3. La llegada del Cometa

Siempre llega de la forma más inesperada. Diría que también en el momento en que menos me lo espero, pero debo admitir que todo el tiempo estoy esperando recibir noticias suyas. Sólo ocurre de vez en cuando, como el paso de un cometa.

Omitiré su nombre, no sé por qué prefiero no mencionarlo. Tal vez todo lo relacionado con él tenga aún (al cabo de tantos años) una carga emocional tan fuerte, que no puedo manejarlo directamente. Me parece que lo llamaré, simplemente, “El Cometa”.

“El Cometa” aparece hoy por mensajería: un sobre que abro precipitadamente. Pudiendo usar el teléfono, el correo electrónico o cualquier medio convencional, tuvo que haber elegido uno que me sorprendiera. Me enoja pensar en que sea una entrega original; su originalidad es una más de las razones para amarlo, y quisiera más bien encontrar las razones para dejar de amarlo. Por supuesto que me sentí halagada al recibir el envío aquel.

La nota (pues más que carta es una nota) es una cita para cenar en el Quinta Real a las ocho. Se disculpa por no pasar a recogerme, pero —lo sé bien- vendió su coche para mudarse al extranjero, así que nos veremos allí. Ni siquiera dudo en ir. Nunca he podido negarme. A veces me parece que “El Cometa” fuera un titiritero que moviera los hilos de mi voluntad.

Así los movió el día de la inauguración de este portal. Estaba yo lista, arreglada, en la puerta del lugar, cuando sonó mi celular. Casi no escuchaba y tuve que regresar al coche para evitar el ruido. La voz de “El Cometa” me sorprendió con un saludo tan casual como si nos hubiéramos visto la víspera. Se encontraba en un aeropuerto a miles de kilómetros de distancia, listo para tomar un vuelo rumbo a la Ciudad de México, pues tenía que regresar a arreglar su visa antes del plazo de tres meses en aquel otro país.

Antes de que yo acabara de recuperarme del asombro, él hizo cálculos sobre la hora de su aterrizaje y el tiempo que me tomaría desplazarme al aeropuerto del DF; tomando en cuenta su paso por migración y aduana, yo llegaría justo a tiempo para recibirlo. Nada más lejos de mis planes originales.

Probablemente la única razón no catalogada como “de fuerza mayor” que me hubiera impedido entrar a la tan esperada inauguración, hubiera sido esa llamada de “El Cometa”, y así lo fue. Sin dar explicaciones por miedo a llegar tarde, viajé de Aguascalientes a México, recreando en el camino la llamada de “El Cometa”, ocurrida justo en el instante en que iba a entrar. Había sido un momento digno de película, novela o sueño. No cabe duda que, a veces, la realidad supera la fantasía.

Fue un trayecto de lo más emotivo, entre los nervios de verlo, el regocijo de ir muy bien arreglada y la ironía de llevar menos de una semana recuperada de la depresión en la que me hizo caer su partida. Me hubiera gustado que nuestro encuentro fuera tan novelesco como su llamada, y no fue así. Yo me comporté inexplicablemente seria y él, en vez de invitarme a cenar, me pidió que lo llevara a la cena de bienvenida que le habían preparado. Ni siquiera quise acompañarlo, tanto coraje me dio.

Se quedaría algunos días en México para arreglar la visa, pero nos veríamos el fin de semana. Al día siguiente me llamó para avisarme que su familia tenía planeado un viaje a la playa, así que posponía nuestro encuentro. Ya no quise quedarme en México y el mismo sábado emprendí el regreso, manejando a duras penas entre lágrimas y sollozos.

 Por eso cuando, una semana más tarde, Eduardo me llamó para invitarme a salir, accedí sin pensarlo. Normalmente no lo hubiera hecho, porque me llamó el mismo día y porque llevaba meses desaparecido. La justificación del robo del celular era buena, pero bajo circunstancias normales no habría sido suficiente. Le habría inventado que ya tenía compromiso y hubiera agradecido exageradamente la llamada, para que no pensara que lo estaba bateando. Sin embargo, ese día yo era una hembra herida, necesitada de venganza. Eduardo era el hombre perfecto para hacerme olvidar a “El Cometa”, al menos durante un par de horas.

