8. La llamada

La casa de la abuela siempre me ha fascinado. Sus paredes murmullan recuerdos de cientos de pasajes en la historia de mi familia. Murmullan tan quedo que normalmente pasan desapercibidos en medio de conversaciones en que todas las tías parecen hablar al unísono.

Hoy que estamos solas la casa y yo, me regodeo en sus rincones. El juguetero tiene recuerdos en porcelana de los viajes de seis décadas; un reloj, un molino de viento, la pastorcita con la mano rota, unas ardillas, una pareja besándose, una geisha y varias muñequitas con trajes típicos de no sé dónde. Las fotografías están sobre cada mesa y en cada pared, conviviendo con retratos de la abuela y alguno que otro de la bisabuela. También están en los álbumes que la abuela guarda en un mueble de la biblioteca, el cuarto más respetado por haber sido guarida del abuelo cuando aún vivía. Se podría escribir una novela con cada una de las personas y de los lugares que se perfilan en color sepia dentro de esos álbumes.

Hacía años que no los hojeaba. Hoy mismo no pensaba hacerlo, simplemente vine a regar las plantas y verificar que todo estuviera bien. Normalmente son mis tías las encargadas de venir cuando la abuela no está y el servicio descansa, pero en esta ocasión me ha correspondido a mí esa función porque han sido mis padres los que la incitaron a ausentarse.

El timbre del teléfono interrumpe la quietud en mi cabeza. Debe ser la abuela llamando con el pretexto de saber si algo se ofrece, pero más bien para verificar que yo haya venido.

…No era la abuela. No era nadie que hubiera esperado que llamara. Era mi tío Alfonso, el primogénito y el único hombre. Hubo más tíos que murieron cuando niños y que se siguen contabilizando, por lo que el resto de la familia negaría que el tío Alfonso sea el único hombre, pero para mí siempre lo ha sido. O lo había sido, antes de su ausencia. Hace años que mi tío Alfonso desapareció de nuestras vidas. Su ausencia es uno de los secretos familiares, o dos de los secretos familiares, porque no se sabe ni su paradero, ni la razón de su partida.

Seguramente está en otra ciudad y probablemente en otro país. No hay forma de localizarlo y de vez en cuando le llama a la abuela para informarse sobre su estado de salud y compensar con palabras la convivencia perdida. Se sabe que le llamó cuando en la comida dominical la abuela está callada y las tías cuchichean, una que otra llora y la conversación gira en torno a los valores familiares. Los primos pretendemos no saber y nos encerramos en alguna habitación a fumar y tratar de descifrar ese misterio con la poca información que tiene cada quién.

Tal parece que su partida algo tiene que ver con su mujer. Mi tía Blanca es la única hija de un exgobernador de otro estado. Los primos pintamos al suegro de mi tío como militar en el mejor de los casos, y narcotraficante en el peor. Lo único más o menos seguro es que no estaba de acuerdo con el matrimonio y quizá esa fue la razón por la que no fue a la boda. Tal vez no le avisaron y fue cuando se enteró que mis tíos debieron irse.

 Lo que yo recuerdo es que un día se habían ido de viaje, no se sabía a dónde ni por cuánto tiempo, y ese tiempo se alargó y se alargó hasta que todos nos acostumbramos a que mis tíos Alfonso y Blanca no fueran sino un brindis en Noche Buena con los ojos llenos de lágrimas y un nudo en la garganta como los que tengo mientras escribo.

Mi abuela siempre se mostró serena, excepto en una ocasión. Salió a misa, como todos los días y notó que la seguían. Entendió que mi tío Alfonso había contratado guardaespaldas para su protección, probablemente porque algo grave pasaba, así que encendió veladoras para encomendarse a todos los santos y pagar todas las misas a las que faltaría en los días sucesivos, pues no saldría de su casa hasta recibir la llamada de su hijo pródigo. Cuando finalmente la recibió, el alarmado fue mi tío Alfonso, quien no había contratado a ningún guarura. Mandó a la abuela de viaje y contrató una línea privada, a donde le llama desde entonces. Yo debí haber sabido que era él cuando sonó el teléfono de la biblioteca.

