5. Propósitos

Lencería roja para la suerte todo el año. Tal parece que es la suerte en el amor, porque para la suerte en el dinero es la lencería amarilla. Me lo dijo mi prima Luisa cuando fuimos a comprar la ropa interior que será oráculo anual. Llegó de Europa un lunes por la tarde, un par de días antes que mi hermano, que llegó el miércoles en la mañana, así que me uní a la representación familiar que fue a México a recogerlos.

El martes, Luisa me despertó muy temprano y nos fuimos a desayunar solas ella y yo. Teníamos mucho de qué hablar. De niñas no nos llevábamos mucho (ella era la única de las primas que no era íntima amiga de las demás), pero en las vacaciones en que coincidimos en México, ella recién mudada a Italia y yo de regreso de Londres, nos unió una cierta complicidad.

Entre tangas y medias le conté que estoy escribiendo una nueva columna. Mientras me explicaba lo de los colores y alababa la lencería italiana, me sugirió omitir mi segundo apellido para no comprometer a ningún pariente si revelaba algún secreto familiar. Si Luisa está de acuerdo con que hable libremente de la familia, entonces tengo carta blanca.

Yo sospecho que el secreto más grande gira en torno a mi tía Luisa, su mamá, siempre juzgada por sus hermanas y sobreprotegida por su hermano, la única que osaba ocasionalmente faltar a las reuniones. Empecé a sospechar que había gato encerrado cuando me enteré que la tía Luisa solía faltar simplemente por no tener ganas, y no por los compromisos importantísimos e ineludibles que a mí me hacían creer: cuando el párroco no le había pedido que lo invitara a comer, tenía que llevar galletas para las viejitas del asilo, eventos que en aquel entonces me hacían respetar sobremanera y ahora me hacen reír por ridículos, pues supe por boca de mi prima Luisa que las tías evitaron que nosotros supiéramos que se podía faltar a eventos familiares así como así, por no tener ganas, y aprovecharon para “inculcarnos valores” de las únicas actitudes que podrían ser más importantes que la familia.

 Si mi tía no quería ir y mis tías habían tenido siempre esa actitud de rechazo hacia ella, tenía que haber algo. He fantaseado con las posibilidades, pero mis hipótesis suenan tan novelescas que las descarto por ser únicamente fruto de mi imaginación.

Elegí la suerte en el amor por encima de la suerte en el dinero porque desde mi incorporación al negocio familiar, la suerte financiera ha sido creciente. Aún cuando a medidos de año mis padres se fueron a los Altos de Jalisco por la salud de la abuela, dejándome a mí a cargo de la administración de la casa, mis gastos disminuyeron considerablemente.

Esos ahorros me permitieron enviar regalos a mis amigos de Londres, a quienes llamé hace rato, cuando allá era medianoche. También me permitieron comprarme estos pantalones y esta blusa, una talla menos que lo que use el año pasado, lo cual sería un mérito de no haber sido porque este año había bajado más de dos tallas, mismas que recuperé cuando El Cometa se mudó al extranjero. Luego bajé un poco y sólo espero no haber dañado a mi metabolismo con tanto sube y baja. Esta misma inercia de pérdida de peso la aprovecharé para empezar mi rutina de ejercicio junto con el año. No deberá pasar del lunes que comience una serie de masajes reductivos, pero ahora sí no pospondré el ejercicio con el pretexto de evitar endurecer la grasa. Nada de calorías, excepto quizás por la rosca de reyes. Éste es mi propósito de Año Nuevo… aunque también creo que me voy a aplicar en develar el misterio que rodea al rechazo que mis otras tías tienen por mi tía Luisa.

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4. Los dilemas

¿Me peso o no me peso? Mejor no, con lo que he comido últimamente seguro subí muchísimo. Pero tampoco la semana pasada me pesé, por la misma razón. Empecé a comer así en la cena con El Cometa. ¡Y cómo no comer, si era la cena perfecta para dos! Ni siquiera perdoné el pan antes de empezar a cenar. No sé si fue porque quería disfrutar al máximo todo, y así compensar el fiasco de nuestro reencuentro cuando llegó, o porque haberme limitado habría sido como hacer evidente ante él mi exceso de peso. La blusa cruzada y los pantalones negros lo disimulaban lo suficiente para que no notara que en cuanto se mudó fuera de México, canalicé mi depresión comiendo como enajenada, como suelo hacer. Ni siquiera lo debió haber notado cuando me tomó por la cintura, o no me habría besado después.