De hecho Eduardo era el hombre perfecto para muchas cosas. Me gustó tanto en el momento en que lo vi, que he vivido miles de fantasías románticas con él, todas en torno al amor a primera vista. Aquel día acompañé a Carmela, una amiga que canta “jingles”, a una cita con gente de la disquera para la cual él hace las campañas de comunicación. El hecho de que él estuviera de espaldas, no impidió que llamara mi atención. Cuando giró me quedé fría: pocos hombres tan guapos he visto en mi vida. Pero cuando me quedé helada fue en la tercera o cuarta ocasión que nos encontrábamos, en que me invitó a salir. Ya me había tirado la onda alguna vez, pero no lo había tomado en serio, pensando que sólo estaba siendo cortés. Cuando me invitó a salir, ya no cabía lugar a dudas.

Además de guapo es carismático, trabajador y caballeroso. La mitad de la velada se la pasó justificando por qué no me había invitado a salir antes, que era la misma razón por la que no me llevaba a un lugar más caro. Empezar un negocio propio requiere mucho dinero, y en su empresa de comunicación él está invirtiendo una gran cantidad, además de que aún no es redituable.

No sólo requiere mucho dinero, sino también mucho tiempo, y era por eso que las llamadas de Eduardo eran tan esporádicas, que no me sorprendió mucho que un día cesaran definitivamente… o por lo menos eso había creído, hasta que el sábado siguiente a la llegada de “El Cometa”, Eduardo conoció a una prima en una comida y ella le dio el número que había perdido.

Ese día fui a una fiesta en la que él era el anfitrión y me trató como reina. El siguiente fin de semana me invitó (en una salida de bajo presupuesto) a una velada bohemia en casa de su mejor amiga, una Esparza, quien resultó conocer a mi hermano porque llegaron a salir juntos. Ayer fuimos al cine y a tomar algo. Tuvimos una ligera fricción, nuestros puntos de vista respecto al tema de la película son diametralmente opuestos y él se acaloró más de la cuenta.

¡Teléfono! Hablando del rey de Roma… el identificador de llamadas indica su número. Uy, seguro me va a invitar a salir, porque anoche, al despedirse, me dijo “hasta mañana”. No quedamos en nada, pero seguro para eso me está llamando. Híjole, y yo voy a salir con “El Cometa”. ¿Qué hago? Si le contesto y declino su invitación tal vez piense que la discusión de anoche me hizo cambiar de opinión respecto a él. Por otro lado, no podría aceptar su invitación a salir. No, no voy a contestar. Además, si me quedo platicando con él por teléfono, no me va a dar tiempo de arreglarme para salir a cenar con mi titiritero.

Palomazo

Una cena en un bistrot parisino, chez Colette, donde los músicos de jazz de la ciudad llegan a palomear. La decoración navideña de quién sabe qué año aún asoma, discreta, atrás de la puerta. La dueña te da una cerveza para que se la pases al comensal de allá. Su perro deambula entre las mesas tan indiferente al bullicio como la lavadora que estorba un poco el paso para entrar al baño.
La cena es la más maravillosa que hayas probado en mucho tiempo. O quizá sea la música, ésa que te traslada en el tiempo y en el espacio hasta que te conviertes en alguien más y estás viviendo una vida ajena, prestada, que te encanta.

Una tristeza larga

Tejo una tristeza

       larga como noche en invierno.

Lloro, gota a gota,

       letras que amortigüen tu partida.

Envejezco

       para no haber pasado una vida sin ti.

Y muero un poco,

       un mucho,

              ¡un todo!

porque al irte me llevaste

y me dejaste sin ti,

       pero también sin mí.

2. La reunión después del artículo

Yo pensaba que era el domingo el día que se había institucionalizado para las comidas familiares, ¡no el sábado! Pero claro, hay que aprovechar el pretexto de que exactamente hoy es el cumpleaños de mi hermano para organizar el festejo, aunque él viva en una ciudad a muchos kilómetros de aquí y no vaya a venir.

En realidad no me molesta tanto que la comida sea en sábado, sino la posibilidad de pasar una tarde infernal bajo la sombra de miradas de reprobación. Es la primera vez que los veo desde la publicación de mi nueva columna. Ya imagino la escena: cuchicheos que cesan abruptamente ante mi llegada, silencio sepulcral roto por la sentencia “¡culpable!” seguida de discusiones (en las que obviamente yo, la acusada, no participo) sobre todas las razones por las que yo no debería de divulgar asuntos “íntimos”, “personales” y “privados” de la familia, o –mejor aún- por las que debería escribir utilizando un pseudónimo.