No recordaba su voz, pero de inmediato lo reconocí, sorprendiéndome más de no haberme fijado que estaba contestando la línea privada que de escucharlo. Mi primera reacción fue preguntarle dónde estaba, a lo que contestó que bien, gracias. Quería saberlo todo sobre su vida, las de mis primos, el secreto en torno a ellos, pero entendí que lo justo era responder a todas las preguntas que me hacía. Me habló como si le hablara a una chiquilla. No disimuló su sorpresa al conocer mi edad. Tuvo el tacto suficiente para omitir la pregunta sobre mi estado civil. Cuando le conté que trabajo en el negocio familiar, la voz se le cortó. Era él quien debía estar dedicando su vida a los dulces típicos; a fin de cuentas él fue quien edificó la empresa que hoy le da de comer a mi familia. Ahora comprendo que la ausencia de mi tío Alfonso nunca ha sido tal, está presente en la visión empresarial y sobre todo en la visión personal.

De pronto todas las fotografías de su álbum (el único lleno de fotos exclusivamente suyas, y cómo no, siendo el primogénito) cobran sentido y dejan de ser fantasías policíacas para convertirse en una persona cariñosa que obligada por las circunstancias está lejos. Creo que a partir de hoy, Alfonso dejará de ser el tío ausente y su voz sobresaldrá entre todas las que se escuchan en las paredes de esta casa.

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7. Con ninguno

Reviso la configuración de mi celular por enésima vez. En efecto, no está en modo de silencio, el volumen está perfecto y ya hasta me marqué desde el teléfono de mi casa para corroborar si las llamadas entran bien, y sí, simplemente no he recibido ninguna.

Mi prima Luisa está en Puerto Vallarta, mi abuela se fue con mis papás a Jalisco, mi hermana no me ha llamado, de mis amigas me desconecté desde el primero de enero para tener tiempo para el Cometa, Eduardo ya no me habla y el Cometa… el Cometa ya se volvió a ir.

No me deprimí como la primera vez que se fue. De hecho estoy muy tranquila. Me angustié antes de su partida, cuando me propuso que nos fuéramos de fin de semana a la Sierra Fría como despedida. Iríamos con Pablo, un amigo suyo a quien yo ya conocía, y su novia Marta, a la que tal vez había visto en alguna ocasión. Por supuesto descarté la idea inmediatamente y cada día no hacía sino pensar en todas las razones por las cuales no debía ir. Supongo que en el fondo sabía que iría porque en un par de ocasiones mencioné en mi casa a Marta como si fuéramos amigas de años. Cuando finalmente avisé que iría a la Sierra Fría el fin de semana “con Marta y con otras personas a quienes no conocen”, no cayeron en la cuenta de que a Marta tampoco la conocían y mucho menos se imaginaron que ni siquiera yo la conociera.

No puedo explicar por qué lo hice. Todavía pienso en todas las razones por las cuales no debería haber ido y siguen siendo válidas, pero lo que hago por el Cometa no tiene explicación. Estaba a escasos días de irse y yo quería aprovechar cada segundo junto a él. No me importaban las consecuencias y esperaba que tal vez no hubiera ninguna.

Lo único en lo que fui sensata fue en escondérselo a Eduardo. Ya me las había ingeniado para seguir viéndolo sin dejar de ver al Cometa y —por supuesto- sin que se enterara de que estaba saliendo con los dos al mismo tiempo. Con Eduardo hablaba mucho del trabajo, un poco para evitar temas en los que me pudiera preguntar algo cuya respuesta estuviera relacionada con el Cometa, y un mucho para alargar esa etapa previa al noviazgo. Ya llevábamos saliendo un periodo por demás razonable y había tanta empatía entre Eduardo y yo, que lo normal era que empezáramos a andar en cualquier momento. Claro que ese momento de ninguna manera podía ser mientras el Cometa estuviera en Aguascalientes. Para asegurarme de ello, transformaba cualquier conversación con tinte romántico en plática sobre temas profesionales. Seguro se imaginó que estaría de viaje de negocios cuando el jueves le dije que no nos veríamos sino hasta la semana siguiente y le pedí que me llamara el lunes, porque no preguntó nada.