Todavía no sé por qué lo hice. Me había jurado a mí misma que no lo besaría, pasara lo que pasara, pero bastó que me mirara, con ese silencio más elocuente que cualquier discurso, para que olvidara todos mis juramentos y sucumbiera a su boca. Todavía esa noche llegué a mi casa a soñar despierta como no lo había hecho desde que tenía trece años. Tenía tal necesidad de revivir cada momento de la noche una y otra vez, que ni siquiera desperté a mis papás, que habían llegado de los Altos mientras yo cenaba con El Cometa. Ya les había dejado un recadito diciéndoles –convenientemente- que mi celular se estaba quedando sin pila (obviamente no quería recibir interrupciones durante mi velada) y que no se preocuparan si llegaba tarde.

A la mañana siguiente me desperté con un poco de remordimiento. Empezaba a recordar todas las razones por las que había decidido no besarlo. Esas razones se vieron confirmadas con el paso del día, sin recibir cualquier señal de luz de mi querido Cometa. Indignada, me vengué enviando un mensajito al celular de Eduardo, quien no tardó en responder con una llamada y su consecuente invitación a salir por la tarde, misma que –obviamente- acepté, no sin el deseo de toparme con El Cometa para que lo carcomieran los celos. No me lo encontré y, eso sí, ahogué mi rabia en un glorioso pastel de chocolate y dos capuchinos. Mejor no me peso.

Eduardo es un encanto y me la pasé bien. Me explicó por enésima vez que su situación económica no es muy boyante, por lo de su negocio y eso. Debo confesar que fui perversa, sacaba a la plática temas en los que El Cometa es un erudito, sólo para confirmar que Eduardo no es tan interesante como mi amor de toda la vida. No fui muy sensata. Aunque Eduardo nunca notó que lo estaba juzgando, debí haber hecho exactamente lo contrario: encontrar todos los aspectos en los que él es mejor que aquel otro. Con todo y ser menos interesante que mi Cometa, es un muy buen prospecto.

Durante la comida de hoy me estuvieron preguntando por él. Mi hermana ya se había encargado de comentarle a la abuela y a la tía Isabel que estábamos saliendo, así que sin más empacho me preguntaron. Por supuesto no esperaron la respuesta, de pronto la mitad de las tías y primas hicieron un análisis completo sobre las ventajas del prospecto que desconocen totalmente. Estuve tentada a irme al cuarto de juegos, donde la rama varonil de la familia hablaba sobre futbol. No lo hice y para evitar hablar –claro que al parecer tampoco pretendían que yo hablara- me dediqué a comer. Me debería de pesar para saber, por lo menos, cuánto subí.

 Es que, además, con mi papá en Aguascalientes no dejo de tener comidas de negocios que duran horas… horas en las que evidentemente me la paso comiendo y bebiendo alcohol (y ya se sabe cuántas calorías tiene cada copa). Eso sí, han sido muy productivas. No sabía si iba a aprobar mis planes para el año que entra ¡y mucho menos pensaba que hasta los iba a desarrollar! Claro, ahora me toca a mí ejecutarlos.

Ya será el año entrante, porque éste ya se acabó. Aunque quisiera arrancar proyectos de trabajo, mi agenda no me lo permitiría, entre brindis navideños y compras de regalos, está saturada. He estado haciendo llamadas a gente que hace tiempo no veo y hasta he hablado con amigos de Londres a quienes ya les había perdido la pista. También he recibido llamadas, de familiares, de amigos, de un par de galanes que pensaba que ya se habían casado y una de un exnovio que, en efecto, ya se casó.

No cabe duda que Navidad está en el ambiente. Siento como si todo el mundo hablara de las fiestas decembrinas y creo que no me había pasado en otros años. Hasta El Cometa me dijo que está consiguiendo muérdago para ponerlo encima de mi cabeza cuando me vea. No me gustó el chiste, pero claro que ya le tengo un regalo para cuando aparezca. Además, le pienso escribir una carta, pero eso lo haré cuando esté con el humor apropiado.

