu viaje)? ¿O que ya te mudaste a Miami pero no quieres que yo me entere, así que nada más me das atole con el dedo cada vez que hablamos, diciéndome que ya casi llegas? La gente me pregunta, Eduardo. Apenas ayer me encontré a la niña Esparza y resulta que ella sabía que posponías tu viaje antes de que yo supiera… Yo sé que es tu mejor amiga y que a veces le hablas desde Miami. No, no me dan celos de la Niña Esparza, si la conozco y te conozco a ti, y sé que nunca podrían estar juntos como pareja. Pero cómo es posible que ella se entere antes que yo de que no llegas el martes. Hubieras visto la cara de sorpresa que no pude disimular cuando supe que no llegabas el martes, y luego el esfuerzo sobrehumano que hice para pretender que ya me habías dicho.

A ver, contemplemos por un momento la posibilidad de que no canceles tu vuelo y sí llegues el martes, ¿qué tan grave podría ser?… Bueno, pero sólo perderías esa filmación, y si te quedas, podrías perder los dos spots… ¿Costo de oportunidad? O sea que si empiezas a producirle a esta empresa, tienes el negocio resuelto… No, pues entonces aunque no sea seguro, vale la pena que te quedes.

¿Hasta cuándo te quedarías? No, Eduardo, cómo te vas a quedar hasta septiembre. ¿Te das cuenta de que si te quedas hasta septiembre llevaremos más tiempo de novios estando en distintas ciudades, que estando en la misma ciudad? TIENE que haber vuelos; además si sale lo del comercial, vas a tener suficiente dinero para volar en temporada alta y en primera clase… Está bien, vamos viendo si sale lo del comercial, ¿cuándo se define? ¿QUÉ? ¡¿y entonces cuándo empezarían a grabar?! Eduardo, eso es demasiado tiempo, con razón se te hace fácil ya pensar en quedarte hasta septiembre. No, está bien, yo apoyo tu carrera y tu negocio… ¡no parece que te apoye porque ya llevamos más de un mes lejos, y tú no muestras ningún interés en verme pronto!… Ya vi que no puedes venir, pero al menos podrías invitarme a ir..

¡Claro que quiero ir!… por las vacaciones tú sabes que no hay problema… Sí, pasaporte y visa vigentes. Me hospedo contigo y asunto resuelto… supongo que ahorita es el momento, antes de que se defina lo del comercial y vayas a estar ocupado todo el día…

Pues mira, colgando contigo le llamo a mi agente de viajes; necesito resolver lo de Durango antes de irme, pero eso me tomará un par de días, máximo tres, estamos hablando de que yo saldría de Aguascalientes el jueves, para volar el mismo jueves desde México rumbo a Miami, o a más tardar el viernes de la semana próxima…

No importa, porque mis papás están aquí en Aguascalientes… No, de hecho en terapia estoy de vacaciones hasta finales de agosto… Que me llamen por teléfono allá y lo hago a distancia, de todas maneras me voy a llevar la laptop… Al dentista le pido que me reciba a principios de la semana.

Eduardo ¿pues qué no quieres que vaya? Es que parece que me quisieras poner trabas para ir. Por una parte no regresas a Aguascalientes y no muestras ningún interés en venir pronto, y por la otra la idea de que yo vaya parece estorbarte más que entusiasmarte. ¿Hay algo que yo deba saber?

¿Eduardo? ¿Por qué te quedas callado? Dime… ¿qué es lo que tengo que saber? ¡¡¡Eduardo, dime, no te quedes callado!!! …SÍ, SÍ TE PERDONO POR NO HABERME DICHO ANTES, PERO YA DIME. ¿Eduardo, estás llorando? ¿Hay alguien más?… Hay alguien más. ¿CÓMO QUE NO ES UNA MUJER? Me estás espantando Eduardo, por favor explícame. ¿¿¿UN NIÑO??? …Un hijo.

Tienes un hijo en Miami y no me lo habías dicho. ¡Y fuiste tú quien propuso nuestro pacto de honestidad! ¿Sólo las relaciones basadas en la comunicación y la confianza trascienden? Sí, ahora veo que tenías razón.

No sé si estoy molesta; en todo caso estoy confundida… Necesito tiempo, llámame otro día. Si no me llamas, ya me enteraré de la fecha de tu regreso cuando me encuentre a la Niña Esparza.

17. Ocasiones especiales

-Buenas noches Adelita, soy Isa. … Sí, gracias, aquí la espero. Ay , el fleco se me vino sobre la cara y no tengo manos para arreglármelo.

-¡Adelita!

-Isa, qué gusto verte, pásale.

-Muchas gracias Adelita, no seas mala ¿me ayudas con las galletitas? De hecho en lo que baja Tere, paso a la cocina a saludar.