El viernes decidí no trabajar. Salimos temprano rumbo a la Sierra Fría. Desde el instante en que el Cometa pasó por mí, mis pensamientos tormentosos desaparecieron y empecé a vivir cada momento como si fuera el último de mi vida. Pablo y Marta resultaron encantadores. El Cometa, ni se diga. Tenía la impresión de estar en un sueño: la realidad se percibía diferente. Los colores eran más brillantes, los sonidos más nítidos. Era como si el mundo se hubiera convertido en un lugar mejor porque el Cometa y yo estábamos juntos. Reíamos, jugábamos, nos comunicábamos con miradas y con caricias. Éramos los más creativos, seres creadores. Podría escribir un libro completo sobre ese viaje.

Yo entré en un trance del que no me sacó ni siquiera el que se ponchara una llanta durante el trayecto de regreso. No traíamos una llave de cruz, o no sé qué. No valía la pena salir del trance por eventos mundanos como ése. Además, la camioneta era de Pablo, ya resolvería él el problema.

Mientras esperábamos a que algún coche pasara y nos auxiliara, el Cometa se recargó en la camioneta y yo me acurruqué entre sus brazos, escondiéndome del frío. Casi no me percaté de la llegada de otra camioneta y apenas vi a los que se habían bajado a ayudar. No fue sino hasta que Pablo le preguntó algo al Cometa, que volteé al interior del coche. Sentí un golpe seco dentro de mi cabeza al reconocer a la copiloto: la niña Esparza, la mejor amiga de Eduardo. De inmediato desvié la mirada fijándola en uno de los que se habían bajado del otro coche, como si el mirar lejos me convirtiera en alguien invisible. El Cometa debió darse cuenta de que algo me pasaba porque discretamente me soltó y fue a ayudarle a los demás. Sin saber qué hacer o qué pensar, me moví como resorte a la parte de atrás de los coches, donde estaba uno de los pasajeros de la otra camioneta sin hacer nada, como viendo al vacío. Yo no sabía si la niña Esparza me había visto y si me había reconocido, pero no pensaba averiguarlo. Pensé en cualquier cosa que decirle al pasajero, algo sobre el frío, agradecimientos por su ayuda, la belleza de la Sierra Fría. Cuando regresé a la camioneta, mi trance ya no era un sueño, sino un dolor de cabeza.

El Cometa se fue ese mismo día a México, de donde salía su vuelo a la mañana siguiente. De la niña Esparza ya no tuve dudas sobre si me había visto, la confirmación llegó con la ausencia de Eduardo, que no me llamó el lunes de la siguiente semana al viaje de la Sierra Fría y no me ha vuelto a llamar desde entonces. No es porque mi teléfono no funcione, ni porque se haya quedado con el timbre apagado después de misa porque lo he revisado decenas de veces y está bien.

Pensar que hace apenas una semana la vida se trataba de no empalmar a Eduardo y al Cometa, y ahora se trata de no tener a ninguno. Ahora veo cuánta razón tenía evitando a toda costa que Eduardo supiera del Cometa; en efecto, sería fatídico.

Metamorfoseando

Cada vez soy más gato y menos humano. Después de dormir 31 horas casi ininterrumpidamente, la semejanza que guardo con mis compañeros de casa no puede pasar desapercibida. La pupila se me ha alargado y he de confesar que los bigotes y las cejas me crecieron y se pusieron blancos. Cuando estoy contenta emito una especie de ronquido que es sin duda un ronroneo.

La vida me parece demasiado buena para hacer algo mas que comer, dormir y si acaso asearme. No me preocupa estar cubierta de pelo, tener el vientre flácido o admitir mi egoismo con socarronería. No cabe duda: cada día soy más gato y menos humano.

6. Dos galanes y ninguno

Justo en el instante en que dieron las doce campanadas de Año Nuevo, estornudé. Me llamó tanto la atención que fuera precisamente en ese momento, que se me ocurrió que tal vez podría significar que tendría problemas de salud todo el año. No me considero una persona supersticiosa, pero como no está de más, corrí a tocar madera, esquivando abrazos festivos, maletas vacías y escobas que alejaban la mala suerte.

Sonó mi celular y aunque llevaba días esperando esa llamada, me sorprendió escuchar al Cometa. Aunque hacía unos minutos que nosotros habíamos declarado la llegada del nuevo año, al otro lado de la línea todavía estaban en los últimos segundos de la cuenta regresiva. Con voz aterciopelada recitó algo, mezcla de poema y buenos deseos. Era la primera vez que él hacía la llamada en punto de las doce que yo cada año le hacía, sin importar en qué lugar del mundo me encontrara. Este año era distinto, porque yo no tenía ningún número donde pudiera localizarlo, así que ya me había hecho a la idea de no hablar con él. Me puse tan nostálgica al colgar, que no me importó no poder responder al mensajito de Eduardo porque la red celular estuvo aparentemente saturada durante los primeros veinte minutos del año.