Entro a la casa de mis tíos ejecutando mi mejor cara de interventora de la Secretaría de Gobernación mientras escudriño los gestos de cada pariente tratando de interpretar cómo habrán tomado la mención a la familia que hice en mi columna. “¡Iiisa! Québuenoqueyallegaste. Setehizotardemijita, pero claaaro, si tu mamá me dijo por teléfono que hoy en la mañana tenías una cita de trabajo, ¡erestodaunaemprendedora! Y por cierto, leímos tu artículo y nos gustó mu-chí-si-mo, nocabedudaquetienestalentoparaescribir, toda la vida lo has tenido, siempre decimos tu tío y yo que deberías escribir una novela, ¿has adelgazado? Angélicaaa, ya ve encendiendo el horno, niña, ¡nos encantó tu artículo, Isa!” Trato de disimular mi sorpresa en medio de “siesciertos” y de “tambienanosotrosnosencantós”.

¡Por supuesto! De por si no leen mas que la décima parte de lo que escribo, ya parece que iban a leer algo ¡en internet! Necesito digerirlo. Hago un recuento mental sobre las actividades a las que se dedican, el contacto que tienen con la computadora, con internet, ¿qué posibilidad habría de que, en efecto, la hubieran leído? Ahora lo que me parece extraño es haber pensado que lo habían hecho, quizá por puro morbo. Lo debí haber previsto, no tengo censura. ¡No tengo censura! Qué alivio, qué libertad repentina. También a mí me provoca morbo. Qué ganas de contar de pronto tantas cosas.

…Las mañanitas frente a la bocina del teléfono. “No, no me lo pasen, yo hablé con él hoy en la mañana”. El anillo puesto en una de las velitas como alianza con un deseo del que de inmediato me arrepiento. Me siento culpable por querer romance en mi vida. Superficial y hasta poco profesional. Me justifico un poco pensando que ni siquiera tendría tiempo para el romance, y menos ahora que he de preparar la Expo. “Una rebanadita de cada uno, tía, gracias, pero chiquitita, nomás para probarlos”. Explico por enésima vez mis razones para no querer ir al antro con todos los primos, “gracias, además hoy me quiero dormir temprano, ya renté una película para quedarme tranquila en la casa… sí, yo sola y no, no me da miedo quedarme yo sola, no es necesario que la abuela me invite a dormir a su casa, gracias”.

Me escapo en cuanto acaba la sobremesa para acompañar a mi hermana de compras. Ya sé que es una grosería irme con el bocado aún en la boca, pero tengo el pretexto de aprovechar que las niñas están durmiendo la siesta, así que nos vamos antes de que se despierten, y ni me despido porque “ahoritita regresamos”. Por supuesto nos estacionamos en el lugar más lejano al acceso, para tener que caminar y quemar creo que veinte calorías, que ni son tantas, pero hay que sumarlas con las de utilizar escaleras en lugar de elevador y las que se ahorran pidiendo refresco light y evitando comer pan en el restaurante mientras llegan los platillos.

Pensé que iba a escuchar lo más reciente en las quejas sobre guarderías y noticias sobre destrezas infantiles; en cambio recibo prendas a ser probadas, halagos sobre cómo me quedan y, ¡ahora llega!, el lamento de mi hermana sobre la figura jamás recuperada después de dos partos. De paso me entero del chisme sobre las cirugías más recientes en la crema y nata de la sociedad hidrocálida.

Me encuentro a alguien, lo cual me choca que ocurra justo en el espejo del probador. Suena mi celular, dentro de mi bolsa, en el vestidor, a demasiados pasos de mí como para contestarlo a tiempo. Llamada perdida de teléfono desconocido. Me gusta la intriga, me hace sentir importante. Me gusta un poco menos cuando regreso la llamada y nadie me contesta. La curiosidad no me deja concentrarme en lo que me dice mi hermana, que por otro lado no parece ser demasiado interesante. De nuevo el celular. Es un galán con el que salía hacía meses. Que le habían robado el celular donde estaba mi teléfono y –qué coincidencia- hoy en una comida alguien habló de mí, y perdón por no haberme hablado cuando regresó de viaje (pero es que el robo del celular), “¿tienes plan para hoy? sé que es precipitado, pero organicé una fiesta para los de la disquera y siempre me preguntan por ti”. Accedo y me apresuro a colgar porque entonces me tengo que comprar zapatos para la blusa nueva y ya casi van a cerrar las tiendas.