-¡Niiiiña Isa! Qué milagro, qué abandonadas nos tienes, desde que el joven se fue, ya no nos echas ni un lazo. ¿Qué te pasó en la mano?

-Ay Catita, me quemé, ¿no tiene de esa pomada maravillosa? Qué bueno que fue la mano izquierda, así no estaré toda embarrada cuando salude a los señores Cometa.

-Señora Cometa, buenas noches, ¿cómo está?

-Isa ¿cómo estás, hija? Qué te pregunto, si estás muy guapa, ¿adelgazaste?

-Mi mamá le manda estas galletitas que horneó.

-No tienes que traer nada, dile a tu mamá que me haga el favor de mandar galletas cuando vayas de visita a casas ajenas, no cuando vengas a tu propia casa. Pásale hija, ahorita baja Jorge, que está en una llamada. ¿Qué te ofrezco de tomar?

Pasamos de largo junto al despacho y junto a la sala de tele, donde lloré tardes enteras sobre el hombro del Cometa cuando mi relación con Manolo se venía abajo. De reojo verifico si en la mesita de las fotos está la que nos tomamos en la Montaña Rusa y sí, ¡qué chiquitos nos vemos! La Señora Cometa me recibe en la sala principal, me parece que sólo la había usado en el brindis navideño. Frente a mí queda el salón de los trofeos, tapizado de cabezas de bestias cornudas con ojos de canica que no me dejan de mirar. Giro la cabeza justo para ver bajar al Señor Cometa.

-¡Buenas noches, mija! ¿Cómo están tus padres?

-Buenas noches, Señor Cometa, mi papá le manda esta botella de tinto español, me pidió que le dijera que es de Alejandro Fernández y que le sugiere que lo reserve para una ocasión especial.

-Ah, muy bien, muy bien, pues lo probamos de una vez, de una vez, qué ocasión más especial que cenar con la nuera. ¡Martín!, Martín, ponme a enfriar esta botellita y la que saqué de la cava déjala ahí, a lo mejor también nos la echamos ¡es más, tráetela de una vez! Vas a ver qué buen vino, mija, éste lo probamos por primera vez tu papá y yo en un restaurante en Madrid que servía el mejor cordero del planeta.

-Le digo a Isa que está muy guapa, Jorge.

-¿Cómo que “está”? ¡Si “es” muy guapa! Con todo respeto, mija, con todo respeto.

No sé qué decir así que sonrío. El Señor Cometa recibe otra llamada y se disculpa, mientras yo le digo a la Señora Cometa que estoy bien, que mis papás están bien, que sí están en Aguascalientes ahorita y que la abuela Isabel ya está mejor de su pierna, que no sabía que yo iba a venir o con toda seguridad le habría mandado saludos. Me aseguro de no preguntarle por el Cometa, pero ella toma la iniciativa para hablar de él y mencionar que no se enteró de que yo vendría a cenar hoy, o le habría pesado no poder estar aquí para verme. La última vez, el Cometa me dijo que prefería no verme, que no sabía si algún día me iba a querer ver de nuevo, pero cómo hablar de eso con su mamá. Afortunadamente el Señor Cometa regresa, con la mirada un tanto ausente, vuelve a la realidad para servirme una copa de vino y hacer un brindis.

-Por la familia, por los valores familiares ¡y por tener algún día en la familia a una nuera como tú!

Ah caray, pues por la familia. ¡Diantres, el celular, se me olvidó apagarlo! Como puedo, cancelo la llamada, reventando la ampolla de la quemadura que se me hizo horneando las galletas para la Señora Cometa. Una llamada perdida, número desconocido, seguro era Eduardo desde Miami.

 -Si quieres contestar, adelante, hija.

-Gracias Señora Cometa, sólo era un mensajito.

Obviamente no le digo que es Eduardo, ahorita que pueda apago el celular para que no me vaya a marcar otra vez. Pasamos al comedor, puesto con mantel largo y candelabros, y por un instante el silencio es incómodo. Yo no dejo de sonreír mientras recorro mentalmente los temas de conversación que serían correctos, tratando de elegir uno. Afortunadamente la Señora Cometa rompe el silencio:

-¿Y cómo está tu primo el que conocimos aquel Año Nuevo? ¿Sigue toreando?

No tengo ni que responder. El Señor Cometa sale del trance en el que se había quedado a partir de su llamada:

-¡Hombre Teresita, claro que sigue toreando! Si ha estado en carteles muy renombrados, el muchacho, mas no ha figurado del todo. Es que la empresa propone, el torero se dispone y el toro todo lo descompone. Es lamentable que este muchacho no ha tomado al toro por los cuernos, es entrón cuando le conviene y en plazas de mediana envergadura no se arrima, pero es luchón, es luchón. Si lo acabamos de ir a ver a Jalisco tu papá y yo. Pues desde ese día que no lo veo ¿cómo está? Dile que ya ni parece que viva en Aguascalientes. Es más, se lo digo yo, ahorita mismo le hablamos, le hablamos. ¡Adelita, tráigame el inalámbrico por favor!