Al que no sé si comprarle algo es a Eduardo. Apuesto que él sí me va a regalar algo ¡y más le vale, si quiere hacer puntos! Tal vez le regale sólo un detallito, pero se lo daría hasta asegurarme que él tiene un regalo para mí.

Cerrar el año con dos galanes presentes no está mal. Ahora es tiempo de hacer planes para el año próximo y ahí es donde se pone buena la cosa. En cuestión romántica mejor me detengo en la recapitulación de este año y evito las definiciones para después. Al fin tengo bastantes aspectos de mi vida sobre los cuales sí fijarme propósitos. Uno de ellos, el peso. El año que entra lo empiezo a dieta y con una rutina de ejercicio. Sé que cuando me lo propongo lo hago, y así podría darme todo diciembre todavía de “vacaciones alimenticias”. Mejor me olvido del tema hasta enero, entonces no tiene caso saber cuántos kilos he subido. No me peso.

Estío

Entras al cabo de un rato rondando mi ventana. Yo finalmente he caído rendida, cansada de esperarte, acalorada y deseosa de ti. La piel (toda la piel de mi cuerpo desnudo que yace sobre la cama) se me eriza en una reacción pavloviana al percatarme de que has llegado. Te acercas en silencio y mueves suavemente mi cabello como si tocaras cuerdas de arpa que activan el placer y el deseo.

Susurras a mi oído palabras que me resultan incomprensibles pero que vuelven a erizarme en un preludio a lo que sigue. Te percibo en mi nuca y te conviertes en el músico que activa una sinfonía de sensaciones, cada milímetro una distinta, todas conformando la melodía que me mueve. Arqueo la espalda. Involuntariamente la arqueo y mis piernas se extienden, se separan ligeramente, te invitan.

Tomas tu tiempo para recorrer, para reconocer, mis surcos y recovecos. Mi cuello se vuelve tierra sacra a la que besas con devoción. Escalas con paso suave pero constante mi hombro, cumbre que parecía haber sido inexplorada (a juzgar por lo nuevas que me resultan las sensaciones). Ahí se desprenden, como si fueran pirotecnia lanzada desde esa cima y que al estallar abarca todo el escenario, los olores especiados de historias antes vividas.

Mi rostro gira hacia donde estás. Mis labios se separan. Inhalo como queriendo llenarme de ti, deseándote cerca, necesitándote dentro. Abro los ojos y entonces eres manantial que me invita a acercarme lentamente, suavemente, ponderando cada paso como quien sabe que la tierra podría hundirse bajo sus pies sin previo aviso, hasta que finalmente siento en mis labios -y mi nariz confirma- que he llegado a mi destino. Y bebo de ti, bebo acariciándote con la lengua, rodeándote con los labios, inundándome en tu olor. Me sumerjo en pliegues y redondeces, me encumbro y desciendo suavemente para abarcarte todo, para saciar mi sed en ti.

Perlas de sudor dejan constancia de que me he vuelto fuego anhelante, fuego que crepita, se retuerce hacia ti buscando su alimento. Fuego que reconoce a la contraparte sin la cual no puede subsistir.

Abro mis brazos, separo mis piernas, suplico con un suspiro que me cubras toda, primero por fuera, pero también por dentro porque me quemo toda.

Entonces, justo entonces, entras con toda intensidad y te desbocas sobre mí. Somos a la vez jinete y montura. Giro sobre mi vientre y el tiempo se burla de mí. Me desoriento con el regocijo de quien baja de una montaña rusa.

Pero intempestivamente cesas. Miro a mi alrededor como buscándote, encontrando sólo mi cuerpo húmedo anhelante, topándome de bruces con el tremendo calor que me remite a ti. Me doy cuenta de que te has ido. Así que me adormezco anhelando tu regreso, ráfaga de viento.

3. La llegada del Cometa

Siempre llega de la forma más inesperada. Diría que también en el momento en que menos me lo espero, pero debo admitir que todo el tiempo estoy esperando recibir noticias suyas. Sólo ocurre de vez en cuando, como el paso de un cometa.

Omitiré su nombre, no sé por qué prefiero no mencionarlo. Tal vez todo lo relacionado con él tenga aún (al cabo de tantos años) una carga emocional tan fuerte, que no puedo manejarlo directamente. Me parece que lo llamaré, simplemente, “El Cometa”.