Es impresionante cómo en un solo día pueden ocurrir tantas cosas impredecibles. Es como si la vida estuviera jugando a las sorpresas.

Afiliación política

Cuando en primaria me enfrenté por primera vez al contexto de una elección presidencial, mi lógica era apostarle a la experiencia: aseguré categórica que yo votaría por el partido en el poder. (Mis padres, quienes votarían por la oposición, atinadamente apoyaron mi decisión).

En mis siguientes elecciones presidenciales me topé en las urnas con una propuesta que encontré maravillosa. Un partido enarbolaba al planeta como estandarte. En ese momento sentí lo más parecido a la afiliación, un estremecimiento recorrió mi cuerpo con la certeza de que yo misma quería apoyar tan digna causa. Afortunadamente para cuando tuve edad suficiente para votar, también tuve la conciencia para no votar por el Partido Verde.

Años más tarde, durante la candidatura de Colosio un amigo, priísta de hueso colorado, me invitó a participar en un programa de radio. Acepté con una condición: no podía decir al aire mi nombre completo sino tan sólo mi nombre de pila, pues aunque creía firmemente en la propuesta de Colosio, me rehusaba a ser vinculada directa o indirectamente con el PRI. Al presentarme en el primer episodio del programa José Alfonso me dio una lección de compromiso: mencionó nombre, apellido paterno y apellido materno con impecable dicción. El programa era del grupo ciudadano que apoyaba a Colosio, gracias a lo cual mi reputación como apartidista se mantuvo intacta.

Entre más conozco a los partidos políticos en México más siento un magnetismo inverso, de ese que repele en vez de atraer. Mi afiliación política es la no afiliación.

1. Yo, en crisis

Supongo que no seré la única. Me imagino que cada persona, de pronto, se detiene a analizar qué ha sido de su vida y se cuestiona muchas cosas. Eso me está pasando. Sólo que no me estoy cuestionando “muchas” cosas, sino “TODAS” las cosas: trabajo, familia, amigos, pareja, pasatiempos. Ni siquiera tengo claras las preguntas. Algunas veces se trata del tiempo que, a últimas fechas, le robo a los amigos para dedicarme al trabajo, y que en realidad quisiera otorgar a la familia. Otras, de los recuerdos que me hacen sonrojar y de todos aquellos sueños que no llegaron a convertirse en recuerdos.

Me consuela pensar que le puede pasar a todo el mundo. A fin de cuentas, mi existencia ha sido, hasta ahora, más o menos valiosa. Aun naciendo en el seno de una familia, digamos, tradicionalista (etiqueta muy cuestionable, especialmente para mi familia), pues bueno, no me dedico a casarme y tener hijos; en cambio, trabajo: soy empresaria, innovadora y comprometida con lo que hago. Jijiji, qué formal sueno, casi farsante, máxime utilizando el adjetivo “comprometida”, ¡como si los de la Generación X incluyéramos ese término en nuestro vocabulario! (Y aquí cabe cuestionarme si alguien con un historial de cambio de empleo, que no ha podido estarse quieta en la misma ciudad y, para colmo, soltera, puede osar hablar de compromiso… una pregunta más para la colección de las aún sin responder).

Mi reflexión sobre estos “profundos” temas se ve interrumpida por el sonido –el electrizante y original sonido- de mi celular. Es un conocido de quien hacía años no sabía. Con voz más formal de la que estaba acostumbrada a oírle, me cita para vernos. Suena casi misterioso, así que no puedo menos que acceder. Además, el día pintaba aburridísimo.

Obviamente, mis ojos están hinchados. Lo raro hubiera sido que no lo estuvieran después de tanto llorar. Menos mal que siempre guardo la máscara de gel en el refrigerador, diez mágicos minutos y estoy como nueva, lista para transformarme en mí.