-Pero si ya es muy tarde, Jorge, no creo que sea prudente llamarle ahorita.

-¿Bueno? ¡Bueno! ¡Consuegro! Pos aquí, cenando con tu hija, convenciéndola de que sea mi nuera ¡imagínate a tus nietos, qué chulos! No, pos no es ningún secreto, no es ningún secreto, en esta casa somos tres los que queremos que Isa pase a formar parte de la familia ¡si tú lo apruebas, claro! Pues tú tienes la culpa, la echaste a perder desde chiquita. Yo me acuerdo cuando anunciaste que era una niña, no lo pudiste disimular, si se te caía la baba por tu princesita. Y sí, la hiciste toda una princesita, cómo no se iba a enamorar m’ijo de ella.

El Señor Cometa sigue hablando, mientras me sirve lo último que queda de la botella y hace gestos para indicar que se ha de abrir la otra. La Señora Cometa entonces empieza a hacerme las preguntas de rigor, que si cómo está mi hermana, cómo están las niñas, qué edad tienen ya, mis hermanos, en Monterrey y ¿en Barcelona o en Madrid? ah, en Barcelona, siempre se me olvida ¿y ya tiene novia?

-¿Y tú, Isa, tienes novio, estás saliendo con alguien?

La sonrisa se me borra de la cara. Me pongo lívida, no sé si por la pregunta de la Señora Cometa o por la voz del Señor Cometa que de pronto adquiere un tono solemne por teléfono:

-¿Eduardo…? ¿es hijo del médico? No, entonces no lo conozco… del club… ¡ah, el pelón! Cómo no, si su hermano es un excelente cazador, claro que sí, lo conozco. ¡N’hombre, no tienes de qué preocuparte, si es de una excelente familia! Ha de ser un buen muchacho. Por lo menos suertudo sí es. …Pues ya nos invitarás a la boda Exconsuegro, ya nos invitarás a la boda, aunque espero que nos veamos antes ¿eh? Nos hablamos, nos hablamos.

A la mirada de interrogación de la Señora Cometa, Jorge Cometa responde sirviéndole más vino.

-Ya nos invitarás a la boda, mija.

Sólo atino a vaciar mi copa y a sonreír mucho mientras el Señor Cometa vuelve a llenarla de ese Alejandro Fernández destinado a ocasiones especiales.

16.Certezas aleatorias

No, le digo que el sábado ya tengo un compromiso, pero el viernes me parece perfecto ¿qué le llevo? Me acuerdo perfecto cómo llegar, no se preocupe, nos vemos ahí a las ocho. Igualmente Señora Cometa.

Qué inocente me vi cuando pensé que el viaje de Eduardo me permitiría tener mucho tiempo libre. Al contrario, no he parado, como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para verme.

El día en que mi novio voló rumbo a Miami, salí a tomar café con La Nena para contarle todo sobre el encuentro con Manuel, mientras mi madre cuidaba a sus nietas y les preparaba galletas que las harán tan adictas a los postres como mi hermana y yo. Frente a un pastel de chocolate y un strudel de manzana, La Nena y yo recordamos mi eterno noviazgo con Manolo, analizamos —basadas en mera ficción y suposiciones- su matrimonio y llegamos a la conclusión de que el tiempo dirá.

Al día siguiente, el número de llamadas perdidas de mi examiga Carmen eran tantas, que finalmente acepté tomar café con ella. Aunque aclaramos muchas cosas, decidimos volver a vernos dos días después para ver si lográbamos resolver nuestra “ruptura”. Debo decir que sus argumentos para involucrarse con un hombre casado son, si no convincentes, sí comprensibles. Yo misma me sorprendí al dejar de juzgarla. Además nuestra amistad se volvió tan fuerte al cabo de todos estos años, que acepté que no valía la pena darla por terminada por una diferencia en nuestros puntos de vista. Amén de preocuparse por recobrarme, Carmen ahora tiene con quién hablar sobre el asunto más importante de su vida en este momento, así que nos hemos visto prácticamente todos los días.

Además como acordé con Eduardo que ya no veré a Alan, el abogado que nos está resolviendo el problema con el cliente, no puedo ir a Durango para arreglarlo de acuerdo con la estrategia que habíamos definido, así que la compañía requiere mucho tiempo de mi parte para resolverlo desde aquí.