“El Cometa” aparece hoy por mensajería: un sobre que abro precipitadamente. Pudiendo usar el teléfono, el correo electrónico o cualquier medio convencional, tuvo que haber elegido uno que me sorprendiera. Me enoja pensar en que sea una entrega original; su originalidad es una más de las razones para amarlo, y quisiera más bien encontrar las razones para dejar de amarlo. Por supuesto que me sentí halagada al recibir el envío aquel.

La nota (pues más que carta es una nota) es una cita para cenar en el Quinta Real a las ocho. Se disculpa por no pasar a recogerme, pero —lo sé bien- vendió su coche para mudarse al extranjero, así que nos veremos allí. Ni siquiera dudo en ir. Nunca he podido negarme. A veces me parece que “El Cometa” fuera un titiritero que moviera los hilos de mi voluntad.

Así los movió el día de la inauguración de este portal. Estaba yo lista, arreglada, en la puerta del lugar, cuando sonó mi celular. Casi no escuchaba y tuve que regresar al coche para evitar el ruido. La voz de “El Cometa” me sorprendió con un saludo tan casual como si nos hubiéramos visto la víspera. Se encontraba en un aeropuerto a miles de kilómetros de distancia, listo para tomar un vuelo rumbo a la Ciudad de México, pues tenía que regresar a arreglar su visa antes del plazo de tres meses en aquel otro país.

Antes de que yo acabara de recuperarme del asombro, él hizo cálculos sobre la hora de su aterrizaje y el tiempo que me tomaría desplazarme al aeropuerto del DF; tomando en cuenta su paso por migración y aduana, yo llegaría justo a tiempo para recibirlo. Nada más lejos de mis planes originales.

Probablemente la única razón no catalogada como “de fuerza mayor” que me hubiera impedido entrar a la tan esperada inauguración, hubiera sido esa llamada de “El Cometa”, y así lo fue. Sin dar explicaciones por miedo a llegar tarde, viajé de Aguascalientes a México, recreando en el camino la llamada de “El Cometa”, ocurrida justo en el instante en que iba a entrar. Había sido un momento digno de película, novela o sueño. No cabe duda que, a veces, la realidad supera la fantasía.

Fue un trayecto de lo más emotivo, entre los nervios de verlo, el regocijo de ir muy bien arreglada y la ironía de llevar menos de una semana recuperada de la depresión en la que me hizo caer su partida. Me hubiera gustado que nuestro encuentro fuera tan novelesco como su llamada, y no fue así. Yo me comporté inexplicablemente seria y él, en vez de invitarme a cenar, me pidió que lo llevara a la cena de bienvenida que le habían preparado. Ni siquiera quise acompañarlo, tanto coraje me dio.

Se quedaría algunos días en México para arreglar la visa, pero nos veríamos el fin de semana. Al día siguiente me llamó para avisarme que su familia tenía planeado un viaje a la playa, así que posponía nuestro encuentro. Ya no quise quedarme en México y el mismo sábado emprendí el regreso, manejando a duras penas entre lágrimas y sollozos.

 Por eso cuando, una semana más tarde, Eduardo me llamó para invitarme a salir, accedí sin pensarlo. Normalmente no lo hubiera hecho, porque me llamó el mismo día y porque llevaba meses desaparecido. La justificación del robo del celular era buena, pero bajo circunstancias normales no habría sido suficiente. Le habría inventado que ya tenía compromiso y hubiera agradecido exageradamente la llamada, para que no pensara que lo estaba bateando. Sin embargo, ese día yo era una hembra herida, necesitada de venganza. Eduardo era el hombre perfecto para hacerme olvidar a “El Cometa”, al menos durante un par de horas.

De hecho Eduardo era el hombre perfecto para muchas cosas. Me gustó tanto en el momento en que lo vi, que he vivido miles de fantasías románticas con él, todas en torno al amor a primera vista. Aquel día acompañé a Carmela, una amiga que canta “jingles”, a una cita con gente de la disquera para la cual él hace las campañas de comunicación. El hecho de que él estuviera de espaldas, no impidió que llamara mi atención. Cuando giró me quedé fría: pocos hombres tan guapos he visto en mi vida. Pero cuando me quedé helada fue en la tercera o cuarta ocasión que nos encontrábamos, en que me invitó a salir. Ya me había tirado la onda alguna vez, pero no lo había tomado en serio, pensando que sólo estaba siendo cortés. Cuando me invitó a salir, ya no cabía lugar a dudas.