Buen empleo, buen salario. Buena casa en buena zona. Ropa buena, y además de todo, a la moda. Buen corte de pelo, maquillaje del bueno. Bonito cabello, cara bonita, cuerpo… más delgado sería bonito. Buenos padres, hermanos buenos (sobre todo el mayor, que es un pan, aunque el más pequeño está más bueno). En suma: buena familia… ¿Qué me falta para que mi vida esté completa? Tiene que haber algo, porque todas esas “bondades” bien podrían ser respuestas y, sin embargo, mis preguntas siguen en el aire. Si todo es tan bueno, ¿por qué de pronto me siento tan cansada y todo me parece tan aburrido? Supondría que no es nada que una taza de buen café (¡y dale con lo bueno!) y una rebanada de pastel de chocolate en compañía de alguna amiga no curarían, pero acabo de hacer cuentas y… no, no es mi síndrome premenstrual. Sospecho que estoy en crisis.

Termino de arreglarme en lentitud récord y hago un par de llamadas antes de salir, las de rigor, a mi tía y a mi abuela, y una adicional a una amiga con la esperanza de que me pregunte qué haré y entonces poder decirle mis planes con el tono monótono que amerita la rutina, pero a esta última no la encuentro.

Llego a “La esquina de Triana” y veo de inmediato a mi conocido. Sé que él me ve y supongo que agitará la mano para llamar mi atención, mientras tanto pretendo no haberlo visto para echar un vistazo a la entrada del local, quién podrá estar aquí, además, nunca había venido, pero no podría admitir que lo recorro con la mirada para conocerlo, tratándose del lugar de moda. Aprovecho un reflejo a lo lejos para supervisarme y me apruebo: maquillaje oscuro para compensar la hinchazón, me sentó tan bien que hasta mi madre estaría orgullosa. Cansada de esperar un gesto de mi amigo, finalmente pretendo que lo he visto, le digo al de la entrada que encontré a quien buscaba y me acerco a la mesa.

“Expreso doble, cortado, por favor. Bueno, y pastel de chocolate” (ni modo, hoy me hace falta). El ponernos al tanto de nuestras vidas nunca llega, él va al grano. No quepo en mí del asombro. No sabía que él fuera tan emprendedor, y no acabo de entender por qué pensó en mí para participar en el proyecto. Me halaga, claro está, y la gastronomía está directamente relacionada con mi negocio. (A propósito de gastronomía: qué bueno está el pastel de chocolate). Tal vez hasta sería un buen foro para iniciar tantos proyectos que tengo en mente.

A lo mejor es un aviso de que es buen momento para hacer cambios en mi vida (aunque esos cambios no garanticen que no me los cuestionaré más adelante). Una oportunidad para salir de una buena vez de esta crisis. ¿En dónde leí que crisis, en chino o algún idioma, es sinónimo de oportunidad? Seguro me mandaron un mail en cadena. Por lo pronto, sí, aceptaré hacerme cargo de la columna que me ofrece, y con ello simbolizaré el inicio de algo nuevo para, al menos en algo, empezar a ser la única.

0.

El día en que cumplí los seis meses de edad fui bautizada por segunda ocasión con el nombre de Isa, en alusión a mi abuelo materno.

La primera ocasión fue al día siguiente de haber nacido, cuando el Padre  Bernardo celebró el sacramento en una ceremonia muy íntima y aún más apresurada, seguramente ante el temor de que mi madre cambiase de idea y quisiera llamarme con el nombre que originalmente había elegido.

Mi madre se encontraba trastornada por el duelo. Transcurría el quinto mes de su segundo embarazo cuando su padre, con quien había tenido la más cercana de las relaciones entre todos los hijos, falleció. En su lecho de muerte el abuelo le pidió a su hija predilecta que si el nieto que estaba por nacer fuese varón, le pondría su nombre. Mi madre se lo juró con la mirada nublada y las manos aferradas a las de él. Cuando finalmente liberaron sus dedos de los del cuerpo ya frío, mi madre, que sin aferrarse a algo no habría podido seguir viviendo, lo hizo a su promesa de preservar el nombre del abuelo.

Los días para el parto transcurrían lentos y mi madre se impacientó tanto, que su cuerpo acabó compadeciéndose y exulsando a la cría anticipadamente.

La desilusión de mi madre al ver que la sietemesina era mujer debió haber sido mayúscula. El cambio de planes sobre el género de su bebé no sería impedimento para cumplir su promesa y decidió nombrarme como su padre: Isaías.