El fin de semana fui a los Altos de Jalisco a visitar a los abuelos paternos. El libro que llevé se quedó empacado, mi estuche de manicure nunca fue abierto y la computadora sólo sirvió para enseñarle a mis primos las fotos de la fiesta de Año Nuevo. Salí con ellos a comer, a los toros, a ver el partido de futbol; todo excepto lo que había planeado hacer en mi tiempo libre.

Hace cuatro días la niña Esparza me llamó para saber sobre Eduardo. Quedamos de vernos y propuso que fuera en mi casa, lo cual sospeché que estaba relacionado con las vacaciones de mi hermanito, que llegó a Aguascalientes hace una semana. ¡Qué descaro, después de que salió con mi hermano mayor! Al principio me incomodó sentirme utilizada por la niña Esparza para ver a mi hermano, pero cuando supe que el veterinario vendría a ver a mi perro estresado y que no habría nadie en la casa para recibirlo, accedí a que fuera ahí. Mis dudas se vieron confirmadas conforme pasaban los minutos y mi visita ni se iba, ni hablaba más que de temas irrelevantes y evidentemente sacados de la manga para hacer tiempo mientras regresaba el susodicho. Cuando finalmente llegó, se limitó a saludar y a retirarse a su habitación, lo cual dio la pauta para que la niña Esparza se despidiera de mí, haciéndome prometer que le llamaría al día siguiente en cuanto Eduardo me llamara, tal y como había prometido.

No lo hice, porque la llamada de Eduardo llegó justo cuando yo estaba con Marta. Con una mano le extendía un pañuelo, mientras con la otra buscaba el celular en mi bolsa. A duras penas digerí que se quedaría diez días más en Miami, pues estaba más concentrada pensando en argumentos para consolar a la pobre de Marta. Desde que desahuciaron a Pablo, el novio de Marta, ella está inconsolable. Lo duro es que Pablo ha decidido vivir sus últimos días, cuantos quiera que estos sean, al máximo, inmerso en la alegría de vivir. Marta está obligada a mostrar ante él su faceta optimista, aunque ello implique tragarse la crisis por la que está pasando.

Pablo, en cambio, está viviendo la mejor etapa de su vida. Al menos la más iluminada. Ya no pierde el tiempo en conversaciones triviales y en cambio expone su filosofía a diestra y siniestra. No tuve que insinuar nada para ver si obtenía información sobre El Cometa. Sin más, me contó la historia que siempre soñé escuchar. Como espinas clavándose en el pecho llegaron las evidencias de que el Cometa siempre me amó. Ahora es evidente que así era. Pablo tiene razón, por qué iba a querer pasar tanto tiempo conmigo, tiempo en que dejaba de salir con alguien más, si no hubiera sido por estar enamorado de mí. Él se enamoró mucho antes que yo, cuando yo corría a su hombro a llorar si tenía algún problema con Manolo. Entonces decidió que me quería en su vida, si no podía ser como pareja, como amiga. Nos hicimos los mejores amigos del universo. Leíamos nuestros pensamientos, sabíamos lo más profundo que existía en el corazón del otro, éramos capaces de mandarnos mensajes telepáticos para quedar de vernos, atraíamos eventos mágicos a nuestro alrededor. Cómo no enamorarme así. Lo que no sabía era que Pablo conocía la única parte del Cometa que yo desconocía: la naturaleza de sus sentimientos hacia mí.

Ahora, al borde de la muerte, a Pablo le parece fácil que yo termine con Eduardo y vuele diez mil kilómetros a convencer al Cometa de dejarnos llevar por nuestra pasión. Nos sumergiríamos en un amor que tiene alas y el mundo se paralizaría mientras nosotros aprendemos a volar.

Escuché a Pablo sintiendo que mi historia con el Cometa había terminado para siempre. Confieso que ahora, con la perspectiva de ir a cenar con sus padres el sábado próximo, surge en mí una chispa de esperanza. Si me lo cuestionara, llegaría a la conclusión de que no tiene caso ir a cenar a casa de los Señores Cometa si ando con Eduardo y el Cometa dio por rechazada la propuesta de matrimonio que nunca verbalizó. Menos mal que la sensatez no ha tenido cabida en mi agenda últimamente, tendría que esperar hasta el lunes, en que finalmente tendré tiempo libre.