Además de guapo es carismático, trabajador y caballeroso. La mitad de la velada se la pasó justificando por qué no me había invitado a salir antes, que era la misma razón por la que no me llevaba a un lugar más caro. Empezar un negocio propio requiere mucho dinero, y en su empresa de comunicación él está invirtiendo una gran cantidad, además de que aún no es redituable.

No sólo requiere mucho dinero, sino también mucho tiempo, y era por eso que las llamadas de Eduardo eran tan esporádicas, que no me sorprendió mucho que un día cesaran definitivamente… o por lo menos eso había creído, hasta que el sábado siguiente a la llegada de “El Cometa”, Eduardo conoció a una prima en una comida y ella le dio el número que había perdido.

Ese día fui a una fiesta en la que él era el anfitrión y me trató como reina. El siguiente fin de semana me invitó (en una salida de bajo presupuesto) a una velada bohemia en casa de su mejor amiga, una Esparza, quien resultó conocer a mi hermano porque llegaron a salir juntos. Ayer fuimos al cine y a tomar algo. Tuvimos una ligera fricción, nuestros puntos de vista respecto al tema de la película son diametralmente opuestos y él se acaloró más de la cuenta.

¡Teléfono! Hablando del rey de Roma… el identificador de llamadas indica su número. Uy, seguro me va a invitar a salir, porque anoche, al despedirse, me dijo “hasta mañana”. No quedamos en nada, pero seguro para eso me está llamando. Híjole, y yo voy a salir con “El Cometa”. ¿Qué hago? Si le contesto y declino su invitación tal vez piense que la discusión de anoche me hizo cambiar de opinión respecto a él. Por otro lado, no podría aceptar su invitación a salir. No, no voy a contestar. Además, si me quedo platicando con él por teléfono, no me va a dar tiempo de arreglarme para salir a cenar con mi titiritero.

Palomazo

Una cena en un bistrot parisino, chez Colette, donde los músicos de jazz de la ciudad llegan a palomear. La decoración navideña de quién sabe qué año aún asoma, discreta, atrás de la puerta. La dueña te da una cerveza para que se la pases al comensal de allá. Su perro deambula entre las mesas tan indiferente al bullicio como la lavadora que estorba un poco el paso para entrar al baño.
La cena es la más maravillosa que hayas probado en mucho tiempo. O quizá sea la música, ésa que te traslada en el tiempo y en el espacio hasta que te conviertes en alguien más y estás viviendo una vida ajena, prestada, que te encanta.

Una tristeza larga

Tejo una tristeza

       larga como noche en invierno.

Lloro, gota a gota,

       letras que amortigüen tu partida.

Envejezco

       para no haber pasado una vida sin ti.

Y muero un poco,

       un mucho,

              ¡un todo!

porque al irte me llevaste

y me dejaste sin ti,

       pero también sin mí.

2. La reunión después del artículo

Yo pensaba que era el domingo el día que se había institucionalizado para las comidas familiares, ¡no el sábado! Pero claro, hay que aprovechar el pretexto de que exactamente hoy es el cumpleaños de mi hermano para organizar el festejo, aunque él viva en una ciudad a muchos kilómetros de aquí y no vaya a venir.

En realidad no me molesta tanto que la comida sea en sábado, sino la posibilidad de pasar una tarde infernal bajo la sombra de miradas de reprobación. Es la primera vez que los veo desde la publicación de mi nueva columna. Ya imagino la escena: cuchicheos que cesan abruptamente ante mi llegada, silencio sepulcral roto por la sentencia “¡culpable!” seguida de discusiones (en las que obviamente yo, la acusada, no participo) sobre todas las razones por las que yo no debería de divulgar asuntos “íntimos”, “personales” y “privados” de la familia, o –mejor aún- por las que debería escribir utilizando un pseudónimo.