Eduardo me escribía para pasar a felicitarme. Él sí es supersticioso y consideraba que verme en esas primeras horas significaría que estaríamos juntos todo el año. En lugar de ponerme de acuerdo con él para que, en efecto, pasara a verme, me desvié del tema mostrándome exageradamente sorprendida porque él creyera en “esas cosas”. En realidad no quería comprometerme a recibirlo, por si al Cometa se le ocurría lo mismo y llegaba inesperadamente. Además, si acaso era cierto eso de ver todo el año a la gente con la que lo comienzas, tal vez ver al Cometa haría que ya no se regresara al extranjero o -¡mejor aún!- me llevara con él. Como quiera, valía la pena esperar yo sola a ver si llegaba.

Al final no vi ni al Cometa, ni a Eduardo. Por la tarde los vi a ambos… o casi. Finalmente, El Cometa sí apareció, por la tarde, mientras yo dormía una siesta después del aletargante recalentado. Yo le había dicho a Eduardo que nos veríamos, así que, convenientemente, le mandé un mensaje al despertar de mi siesta avisándole que me estaba quedando sin batería y que iba a salir. En efecto, salí con El Cometa en busca de un lugar abierto para tomar café. La ciudad estaba desierta. La totalidad del comercio había cerrado sus puertas y el único movimiento, de vez en cuando, era algún otro coche, así que lo único que había que ver era a los otros conductores.

Encontrando todo cerrado, pronto desistimos y decidimos regresar a tomar un café en casa, lo cual no me encantaba porque mis papás estaban en Aguascalientes, pero preferí eso a la idea de ir al cine y desperdiciar dos valiosísimas horas al lado del Cometa sin dirigirnos la palabra. De regreso nos tocó un alto, el único alto de ese día, y en automático giré la cabeza para ver al conductor del coche de junto: Eduardo. Por supuesto le di la espalda de inmediato y me recogí el cabello con la esperanza de que si me veía, no me reconociera. Me di cuenta que se dirigía hacia mi casa e inventé algún sitio que creía recordar alguien me había dicho sí abriría el día primero, para que El Cometa diera la vuelta en u y evitáramos llegar a mi casa al mismo tiempo.

Cuando finalmente llegamos, me encontré con un discreto susurro de mi madre avisándome que Eduardo había estado ahí minutos antes, me sugirió que le llamara. Así lo hice, pero me aseguré de quedar con él lo suficientemente tarde como para que El Cometa se hubiera ido. Más tarde tuve que posponerle pues El Cometa acababa de aceptar el recalentado que mi madre le ofrecía, así que tuve que calcular el tiempo que nos tomaría la comida (mi segunda comida del día), más la sobremesa. Estuve a punto de posponerle por segunda ocasión faltando quince minutos para que llegara, cuando El Cometa anunció que se retiraba.

No dejo de sorprenderme cuando me pasan estas cosas. Como mi madre le había preparado un recipiente con los platillos que más le habían gustado, El Cometa pasó a la cocina antes de irse, así que salió por la puerta de atrás. Fue gracias a eso que no se topó con Eduardo, quien tocó el timbre segundos después de que yo cerrara la puerta de la cocina. Me sentí tan aliviada porque no se hubieran encontrado que me cuestioné mucho si lo que hacía estaba mal. No tenía compromiso con ninguno de los dos y sin embargo sentía la adrenalina y la culpa que seguramente sentirán quien comete una infidelidad. Sé que Eduardo dejaría de salir conmigo si supiera del Cometa. También sé que es absurdo poner en riesgo una relación potencial con un hombre tan valioso como Eduardo por otro que he confirmado no está interesado en ser mi novio. Lo que no sé es por qué lo hago, y sospecho que no lo sabré sino hasta que El Cometa se haya ido y deje de verlo.