15. Otra vez, Manuel

Me pongo nerviosa cuando me llaman de un número privado. ¿Aló? ¿Quién “Manuel”? No, claro que ya no te reconozco la voz, ha pasado mucho tiempo, tanto que creo ya haberte superado. Mucho menos te la reconozco con ese tono de solemnidad. Isa, fuiste la primera persona en saber que me casaba; ahora quiero que seas la primera en saber que me divorcio. ¡¿Manuel se divorcia?! ¿Manolo, el defensor del matrimonio, el convencido de que una relación es para toda la vida y sólo requiere que ambas partes trabajen en equipo en una construcción constante? Ahora aparece de la nada para anunciarme su separación e invitarme un café, amistoso, para platicar, que a fin de cuentas sigo siendo una de las personas con las que mejor comunicación tiene. Ciertamente me atrae la idea de verlo, y de paso enterarme del chisme, pero Eduardo no se va a Miami sino hasta dentro de tres días, así que le digo que tengo el fin de semana algo ocupado y que mejor nos vemos la semana que entra.

Recuerdo cómo hablaba Manolo sobre el matrimonio. Siempre fue muy buen orador y su discurso era muy estructurado. Hablaba sobre valores, metas compartidas, sueños de vida. Recuerdo nuestras conversaciones en el coche, durante las cenas, hasta me acuerdo de la vez que me llevó de día de campo y diseñamos nuestra vida ideal en familia… ¡ya no me acordaba de ese día de campo! Cuántos recuerdos tenía almacenados, me sorprende cómo ahora estallan en mi mente como palomitas de maíz.

La Nena tiene que saber que Manolo me llamó. Pero no, si le digo que me habló, le tendré que explicar que se divorcia y no quiero hacer un chisme. Mejor le cuento el domingo en la comida, en algún momento en que Eduardo no esté.

Otra vez número privado. ¿Será otra vez Manuel? Isa, la verdad es que para mí era muy importante verte hoy y me lastimó que tú aplazaras nuestro encuentro con tanta indiferencia; te lo tenía que decir, porque he aprendido que el haberme callado tantas cosas es algo que lastimó mucho nuestra relación. Uf, cómo pesa el remordimiento de haberlo lastimado. Ahora me necesita y tengo la oportunidad de apoyarlo. A fin de cuentas no es más que un café amistoso para que pueda desahogarse con la persona que lo conoce y lo entiende. Está bien, Manuel, pasa por mí dentro de una hora. Por lo que hubo.

Ahora qué le digo a Eduardo. Si me tardo menos de dos horas con Manuel, Eduardo ni se enteraría. Además sabe que la pila de mi celular está haciendo falso contacto, así que no será raro que no le conteste. Aunque cuando hablamos sobre lo de Alan, quedamos en que nos diríamos todo. Híjole, si le oculto esto a Eduardo, me puede costar mi relación con él, y no creo que valga la pena, mejor sí le digo.

Eduardo reacciona con madurez, o al menos con naturalidad. Solamente me recuerda que él se va el lunes y queda de pasar por mí al lugar donde tomaré café con Manuel.

Llamo a la oficina para avisar que no regresaré en la tarde, me cambio de ropa y me retoco el maquillaje. Hace años que no lo veo. Lo vi un día en el centro comercial, de la mano con su esposa, ex-esposa o lo que sea, pero él no me vio y eso fue hace ya dos años.

Manuel ha perdido pelo y ha ganado peso. Se ha convertido en un señor. Durante casi una hora abre su corazón, contándome todo sobre su matrimonio, su separación y finalmente la decisión de divorciarse. Se ve que ha pasado tiempo analizando su relación, como siempre lo ha hecho.

¿Qué hubiera pasado si tú y yo sí nos hubiéramos casado? Yo también me lo he preguntado, Manolo, viviríamos ahorita en la casita que habíamos visto, probablemente estaríamos comprando una más grande. Tendríamos ya tres hijos, tú trabajarías y yo sería ama de casa. Cada semana saldríamos en una cita romántica a solas tú y yo. Viajaríamos y tomaríamos cursos de cerámica, de pintura y de música. Tus padres me amarían y tú seguirías siendo un miembro más de mi familia. Nuestras madres seguirían siendo amigas. Iríamos a misa juntos, a todos lados juntos, y la gente se sorprendería si alguna vez nos encontrara sin el otro, como pasó cuando terminamos.

No creas, también ha sido difícil para mí. ¿Recuerdas que en medio de tu enojo me dijiste que debería tomar terapia para definir lo que quería? Pues eso hice, desde entonces estoy en terapia. Me ha servido para analizar y entender muchas cosas, otras sigo sin resolverlas. Sé que para ti yo cancelé esa boda, pero para mí fuiste tú quien la canceló, yo sólo quería posponerla…

Sí, sé que podríamos caer en la misma discusión y ahora sé que tenías razón: el dudar es otra manera de no querer. Pero es que nuestra relación era tan conveniente socialmente, que no podía evitar preguntarme si estábamos juntos por comodidad y costumbre, o si en realidad éramos ese amor ideal con el que sueño desde niña. Me pesaba mucho recordar que desde pequeños nuestras madres soñaban con vernos casados, justo en la época en la que tú y yo no nos podíamos ni ver, ¿recuerdas cómo nos peleábamos?