Entro a la casa de mis tíos ejecutando mi mejor cara de interventora de la Secretaría de Gobernación mientras escudriño los gestos de cada pariente tratando de interpretar cómo habrán tomado la mención a la familia que hice en mi columna. “¡Iiisa! Québuenoqueyallegaste. Setehizotardemijita, pero claaaro, si tu mamá me dijo por teléfono que hoy en la mañana tenías una cita de trabajo, ¡erestodaunaemprendedora! Y por cierto, leímos tu artículo y nos gustó mu-chí-si-mo, nocabedudaquetienestalentoparaescribir, toda la vida lo has tenido, siempre decimos tu tío y yo que deberías escribir una novela, ¿has adelgazado? Angélicaaa, ya ve encendiendo el horno, niña, ¡nos encantó tu artículo, Isa!” Trato de disimular mi sorpresa en medio de “siesciertos” y de “tambienanosotrosnosencantós”.

¡Por supuesto! De por si no leen mas que la décima parte de lo que escribo, ya parece que iban a leer algo ¡en internet! Necesito digerirlo. Hago un recuento mental sobre las actividades a las que se dedican, el contacto que tienen con la computadora, con internet, ¿qué posibilidad habría de que, en efecto, la hubieran leído? Ahora lo que me parece extraño es haber pensado que lo habían hecho, quizá por puro morbo. Lo debí haber previsto, no tengo censura. ¡No tengo censura! Qué alivio, qué libertad repentina. También a mí me provoca morbo. Qué ganas de contar de pronto tantas cosas.

…Las mañanitas frente a la bocina del teléfono. “No, no me lo pasen, yo hablé con él hoy en la mañana”. El anillo puesto en una de las velitas como alianza con un deseo del que de inmediato me arrepiento. Me siento culpable por querer romance en mi vida. Superficial y hasta poco profesional. Me justifico un poco pensando que ni siquiera tendría tiempo para el romance, y menos ahora que he de preparar la Expo. “Una rebanadita de cada uno, tía, gracias, pero chiquitita, nomás para probarlos”. Explico por enésima vez mis razones para no querer ir al antro con todos los primos, “gracias, además hoy me quiero dormir temprano, ya renté una película para quedarme tranquila en la casa… sí, yo sola y no, no me da miedo quedarme yo sola, no es necesario que la abuela me invite a dormir a su casa, gracias”.

Me escapo en cuanto acaba la sobremesa para acompañar a mi hermana de compras. Ya sé que es una grosería irme con el bocado aún en la boca, pero tengo el pretexto de aprovechar que las niñas están durmiendo la siesta, así que nos vamos antes de que se despierten, y ni me despido porque “ahoritita regresamos”. Por supuesto nos estacionamos en el lugar más lejano al acceso, para tener que caminar y quemar creo que veinte calorías, que ni son tantas, pero hay que sumarlas con las de utilizar escaleras en lugar de elevador y las que se ahorran pidiendo refresco light y evitando comer pan en el restaurante mientras llegan los platillos.

Pensé que iba a escuchar lo más reciente en las quejas sobre guarderías y noticias sobre destrezas infantiles; en cambio recibo prendas a ser probadas, halagos sobre cómo me quedan y, ¡ahora llega!, el lamento de mi hermana sobre la figura jamás recuperada después de dos partos. De paso me entero del chisme sobre las cirugías más recientes en la crema y nata de la sociedad hidrocálida.

Me encuentro a alguien, lo cual me choca que ocurra justo en el espejo del probador. Suena mi celular, dentro de mi bolsa, en el vestidor, a demasiados pasos de mí como para contestarlo a tiempo. Llamada perdida de teléfono desconocido. Me gusta la intriga, me hace sentir importante. Me gusta un poco menos cuando regreso la llamada y nadie me contesta. La curiosidad no me deja concentrarme en lo que me dice mi hermana, que por otro lado no parece ser demasiado interesante. De nuevo el celular. Es un galán con el que salía hacía meses. Que le habían robado el celular donde estaba mi teléfono y –qué coincidencia- hoy en una comida alguien habló de mí, y perdón por no haberme hablado cuando regresó de viaje (pero es que el robo del celular), “¿tienes plan para hoy? sé que es precipitado, pero organicé una fiesta para los de la disquera y siempre me preguntan por ti”. Accedo y me apresuro a colgar porque entonces me tengo que comprar zapatos para la blusa nueva y ya casi van a cerrar las tiendas.

Es impresionante cómo en un solo día pueden ocurrir tantas cosas impredecibles. Es como si la vida estuviera jugando a las sorpresas.