Todos estos pensamientos se combinaron con el recargo estomacal, consecuencia de haber comido recalentado tres veces (con la familia, con El Cometa y con Eduardo), y no me dejaron dormir en casi toda la noche. El malestar y la desvelada continuaron hasta el lunes, razón por la cual no comencé a ir al gimnasio ese día. Tampoco trabajé, y en lugar de eso repetí mi actividad del domingo: todo el día con mi prima Luisa, platicando recostadas sobre la cama, tal y como solía hacer de niña con las otras primas pero jamás con ella.

Comencé el año con problemas de salud, sin dieta, sin gimnasio, sin productividad. Con una rutina espantosa (o más bien sin ella). Con dos galanes y sin ninguno. Si hubiera decidido evadir todos mis propósitos de Año Nuevo, no lo habría logrado con tal maestría.

5. Propósitos

Lencería roja para la suerte todo el año. Tal parece que es la suerte en el amor, porque para la suerte en el dinero es la lencería amarilla. Me lo dijo mi prima Luisa cuando fuimos a comprar la ropa interior que será oráculo anual. Llegó de Europa un lunes por la tarde, un par de días antes que mi hermano, que llegó el miércoles en la mañana, así que me uní a la representación familiar que fue a México a recogerlos.

El martes, Luisa me despertó muy temprano y nos fuimos a desayunar solas ella y yo. Teníamos mucho de qué hablar. De niñas no nos llevábamos mucho (ella era la única de las primas que no era íntima amiga de las demás), pero en las vacaciones en que coincidimos en México, ella recién mudada a Italia y yo de regreso de Londres, nos unió una cierta complicidad.

Entre tangas y medias le conté que estoy escribiendo una nueva columna. Mientras me explicaba lo de los colores y alababa la lencería italiana, me sugirió omitir mi segundo apellido para no comprometer a ningún pariente si revelaba algún secreto familiar. Si Luisa está de acuerdo con que hable libremente de la familia, entonces tengo carta blanca.

Yo sospecho que el secreto más grande gira en torno a mi tía Luisa, su mamá, siempre juzgada por sus hermanas y sobreprotegida por su hermano, la única que osaba ocasionalmente faltar a las reuniones. Empecé a sospechar que había gato encerrado cuando me enteré que la tía Luisa solía faltar simplemente por no tener ganas, y no por los compromisos importantísimos e ineludibles que a mí me hacían creer: cuando el párroco no le había pedido que lo invitara a comer, tenía que llevar galletas para las viejitas del asilo, eventos que en aquel entonces me hacían respetar sobremanera y ahora me hacen reír por ridículos, pues supe por boca de mi prima Luisa que las tías evitaron que nosotros supiéramos que se podía faltar a eventos familiares así como así, por no tener ganas, y aprovecharon para “inculcarnos valores” de las únicas actitudes que podrían ser más importantes que la familia.

 Si mi tía no quería ir y mis tías habían tenido siempre esa actitud de rechazo hacia ella, tenía que haber algo. He fantaseado con las posibilidades, pero mis hipótesis suenan tan novelescas que las descarto por ser únicamente fruto de mi imaginación.

Elegí la suerte en el amor por encima de la suerte en el dinero porque desde mi incorporación al negocio familiar, la suerte financiera ha sido creciente. Aún cuando a medidos de año mis padres se fueron a los Altos de Jalisco por la salud de la abuela, dejándome a mí a cargo de la administración de la casa, mis gastos disminuyeron considerablemente.

Esos ahorros me permitieron enviar regalos a mis amigos de Londres, a quienes llamé hace rato, cuando allá era medianoche. También me permitieron comprarme estos pantalones y esta blusa, una talla menos que lo que use el año pasado, lo cual sería un mérito de no haber sido porque este año había bajado más de dos tallas, mismas que recuperé cuando El Cometa se mudó al extranjero. Luego bajé un poco y sólo espero no haber dañado a mi metabolismo con tanto sube y baja. Esta misma inercia de pérdida de peso la aprovecharé para empezar mi rutina de ejercicio junto con el año. No deberá pasar del lunes que comience una serie de masajes reductivos, pero ahora sí no pospondré el ejercicio con el pretexto de evitar endurecer la grasa. Nada de calorías, excepto quizás por la rosca de reyes. Éste es mi propósito de Año Nuevo… aunque también creo que me voy a aplicar en develar el misterio que rodea al rechazo que mis otras tías tienen por mi tía Luisa.