Cuando fuimos novios era lógico que nos íbamos a casar. Pero cuando la Nena se casó antes que yo, bien lo sabes, empecé a cuestionarme si en realidad estábamos destinados al matrimonio. Me preguntaba qué tanto estábamos juntos por ir con la corriente, y qué tanto porque en realidad eso era lo que anhelábamos. Ahora me doy cuenta de que con mis dudas menosprecié todo lo que teníamos. Todavía no sé si en efecto eras el amor de mi vida.

También para mí fue muy duro cancelar la boda. Con mi madre en cama y tu madre en negación, no nos quedaba más que recoger las invitaciones tú y yo. Qué bueno que ahora nos podamos reír recordando las reacciones de la gente cuando regresamos por ellas.

Tú me enteraste de que te ibas a casar inclusive antes de que se lo propusieras a Gloria. Recuerdo que me dijiste que era irónico que yo siguiera siendo la primera persona en enterarse de tus planes maritales. Creo que en ese momento no me afectó tanto, más bien me congratulé de haber estado comprometida con un hombre tan íntegro, que tuvo la delicadeza de avisarme de su matrimonio. Después de eso sí ha sido difícil, sobre todo con el tiempo. Conforme pasan los años me pregunto si no dejé pasar la oportunidad de casarme, máxime porque a mi edad, no es fácil encontrar con quién salir, menos aquí en Aguascalientes…

Sí Manuel, sí saldría con un hombre divorciado (si supieras que ya lo he hecho…). Aprecio que esperes a divorciarte para invitarme a salir, y tampoco sé si aceptaré, ya lo veremos.

Ya llegaron por mí, déjame presentarte a Eduardo, mi novio.

14. Relaciones complicadas

Mamá toca a la puerta de mi habitación. Estoy en bata, con el cabello alaciado y ya maquillada, sin aretes. ¿Cómo podía ella saber que no tenía aretes? Trae un par de diamantes en una montura larga, más apropiados –según ella- para mi cabello largo que los pequeñitos que suelo usar. Yo ya debería de estar lista, pero me la pasé boleando mis zapatos y limpiando mi joyería, y se me hizo tarde.

En efecto, Eduardo toca el timbre y mamá me tranquiliza, ella lo recibirá en lo que yo termino de arreglarme. Medias, falda, blusa. Qué estarán platicando. No creo que se le ocurra preguntarle su opinión sobre el nuevo Papa, aunque pensándolo bien, seguro le interesará su opinión sobre un tema tan importante como la religión. Qué importa de qué hablen, lo importante es el tema que tocaré durante la cena. Eduardo debe tener claro que no somos novios y por lo tanto yo no le puse el cuerno con Alan. Ni siquiera hablaré de si quiero andar con él, y en todo caso, no es algo que esté lista para decidir en este momento.

Cartera, llaves y celular en la bolsa pequeñita, y estoy lista para bajar. Están riendo, seguro no hablaban del Papa. Beso a Eduardo en la mejilla aprovechando que se levantó para besar a mamá de despedida. Ella discretamente me pregunta a qué hora regresaré. Me parece algo extraño, pasan tanto tiempo en los Altos de Jalisco que siento como si estuviera viviendo sola. Hace apenas tres días que llegaron y ya me siento como adolescente controlada. Temprano, llego temprano. Esboza una sonrisa de complicidad.

A tan sólo dos cuadras de distancia, me llama por teléfono. Sí, sí le di su medicina al perro y no, no me habías dicho que me volvió a llamar Carmen… aunque me lo hubiera imaginado, a juzgar por las tres llamadas perdidas suyas que aparecen en el celular. Por lo menos me da pauta para evadir el tema durante el trayecto. Le explico a Eduardo lo que parece ser el tema más relevante del planeta, uno de mis tres perros aparentemente tiene una úlcera ocasionada por estrés.

Llegamos al restaurante en donde él había hecho una reservación. En una mesa están nada más y nada menos que los papás del Cometa. ¡Encontrármelos justo a ellos, qué inapropiado! Camino hacia nuestra mesa, pero en vez de sentarme, me disculpo con Eduardo y voy a saludar al señor y la señora Cometa. La señora Cometa me pregunta con quién vengo, con un amigo, y por qué no nos acompañan, a lo que no puedo sino responder con una sonrisa mientras pienso qué decir. Me salva el señor Cometa, no seas impertinente, qué tal que ellos quieren estar solos, además nosotros ya casi terminamos, mejor invitamos a Isa algún día a cenar a la casa. Claro, me va a encantar ir a cenar a su casa. Ya sabes que no tenemos teléfono, pero danos un número donde te podamos localizar para quedar en el día y la hora. Me apresuro a extenderles la tarjeta y regreso a sentarme con el hombre más guapo del local.