En vano trataron mi padre y mi abuela de persuadirla de utilizar un nombre femenino. No fue sino días más tarde en que se llegó a una negociación intermedia: el apócope “Isa” denominaría a la persona que sería -y soy- a partir de entonces.

Apenas capítulo cuatro

Apenas capítulo cuatro y ya estoy enamorada del autor. Total, completa y perdidamente enamorada.

Leo mientras camino, como todas las mañanas, rumbo al mejor café de la zona. Leo mientras saludo al señor Faustino, que vive en un colchón a dos locales de la cafetería. Tan embelesada estoy con la lectura, que apenas me percato de su ausencia. Estará en el camellón, a donde a veces camina con esos pasitos pequeños que amenazan su estabilidad. Su edad es incierta. Si alguien insistiera en saberla, me aventuraría a adivinar: “ya grande”. Y por qué no se va a un asilo, no, pa’ qué, pos sí ¿verdad?, pa’ qué. Si aquí está tan bien. Excepto hoy, que no está.

Compro una cajetilla de cigarros. ¿Por qué lo hago? Yo no fumo. No lo sé, hoy fumo. Eso sí, compro los más ligeros, ultra ligeros. Vacíos. Remedo de cigarrillo. Habría dado lo mismo comprar cigarros de chocolate. Mi sobrepeso reclama desde lo ajustado del pantalón: no daba lo mismo, qué bueno que no fueron de chocolate. Mi garganta reclama en medio de una exhalación, habría sido mejor que fueran de chocolate, porque además ni fumo. No la escucho. Hoy no doy cabida a la lógica. Sólo a las emociones.

Me enamoro de la voz al otro lado del teléfono, del niño que conduce el auto blanco, de mi profesor y del vecino. Del mensaje en mi celular: “solo, llorando por quien no tengo…”. Por quien no tienes…Llorando por quien no tienes. Me enamoro de tu llanto y del vacío que lo provoca. Así que sí eres capaz de llorar, aunque seas hombre. Cómo no enamorarme, si eres capaz de llorar.

Yo no lloro por no tenerte, porque de alguna forma te tengo. Te tengo en el lugar donde cabe ese enamoramiento por ti, aún sin conocerte. Me basta seguir leyendo para confirmarme enamorada.

Capítulo cuatro. Hace cuánto que no me enamoraba así.

Desde que tocaba tu boca, con un dedo tocaba el borde de tu boca, de memoria dibujo tu boca y jugamos al cíclope. Cómo no enamorarme jugando al cíclope, con bocas llenas de peces. Desde Rayuela que no me enamoraba así.

No me daba permiso de enamorarme. Sólo me permitía verdaderamente amar. Pero cómo no enamorarme ahora. Cómo no enamorarme entre planeadores y encuentros fortuitos. Cómo no enamorarme leyendo tus pensamientos, y más aún, tus sentimientos.

Te releo, y es como si te descubriera por primera vez. Experimento la misma sorpresa de descubrir a alguien con la vaga sensación de ya saber lo que estoy encontrando.

Entre párrafo y párrafo aparecen en algún lugar de mi memoria episodios sobre mis encuentros con gente que se volvió importante ¿o era importante desde antes de conocerla? Siempre tuve la misma sensación de libro ya leído en que había olvidado lo que pasaría, y conforme lo descubro, lo reconozco. Película ya vista. Persona ya conocida.

Ya la conoces, así acaba el capítulo dos. Ya conoces a tu alma gemela. Ya la conozco, y en silencio lloro por quien ya tengo, y entre sollozos me parece que no está. Como el señor Faustino, a quién tengo y no está. Como la elección de ser no fumadora, que hoy parece nunca haber existido. Como la exclusividad al amor, que no daba paso al enamoramiento. ¿Dónde está el amor, el no fumar, el señor Faustino? ¿Dónde está mi alma gemela? ¿Dónde has estado siempre?

En el capítulo cuatro.

En la otra esquina. La vida que comienza en la otra esquina, la otra esquina que está a miles de kilómetros, allá, con vista al mar. Como la terraza del restaurante. Sereno y luz de velas. Tu olor impregnado en mi piel. Conversación sincronizada ¿lo dije yo o lo dijiste tú? Empatía que congela al tiempo. O lo acelera. Así como acelera al corazón. Al menos hoy, que estoy enamorada. ~