4. Los dilemas

¿Me peso o no me peso? Mejor no, con lo que he comido últimamente seguro subí muchísimo. Pero tampoco la semana pasada me pesé, por la misma razón. Empecé a comer así en la cena con El Cometa. ¡Y cómo no comer, si era la cena perfecta para dos! Ni siquiera perdoné el pan antes de empezar a cenar. No sé si fue porque quería disfrutar al máximo todo, y así compensar el fiasco de nuestro reencuentro cuando llegó, o porque haberme limitado habría sido como hacer evidente ante él mi exceso de peso. La blusa cruzada y los pantalones negros lo disimulaban lo suficiente para que no notara que en cuanto se mudó fuera de México, canalicé mi depresión comiendo como enajenada, como suelo hacer. Ni siquiera lo debió haber notado cuando me tomó por la cintura, o no me habría besado después.

Todavía no sé por qué lo hice. Me había jurado a mí misma que no lo besaría, pasara lo que pasara, pero bastó que me mirara, con ese silencio más elocuente que cualquier discurso, para que olvidara todos mis juramentos y sucumbiera a su boca. Todavía esa noche llegué a mi casa a soñar despierta como no lo había hecho desde que tenía trece años. Tenía tal necesidad de revivir cada momento de la noche una y otra vez, que ni siquiera desperté a mis papás, que habían llegado de los Altos mientras yo cenaba con El Cometa. Ya les había dejado un recadito diciéndoles –convenientemente- que mi celular se estaba quedando sin pila (obviamente no quería recibir interrupciones durante mi velada) y que no se preocuparan si llegaba tarde.

A la mañana siguiente me desperté con un poco de remordimiento. Empezaba a recordar todas las razones por las que había decidido no besarlo. Esas razones se vieron confirmadas con el paso del día, sin recibir cualquier señal de luz de mi querido Cometa. Indignada, me vengué enviando un mensajito al celular de Eduardo, quien no tardó en responder con una llamada y su consecuente invitación a salir por la tarde, misma que –obviamente- acepté, no sin el deseo de toparme con El Cometa para que lo carcomieran los celos. No me lo encontré y, eso sí, ahogué mi rabia en un glorioso pastel de chocolate y dos capuchinos. Mejor no me peso.

Eduardo es un encanto y me la pasé bien. Me explicó por enésima vez que su situación económica no es muy boyante, por lo de su negocio y eso. Debo confesar que fui perversa, sacaba a la plática temas en los que El Cometa es un erudito, sólo para confirmar que Eduardo no es tan interesante como mi amor de toda la vida. No fui muy sensata. Aunque Eduardo nunca notó que lo estaba juzgando, debí haber hecho exactamente lo contrario: encontrar todos los aspectos en los que él es mejor que aquel otro. Con todo y ser menos interesante que mi Cometa, es un muy buen prospecto.

Durante la comida de hoy me estuvieron preguntando por él. Mi hermana ya se había encargado de comentarle a la abuela y a la tía Isabel que estábamos saliendo, así que sin más empacho me preguntaron. Por supuesto no esperaron la respuesta, de pronto la mitad de las tías y primas hicieron un análisis completo sobre las ventajas del prospecto que desconocen totalmente. Estuve tentada a irme al cuarto de juegos, donde la rama varonil de la familia hablaba sobre futbol. No lo hice y para evitar hablar –claro que al parecer tampoco pretendían que yo hablara- me dediqué a comer. Me debería de pesar para saber, por lo menos, cuánto subí.

 Es que, además, con mi papá en Aguascalientes no dejo de tener comidas de negocios que duran horas… horas en las que evidentemente me la paso comiendo y bebiendo alcohol (y ya se sabe cuántas calorías tiene cada copa). Eso sí, han sido muy productivas. No sabía si iba a aprobar mis planes para el año que entra ¡y mucho menos pensaba que hasta los iba a desarrollar! Claro, ahora me toca a mí ejecutarlos.

Ya será el año entrante, porque éste ya se acabó. Aunque quisiera arrancar proyectos de trabajo, mi agenda no me lo permitiría, entre brindis navideños y compras de regalos, está saturada. He estado haciendo llamadas a gente que hace tiempo no veo y hasta he hablado con amigos de Londres a quienes ya les había perdido la pista. También he recibido llamadas, de familiares, de amigos, de un par de galanes que pensaba que ya se habían casado y una de un exnovio que, en efecto, ya se casó.