Me acabo de sentar y ya hasta estoy comiendo pan con mantequilla. Todavía estoy pensando cómo evitar el tema, cuando él menciona lo encantadora que le parecí por teléfono a su mamá. Que tengo una voz muy linda y que le preguntó si somos novios. Con ojos del tamaño de platos, le pregunto qué respondió. Que sí. Eduardo, ¿tú consideras que somos novios? Pues sí. ¿Desde hace cuánto? Desde el día en que te llegué, hace mes y medio. Híjole, cómo le explico.

Lo que ocurre a continuación no me queda muy claro. Explica y averigua, como tratando de conocer lo más profundo de mi alma. Poco a poco le insinúo lo que pasó con Alan y su indignación no es por la infidelidad, sino porque exista la posibilidad de que yo no tenga el deseo de andar con él. Le doy a entender que es muy precipitado, hasta que me pregunta directamente si quiero que seamos novios. Sí, Eduardo, sí quiero ser tu novia. ¿Y quieres que tomemos como fecha de nuestro aniversario el día que te llegué en el antro? Claro.

No sé cómo, pero me encuentro deshaciéndome en disculpas por haberle puesto el cuerno. Él no sabe si podrá perdonarme. Me explica fábulas sobre tablas clavadas que no volverán a ser como antes. “La confianza es un bien no renovable”. Qué pesadilla, es una situación casi humillante de la que quiero salir cuanto antes. Ni siquiera pido postre, con tal de regresar a mi casa ya.

Aún no entiendo lo que pasó. Mi objetivo al ir a cenar con Eduardo era aclarar que no éramos novios. Ahora resulta que tengo un novio al que le puse el cuerno y tengo que reivindicar esa terrible acción.

Me preparo un té y me siento en la sala a reflexionar… o a llorar, lo que ocurra primero. Ocurre lo segundo, justo cuando mamá baja a preguntarme cómo me fue. Lloro en silencio y no respondo. Las relaciones humanas son complicadas, sí. Eso es lo que las hace divertidas , supongo que tiene razón.

Mamá sabe que es mejor callar. Va a la cocina y regresa con dos rebanadas del pie de queso que preparó. Lo comemos en silencio, con la mirada clavada en el infinito, y sólo en el último bocado doy por finalizada nuestra convivencia mientras le extiendo en mi mano el par de aretes que me prestó, y recibo un suave beso en la frente como el que nos solía dar antes de dormir.

13. Pérdidas en días de feria

Mi pulso está acelerado y mi respiración agitada, en armonía con la música de los coches que pasan y el escándalo de la gente de que sale de los antros a primera hora de la mañana. Me robaron mi cámara digital. La dejé sobre la mesa en el antro y cuando me di cuenta, ya no estaba. No fue tanto la cámara, que a fin de cuentas es algo material. Fue la sensación de inseguridad, el saber que no es seguro dejar mis pertenencias en la mesa del antro. Fue también el desapego involuntario de las fotografías que estaban en la cámara: el viaje a Durango, la cena de parejas el jueves en casa de Eduardo y la fiesta de despedida de Pablo. Después de todas las pérdidas que he vivido esta noche, la de la cámara es la más insignificante.

De la nada aparece frente a mí la niña Esparza, histérica. Mi estado alterado no se compara en nada con el de ella. Tan rápido como puedo, trato de descifrar la situación. Ella habla de violación y señala con el dedo a un tipo en paños menores. ¡Un momento! A él yo ya lo había visto… claro, lo vi de regreso de la Sierra Fría , cuando la niña Esparza me vio con el Cometa. O sea que ya se conocían; están saliendo del hotel a primer hora de la mañana y la niña Esparza se topa conmigo, ¿qué podía decir sino que había sido violada? La trato de tranquilizar en vano. Cómo darle a entender que no tiene que ser falsa y que es perfectamente válido acostarse con alguien. Yo misma he actuado de manera hipócrita en un afán de tratar de actuar con libertad. Cuando mi libertad se pelea con lo que marca la sociedad, tengo que utilizar herramientas para que mi nombre (y apellido, ciertamente) quede limpio. El rol de víctima es una de las herramientas más eficaces, lo sé bien. Mientras alejo a la supuesta víctima de ahí, con la mirada le doy a entender a su amante que sé que no es un violador. Ojalá fuéramos libres para poder hacer lo que quisiéramos, sin sentir la sombra de la sociedad anclando nuestros tobillos. Ojalá le pudiera dar alas a la niña Esparza para que saliera del hotel de un hombre con la plenitud del placer experimentado, y no con la desesperación del ahogo social.

Mi tolerancia actual me sorprende. Hace apenas algunas horas encarné a la sociedad enjuiciadora cuando me enteré de que el abogado duranguense cuya esposa me llamó creyéndome su amante, en efecto le es infiel a su mujer, y lo hace nada más y nada menos que con mi amiga Carmen. Me enoja, me decepciona, me indigna. Le armé una escena a Carmen y no he contestado a las decenas de llamadas y mensajes que me envía. Tanto Carmen como la niña Esparza están en una situación equivalente (la de una mujer que se acuesta “indebidamente” con un hombre), y la una me parece inadmisible; la otra, perfectamente comprensible. Claro, hace doce horas no habían pasado tantas cosas.

Hace doce horas, aún no había escuchado la voz de Alan al otro lado del teléfono, que con ternura me llamaba ingenua, por no saber que la relación entre Carmen y el abogado iba más allá de la amistad. En cuanto la vi le recriminé su baja moral, y sólo me callé al no saber qué responder. Quién eres tú para hablar de escrúpulos, Isa, si descaradamente le pusiste el cuerno a Eduardo con Alan. Justificándome fue que me enteré de que Eduardo consideró que al callar, había otorgado. No le respondí cuando me pidió que fuéramos novios y ante mi silencio, asumió que accedía. Eso significa que le puse el cuerno con Alan. Qué subjetiva es la infidelidad. Ahora me toca enfrentar mi infidelidad involuntaria, esperando que tenga consecuencias más sutiles que las que tuvo en mi amistad con Carmen, que terminó rotundamente.

Hace doce horas no sabía por qué la fiesta que organizaban Pablo y su novia Marta era de “despedida”. Apenas llegué al Buddha, tuve ocasión de preguntárselo a Marta, con la mejor de mis sonrisas. Su risa nerviosa se convirtió en llanto en cosa de segundos y se fue al baño mientras el Cometa, a quien no había visto, me jalaba del brazo para explicarme: Pablo se estaba despidiendo de la vida.

Se me hizo un nudo en la garganta y todo empezó a girar mientras recibía la noticia. Le diagnosticaron cáncer de pulmón en un estado tan avanzado que lo desahuciaron. Recordé el resfriado que habíamos atribuido al tiempo en la Sierra Fría y caí en la cuenta de que Pablo llevaba meses fluctuando entre la gripe y la alergia. Ahora se va a morir, y de pronto lo único que cobra sentido en la vida, es la vida misma. Es increíble ver a Pablo más contento que nunca, gozando cada instante, como si quisiera exprimir el poco tiempo que le queda.

Ahora entiendo por qué el Cometa voló tantas horas para venir a la fiesta de despedida. Lo que no acabo de entender, es por qué cambió de opinión. Tardó años en hablar del tema, en mencionar su propuesta de irme a vivir en unión libre con él. Yo tuve suficiente tiempo para pensarlo. Visualizarme compartiendo mi vida con el Cometa es el pensamiento que más feliz me hace. Sé que lo que siento por él es mucho mayor que lo que siento o pueda llegar a sentir por Eduardo. Pero mis sueños incluyen el matrimonio. Casarme con el Cometa sería para mí llevar el amor que siento por él al nivel más alto, uniéndonos ante los ojos de Dios. El Cometa me había sugerido que viviéramos en unión libre y esa opción me incomodaba. Era como si él no estuviera seguro de querer estar conmigo y si no estaba seguro, tal vez era mejor que no estuviéramos juntos.

Lo irónico es que él interpretó mi indecisión precisamente como que yo no estaba convencida de estar con él. El Cometa esperaba que yo eligiera compartir mi vida con él, independientemente del convenio religioso o civil. Me explicó que mi silencio había dejado en claro mi postura: yo no tenía la misma intención que él. Originalmente pensaba pedirme matrimonio cuando nos viéramos, no es algo que se proponga por teléfono y ésa era la razón por la cual me había hablado de unión libre y no de matrimonio. Pero el que yo no aceptara de inmediato su propuesta, lo “desactivó”. Ahora algo se rompió, como una bola de cristal llena de nieve que estalla en cien pedazos. Debe ser cierto, porque cientos de astillas de vidrio se encajaron en mi corazón. Hablamos toda la noche, al principio traté de convencerlo, y al final mi orgullo estaba tan pisoteado que sólo me enfoqué en sobrellevar tanto dolor.

Estaba tan conmocionada que no me di cuenta de que mi cámara digital había desaparecido de la mesa. Cuando cuenta me di, la descarga de adrenalina me sirvió para tomar mis cosas y salir del antro. De no haber sido por eso, no habría encontrado fuerzas para seguir andando.