No cabe duda que Navidad está en el ambiente. Siento como si todo el mundo hablara de las fiestas decembrinas y creo que no me había pasado en otros años. Hasta El Cometa me dijo que está consiguiendo muérdago para ponerlo encima de mi cabeza cuando me vea. No me gustó el chiste, pero claro que ya le tengo un regalo para cuando aparezca. Además, le pienso escribir una carta, pero eso lo haré cuando esté con el humor apropiado.

Al que no sé si comprarle algo es a Eduardo. Apuesto que él sí me va a regalar algo ¡y más le vale, si quiere hacer puntos! Tal vez le regale sólo un detallito, pero se lo daría hasta asegurarme que él tiene un regalo para mí.

Cerrar el año con dos galanes presentes no está mal. Ahora es tiempo de hacer planes para el año próximo y ahí es donde se pone buena la cosa. En cuestión romántica mejor me detengo en la recapitulación de este año y evito las definiciones para después. Al fin tengo bastantes aspectos de mi vida sobre los cuales sí fijarme propósitos. Uno de ellos, el peso. El año que entra lo empiezo a dieta y con una rutina de ejercicio. Sé que cuando me lo propongo lo hago, y así podría darme todo diciembre todavía de “vacaciones alimenticias”. Mejor me olvido del tema hasta enero, entonces no tiene caso saber cuántos kilos he subido. No me peso.

Estío

Entras al cabo de un rato rondando mi ventana. Yo finalmente he caído rendida, cansada de esperarte, acalorada y deseosa de ti. La piel (toda la piel de mi cuerpo desnudo que yace sobre la cama) se me eriza en una reacción pavloviana al percatarme de que has llegado. Te acercas en silencio y mueves suavemente mi cabello como si tocaras cuerdas de arpa que activan el placer y el deseo.

Susurras a mi oído palabras que me resultan incomprensibles pero que vuelven a erizarme en un preludio a lo que sigue. Te percibo en mi nuca y te conviertes en el músico que activa una sinfonía de sensaciones, cada milímetro una distinta, todas conformando la melodía que me mueve. Arqueo la espalda. Involuntariamente la arqueo y mis piernas se extienden, se separan ligeramente, te invitan.

Tomas tu tiempo para recorrer, para reconocer, mis surcos y recovecos. Mi cuello se vuelve tierra sacra a la que besas con devoción. Escalas con paso suave pero constante mi hombro, cumbre que parecía haber sido inexplorada (a juzgar por lo nuevas que me resultan las sensaciones). Ahí se desprenden, como si fueran pirotecnia lanzada desde esa cima y que al estallar abarca todo el escenario, los olores especiados de historias antes vividas.

Mi rostro gira hacia donde estás. Mis labios se separan. Inhalo como queriendo llenarme de ti, deseándote cerca, necesitándote dentro. Abro los ojos y entonces eres manantial que me invita a acercarme lentamente, suavemente, ponderando cada paso como quien sabe que la tierra podría hundirse bajo sus pies sin previo aviso, hasta que finalmente siento en mis labios -y mi nariz confirma- que he llegado a mi destino. Y bebo de ti, bebo acariciándote con la lengua, rodeándote con los labios, inundándome en tu olor. Me sumerjo en pliegues y redondeces, me encumbro y desciendo suavemente para abarcarte todo, para saciar mi sed en ti.

Perlas de sudor dejan constancia de que me he vuelto fuego anhelante, fuego que crepita, se retuerce hacia ti buscando su alimento. Fuego que reconoce a la contraparte sin la cual no puede subsistir.

Abro mis brazos, separo mis piernas, suplico con un suspiro que me cubras toda, primero por fuera, pero también por dentro porque me quemo toda.

Entonces, justo entonces, entras con toda intensidad y te desbocas sobre mí. Somos a la vez jinete y montura. Giro sobre mi vientre y el tiempo se burla de mí. Me desoriento con el regocijo de quien baja de una montaña rusa.

Pero intempestivamente cesas. Miro a mi alrededor como buscándote, encontrando sólo mi cuerpo húmedo anhelante, topándome de bruces con el tremendo calor que me remite a ti. Me doy cuenta de que te has ido. Así que me adormezco anhelando tu regreso, ráfaga de viento.